Daniel miró el expediente como si fuera una bomba.
—Estás mintiendo.
Mi abogada, Victoria Ramos, deslizó una copia hacia él.
—Entonces será muy sencillo demostrarlo, señor Cheng.
La madre de Daniel se levantó.
—¡Esto es un asunto familiar!
—Dejó de serlo cuando falsificaron mi firma —respondí.
El antiguo contador jefe, señor Wu, colocó una memoria sobre la mesa.
—Conservé las copias originales.
Daniel giró hacia él.
—Te despedí hace cuatro años.
—Precisamente por negarme a modificar los libros.
El silencio se volvió pesado.
Abrí el primer documento.
Cinco años atrás, Tianzhou apenas podía pagar salarios.
Daniel tenía ideas.
Yo tenía capital.
Cuando recibí la oferta para dirigir la expansión europea de una empresa tecnológica, acordamos que yo trabajaría en Alemania mientras financiaba Tianzhou.
Cada transferencia estaba registrada.
No como regalo.
Como inversión convertible.
—Diez millones —dije—. Más intereses y derechos de conversión.
Daniel apretó los dientes.
—Ese acuerdo nunca entró en vigor.
El representante del banco habló por primera vez.
—Sí entró.
Sacó un documento.
—Tianzhou utilizó ese contrato como garantía para obtener su primera línea de crédito.
Daniel dejó de respirar.
—Eso significa —continuó mi abogada— que no puede negar la inversión sin cuestionar también la documentación presentada al banco.
Sophie miró a Daniel.
—Me dijiste que ella solo enviaba dinero porque era tu esposa.
Él no respondió.
—Daniel.
—Cállate.
Sophie palideció.
Sonreí sin alegría.
Empezaba a descubrir al hombre por el que había apostado su futuro.
Mi abogada abrió otra carpeta.
—Hay más.
Las acciones que supuestamente yo había cedido tres años antes llevaban una firma que imitaba la mía.
El problema era sencillo.
En la fecha indicada yo estaba en una conferencia en Berlín.
Había registros migratorios, fotografías, contratos firmados presencialmente y grabaciones del evento.
No podía haber estado simultáneamente en Berlín y Shanghái firmando una cesión ante Daniel.
—Quiero una auditoría completa —dije.
Daniel golpeó la mesa.
—¡No tienes autoridad!
El representante bancario lo miró.
—Puede que sí.
—¿Qué significa eso?
—Si la conversión prevista en el acuerdo original se ejecuta, la participación de la señora Su supera el treinta por ciento.
La madre de Daniel se dejó caer en la silla.
Sophie se llevó una mano al vientre.
—¿Treinta?
—Como mínimo —respondió mi abogada—. Todavía estamos revisando emisiones posteriores.
Daniel me miró con un odio que nunca había visto durante nuestro matrimonio.
—Planeaste esto desde Alemania.
—No.
Me incliné hacia él.
—Desde Alemania planeaba volver a casa con mi esposo.
Hice una pausa.
—Esto lo preparé después de conocer a tu amante en el aeropuerto.
Entonces llegamos a los apartamentos.
Tres propiedades de lujo.
Daniel había utilizado una empresa subsidiaria para comprarlas y posteriormente transferirlas a Sophie por una cantidad simbólica.
—Son regalos —dijo ella.
El auditor negó.
—Son activos adquiridos con fondos empresariales.
—Daniel dijo que eran suyos.
—Daniel también te dijo que la empresa era únicamente suya —respondí.
Sophie lo miró.
—¿Puedes decir algo?
Daniel guardó silencio.
Y entonces saqué la fotografía que había recibido aquella primera noche.
—Quiero saber quién me envió esto.
El contador Wu levantó la mano.
—Yo.
Lo miré.
—¿Por qué?
—Porque sabía que volvería.
—¿Cómo?
—El señor Cheng llevaba semanas preparando su salida.
Daniel se tensó.
—Wu.
—Ya terminé de protegerte.
El anciano sacó un sobre.
—La señora Su merece saberlo.
Dentro había transferencias hacia Singapur.
Reservas.
Documentos de residencia.
Daniel no planeaba simplemente divorciarse.
Planeaba abandonar Tianzhou después de vaciar parte de sus cuentas.
Sophie se levantó bruscamente.
—Eso no es verdad.
Wu la miró con tristeza.
—Su billete también está ahí, señorita Lin.
Ella tomó los papeles.
Vi cómo su expresión pasaba de miedo a confusión.
—Daniel…
Entonces encontró algo.
—¿Por qué solo hay dos billetes?
Daniel no respondió.
—Somos tres.
Sophie colocó una mano sobre su vientre.
—¿Dónde está el billete del bebé?
Daniel cerró los ojos.
Yo comprendí antes que ella.
—Porque quizá nunca pensó llevarse al niño.
—¿Qué estás diciendo?
Abrí la última sección del expediente.
—Que investigué tu clínica.
Sophie palideció.
—¿Mi clínica?
—El lugar donde hiciste tus controles.
Daniel se levantó.
—Elena, basta.

—Siéntate.
—¡He dicho que basta!
El representante del banco llamó a seguridad.
Dos hombres aparecieron junto a la puerta.
Daniel volvió lentamente a su silla.
Sophie estaba temblando.
—¿Qué encontraste?
La miré.
—Una inconsistencia en las fechas.
—¿Qué inconsistencia?
—Según Daniel, vuestra relación empezó después de mi partida.
—Sí.
—Pero tu primer tratamiento de fertilidad comenzó antes.
Ella frunció el ceño.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Saqué otro documento.
—Esto sí.
Era una autorización médica.
El nombre de Daniel aparecía relacionado con el tratamiento.
Fecha:
Cinco años y siete meses atrás.
Yo todavía vivía en Shanghái.
Todavía compartía cama con él.
Sophie empezó a llorar.
—Daniel dijo que ya iba a divorciarse.
Me reí.
—A mí me decía que quería tener hijos conmigo.
La madre de Daniel se puso blanca.
—No hablen de esto aquí.
La miré.
—¿Usted lo sabía?
Su reacción respondió antes que su boca.
—Claro.
De repente todo encajó.
Mi traslado al extranjero.
La insistencia de mi suegra en que aceptara aquella oportunidad.
Las llamadas cada vez más cortas.
Las excusas.
No había abandonado accidentalmente mi matrimonio durante cinco años. Me habían enviado lejos para apartarme.
Pero quedaba algo extraño.
Miré nuevamente el informe.
—Sophie, ¿cuándo conociste realmente a Daniel?
Ella lloraba.
—Hace seis años.
—¿Y el niño?
—Es suyo.
Daniel golpeó la mesa.
—¡No respondas!
Todos lo miramos.
Demasiado tarde.
Sophie se volvió hacia él.
—¿Por qué no quieres que hable del bebé?
Mi abogada me entregó discretamente otra hoja.
Acababa de recibirla por correo.
Era la respuesta a una solicitud realizada el día anterior.
La leí.
Después miré a Daniel.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué estabas tan desesperado por divorciarte antes del nacimiento.
Sophie se acercó.
—Elena, ¿qué dice?
Le entregué el documento.
Ella lo leyó.
Sus piernas parecieron perder fuerza.
—No…
Era un registro de la clínica.
No contenía ninguna prueba sobre la paternidad del bebé.
Contenía algo mucho más extraño.
Daniel había solicitado por escrito que todos los expedientes relacionados con el tratamiento de Sophie fueran destruidos antes de mi regreso.
—¿Por qué? —susurró ella.
Daniel no contestó.
El contador Wu sí.
—Porque esos archivos estaban vinculados a Tianzhou.
Lo miré.
—Explíquese.
Wu sacó una última carpeta de su maletín.
—Hace seis años, Tianzhou estaba prácticamente quebrada. Pero entonces recibió una inversión secreta de treinta millones.
—Nunca vi esa inversión.
—Porque se registró mediante otra sociedad.
—¿De quién?
Wu miró a Sophie.
Ella retrocedió.
—No.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
—Todo —respondió Wu.
Abrió la carpeta.
En la primera página aparecía el nombre del verdadero inversor.
Sophie dejó escapar un sonido ahogado.
Mi suegra se levantó de golpe.
Y Daniel cerró los ojos como un hombre que sabía que finalmente había llegado el momento que llevaba años evitando.
Yo leí el nombre.
Después volví a leerlo.
Era mi padre.
—Esto es imposible.
Mi padre había muerto seis años atrás.
Exactamente un mes antes de que yo aceptara el puesto en Alemania.
Wu negó lentamente.
—Su padre no solo invirtió en Tianzhou.
Me entregó una carta cerrada que llevaba mi nombre escrito con una caligrafía que habría reconocido entre miles.
La letra de papá.
Mis manos empezaron a temblar.
—¿Dónde consiguió esto?
—El señor Cheng la guardó durante seis años.
Miré a Daniel.
Por primera vez parecía verdaderamente asustado.
Abrí el sobre.
Dentro solo había una página.
La primera frase consiguió que todo lo ocurrido con Sophie, el divorcio y las acciones pareciera pequeño.
“Elena: si estás leyendo esto, Daniel rompió el acuerdo que hizo conmigo antes de casarse contigo.”
Levanté lentamente la mirada.
—¿Qué acuerdo?
Daniel no respondió.
Mi suegra comenzó a llorar.
Y entonces comprendí algo todavía peor.
Mi matrimonio quizá nunca había empezado por amor.