PARTE 2: EL NIÑO QUE ME LLAMÓ MAMÁ.

Me quedé mirando aquella fotografía sin poder respirar.

La mujer sostenía a un bebé envuelto en una manta blanca. Tenía mi misma nariz, mis mismos ojos e incluso el pequeño lunar junto a la ceja izquierda.

Pero aquello era imposible.

—¿Quién es ella? —pregunté.

El señor Lu no respondió.

Nathan seguía sujetando mi manga.

—Señor Lu.

Su mirada pasó de la fotografía a mi rostro.

—¿Cómo se llama su madre?

La pregunta me desconcertó.

—Laura Su.

—¿Su madre biológica?

—Por supuesto.

Su expresión se volvió todavía más fría.

—¿Está segura?

Sentí un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Antes de responder, Nathan se levantó.

Caminó hasta mí y alzó los brazos.

—Emma.

El señor Lu se quedó inmóvil.

Yo también.

El mayordomo, que acababa de aparecer en el pasillo, abrió los ojos con incredulidad.

—Joven amo…

Nathan nunca pedía que lo cargaran.

Recordé las instrucciones.

No tocarlo sin permiso.

Así que me agaché.

—¿Quieres que te cargue?

Nathan asintió.

Lo levanté con cuidado.

Inmediatamente apoyó la cabeza sobre mi hombro.

El señor Lu palideció.

—Bájelo.

—Él me lo pidió.

—He dicho que lo baje.

Nathan se aferró a mi cuello.

—No.

Aquella única palabra dejó al pasillo en silencio.

El señor Lu cerró los ojos durante un instante.

Cuando volvió a abrirlos, su expresión era imposible de descifrar.

—Señorita Su, venga a mi despacho.


Su nombre completo era Alexander Lu.

Lo descubrí diez minutos después, cuando entré en una habitación llena de libros y vi varias revistas financieras con su rostro en las portadas.

Presidente del Grupo Lu.

Treinta y dos años.

Una de las mayores fortunas privadas del país.

Alexander cerró la puerta.

—¿Dónde nació?

—En Hangzhou.

—¿Fecha?

Se la dije.

Sus dedos se tensaron.

—¿Tiene fotografías de cuando era bebé?

—No muchas. Mi madre decía que las perdimos durante una mudanza.

—¿Y de su nacimiento?

Empecé a sentirme incómoda.

—¿Por qué me pregunta todo esto?

Alexander abrió un cajón.

Sacó otra fotografía.

Era la misma mujer.

Esta vez aparecía sola.

Me entregó la imagen.

En la parte posterior había un nombre escrito.

Elena Lin.

—Era mi hermana mayor —dijo.

Lo miré.

—¿Era?

—Murió hace veinticuatro años.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Veinticuatro.

Mi edad.

—Eso no demuestra nada.

—No.

Alexander se acercó a la ventana.

—Pero murió después de dar a luz a una niña.

Mis manos comenzaron a temblar.

—¿Qué pasó con ella?

—Desapareció.

La fotografía casi cayó de mis dedos.

Alexander continuó:

—Nuestra familia la buscó durante años.

—¿Está diciendo que cree que soy esa niña?

—Estoy diciendo que se parece demasiado a mi hermana para ignorarlo.

Negué inmediatamente.

—Mi madre jamás me ocultaría algo así.

Pero incluso mientras pronunciaba aquellas palabras, comenzaron a regresar pequeños recuerdos.

Nunca había visto fotografías de Laura embarazada.

Mi certificado de nacimiento siempre había permanecido guardado bajo llave.

Y mi padre evitaba hablar de mis primeros años.

Alexander sacó su teléfono.

—Podemos hacer una prueba genética.

—No.

Me levanté.

—Vine aquí para trabajar, no para permitir que un desconocido desmonte mi vida en diez minutos.

Caminé hacia la puerta.

Su voz me detuvo.

—Si usted es quien creo que es, su madre podría estar en peligro por algo ocurrido hace veinticuatro años.

Me giré.

—¿Qué quiere decir?

Alexander tardó unos segundos en responder.

—La muerte de mi hermana nunca fue considerada completamente accidental.


Aquella tarde intenté concentrarme en Nathan.

No podía.

Cada vez que miraba al niño, veía aquella fotografía.

Nathan parecía notar mi inquietud.

Se sentó frente a mí con su conejo gris.

—¿Triste?

Me sorprendió escucharlo.

—Un poco.

—¿Por mamá?

Asentí.

Nathan pensó unos segundos.

Después puso el conejo sobre mis piernas.

—Toma.

Sonreí.

—¿Me lo prestas?

Asintió.

Era extraño.

Aquel niño que supuestamente rechazaba cualquier vínculo parecía haber decidido confiar en mí en menos de dos días.

Entonces señaló hacia arriba.

—Mamá.

Miré el techo.

—¿Qué?

Nathan señaló nuevamente.

—Mamá arriba.

Recordé la prohibición.

Nunca suba al tercer piso.

—Nathan, ¿hay algo arriba?

El niño se puso rígido.

Sus ojos se llenaron de miedo.

—No puerta.

—¿Qué puerta?

Se tapó los oídos.

—No.

No insistí.

Pero aquella noche, cuando Nathan se durmió, escuché pasos sobre mi habitación.

El tercer piso supuestamente estaba vacío.

Sin embargo, alguien caminaba allí.

Abrí la puerta.

El pasillo estaba oscuro.

Entonces vi una sombra desaparecer escaleras arriba.

La seguí.

Sabía que estaba rompiendo la única regla que Alexander me había impuesto.

Pero algo me decía que aquella prohibición tenía relación conmigo.

Llegué al tercer piso.

Había varias habitaciones cerradas.

Al fondo encontré una puerta entreabierta.

Entré.

Y sentí que el corazón se detenía.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Fotografías mías.

Yo entrando en la universidad.

Yo trabajando en una cafetería.

Yo visitando el hospital.

Incluso había una fotografía tomada tres días antes, cuando Ryan me había expulsado de casa.

Retrocedí horrorizada.

Aquello no había empezado cuando respondí al anuncio.

La familia Lu llevaba años vigilándome.

—No debería estar aquí.

Me giré.

Alexander estaba detrás de mí.

—¿Desde cuándo me siguen?

No respondió.

—¡Contésteme!

—Desde que cumplió dieciocho años.

Sentí náuseas.

—¿Entonces el anuncio tampoco fue casualidad?

Silencio.

Aquello fue suficiente.

—¿Los setenta mil dólares? ¿Nathan? ¿Todo estaba preparado para traerme aquí?

Alexander dio un paso hacia mí.

—Necesitábamos estar seguros.

—¿De qué?

—De quién es usted.

—¡Podía haberme llamado!

—No mientras ciertas personas creyeran que seguía desaparecida.

Me quedé helada.

—¿Qué personas?

Antes de que pudiera responder, escuchamos un grito desde abajo.

Era el mayordomo.

—¡Señor Lu!

Bajamos corriendo.

Nathan estaba en medio del vestíbulo.

Había encontrado mi teléfono.

En la pantalla aparecía una fotografía que había tomado aquella mañana junto a la cama de mi madre.

Nathan miró la imagen.

Después me miró a mí.

Sus labios comenzaron a temblar.

—Mamá.

Me agaché frente a él.

—Nathan, ella es mi madre.

Pero el niño negó con fuerza.

Señaló primero la fotografía.

Luego me señaló a mí.

—No.

Alexander se quedó completamente inmóvil.

—Nathan —preguntó lentamente—, ¿qué quieres decir?

El pequeño empezó a llorar.

Me abrazó con todas sus fuerzas y enterró el rostro contra mi pecho.

Entonces pronunció una frase completa por primera vez.

—Ella no es tu mamá.

Sentí que todo mi cuerpo se congelaba.

Nathan levantó la cabeza y señaló hacia el tercer piso.

—Tu mamá está arriba.

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