Parte 2: CUANDO VOLVIÓ L.M.

Cuando mi avión aterrizó en París, tenía cuarenta y siete llamadas perdidas.

Treinta y nueve eran de Adrian.

Cinco de su madre.

Tres de números desconocidos.

De Chloe, ninguna.

Guardé el teléfono sin escuchar un solo mensaje.

Julian Moreau me esperaba en la terminal.

Hacía casi cuatro años que no lo veía, pero seguía exactamente como lo recordaba: abrigo oscuro, gafas finas y esa expresión de hombre que podía distinguir un diamante excepcional desde el otro extremo de una habitación.

Me observó durante unos segundos.

—Estás diferente.

—Me divorcio.

Julian sonrió.

—Eso explica por qué pareces más viva.

Por primera vez desde que salí de Nueva York, reí.

En el automóvil me entregó una carpeta.

—La exposición quiere una pieza central de L.M.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Seis semanas.

Miré por la ventana.

París estaba gris, húmedo y precioso.

—Dales tres.

Julian giró hacia mí.

—Ahí está la mujer que recuerdo.

Aquella misma tarde entré en el antiguo estudio que Julian había conservado.

Mi mesa seguía junto al ventanal.

Mis herramientas estaban guardadas.

Incluso permanecía allí el pequeño cuaderno negro donde dibujaba cuando ninguna idea quería salir.

Lo abrí.

La primera página en blanco parecía una provocación.

Tomé un lápiz.

Y diseñé durante siete horas.

Por primera vez en tres años, no pensé en qué quería Adrian.

A medianoche mi teléfono volvió a vibrar.

ADRIAN:

“Contéstame.”

Después:

“Esto se salió de control.”

Luego:

“Chloe y yo no tenemos una relación.”

Finalmente:

“Regresa y hablamos como adultos.”

Miré el último mensaje.

Durante años, “hablar como adultos” había significado que él explicaba y yo perdonaba.

Lo bloqueé.

Tres días después, Rachel me llamó.

—Adrian recibió los documentos.

—¿Y?

—Se niega a firmar.

No me sorprendió.

—Entonces seguimos adelante sin su cooperación.

Rachel guardó silencio.

—Emma, hay algo más.

—Dime.

—Su abogado quiere saber si reclamarás participación en Foster Holdings.

Fruncí el ceño.

—Nunca quise su empresa.

—Eso pensaba. Pero parece que Adrian está preocupado por algo.

—¿Por qué?

—Porque ha pedido una revisión completa del acuerdo prenupcial.

Me quedé quieta.

Nuestro acuerdo prenupcial protegía nuestras fortunas anteriores al matrimonio.

Adrian había insistido en él.

En aquella época casi me pareció gracioso.

Él creía estar protegiendo su apellido y sus millones de una mujer que, según todos, había abandonado cualquier ambición profesional.

Nunca supo cuánto valía L.M.

—Que revise lo que quiera —respondí.

Una semana después llegó la Exposición de Otoño.

Julian había mantenido mi regreso en secreto.

La pieza central permanecía cubierta por terciopelo negro.

Coleccionistas de Londres, Dubái, Nueva York y Mónaco llenaban el salón.

Cuando retiraron la tela, escuché un murmullo colectivo.

Había llamado a la pieza Renacimiento.

Un collar construido alrededor de una piedra azul rodeada por líneas de diamantes que parecían abrirse después de años encerradas.

La puja comenzó en ochocientos mil euros.

Superó el millón.

Después dos.

Finalmente cayó el martillo.

Tres millones cuatrocientos mil euros.

El salón estalló en aplausos.

Julian se acercó.

—Creo que oficialmente has vuelto.

Pero alguien detrás de nosotros dijo:

—Imposible.

Conocía aquella voz.

Me giré.

Adrian estaba en la entrada.

Solo.

Su viaje a Islandia aparentemente había terminado antes de tiempo.

Me miraba como si nunca me hubiera visto.

—¿L.M.? —susurró.

Julian sonrió cortésmente.

—Señor Foster.

Adrian ignoró el saludo.

—Emma, ¿tú eres L.M.?

—Desde mucho antes de conocerte.

—Dijiste que habías dejado de trabajar.

—Dejé de diseñar después de casarme contigo.

Su rostro se tensó.

—¿Por qué nunca me dijiste cuánto ganabas?

Casi no pude creerlo.

—¿Eso es lo primero que quieres preguntarme?

—Soy tu esposo.

—Por ahora.

Aquello le dolió.

—Cancelé Islandia.

—Qué pena por Chloe.

—¡No pasó nada con Chloe!

Varias personas comenzaron a mirar.

Adrian bajó la voz.

—Fue un viaje.

—No me fui por un viaje.

—Entonces ¿por qué?

Lo miré.

—Porque durante tres años me enseñaste exactamente dónde estaba en tu lista de prioridades y finalmente decidí creerte.

Se quedó callado.

Entonces apareció Julian con dos copas.

Adrian observó la que me entregó.

—¿Hay algo entre ustedes?

Solté una risa incrédula.

—Todavía crees que esto gira alrededor de otro hombre.

—Solo pregunto.

—Pues deja de hacerlo.

Me alejé.

Adrian me siguió.

—Emma, cometí un error.

Me detuve.

—No. Un error es olvidar una reserva. Tú cancelaste nuestra luna de miel en secreto, mentiste sobre un viaje de negocios y planeaste utilizar mi paciencia como garantía de que seguiría esperándote.

No tuvo respuesta.

Entonces su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Chloe.

Lo rechazó inmediatamente.

Cinco segundos después volvió a sonar.

Esta vez contestó.

—¿Qué?

No pude escuchar lo que Chloe dijo.

Pero vi desaparecer el color de su rostro.

—¿Cómo que hablaste con ellos?

Silencio.

—Chloe, ¿qué hiciste?

Me disponía a marcharme cuando escuché mi nombre.

Adrian levantó lentamente los ojos hacia mí.

—Emma…

—No me interesa.

—Debería interesarte.

Colgó.

—Chloe filtró información a la prensa cuando descubrió quién eres.

Mi estómago se tensó.

—¿Qué información?

—Sobre nuestro matrimonio. Sobre el divorcio. Sobre L.M.

Julian apareció inmediatamente a mi lado.

—Eso podemos manejarlo.

Pero Adrian negó.

—No entiendes.

Me miró.

Por primera vez parecía verdaderamente asustado.

—Chloe también les contó por qué nuestras familias organizaron nuestro matrimonio.

Fruncí el ceño.

—Nuestras familias no organizaron nada.

—Emma…

—Mi abuela solo quería que me casara contigo.

Adrian cerró los ojos.

Y comprendí que sabía algo que yo no.

—¿Qué estás ocultando?

Tardó demasiado en responder.

Finalmente dijo:

—Tu abuela no me pidió simplemente que cuidara de ti.

El ruido del salón pareció desaparecer.

—Entonces, ¿qué te pidió?

Adrian metió una mano en su chaqueta y sacó un sobre antiguo.

Reconocí inmediatamente la letra del frente.

Era de mi abuela.

PARA EMMA, CUANDO ESTÉ PREPARADA PARA SABER LA VERDAD.

Sentí que el suelo se movía.

—¿Por qué tienes eso?

Adrian bajó la mirada.

—Porque me lo entregó tres días antes de morir.

—¿Hace más de tres años?

Asintió.

La rabia me dejó sin aire.

—Dámelo.

Pero antes de hacerlo, Julian tomó suavemente mi brazo.

—Emma.

Señaló hacia la entrada.

Varias cámaras acababan de aparecer detrás de las puertas del salón.

Periodistas.

Y al frente de ellos estaba Chloe.

No parecía avergonzada.

Estaba sonriendo.

Adrian me entregó el sobre.

Lo abrí.

Dentro solo había una hoja.

Leí la primera línea.

Y todo lo que creía saber sobre mi matrimonio cambió.

“Emma, si estás leyendo esto, significa que Adrian rompió la única promesa por la que acepté que se casara contigo…”

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