Tres meses después, Lu Kaicheng descubrió a qué universidad había entrado su hijo.
No porque Mingyang se lo dijera.
Ni porque yo lo llamara.
Lo descubrió en el peor lugar posible.
En el grupo familiar de los Lu.
Una prima compartió una fotografía que yo había publicado para unos amigos cercanos.
Mingyang estaba frente al aeropuerto, abrazándome.
Debajo había escrito:
“Beca completa. Nuevo comienzo. Estoy orgullosa de ti.”
Los mensajes comenzaron inmediatamente.
—¿Beca completa?
—¿Dónde estudiará?
—¿Es una universidad estadounidense?
Entonces alguien reconoció el logotipo de la carpeta que Mingyang llevaba bajo el brazo.
Cinco minutos después apareció el mensaje:
—¿Mingyang entró ahí?
Otro familiar respondió:
—Acabo de buscarla. Es una universidad excelente.
El grupo quedó extrañamente silencioso.
Hasta que Kaicheng escribió:
“¿Por qué nadie me informó?”
Leí el mensaje.
No respondí.
Mingyang ya estaba pasando el control de seguridad.
Antes de desaparecer, regresó corriendo y me abrazó.
—Mamá, no llores.
—No estoy llorando.
—Claro.
Sonrió.
—Cuando cobre mi primer sueldo, te compro pañuelos mejores.
Me reí entre lágrimas.
—Vete.
—Te llamaré al aterrizar.
Lo vi alejarse.
Mi teléfono empezó a sonar.
Kaicheng.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
La tercera vez contesté.
—¿Qué quieres?
—¿Mingyang realmente consiguió una beca completa?
—Sí.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Miré hacia el control de seguridad.
—Porque tú preguntaste para qué necesitabas saber a qué universidad había entrado.
Silencio.
—No sabía que había conseguido una beca.
—Tampoco preguntaste.
—Soy su padre.
Aquellas tres palabras casi me hicieron reír.
—Hace tres meses transferiste un yuan con el concepto “responsabilidad finalizada”.
—Eso era sobre dinero.
—No.
Mi voz permaneció tranquila.
—Era sobre cómo decidiste despedirte de tu hijo.
Kaicheng respiró con fuerza.
—Quiero hablar con él.
—Pregúntaselo a Mingyang.
—Dame su nuevo número.
—Si quiere que lo tengas, te lo dará.
Colgué.
Pensé que terminaría allí.
Me equivoqué.
Porque mientras Mingyang empezaba su nueva vida, la celebración de Kang Kang comenzó a convertirse en un problema.
Primero fue la matrícula.
Después el alojamiento.
Luego quiso cambiar de computadora.
Su Wan insistió en alquilarle un apartamento fuera del campus porque “los dormitorios eran demasiado pequeños”.
Kaicheng pagó.
Después Kang Kang pidió un coche.
También pagó.
En menos de seis meses, el hombre que había enviado un yuan a su propio hijo había gastado una cantidad enorme en el hijo de su esposa.
Y lo anunciaba orgullosamente.
Hasta que una tarde recibí una llamada inesperada.
Era la hermana menor de Kaicheng.
—Cuñada…
—Ya no soy tu cuñada.
—Lo sé. Perdón.
Parecía nerviosa.
—¿Has hablado últimamente con mi hermano?
—No.
—Entonces todavía no sabes lo de Kang Kang.
No pregunté.
Ella misma continuó.
—Dejó la universidad.
Me sorprendí.
—¿Qué?
—Hace casi dos meses.
—¿Y Kaicheng?
—Se enteró ayer.
Kang Kang había seguido pidiendo dinero como si continuara estudiando.
Matrícula.
Material.
Cursos.
Gastos académicos.
Parte de ese dinero había terminado en viajes y compras.
Su Wan lo sabía desde hacía semanas.
Lo había ocultado.
Aquella noche el grupo familiar explotó.
Kaicheng escribió:
“¿Por qué nadie me dijo que había abandonado?”
Su Wan respondió:
“Está pasando por un momento difícil.”
Kaicheng:
“¡Gasté todos mis ahorros pensando que estaba estudiando!”
Yo cerré el grupo.
No sentí satisfacción.
Solo cansancio.
Dos semanas después, Kaicheng apareció frente a mi casa.
Habían pasado meses desde la última vez que lo veía.
Parecía envejecido.
—Necesito hablar contigo.
—Yo no.
—Es sobre Mingyang.
Eso hizo que no cerrara inmediatamente la puerta.
—¿Qué pasa con él?
Kaicheng sacó el teléfono.
En la pantalla había una fotografía.
Mingyang había ganado una competencia universitaria.
—Me la mandó mi hermana.
Sus ojos estaban extrañamente húmedos.
—Se parece a mí cuando tenía dieciocho.
No respondí.
—Quiero ir a verlo.
—Entonces pregúntaselo.
—No responde mis mensajes.
—Esa también es una respuesta.
Kaicheng apretó el teléfono.
—Cometí errores.
—Sí.
—Pero sigo siendo su padre.
—Biológicamente, nadie discute eso.
—¿Por qué hablas como si dieciocho años pudieran borrarse?
Lo miré.

—Porque tú intentaste borrarlos con un yuan.
Su rostro se contrajo.
—Estaba enfadado.
—Mingyang no.
—¿Qué?
—Cuando vio la transferencia no se enfadó.
Hice una pausa.
—Eso debería preocuparte mucho más.
Kaicheng bajó lentamente la mirada.
—¿Por qué?
—Porque un hijo todavía enfadado espera algo de su padre.
Abrí un poco más la puerta.
—Mingyang dejó de esperar a los doce años.
Kaicheng quedó inmóvil.
Le conté lo de la competencia de matemáticas.
La llamada.
“Veré si tengo tiempo.”
La promesa que nunca cumplió.
Cuando terminé, Kaicheng parecía incapaz de hablar.
—Yo… no lo recuerdo.
—Exactamente.
Cerré la puerta.
Pasó casi un año.
Mingyang regresó durante las vacaciones.
Más alto.
Más seguro.
Hablaba de profesores, proyectos y amigos.
Una noche salimos a cenar.
Cuando llegamos al restaurante, Kaicheng estaba esperando afuera.
Me detuve.
—Yo no lo llamé —dije.
Mingyang lo miró.
—Lo sé. Me escribió.
—¿Quieres irnos?
Mi hijo guardó silencio unos segundos.
—No.
Se acercó a su padre.
Kaicheng parecía nervioso.
—Mingyang.
—Hola.
—Has crecido.
—Ha pasado tiempo.
Aquella frase le dolió.
Kaicheng sacó un sobre.
—Quiero darte esto.
Mingyang no lo tomó.
—¿Qué es?
—Dinero. Para tus estudios.
—Tengo beca.
—Para después.
—No necesito dinero.
Kaicheng bajó el sobre.
—Entonces dime qué necesitas.
Mingyang lo miró durante varios segundos.
Finalmente respondió:
—Nada.
Una sola palabra.
La misma cantidad emocional que Kaicheng había entregado durante años.
Nada.
—Hijo…
—Papá, no te odio.
Kaicheng levantó los ojos.
—Pero tampoco voy a fingir que estuvimos cerca solo porque ahora te arrepientes.
Mingyang respiró profundamente.
—Si quieres conocerme, puedes empezar desde cero.
—¿Desde cero?
—Sí.
Sacó una moneda de su bolsillo y la puso sobre el sobre.
Un yuan.
Kaicheng palideció.
—¿Qué significa esto?
Mingyang sonrió ligeramente.
—Que estamos a mano.
Luego pasó junto a él y entró conmigo al restaurante.
Pensé que aquella sería nuestra última conversación sobre Kaicheng.
Pero durante la cena llegó un mensaje.
No era suyo.
Era de Su Wan.
Solo decía:
“Dile a Mingyang que no acepte nada de Kaicheng. La casa que piensa vender no le pertenece completamente.”
Debajo había una fotografía de un documento.
Lo amplié.
Y mi expresión cambió.
La propiedad que Kaicheng llevaba meses diciendo que vendería por Kang Kang…
todavía figuraba parcialmente a mi nombre.
Mingyang vio mi rostro.
—Mamá, ¿qué ocurre?
Levanté lentamente la mirada.
Después de dieciséis años, acababa de descubrir que Lu Kaicheng todavía tenía una última cuenta pendiente conmigo.