PARTE 2: LA VERDAD QUE DANIEL JAMÁS QUISO QUE DESCUBRIERA.

Me quedé mirando la carpeta azul entre las manos de Daniel.

Desde la habitación del hotel, las ventanas de mi apartamento parecían pequeñas pantallas iluminadas al otro lado de la avenida.

La mujer del BMW estaba junto a él.

Daniel abrió la carpeta.

Ella sacó varios documentos y comenzó a fotografiarlos con el teléfono.

Sentí que el miedo se transformaba lentamente en claridad.

Aquello no parecía una aventura improvisada. Parecía un plan.

Bajé los binoculares y llamé a mi abogada, Laura Mitchell.

—Necesito que vengas al hotel Windsor.

—Clara, son casi las nueve.

—Trae a alguien de seguridad y no llames a Daniel.

Hubo un silencio.

—¿Estás en peligro?

Miré nuevamente hacia mi apartamento.

—Todavía no lo sé.

Cuarenta minutos después, Laura estaba sentada frente a mí.

Le conté todo.

Las videollamadas.

El camisón.

Las cajas.

La carpeta azul.

Laura no interrumpió hasta que terminé.

—¿Daniel tiene acceso a tus cuentas?

—A la cuenta conjunta.

—¿A la empresa?

—No debería.

Aquella respuesta la hizo fruncir el ceño.

—¿Qué significa “no debería”?

Me levanté.

—La empresa pertenecía a mi padre. Cuando murió, heredé el setenta y cinco por ciento. Daniel solo tiene autorización para determinados gastos.

Laura abrió su computadora.

—Vamos a comprobarlo.

Lo que encontramos veinte minutos después hizo que se me helaran las manos.

Durante mi viaje se habían registrado cuatro intentos de modificar los permisos corporativos.

Todos rechazados.

Alguien también había solicitado copias de mis certificados de propiedad.

Y dos días antes, una aseguradora había recibido una petición relacionada con mi póliza de vida.

Laura levantó la vista.

—¿Tú pediste esto?

—No.

—Entonces mañana no vas a trabajar.

—¿Por qué?

Cerró la computadora.

—Porque primero vamos a descubrir qué documentos tienen y qué han intentado hacer con ellos.

Esa noche no dormí.

A las 11:43, Daniel volvió a escribirme.

“Buenas noches, amor. Ojalá estuvieras aquí.”

No respondí.

A las 6:12 de la mañana, vi salir a la mujer.

El mendigo había dicho la verdad.

Pero esta vez llevaba algo que la noche anterior no tenía.

Una de mis maletas.

Laura también la vio.

—¿Reconoces esa maleta?

—Sí.

Dentro guardaba documentos antiguos de mi padre.

Sentí el impulso de correr tras ella.

Laura me detuvo.

—No.

—¡Está llevándose mis cosas!

—Y precisamente por eso necesitamos hacerlo bien.

La mujer subió al BMW y desapareció.

A las siete llamamos al administrador del edificio.

Pedí revisar únicamente los registros relacionados con el acceso a mi apartamento.

La respuesta llegó poco después.

Durante los diez días de mi ausencia, Daniel había solicitado permisos temporales para tres personas.

Una era la mujer del BMW.

Sophie Grant.

No reconocí el nombre.

La segunda pertenecía a un empleado de una empresa de mudanzas.

La tercera me dejó sin palabras.

—¿Robert Kane? —pregunté.

Laura asintió.

Conocía ese nombre.

Era un antiguo asesor financiero de mi padre.

Había sido despedido meses antes de su muerte después de que aparecieran irregularidades en varias operaciones.

—¿Qué hace Daniel reuniéndose con él?

Laura no respondió.

No hacía falta.

A las ocho y media llamé a la oficina.

Mi asistente contestó inmediatamente.

—Señora Bennett, pensé que seguía de viaje.

—Para todos los demás, sigo fuera.

—Entendido.

—Necesito que bloquees temporalmente cualquier cambio de autorización que lleve mi firma hasta que yo aparezca personalmente.

Su voz cambió.

—Señora…

—¿Qué ocurre?

—Ayer llegó un documento firmado por usted.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué documento?

—Una autorización para transferir sus derechos de voto durante noventa días.

Laura se puso de pie.

—¿A favor de quién?

Mi asistente tardó unos segundos en responder.

—Del señor Daniel Bennett.

Cerré los ojos.

Ya no quedaban dudas.

No se trataba únicamente de infidelidad.

Daniel estaba intentando apropiarse de mi empresa.

—No proceses nada —ordené—. Guarda el original y no informes a nadie de esta llamada.

Colgué.

Laura ya estaba marcando otro número.

—Necesitamos verificar esa firma.

—No es mía.

—Lo sé. Pero necesitamos demostrarlo.

Entonces mi teléfono comenzó a sonar.

Daniel.

Esta vez contesté.

—Hola.

—¡Amor!

Su voz era perfecta.

Cálida.

Preocupada.

—Anoche no respondiste. ¿Todo bien?

Miré hacia el edificio.

Daniel estaba en nuestro balcón con el teléfono pegado al oído.

—Estaba cansada.

—¿Cuándo vuelves?

—Mañana por la tarde.

Vi cómo sonreía.

—Perfecto. Prepararé algo especial.

—Te extraño.

La mentira salió de mi boca con una facilidad que me asustó.

—Yo también —respondió.

Entonces añadió:

—Clara, una pregunta. ¿Recuerdas dónde guardas la copia original del testamento de tu padre?

Laura y yo nos miramos.

—¿Por qué?

—Nada importante. Estoy organizando unos papeles.

Apreté el teléfono.

—Creo que está en la caja de seguridad.

Daniel guardó silencio durante medio segundo.

—¿En qué banco?

Aquella pregunta terminó de convencerme.

—No recuerdo. Cuando vuelva lo revisamos.

—Claro.

Colgamos.

Quince minutos después, Daniel salió del edificio.

No llevaba traje.

Llevaba la carpeta azul.

Subió a su automóvil y arrancó.

Laura tomó las llaves.

—Vamos.

Lo seguimos a distancia.

Daniel condujo durante casi treinta minutos hasta un edificio de oficinas.

Entró por el estacionamiento subterráneo.

Esperamos.

Veinte minutos después apareció Robert Kane.

El antiguo asesor de mi padre.

Llevaba un maletín negro.

—Tenemos que saber qué están haciendo —murmuré.

Laura negó.

—No entrando ahí.

Entonces recordé algo.

Llamé a mi asistente.

—Busca cualquier documento reciente relacionado con Robert Kane.

Escuché el teclado.

Pasaron treinta segundos.

Después su respiración cambió.

—Señora Bennett…

—Habla.

—Encontré algo.

—¿Qué?

—Una propuesta de venta.

Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas.

—¿Venta de qué?

—De Bennett Technologies.

Me quedé completamente inmóvil.

La empresa de mi padre.

Mi empresa.

—¿Quién figura como representante autorizado?

La respuesta llegó lentamente.

—Daniel Bennett.

Laura cerró los ojos.

Pero mi asistente todavía no había terminado.

—Hay otra cosa.

—Dímela.

—El comprador depositó cinco millones como garantía.

—¿Dónde?

Escuché varios clics.

Entonces llegó la respuesta.

—En una cuenta abierta hace dos meses a nombre de Sophie Grant y Daniel Bennett.

Miré hacia el edificio donde acababa de entrar mi esposo.

Ahora entendía las cajas.

Los documentos.

Las firmas.

La mujer.

Daniel no planeaba simplemente abandonarme.

Planeaba vender la empresa mientras yo estaba fuera y desaparecer con el dinero.

Pero todavía quedaba una pregunta.

—Busca a Sophie Grant —ordené.

Pasaron unos minutos.

Mi asistente encontró un expediente antiguo.

Y entonces leyó una línea que cambió todo.

—Clara… Sophie trabajó para Bennett Technologies hace cuatro años.

—¿En qué departamento?

Silencio.

—Asuntos legales.

Laura me miró inmediatamente.

—¿Quién la contrató?

Mi asistente tardó más esta vez.

Finalmente respondió:

—Su padre.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—Eso no tiene sentido.

—Hay algo más.

Escuché cómo abría otro archivo.

—Sophie fue despedida exactamente tres días después de la muerte de su padre.

Mis dedos comenzaron a temblar.

Entonces llegó un mensaje a mi teléfono.

Número desconocido.

Abrí la fotografía adjunta.

Era Daniel.

Robert.

Sophie.

Los tres estaban reunidos alrededor de una mesa.

Debajo había una sola frase:

“CLARA, TU PADRE DESCUBRIÓ LO MISMO QUE TÚ. POR ESO NUNCA PUDO CONTARLO.”

Levanté la vista hacia el edificio.

Y por primera vez comprendí que aquella historia había comenzado mucho antes de mi matrimonio con Daniel.

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