La mano del desconocido permaneció firme alrededor de mi muñeca hasta que volví a estar a salvo dentro de la habitación.
Después cerró la ventana.
—¿Quién es usted?
—Ethan Cole.
Conocía aquel nombre.
Presidente del Grupo Cole. El hombre cuya familia financiaba parte del hospital donde yo había permanecido inconsciente.
—¿Cómo entró?
Ethan miró hacia la puerta bloqueada por los hombres de Adrian.
—Digamos que los guardias obedecen mejor al propietario del edificio que al novio.
No pude evitar una risa amarga.
—Está llegando tarde. Ya no tengo nada que pueda interesarle.
—Se equivoca.
Dejó una carpeta sobre la mesa.
—Quiero comprar sus acciones de Hayes Technologies.
Lo miré.
Mi abuelo me había dejado el veintiséis por ciento de la empresa familiar. Mi padre administraba esas acciones mientras yo estaba inconsciente.
—¿Por qué?
—Porque su familia está intentando declararla legalmente incapaz para transferirlas.
Sentí frío.
—Acabo de despertar.
—Precisamente por eso tienen prisa.
Abrió la carpeta.
Había solicitudes judiciales.
Informes.
Firmas.
La de mi padre.
La de Noah.
Y una declaración de Celeste.
Mientras todos fingían rezar para que despertara, estaban preparando la manera de quedarse con lo que era mío.
—¿Adrian lo sabe?
Ethan no respondió inmediatamente.
Eso bastó.
—Sí.
Cerré los ojos.
Ya no quedaba nada que romper.
—¿Cuál es su trato?
—No quiero sus acciones.
Fruncí el ceño.
—Acaba de decir…
—Necesitaba conseguir que me escuchara.
Ethan sacó otro documento.
—Quiero ayudarla a recuperar el control legal de sus bienes antes de que su familia descubra que usted sabe lo que están haciendo.
—¿Por qué?
Por primera vez su expresión cambió.
—Porque hace un año yo también estaba en aquel accidente.
Lo miré.
—No lo recuerdo.
—Usted salvó a cinco personas.
Su voz bajó.
—Fueron seis.
Entonces recordé vagamente una mano entre el humo.
Un hombre atrapado.
—¿Usted?
Ethan asintió.
—Nunca pude agradecerle que me sacara de allí.
Aparté la mirada.
—No tiene que hacerlo.
—No estoy pagando una deuda.
Se inclinó ligeramente.
—Le estoy ofreciendo la posibilidad de decidir qué hacer con los tres días que le quedan.
Mi cabeza se levantó.
—¿Cómo sabe eso?
—El director médico me llamó cuando despertó. Su familia pidió que su diagnóstico permaneciera oculto.
Mi respiración se detuvo.
—¿Oculto a quién?
Ethan me sostuvo la mirada.
—A Adrian.
Veinte minutos después salí del hospital por una entrada privada.
Nadie me detuvo.
Mientras el coche avanzaba, vimos a lo lejos la iglesia.
Las campanas comenzaron a sonar.
Adrian acababa de casarse con Celeste.
Miré por la ventanilla.
—Lléveme con un abogado.
Ethan no preguntó nada.
Aquella tarde firmé durante dos horas.
Retiré a mi padre como administrador de mis bienes.
Revocamos poderes.
Transferí mis acciones a un fideicomiso independiente.
Y preparé mi testamento.
No dejé nada a mi familia.
El segundo día regresé a mi apartamento.
Habían retirado mis fotografías.
Mis vestidos estaban guardados en cajas.
Pero encontré algo que ellos habían olvidado.
Mi antiguo teléfono.
Lo cargué.
Había mensajes anteriores al accidente.
Celeste.
Adrian.
Conversaciones archivadas.
Fotos.
Planes.
Llevaban casi once meses viéndose a mis espaldas.
Pero encontré algo peor.
Un mensaje de Noah enviado a Celeste la mañana del accidente:
“Cuando Ava firme después de la boda, papá podrá reorganizar las acciones.”
Otro de Celeste:
“Primero necesito que Adrian termine con ella.”
Y finalmente uno de Adrian:
“Después del viaje se lo diré. No quiero seguir engañándola.”
La fecha era la del accidente.
Me quedé mirando aquella frase.
Adrian pensaba dejarme ese día.
Y yo había arriesgado mi vida para salvarlo unas horas antes de que pudiera hacerlo.
Guardé todas las pruebas.
Después llamé a Ethan.
—Mañana quiero ir a la recepción de la boda.
—Ava…
—Es mi último día.
Hubo silencio.
—Entonces iremos.
La recepción se celebraba en el Hotel Whitmore.
Cuando entré del brazo de Ethan, las conversaciones se apagaron.
Celeste fue la primera en verme.
Su copa quedó suspendida a medio camino.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a entregar mi regalo.
Mi madre corrió hacia mí.
—Ava, deberías estar descansando.
—He descansado seis meses.
Miré alrededor.
—Ya fue suficiente.
Adrian apareció.
Su rostro cambió al verme.
—¿Cómo saliste?
—Caminando.
—Ordené que…
—Ya sé lo que ordenaste.
Ethan dio un paso a mi lado.
Adrian lo reconoció.
—Cole.
—Whitmore.
Celeste agarró el brazo de su nuevo esposo.
—Adrian, no dejes que arruine esto.
Yo sonreí.
—No vine por vuestro matrimonio.
Entregué una carpeta a mi padre.
—Vine por el mío con esta familia.
Papá la abrió.

Su rostro perdió el color.
—¿Qué hiciste?
—Recuperé mis acciones.
Noah se levantó.
—No puedes.
—Ya lo hice.
—¡Estabas incapacitada!
—Ayer tres especialistas certificaron lo contrario.
Mi padre pasó frenéticamente las páginas.
—El fideicomiso…
—También está cancelado.
Celeste palideció.
—¿Entonces quién controla tus acciones?
Miré a Ethan.
—Yo.
El silencio fue absoluto.
Mi madre se acercó.
—Ava, somos tu familia.
—Lo eran cuando yo estaba inconsciente.
Saqué mi teléfono.
—Y descubrí lo ocupados que estuvieron mientras dormía.
Proyectamos los mensajes en la pantalla del salón.
Uno.
Después otro.
Y otro.
Los invitados comenzaron a murmurar.
Celeste lloraba.
Noah me gritó que estaba sacando todo de contexto.
Mi padre exigió apagar la pantalla.
Entonces apareció el mensaje de Adrian.
“Después del viaje se lo diré.”
Él bajó la cabeza.
—Ava…
—¿Ibas a dejarme?
No mintió.
—Sí.
Celeste lo miró.
—¿Por qué dices eso así?
Adrian no apartaba los ojos de mí.
—Porque ya mentí suficiente.
Me sorprendió.
Pero era demasiado tarde.
—Entonces disfruta de la vida que elegiste.
Me giré.
Adrian me sujetó suavemente del brazo.
—Espera.
—Suéltame.
—Hay algo extraño.
Miró a Ethan.
—¿Por qué está aquí?
—Porque ella me salvó la vida.
Adrian quedó inmóvil.
—¿Qué?
Ethan respondió:
—Yo era el sexto pasajero.
Adrian parecía no comprender.
Entonces mi cuerpo perdió fuerza por un instante.
Ethan me sostuvo.
Adrian palideció.
—¿Qué le pasa?
Mi madre corrió hacia nosotros.
—¡Ava!
Aparté su mano.
—Ahora no.
Adrian me miró fijamente.
—¿Qué significa eso?
Nadie respondió.
Él se volvió hacia Ethan.
—¿Qué le pasa?
—Pregúntale a su médico.
Adrian salió corriendo.
Regresó veinte minutos después.
Ya no parecía el hombre elegante que acababa de celebrar su boda.
Parecía alguien a quien acababan de vaciar por dentro.
—Tres días —susurró.
Celeste frunció el ceño.
—¿Qué?
Adrian me miró.
—Dijeron que solo tenías tres días.
El salón quedó completamente en silencio.
Mi madre dejó caer la copa.
Noah retrocedió.
Celeste se puso blanca.
—No…
Mi padre se sentó lentamente.
Adrian caminó hacia mí.
—¿Lo sabías cuando nos bendijiste?
—Sí.
—¿Cuando me viste casarme con ella?
—Sí.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Y no dijiste nada?
Sonreí cansadamente.
—Ustedes ya habían decidido cómo sería mi final. Solo quería decidir cómo vivir mis últimas horas.
Entonces el director médico entró apresuradamente.
—¡Señorita Hayes!
Todos se giraron.
El hombre llevaba unos análisis en la mano.
—Tenemos que volver al hospital.
Ethan se tensó.
—¿Está empeorando?
—No.
El médico parecía incapaz de creer sus propias palabras.
—Repetimos las pruebas porque algo no coincidía.
Mi corazón golpeó una vez.
—Doctor…
Él levantó el informe.
—El diagnóstico de tres días era incorrecto.
Nadie respiró.
—¿Qué está diciendo?
—Que puede tratarse.
Celeste se aferró a una mesa.
Adrian cerró los ojos.
Mi madre comenzó a llorar.
Pero el médico todavía no había terminado.
—Y encontramos otra cosa.
Miró directamente a mi padre.
—El informe original no contenía un error médico.
Su voz se endureció.
—Alguien alteró deliberadamente el expediente de Ava para hacerle creer que iba a morir.
Mi padre palideció.
Noah dejó caer su teléfono.
Y entonces comprendí que mi familia no solo había esperado que nunca despertara.
Alguien había intentado asegurarse de que, cuando lo hiciera, creyera que ya no tenía ningún futuro por el que luchar.