Evelyn llevaba menos de tres horas en Aurora cuando recibió la llamada.
—Señorita Reed, habla el capitán Daniel Foster. Su hermano me dio su número.
Ella dejó la taza de café sobre la mesa.
—¿Ha ocurrido algo?
—Necesitamos una consultora para un caso. Su antiguo profesor nos recomendó personalmente.
Evelyn miró a Ethan.
Su hermano levantó ambas manos.
—Yo no fui.
—¿Qué clase de caso? —preguntó ella.
Hubo una breve pausa.
—Una desaparición.
Aquella misma tarde, Evelyn atravesó las puertas del Departamento de Investigación Criminal de Aurora.
Llevaba un traje oscuro, el cabello recogido y una carpeta bajo el brazo.
Ya no quedaba nada de aquella joven que bajaba la mirada cuando alguien elevaba la voz.
Los agentes la observaron con curiosidad.
Entonces el capitán Foster apareció.
—Gracias por venir.
Le entregó varias fotografías.
—La desaparecida se llama Amelia Warren. Veintidós años. Estudiante universitaria. Su automóvil apareció abandonado esta mañana.
Evelyn estudió las imágenes.
Un bolso dentro del vehículo.
Las llaves en el suelo.
El teléfono desaparecido.
Una pequeña mancha de barro junto al asiento del conductor.
—No fue un secuestro improvisado.
Foster frunció el ceño.
—¿Cómo puede saberlo tan rápido?
—Porque no hay señales de pánico alrededor del automóvil.
Señaló una fotografía.
—Amelia salió voluntariamente.
—¿Con alguien conocido?
—Con alguien en quien confiaba.
Una voz masculina sonó detrás de ella.
—O con alguien que sabía exactamente cómo hacer que confiara.
Evelyn se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
Habían pasado dos años.
Pero su cuerpo la reconoció antes que su mente.
Giró lentamente.
Alexander Han estaba de pie junto a la puerta.
Más delgado.
Más serio.
Con el mismo rostro que había aparecido tantas veces en sus sueños.
Durante unos segundos ninguno habló.
Alexander miró primero sus ojos.
Después su hombro.
Exactamente donde sabía que estaba la cicatriz.
La última vez que la había visto, Evelyn estaba cubierta de sangre entre sus brazos.
Ahora estaba frente a él, firme, serena e imposible de reconocer como aquella muchacha frágil.
—Has vuelto —dijo finalmente.
—Esta mañana.
Alexander asintió.
Eso fue todo.
Ni un abrazo.
Ni una sonrisa.
Ni siquiera un paso hacia ella.
Evelyn sintió una punzada absurda de decepción.
Había imaginado aquel encuentro cientos de veces.
Nunca lo había imaginado tan frío.
Foster rompió el silencio.
—El señor Han está aquí porque la familia Warren pidió su colaboración. Conoce personalmente al padre de Amelia.
Evelyn bajó la mirada hacia el expediente.
—Entonces trabajaremos juntos.
Alexander respondió:
—Si eso no te incomoda.
Ella levantó los ojos.
—Ya no soy tan fácil de incomodar.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en el rostro de Alexander.
Pero desapareció inmediatamente.
Trabajaron durante cuatro horas.
Evelyn reconstruyó las últimas cuarenta y ocho horas de Amelia.
Alexander apenas intervenía.
La observaba.
Cómo hacía preguntas.
Cómo detectaba contradicciones.
Cómo permanecía tranquila incluso frente a fotografías difíciles.
En cierto momento, Evelyn levantó la cabeza.
—Deja de mirarme.
Alexander apartó los ojos.
—Lo siento.
Aquello la desconcertó.
El Alexander que recordaba jamás se disculpaba por mirar a nadie.
—Has cambiado —dijo ella.
Él soltó una risa seca.

—Tú también.
—Ese era el objetivo.
Un silencio extraño quedó entre ambos.
Entonces Foster regresó con una bolsa de evidencia.
—Encontraron esto cerca del automóvil.
Dentro había un botón metálico.
Evelyn lo examinó.
—No pertenece a Amelia.
Alexander se inclinó para observarlo.
Sus manos quedaron a pocos centímetros.
Evelyn sintió que el corazón se aceleraba.
Él también lo notó.
Y retiró inmediatamente la mano.
Ese pequeño gesto le dolió más de lo esperado.
—¿Me tienes miedo ahora? —preguntó ella.
Alexander la miró sorprendido.
—¿Qué?
—Desde que llegué no te has acercado a menos de un metro.
Él guardó silencio.
—Alexander.
—No es miedo.
—Entonces ¿qué es?
La mandíbula de Alexander se tensó.
—La última vez que estuve demasiado cerca de ti recibiste una bala.
Evelyn dejó de respirar por un instante.
—Eso no fue culpa tuya.
—Para ti quizá no.
Sus ojos se oscurecieron.
—Yo todavía recuerdo cómo te sentí caer.
Evelyn tocó inconscientemente su hombro.
Alexander vio el movimiento.
Retrocedió.
Entonces comprendió que él también había pasado aquellos dos años atrapado en el mismo instante.
Ella había aprendido a vivir con la cicatriz.
Alexander todavía vivía dentro de ella.
—Estoy aquí —susurró Evelyn.
Él negó lentamente.
—Precisamente por eso no quiero volver a cometer el mismo error.
Antes de que pudiera preguntarle qué significaba aquello, Foster entró apresuradamente.
—Tenemos una dirección.
Llegaron a un almacén abandonado cerca del río poco después de medianoche.
Amelia no estaba allí.
Pero encontraron su teléfono.
Evelyn se agachó junto a una mesa.
Había fotografías impresas.
Decenas.
Todas de Amelia.
—Obsesión —murmuró.
Alexander observó las paredes.
—¿Un acosador?
—No exactamente.
Evelyn tomó una fotografía.
Amelia aparecía hablando con diferentes hombres.
Algunas imágenes tenían fechas escritas.
Otras, nombres.
—Quien hizo esto no está enamorado de ella.
—Entonces ¿qué quiere?
Evelyn sintió un escalofrío.
—Castigarla.
Un agente apareció desde el fondo.
—¡Capitán!
Encontraron una computadora.
Los técnicos consiguieron acceder a varios archivos.
Evelyn observó la pantalla.
Había carpetas correspondientes a distintas mujeres.
Amelia Warren.
Sophie Miller.
Natalie Cross.
Y entonces apareció otro nombre.
Evelyn Reed.
El mundo pareció detenerse.
Alexander se colocó inmediatamente frente al monitor.
—¿Qué demonios es esto?
El técnico abrió la carpeta.
Había fotografías de Evelyn.
En la universidad.
En la biblioteca.
Saliendo de su residencia en el extranjero.
Incluso había una imagen tomada la noche anterior a su vuelo.
Ethan palideció cuando llegó minutos después.
—¿Alguien la estuvo siguiendo durante dos años?
Evelyn no respondió.
Su entrenamiento le decía que analizara.
Que separara emoción de evidencia.
Pero sus manos habían comenzado a temblar.
Alexander lo vio.
Esta vez olvidó mantener la distancia.
Se acercó.
—Evelyn.
Ella levantó la mirada.
Por primera vez desde su regreso, él estaba suficientemente cerca como para tocarla.
Pero no lo hizo.
—Estoy bien.
—No tienes que fingir conmigo.
Aquellas palabras casi rompieron la armadura que había construido durante dos años.
Entonces el técnico abrió el último archivo.
Era un video.
La fecha correspondía a esa misma mañana.
La grabación mostraba el aeropuerto de Aurora.
Evelyn saliendo por las puertas.
Ethan abrazándola.
Y, al fondo, un hombre escondido detrás de una columna.
Lucas Grant.
Evelyn frunció el ceño.
—Lucas…
Alexander se quedó completamente rígido.
Pero el video continuó.
La cámara no estaba siguiendo a Evelyn.
Estaba siguiendo a Lucas.
Segundos después de que ella abandonara el aeropuerto, otra figura apareció detrás de él.
Un hombre con gorra oscura.
Lo siguió hasta el estacionamiento.
Foster recibió una llamada.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Cuándo?
Todos lo miraron.
Colgó lentamente.
—Acaban de encontrar el automóvil de Lucas Grant junto al puente norte.
Evelyn sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Y Lucas?
Foster negó con la cabeza.
—No estaba dentro.
El teléfono de Evelyn vibró en ese instante.
Número desconocido.
Un mensaje.
Abrió la imagen adjunta.
Lucas estaba sentado en una habitación que no reconocía, con las manos sujetas frente a él.
Debajo había una sola frase:
“VOLVISTE A AURORA POR EL HOMBRE EQUIVOCADO.”
Evelyn levantó los ojos hacia Alexander.
Antes de que pudiera hablar, llegó un segundo mensaje.
Esta vez solo contenía cuatro palabras.
“PREGÚNTALE QUIÉN DISPARÓ AQUELLA BALA.”
El rostro de Alexander perdió todo el color.