PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DE LA FOTO.

Corrí por el pasillo, pero cuando llegué a la puerta del dormitorio de Olivia, Ethan ya estaba dentro.

Mi hermana caminaba hacia el balcón mientras hablaba de la vista al jardín.

Él no la escuchaba.

Sus ojos estaban clavados en la fotografía junto a la cama.

Sentí que el corazón se me detenía.

Ethan se acercó lentamente.

Tomó el marco.

En la imagen aparecíamos Olivia y yo abrazadas. Ella llevaba un vestido blanco. Yo, el vestido rosa de aquel cosplay.

El mismo vestido que mi novia virtual había usado en las fotografías que le envié.

—¿Quién es ella? —preguntó Ethan.

Olivia miró la foto.

—Mia.

El silencio fue terrible.

—¿Tu hermana?

—Sí. Esa foto tiene casi tres años.

Ethan pasó el pulgar por el borde del marco.

Entonces me vio parada en la puerta.

Nuestros ojos se encontraron.

Ya no había indiferencia en los suyos.

Había sospecha.

—Mia.

La forma en que pronunció mi nombre me hizo retroceder.

—¿Qué?

Se acercó.

—¿Dónde conseguiste ese vestido?

Intenté parecer confundida.

—¿Qué vestido?

Levantó la fotografía.

—Este.

—Es mío.

—¿Todavía lo tienes?

Olivia soltó una pequeña risa.

—Probablemente. Mia nunca tira nada.

Quise desaparecer.

Ethan dejó la fotografía en su sitio.

—Entiendo.

Pero su expresión decía exactamente lo contrario.

Acababa de empezar a entenderlo todo.

Me marché sin decir nada más.

Esa noche apenas dormí.

A las dos de la madrugada escuché vibrar mi teléfono.

Un número desconocido.

Lo ignoré.

Volvió a vibrar.

“¿Estás despierta?”

Me quedé helada.

No respondí.

Otro mensaje apareció.

“Tengo una pregunta.”

Bloqueé el número.

Treinta segundos después llegó un mensaje desde otro.

“Puedes bloquear todos los números que quieras.”

Me incorporé en la cama.

Luego apareció otro.

“¿Dónde aprendiste aquella voz ridícula que usaste cuando contestaste mi llamada?”

Sentí un escalofrío.

Apagué el teléfono.

A la mañana siguiente bajé a desayunar convencida de que Ethan ya se habría marchado.

Me equivocaba.

Estaba sentado frente a mi padre.

Olivia también estaba allí.

—Buenos días —dijo mi hermana.

—Buenos días.

Intenté caminar hacia la cocina.

—Mia —me llamó mi padre—. Ethan se ofreció a llevarte a la universidad.

Casi dejé caer mi taza.

—No hace falta.

—No es molestia —respondió Ethan.

Lo miré.

Estaba sonriendo.

No era una sonrisa amable.

Era la sonrisa de alguien que acababa de encontrar una pista y quería confirmar su teoría.

Veinte minutos después estaba otra vez atrapada en aquel Maybach.

Esta vez no había chofer.

Ethan conducía.

—¿Por qué me llevas tú?

—Porque quiero hablar contigo.

—No tenemos nada de qué hablar.

—Curioso.

Sus dedos golpearon suavemente el volante.

—Hay alguien que conozco que también huye cuando está nerviosa.

Miré por la ventana.

—Qué interesante.

—También tiene una voz parecida a la tuya.

No respondí.

—También tenía un vestido rosa.

Silencio.

—Y también decía “qué interesante” cuando estaba enfadada.

Mi estómago se retorció.

Ethan detuvo el coche frente a la universidad.

Pero bloqueó las puertas antes de que pudiera salir.

Lo miré furiosa.

—Ábreme.

—Una pregunta.

—No.

—Solo una.

Giró hacia mí.

—Si tu mamá y yo cayéramos al agua, ¿a quién salvarías primero?

Se me borró cualquier expresión del rostro.

Era nuestra pregunta.

La absurda pregunta que le había hecho meses atrás.

Tragué saliva.

—A ninguno. No sé nadar.

Ethan se quedó completamente quieto.

Porque aquella había sido exactamente mi respuesta cuando él me devolvió la pregunta aquella noche.

Cerré los ojos.

Idiota.

Era una completa idiota.

Escuché el clic de las puertas.

—Puedes irte —dijo.

No esperé.

Salí del coche y caminé hacia la universidad sin mirar atrás.

Pero aquella tarde, al regresar a casa, Olivia entró en mi habitación.

—¿Puedo preguntarte algo?

Mi corazón volvió a acelerarse.

—Claro.

Se sentó a mi lado.

—¿Te gusta Ethan?

—¡No!

Respondí demasiado rápido.

Olivia levantó una ceja.

—Solo preguntaba.

Respiré hondo.

—Es tu prometido.

Ella guardó silencio.

Después dijo algo inesperado.

—Todavía no.

La miré.

—¿Qué?

—Nuestros padres quieren el matrimonio. Ethan y yo nunca aceptamos formalmente.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—Pero papá dijo…

—Papá lleva meses exagerándolo.

Olivia sonrió con tristeza.

—Ethan me dijo ayer que está enamorado de alguien.

No pude respirar.

—¿De quién?

—No quiso decirme.

Olivia tomó mi mano.

—Y yo tampoco quiero casarme con él, Mia.

—¿Por qué?

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Porque también amo a otra persona.

Me quedé mirándola.

Todo aquello que había imaginado…

Toda aquella culpa…

Quizá había sido inútil.

Entonces alguien llamó a la puerta.

Olivia se levantó.

Era Ethan.

—¿Podemos hablar?

Me puse de pie.

—No.

Olivia nos observó a ambos.

Luego sonrió de una manera extraña.

—Creo que debería dejarlos solos.

—¡Olivia!

Pero ya había salido.

Ethan cerró la puerta.

Yo retrocedí.

—Si vienes a acusarme de algo…

Sacó su teléfono.

—No necesito acusarte.

Pulsó reproducir.

Mi propia voz llenó la habitación.

Era un audio antiguo.

—Ethan, si algún día nos conocemos de verdad y descubres que soy horrible, tienes prohibido devolverme. Ya soy tu problema.

Sentí que las mejillas me ardían.

—Apágalo.

Lo hizo.

—¿Por qué me bloqueaste?

—Porque pensé que ibas a casarte con Olivia.

—Podrías haber preguntado.

—¿Y tú podrías haber mencionado que existía una negociación matrimonial?

Ethan guardó silencio.

—Tienes razón.

Aquello me sorprendió.

—¿Qué?

—Debí decírtelo.

Su voz perdió toda dureza.

—Pero nunca acepté casarme con tu hermana.

Bajé la mirada.

—No importa.

—A mí sí.

—Ethan…

—Llevo meses enamorado de alguien cuya cara ni siquiera conocía.

Mi corazón comenzó a latir con violencia.

—Y ayer descubrí que esa persona estaba sentada frente a mí insultándome y llamándome perro.

Me cubrí el rostro.

—Quiero morir de vergüenza.

Escuché su risa.

—Eso también confirma que eres tú.

Lo miré finalmente.

Por primera vez ya no vi al prometido perfecto de Olivia.

Vi al hombre con quien había hablado hasta las tres de la madrugada.

—Entonces… ¿qué hacemos ahora?

Ethan sacó su teléfono.

Abrió nuestra conversación bloqueada y me mostró el último mensaje que había intentado enviarme.

“Hola. ¿Puedo ser tu novio?”

Sonrió.

—Dijiste que terminábamos y que debía conquistarte desde cero.

—Era una excusa.

—Para mí fue un acuerdo.

Solté una risa nerviosa.

—Eres imposible.

—Y tú me debes una respuesta.

Lo miré durante unos segundos.

Después desbloqueé su contacto.

Escribí algo.

Su teléfono vibró.

Ethan bajó la vista.

“Solicitud aceptada. Período de prueba: indefinido.”

Levantó una ceja.

—¿Indefinido?

—Tendrás que esforzarte.

—Puedo hacerlo.

Pero antes de que pudiera responder, la puerta se abrió.

Mi padre estaba allí.

Y detrás de él estaba el señor Gray.

Ninguno sonreía.

Mi padre sostenía varios documentos.

—Perfecto —dijo con frialdad—. Precisamente los estaba buscando.

Miró primero a Ethan.

Después a mí.

Finalmente dejó los papeles sobre la mesa.

—Porque antes de que ustedes celebren nada, hay algo sobre el matrimonio entre nuestras familias que ninguno de los dos conoce.

Y al ver el rostro de Ethan, comprendí que nuestra historia acababa de empezar de verdad.

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