Parte 2: BAJO EL PISO

Me quedé arrodillada frente al altar, observando aquella línea demasiado perfecta para pertenecer a una cabaña abandonada.

Pasé los dedos por la costura una segunda vez.

Neftalí había escondido algo allí.

Aparté el altar con esfuerzo y encontré una pequeña hendidura entre dos tablas. Introduje la punta oxidada del candelabro y presioné.

La madera crujió.

Una tabla se levantó apenas unos centímetros.

Debajo no había tierra.

Había oscuridad.

Y metal.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

Retiré otra tabla y apareció una caja rectangular de acero, cubierta por una gruesa capa de polvo. No tenía candado. Solo una pequeña cerradura numérica.

Cuatro cifras.

Pensé inmediatamente en fechas.

El nacimiento de Neftalí.

Nada.

Mi cumpleaños.

Nada.

Entonces miré su fotografía sobre el altar.

Recordé algo que me había dicho cuando era niño.

—Mamá, si algún día tengo un secreto importante, usaré el número que tú nunca olvidarías.

La fecha de la muerte de su padre.

Marqué las cuatro cifras.

Clic.

Me quedé inmóvil.

Abrí la caja.

Dentro había varias carpetas protegidas en bolsas de plástico, dos memorias USB, un teléfono viejo y un sobre grueso.

En el frente estaba escrito:

PARA MAMÁ.

Reconocí inmediatamente la letra de mi hijo.

Tuve que sentarme.

Durante unos segundos fui incapaz de abrirlo.

Finalmente rompí el sello.

“Mamá:

Si estás leyendo esto, significa que no pude arreglar las cosas a tiempo.

Y probablemente significa que Verónica te mandó a esta cabaña.”

Dejé de respirar.

¿Cómo podía saberlo?

Seguí leyendo.

“Sé que pensarás que fui un cobarde. Quizá tengas razón. Pero durante los últimos meses descubrí cosas que me hicieron comprender que enfrentarse a Verónica sin pruebas sería peligroso.

Esta cabaña no es un castigo.

Es el único lugar donde sabía que ella nunca buscaría.

Me llevé una mano a la boca.

Verónica creía haberme desterrado.

Pero Neftalí había previsto exactamente ese movimiento.

Continué.

“La casa donde vivimos no es realmente lo más importante. Mira primero la carpeta azul.”

Mis manos buscaron frenéticamente.

La encontré.

Dentro había documentos bancarios, escrituras y copias de transferencias.

No entendía todas las cifras, pero sí reconocí un nombre repetido varias veces.

Fundación Eulalia Reyes.

Mi nombre.

Abrí otra hoja.

Propiedades.

Terrenos.

Participaciones empresariales.

Una cuenta fiduciaria.

Las cantidades parecían absurdas.

Entonces encontré la mansión.

La casa de cuatro millones de dólares figuraba dentro de un fideicomiso.

Beneficiaria temporal: Verónica Salgado.

Debajo aparecía una condición.

Leí tres veces.

Su derecho de residencia terminaba si intentaba expulsarme, vender la propiedad o disponer de determinados bienes sin autorización del administrador fiduciario.

Sentí que las piernas me temblaban.

Verónica no se había quedado con la casa.

Acababa de perder el derecho a vivir en ella.

Pero aquello no explicaba por qué Neftalí había escondido todo.

Volví a la carta.

“Sé que ahora estarás pensando en regresar y enfrentarla.

No lo hagas todavía.

La casa es solamente una parte.

Mamá, encontré movimientos de dinero que nunca autoricé. Firmas que parecen mías. Seguros que yo no contraté.

Y tres meses antes de escribir esto descubrí algo peor.

Verónica sabía cosas sobre mis cuentas que únicamente conocían mi abogado y yo.”

Sentí frío.

Seguí leyendo.

“Comencé a sospechar que alguien dentro de mi círculo estaba ayudándola.

Por eso no confié en nadie.”

Afuera, una rama golpeó una ventana.

Salté del susto.

La montaña estaba completamente silenciosa.

Volví al sobre.

Había una fotografía.

Verónica aparecía saliendo de un restaurante junto a un hombre de traje gris.

Lo reconocí.

Samuel Ortega, abogado personal de Neftalí.

Sentí náuseas.

Debajo de la fotografía mi hijo había escrito:

“Ellos creen que no los vi.”

Saqué el viejo teléfono.

Estaba descargado.

Busqué entre las cosas de la caja hasta encontrar una batería portátil.

Lo conecté.

Mientras esperaba, revisé la última carpeta.

Era roja.

Solo contenía cinco hojas.

La primera era una copia del informe médico inicial sobre la muerte de Neftalí.

Infarto.

Eso nos habían dicho.

Pero detrás había resultados de análisis privados solicitados apenas nueve días antes de morir.

En la parte superior, mi hijo había escrito:

“Si me ocurre algo, compara ambos informes.”

Sentí que el aire desaparecía de la cabaña.

Yo había aceptado su muerte porque los médicos dijeron que su corazón había fallado.

No hice preguntas.

Estaba demasiado destruida para hacerlas.

El teléfono se encendió.

Había una sola grabación.

Fecha: dos días antes de la muerte de Neftalí.

Presioné reproducir.

Su voz llenó la pequeña habitación.

—Mamá, si escuchas esto, quiero que sepas que intenté protegerte.

Comencé a llorar.

—No sé cuánto tiempo tengo. Cometí el error de dejar que alguien supiera que descubrí las transferencias.

Hubo un ruido en la grabación.

Neftalí bajó la voz.

—Verónica cree que voy a cambiar el testamento. Samuel sabe que ya hablé con otro abogado. Si algo sucede, no entregues estas pruebas a la policía local hasta hablar con la persona cuyo número está detrás de mi fotografía.

La grabación terminó abruptamente.

Corrí hacia el altar.

Saqué la fotografía del marco.

Detrás había un número telefónico escrito a mano.

Y una frase:

“CONFÍA SOLO EN ELLA.”

Tomé mi celular.

Pero antes de marcar escuché un motor.

Me acerqué lentamente a la ventana rota.

Un vehículo negro avanzaba por el camino embarrado.

Se detuvo frente a la cabaña.

Mi corazón se aceleró.

Guardé las carpetas dentro de la caja.

Entonces escuché cerrarse una puerta de automóvil.

Después otra.

Dos personas.

Me escondí junto a la ventana.

Una voz masculina atravesó la oscuridad.

—La luz está encendida. La vieja encontró algo.

Reconocí aquella voz.

Samuel.

El abogado de mi hijo.

Pero la segunda voz consiguió que todo mi cuerpo se congelara.

—Entonces entra y recupera la caja.

Era Verónica.

Mi nuera no estaba en la mansión disfrutando de su herencia.

Había venido personalmente a buscar lo que Neftalí había escondido.

Y entonces comprendí algo todavía peor.

Yo no había encontrado aquella caja por casualidad.

Ellos sabían que existía.

La manija de la puerta comenzó a girar.

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