PARTE 2: CUANDO ENCONTRÓ MI SANGRE, YA ERA DEMASIADO TARDE.

Dante llegó a la cabaña cuarenta minutos después.

La puerta estaba abierta.

Las luces apagadas.

Y yo ya no estaba allí.

—¡Elena!

Su voz atravesó la montaña.

Nadie respondió.

Sus hombres entraron primero y encontraron la silla donde me habían mantenido atada, las cuerdas cortadas y mi abrigo abandonado en el suelo.

Dante se quedó paralizado.

Entonces uno de sus hombres apuntó con una linterna hacia una esquina.

—Señor…

Había sangre en el suelo.

No mucha.

Pero suficiente.

Dante dejó de respirar durante un segundo.

Se arrodilló y tocó la mancha con los dedos.

Todavía estaba húmeda.

—¿De quién es?

Nadie necesitaba responder.

A pocos centímetros encontraron la pulsera que yo llevaba desde nuestra boda.

Dante la reconoció inmediatamente.

Él mismo me la había regalado.

La sostuvo con tanta fuerza que los nudillos se le volvieron blancos.

—Encuéntrenla.

Su voz salió baja.

Terriblemente baja.

—Cierren todas las carreteras. Revisen cada vehículo. Quiero hombres en cada sendero de esta montaña.

Uno de sus capitanes asintió.

—¿Y Salazar?

Dante levantó la mirada.

—Quiero a mi esposa primero.

Sofía apareció en la puerta.

—Dante…

Él ni siquiera la miró.

Por primera vez desde que habían salido juntos aquella noche, parecía haber olvidado que ella estaba allí.

—Quizá deberíamos regresar —dijo Sofía—. Tus hombres pueden buscarla.

Dante giró lentamente.

—¿Regresar?

—Esto puede ser una trampa.

—Mi esposa está desaparecida.

Sofía bajó la mirada.

—Lo sé.

—Está embarazada de cinco meses.

Silencio.

Dante miró nuevamente la sangre.

Y entonces recordó nuestra última conversación.

“Solo una vez tenías que elegirme a mí.”

Las palabras comenzaron a perseguirlo.

Porque finalmente entendía lo que yo había intentado decirle.

Nunca había sido una escena de celos.

Víctor había dicho la verdad.

Yo había dicho la verdad.

Y Dante había preferido creer que una mujer embarazada había organizado su propio secuestro antes que sacrificar un terreno destinado a Sofía.

—Señor.

Uno de los hombres apareció desde el bosque.

—Encontramos huellas.

Dante salió inmediatamente.

Había marcas de neumáticos detrás de la cabaña.

También encontraron un trozo de tela enganchado en una rama.

Era parte de mi vestido.

Dante lo reconoció.

Me lo había visto puesto aquella mañana.

—Van hacia el norte —dijo el rastreador—. Probablemente utilizaron la carretera forestal.

Dante comenzó a caminar.

Sofía intentó seguirlo.

—Dante.

Él se detuvo.

—Regresa a Chicago.

Ella abrió los ojos.

—Dijiste que podía acompañarte.

—Cambié de opinión.

—Pero…

—¡REGRESA A CHICAGO, SOFÍA!

Todos quedaron inmóviles.

Ella también.

Era la primera vez que Dante le gritaba.

Sofía retrocedió con los ojos llenos de lágrimas.

—Entiendo.

Pero Dante ya se había marchado.

Mientras tanto, yo desperté dentro de un vehículo.

Tenía las manos libres.

Eso fue lo primero que me sorprendió.

Lo segundo fue descubrir que Víctor estaba sentado frente a mí.

—¿Dónde me llevan?

—Lejos de Moretti.

Protegí inmediatamente mi vientre.

—¿Qué quieren hacer conmigo?

Víctor guardó silencio.

—Respóndeme.

Finalmente habló.

—Mi orden era utilizarte para obligarlo a abandonar la subasta.

—Y no funcionó.

—No.

Una sonrisa amarga cruzó su rostro.

—Tu esposo nos sorprendió.

Miré por la ventana.

Solo veía árboles.

—Entonces, ¿por qué sigo viva?

Víctor me observó durante varios segundos.

—Porque matar a una mujer embarazada nunca formó parte del trato.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué trato?

No respondió.

Eso fue suficiente para comprender que había alguien más detrás del secuestro.

Alguien que todavía no conocía.

El vehículo se detuvo frente a una vieja estación forestal.

Víctor abrió la puerta.

—Baja.

No me moví.

—¿Vas a dejarme ir?

—Voy a darte una oportunidad.

Me entregó una mochila.

Dentro había agua, dinero, documentos y un teléfono.

Miré el pasaporte.

El nombre no era el mío.

—¿Qué significa esto?

Víctor se inclinó hacia mí.

—Tu esposo cree que todavía puede recuperarte y volver a colocar todo exactamente donde estaba.

Hizo una pausa.

—Pero tú y yo sabemos que algo murió esta noche.

Mis dedos se cerraron alrededor del pasaporte.

—¿Por qué me ayudas?

Víctor sonrió sin alegría.

—Porque también sé lo que significa descubrir que Dante Moretti eligió a otra persona antes que a tu familia.

Antes de que pudiera preguntarle qué significaban aquellas palabras, volvió al vehículo.

—Hay una carretera a tres kilómetros. Cuando llegues, decide qué quieres hacer.

—¿Y Dante?

Víctor me miró por última vez.

—Eso depende de ti.

El vehículo desapareció entre los árboles.

Me quedé sola.

Con una identidad nueva.

Dinero.

Y una decisión que tres años antes había pronunciado como una broma frente al altar.

“Yo desaparecería.”

Me llevé una mano al vientre.

Mi bebé se movió.

Y algo dentro de mí se volvió completamente claro.

Dante había hecho su elección.

Ahora me tocaba hacer la mía.

Dos horas después, sus hombres encontraron el lugar donde el vehículo se había detenido.

Dante vio las huellas.

Después encontró gotas de sangre que continuaban hacia el bosque.

Las siguió desesperadamente.

—¡Elena!

Corrió entre los árboles hasta llegar a la carretera.

Pero allí las huellas desaparecían.

Su teléfono sonó.

Era su jefe de seguridad.

—Señor, encontramos algo sobre Víctor Salazar.

—Habla.

—No trabaja para la familia que creíamos.

Dante quedó inmóvil.

—Entonces, ¿para quién trabaja?

Hubo un silencio extraño.

—Eso es lo preocupante. Los pagos salieron de una cuenta vinculada a alguien dentro de la organización Moretti.

Dante apretó el teléfono.

El secuestro había sido ordenado desde su propia familia.

Esa misma noche regresó a Chicago.

Sofía lo esperaba en el refugio subterráneo.

—¿La encontraste?

Dante no respondió.

Caminó directamente hacia ella.

—¿Quién sabía que Elena había descubierto este lugar?

Sofía palideció.

—No entiendo.

—Te hice una pregunta.

—Solo nosotros.

Dante la observó.

Entonces recordó algo.

El terreno.

La subasta.

La amenaza.

Todo estaba conectado.

—¿Por qué era tan importante para ti que comprara ese terreno?

Sofía retrocedió.

—Ya te lo dije. La iglesia…

—La iglesia cerró hace doce años.

El rostro de Sofía cambió.

Dante había investigado.

Y por primera vez, la mujer vestida de blanco no parecía inocente.

Entonces sonó el teléfono de Dante.

Número desconocido.

Contestó.

—¿Sí?

Una voz masculina habló.

—Señor Moretti, encontramos a una mujer embarazada intentando abordar un autobús con documentos falsos.

Dante cerró los ojos.

—¿Es Elena?

—La descripción coincide.

Su corazón comenzó a golpearle el pecho.

—No la pierdan.

Pero el hombre añadió algo.

—Hay un problema.

—¿Qué problema?

—La señora Moretti dejó una carta para usted… y dice que, si intenta seguirla, revelará quién es realmente “Matteo Moretti” y por qué Sofía Vale jamás llegó a ese refugio por casualidad.

Dante levantó lentamente la mirada.

Sofía seguía frente a él.

Y en sus ojos ya no había dulzura.

Había miedo.

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