PARTE 2: AHORA ELLOS LO HABÍAN PERDIDO TODO.

Lucas se detuvo frente a Damian con los puños cerrados.

—Quiero verla.

Damian ni siquiera se movió.

—Qué curioso. Hace una semana querías que desapareciera.

—Esto no tiene nada que ver contigo.

—Te equivocas.

Damian tomó lentamente la alianza que colgaba de su cuello.

—Valeria es mi esposa. Todo lo relacionado con ella tiene que ver conmigo.

Lucas perdió la poca calma que conservaba.

—¡Ese matrimonio es una farsa!

—Puede ser.

Una voz femenina resonó detrás de ellos.

—Pero sigue siendo más real que tu amor.

Lucas se quedó inmóvil.

Yo acababa de salir del ascensor.

Vestía pantalones negros, una blusa sencilla y llevaba una carpeta bajo el brazo.

No parecía la mujer destruida que Lucas esperaba encontrar.

Y eso pareció dolerle más que cualquier insulto.

—Valeria…

—Felicidades por tu boda.

Su rostro se endureció.

—¿Te casaste con él para vengarte?

—No todo gira alrededor de ti, Lucas.

—¡Estuvimos juntos siete años!

Solté una pequeña risa.

—Precisamente. Tuviste siete años para elegirme.

Caminé hasta Damian.

Él extendió la mano y yo entrelacé mis dedos con los suyos delante de Lucas.

—Y necesitaste menos de una semana para demostrarme que nunca lo hiciste.

Lucas miró nuestras manos.

—Estás cometiendo un error.

—Ya cometí uno.

Lo miré directamente.

—Duró siete años.

Lucas dio un paso hacia mí, pero Damian se interpuso.

—Se acabó la conversación.

—No hasta que Valeria vuelva conmigo.

Aquello me hizo reír.

—¿Volver contigo?

—Tus padres están preocupados.

—Mis padres me expulsaron.

—Estaban confundidos por el regreso de Elena.

—Entonces pueden disfrutar de su verdadera hija.

Lucas bajó la voz.

—No entiendes lo que está ocurriendo.

Levanté la carpeta.

—Creo que lo entiendo mejor que tú.

Por primera vez apareció incertidumbre en sus ojos.

—¿Qué es eso?

Sonreí.

—Algo que deberías haber investigado antes de cambiar de prometida.

Pasé junto a él.

Damian me acompañó hasta el automóvil que esperaba afuera.

Solo cuando las puertas se cerraron respiré profundamente.

Mis manos estaban temblando.

Damian lo notó.

—Puedes arrepentirte.

—No lo haré.

—No hablaba del matrimonio.

Me observó en silencio.

—Hablo de destruir a los Foster.

Miré la carpeta sobre mis piernas.

Dentro estaba el documento que mi abuela había escondido durante años.

Su verdadero testamento.

—Ellos fueron quienes decidieron que dejara de ser su hija cuando apareció Elena.

Levanté la vista.

—Ahora tendrán que descubrir qué significa dejar de ser mi familia.

Aquella mañana se celebraba una reunión extraordinaria de accionistas de Foster Group.

Mis padres esperaban anunciar oficialmente la incorporación de Elena al consejo.

También pensaban transferirle parte de las acciones familiares.

Lo que no sabían era que mi abuela había establecido una condición muy diferente.

Cuando llegamos, Damian entró conmigo.

El salón quedó en silencio.

Mi madre fue la primera en levantarse.

—¿Cómo te atreves a venir después del escándalo que provocaste anoche?

—Buenos días, mamá.

—No me llames así.

Sentí el golpe.

Pero esta vez no bajé la mirada.

—Como quieras, señora Foster.

Mi padre golpeó la mesa.

—Valeria, sal inmediatamente.

El abogado que nos acompañaba colocó una carpeta frente a él.

—Me temo que la señorita Foster tiene derecho a permanecer.

Elena palideció.

Lucas estaba sentado a su lado.

Todavía llevaba el traje de la boda.

—¿Qué significa esto? —preguntó mi padre.

El abogado abrió el documento.

—La señora Margaret Foster dejó el treinta y dos por ciento de sus acciones a Valeria.

Mi madre se levantó bruscamente.

—¡Eso es imposible!

—No lo es.

—Valeria ni siquiera es nuestra hija biológica.

El abogado la miró.

—Precisamente por eso la señora Foster redactó esta cláusula.

El silencio fue absoluto.

Continuó leyendo.

—En caso de que Valeria fuera apartada de la familia por motivos relacionados con su origen, todas las acciones reservadas para los descendientes Foster pasarían automáticamente bajo su control.

Elena dejó caer el bolígrafo.

Mi padre perdió el color.

—¿Cuántas acciones?

El abogado cerró el documento.

—Con las participaciones adicionales transferidas antes del fallecimiento de Margaret Foster…

Miró hacia mí.

—Valeria controla actualmente el cincuenta y uno por ciento de Foster Group.

Nadie habló.

Damian se inclinó hacia mí.

—Creo que acabas de convertirte en la persona menos expulsable de esta familia.

Tuve que contener una sonrisa.

Mi padre se levantó.

—Podemos solucionar esto.

—Ya está solucionado.

Me senté en la cabecera.

El mismo lugar que él había ocupado durante veinte años.

—Primera decisión como accionista mayoritaria.

Miré a los directivos.

—Solicito una auditoría completa de todas las transferencias realizadas durante los últimos cinco años.

Mi madre palideció.

Aquello llamó inmediatamente mi atención.

Elena también lo notó.

—Mamá…

—Cállate.

Demasiado tarde.

Damian me miró.

Había entendido exactamente lo mismo que yo.

Tenían miedo de la auditoría.

Tres días después descubrimos por qué.

Mi abuela no había muerto dejando únicamente un testamento.

También había dejado registros bancarios.

Durante años, millones de dólares habían salido de Foster Group hacia compañías fantasma.

Una de aquellas empresas estaba relacionada con mi padre.

Otra llevaba directamente hasta Sterling Industries.

Hasta la familia de Lucas.

Cuando Damian colocó los documentos frente a mí, sentí un escalofrío.

—¿Lucas sabía esto?

—No puedo demostrarlo todavía.

Damian señaló una transferencia.

—Pero alguien con su autorización firmó aquí.

Mi teléfono comenzó a sonar.

Era Elena.

Contesté.

No dijo hola.

Estaba llorando.

—Valeria, necesito verte.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

Su respiración era irregular.

—Encontré algo entre los documentos de mamá.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué encontraste?

Hubo un silencio.

Después pronunció las palabras que cambiaron todo.

—Una prueba de ADN.

Miré a Damian.

—¿De quién?

Elena comenzó a llorar todavía más.

—Mía.

—¿Y qué dice?

Su siguiente frase me dejó sin respiración.

—Dice que yo tampoco soy hija biológica de los Foster.

Dos semanas después, la verdad salió completa.

Elena había sido utilizada.

Mis padres sabían desde hacía años que ninguna de las dos era su hija biológica. Habían inventado la historia de la “verdadera heredera” porque necesitaban apartarme antes de que el testamento de mi abuela entrara en vigor.

Lucas había aceptado casarse con Elena porque su familia esperaba controlar las acciones que creían que ella recibiría.

Cuando las pruebas llegaron al consejo, todo se derrumbó.

Mi padre fue destituido.

Las operaciones sospechosas quedaron en manos de los abogados.

Lucas perdió la alianza estratégica que esperaba conseguir con su matrimonio.

Y Elena solicitó la anulación pocas semanas después.

Yo conservé el control de Foster Group, pero no regresé a la antigua casa.

Aquella casa había dejado de ser mi hogar mucho antes de que me expulsaran.

Seis meses después terminó el acuerdo que había hecho con Damian.

Una noche dejé los documentos de nuestros derechos de voto sobre su escritorio.

—Cumplí mi parte.

Damian los miró.

—Entonces eres libre.

—Sí.

—¿Vas a pedirme el divorcio?

Me quedé en silencio.

Él sonrió, pero esta vez había tristeza en sus ojos.

—Sabía que llegaría este momento.

Me acerqué.

Tomé la alianza que todavía llevaba colgada alrededor del cuello.

La retiré de la cadena.

Y me la puse en el dedo.

Damian dejó de respirar por un instante.

—Valeria…

—Hace siete años elegí al hombre equivocado.

Levanté la mirada.

—No pienso cometer el mismo error dos veces.

—Nuestro acuerdo terminó.

—Precisamente.

Sonreí.

—Ahora puedo elegirte sin necesitar nada a cambio.

Damian me abrazó.

Y por primera vez desde que los Foster me expulsaron, comprendí que perder una familia que nunca supo valorarme no había sido el final.

Había sido la salida.

Lucas me cambió por una “verdadera heredera”.

Mis padres me echaron porque creyeron que ya no tenía valor.

Pero al final descubrí que mi apellido nunca había sido lo que me hacía importante.

Y aquella alianza, esta vez en mi dedo y no alrededor del cuello de Damian, significaba algo que ningún testamento podía concederme.

Esta vez nadie me había elegido por obligación, sangre, acciones ni conveniencia.

Esta vez nos habíamos elegido el uno al otro.

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