PARTE 2: EL PRECIO DE PERDERME

A las ocho de la mañana siguiente, Qin Group descubrió cuánto costaba mi ausencia.

Yo estaba sentada en la sala de reuniones de mi fondo cuando Grace colocó tres documentos frente a mí.

—La familia Qin ha llamado diecisiete veces.

—¿Ethan?

—Veintitrés.

Pasé la página sin mirar mi teléfono.

—¿Y el banco?

Grace sonrió.

—Eso es más interesante.

Dos líneas de crédito que Qin Group planeaba utilizar para financiar una adquisición dependían de garantías complementarias vinculadas a mi fondo.

En mi primera vida las había firmado sin negociar.

Esta vez, no.

—Comunícales que nuestra participación del quince por ciento permanece —dije—. No estamos atacando Qin Group.

—Pero tampoco vamos a rescatarlo.

—Exactamente.

No quería incendiar la empresa.

Quería que Ethan aprendiera a mantenerse en pie sin usarme como suelo.

A las nueve y doce, las puertas de la sala se abrieron.

Ethan entró.

Sin cita.

Sin permiso.

Llevaba el mismo traje de la noche anterior.

—Salgan.

Nadie se movió.

Grace me miró.

Asentí.

Cuando estuvimos solos, Ethan dejó una caja sobre la mesa.

Dentro estaba el anillo rosa.

—Te lo devolvieron.

—Naturalmente.

—Tessa, tenemos que hablar.

—Habla.

Pareció desconcertado.

Probablemente esperaba lágrimas.

Reproches.

Una mujer todavía enamorada.

Pero la Tessa que había hecho todas esas cosas había muerto una vez por él.

—Nina sufrió una crisis de ansiedad —dijo—. Cuando recibí su mensaje pensé que estaba en peligro.

—Las puertas estaban abiertas.

—Yo no lo sabía.

—Correcto.

Lo miré.

—Y ese es precisamente el problema.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Que Nina escribe “tengo miedo” y tú abandonas nuestro compromiso sin comprobar nada.

Su mandíbula se tensó.

—Ella estaba sola.

—Yo también.

Silencio.

—Con una pequeña diferencia —continué—. Yo estaba sola delante de seiscientos invitados porque tú decidiste dejarme allí.

Ethan bajó la mirada.

—Cometí un error.

En mi primera vida había esperado tres años para escuchar esas palabras.

Ahora no significaban nada.

—Acepto tu disculpa.

Sus ojos se iluminaron.

—Entonces…

—Aceptar una disculpa no significa recuperar un prometido.

Su expresión se endureció.

—¿Vas a destruir años de relación por una noche?

Casi me reí.

—Ethan, nuestra relación terminó precisamente porque para ti fue “una noche”.

Me levanté.

—Para mí fue información.

—¿Información?

—Sobre tus prioridades.

Le devolví la caja.

—Llévate el anillo.

Ethan no la tomó.

—No pienso aceptar esto.

—No necesitas aceptarlo.

Pasé junto a él.

Entonces me sujetó del brazo.

Mi cuerpo se quedó rígido.

Por un instante regresó el recuerdo de otra vida.

Una discusión.

Una azotea.

Su indiferencia.

Me liberé inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme sin permiso.

Algo en mi expresión debió asustarlo.

Porque retrocedió.

—Tessa… ¿qué te ocurrió?

Lo miré durante varios segundos.

—Tú.

Y salí.

A mediodía apareció el segundo problema.

Nina Xu publicó un comunicado.

No mencionaba mi nombre.

No hacía falta.

“Lamento profundamente que un ataque de pánico haya causado un malentendido entre personas importantes para mí. Nunca quise interferir en ninguna relación.”

Debajo había una fotografía suya en el hospital.

Pálida.

Frágil.

Perfectamente iluminada.

En menos de una hora comenzaron los comentarios.

“Pobre chica.”

“No puede controlar una crisis de ansiedad.”

“La prometida de Ethan exageró.”

En mi primera vida aquello habría funcionado.

Yo habría publicado una explicación furiosa.

Nina habría llorado.

Ethan la habría defendido.

Y yo habría quedado como la villana.

Esta vez llamé a Grace.

—No respondas.

—¿Nada?

—Nada.

—Está cambiando la narrativa.

—Déjala.

Grace me estudió.

Entonces comprendió.

—Quieres que siga hablando.

Sonreí.

—Exactamente.

A las cuatro de la tarde, Nina concedió una entrevista improvisada frente al hospital.

Repitió que no había querido causar problemas.

Dijo que Ethan era “como un hermano”.

Aseguró que jamás habría pedido ayuda si hubiera sabido que él estaba a punto de comprometerse.

Ese fue su error.

Porque yo conservaba las grabaciones completas.

No solo las cámaras.

También los registros técnicos del ascensor.

A las 7:43 de aquella noche, Nina había entrado.

A las 7:44, las puertas se abrieron normalmente.

A las 7:46, envió el primer mensaje a Ethan.

Y a las 7:49…

rechazó personalmente la ayuda de un empleado del hotel.

La grabación tenía audio.

—Señorita, ¿necesita asistencia?

La voz de Nina respondió:

—No. Estoy esperando a alguien.

Grace me miró.

—¿Lo publicamos?

Negué.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber quién la ayudó.

Grace guardó silencio.

Le mostré otro documento.

El acceso a las cámaras del pasillo B2 había sido desactivado durante exactamente once minutos.

Alguien dentro del hotel había intentado borrar parte del recorrido de Nina.

Aquello no había ocurrido en mi primera vida.

O quizá sí.

Simplemente yo había estado demasiado ocupada llorando para investigarlo.

—Encuentra quién tenía autorización —ordené.

Grace salió.

Esa noche regresé a mi apartamento.

Ethan estaba esperando frente a la puerta.

Y no estaba solo.

Victoria Lin estaba con él.

La madrastra de Ethan sostenía una carpeta.

—Tessa —dijo—. Ya has hecho suficiente espectáculo.

Abrí la puerta.

—Buenas noches, señora Lin.

—La familia Qin está dispuesta a olvidar tu comportamiento.

Me detuve.

—Qué generosos.

Victoria ignoró mi sarcasmo.

—El compromiso se celebrará nuevamente dentro de dos semanas.

Ethan giró hacia ella.

—Victoria…

—Cállate.

Ella me entregó la carpeta.

—Firmas esto. Ambas familias anuncian que todo fue un malentendido. Y dejamos atrás esta vergüenza.

No abrí el documento.

—No.

Victoria palideció.

—¿Sabes lo que estás rechazando?

—Sí.

Dejé caer la carpeta sobre una mesa cercana.

—A Ethan.

Él apretó los puños.

Victoria dio un paso hacia mí.

—Tu padre ya está de acuerdo.

Aquello sí me hizo detenerme.

—¿Qué dijiste?

Victoria sonrió.

—Tu familia entiende mejor que tú cuánto depende de esta alianza.

Mi teléfono vibró.

Era Grace.

Un mensaje.

“Encontramos quién desactivó las cámaras.”

Debajo había un nombre.

Lo leí.

Y toda la calma que había mantenido desde mi renacimiento desapareció durante un segundo.

No era Nina.

No era Ethan.

Ni siquiera Victoria.

Era alguien de mi propia familia.

Levanté lentamente los ojos hacia la mujer que tenía delante.

Victoria seguía sonriendo.

Entonces comprendí que cancelar mi compromiso no había roto únicamente una boda.

Había interrumpido un plan que llevaba años preparándose.

Ethan notó el cambio en mi rostro.

—Tessa, ¿qué pasa?

Bloqueé el teléfono.

—Nada.

Por primera vez, sonreí de verdad.

Porque acababa de comprender algo que en mi primera vida nunca llegué a descubrir.

Nina no había destruido mi vida sola.

Y esta vez pensaba averiguar quién había estado moviendo los hilos desde el principio.

Aunque para hacerlo tuviera que fingir que todavía podían convencerme de volver con Ethan.

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