PARTE 2: ESTA VEZ NO VOLVERÉ

Adrian tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Tú eres Wren?

Guardé las agujas.

—Lo era.

La señora Harrington corrigió:

—Lo sigue siendo.

Serena soltó una risa nerviosa.

—Debe haber algún error.

El viejo sastre la miró con desprecio.

—Llevo cuarenta años restaurando textiles. Reconocería esa técnica en cualquier parte.

La señora Harrington tomó mi mano.

—Claire restauró una pieza de mi colección hace siete años. Antes de casarse con tu hermano.

Adrian me miró como si acabara de descubrir que hablaba otro idioma.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Aquella pregunta sí me hizo sonreír.

—Nunca preguntaste.

—Vivimos juntos cinco años.

—Exactamente.

Cerré la caja.

—Cinco años y nunca preguntaste qué hacía antes de convertirme en tu esposa.

Serena cruzó los brazos.

—Si eras tan importante, ¿por qué abandonaste todo?

La señora Harrington respondió por mí.

—Porque la maestra Bennett rechazó encargos internacionales después de casarse.

Adrian frunció el ceño.

—¿Por mí?

Lo miré.

Recordaba perfectamente aquellos primeros meses.

Adrian decía que odiaba llegar a una casa vacía.

Que una esposa no necesitaba viajar constantemente.

Que él ganaba suficiente para los dos.

Yo estaba enamorada.

Pensé que reducir mi trabajo era una elección temporal.

Después llegaron sus amantes.

Y los divorcios.

Y mientras él jugaba a perderme y recuperarme, yo empecé silenciosamente a reconstruir lo que había abandonado.

—No importa —respondí.

La señora Harrington me entregó una tarjeta.

—Tengo doce piezas más que necesitan restauración.

—Envíelas a mi estudio.

Adrian volvió a quedarse inmóvil.

—¿Qué estudio?

—El mío.

Salí de la residencia.

Adrian me siguió.

—Claire.

Continué caminando.

—Claire, espera.

Me tomó del brazo.

Me solté.

—Ya no somos marido y mujer.

La frase pareció molestarlo.

—Por tres meses.

—No.

—¿Qué?

Lo miré.

—Esta vez el divorcio es definitivo.

Adrian se rio.

De verdad.

Como si hubiera escuchado una ocurrencia absurda.

—Siempre dices cosas así cuando estás enfadada.

—Nunca lo había dicho antes.

Su sonrisa desapareció un poco.

—En tres meses iremos al registro.

—Tú puedes ir.

Abrí la puerta del coche.

—Yo no estaré allí.

Por primera vez vi incertidumbre en sus ojos.

Pero todavía no miedo.

Eso llegó dos semanas después.

Vendí la villa.

Adrian se enteró porque Serena vio el anuncio de cierre de la operación.

Me llamó inmediatamente.

—Te pedí que no la vendieras.

—Y yo no acepté obedecerte.

—Dijiste “de acuerdo”.

—Quería terminar la conversación.

Silencio.

—Claire, ¿qué estás haciendo?

Miré alrededor de mi nuevo estudio.

Había mesas de restauración.

Armarios climatizados.

Textiles esperando evaluación.

Y tres asistentes trabajando.

—Volviendo a mi vida.

Colgué.

Durante el mes siguiente llegaron encargos.

La colección Harrington fue solo el comienzo.

Un museo me pidió evaluar un vestido ceremonial.

Un coleccionista francés envió dos piezas.

Una casa de subastas solicitó mi opinión sobre un bordado cuya autenticidad estaba en disputa.

Mi nombre volvió a circular.

No como Claire Blake.

Como Claire Bennett.

Mientras tanto, Adrian estaba con Ivy.

Lo sabía porque Serena publicaba fotografías.

Cenas.

Flores.

Viajes.

Ivy usando joyas que reconocía demasiado bien.

No sentí celos.

Sentí alivio.

Hasta que, seis semanas después, Adrian apareció en mi estudio.

Ivy estaba con él.

Era preciosa.

Muy joven.

Y furiosa.

—Dile la verdad —exigió ella.

Adrian cerró los ojos.

—Ivy…

—¡Díselo!

Me apoyé contra la mesa.

—¿Qué ocurre?

Ivy me miró.

—Dice que dentro de unas semanas terminará conmigo porque tiene que volver a casarse contigo.

Casi sentí lástima.

—Eso cree él.

Adrian me lanzó una mirada.

—Claire, basta.

Ivy palideció.

—¿Qué significa eso?

—Que no voy a casarme con Adrian.

Silencio.

Ivy giró lentamente hacia él.

—Me dijiste que ella siempre volvía.

Adrian apretó la mandíbula.

—Volverá.

Lo dijo mirándome.

Aquella seguridad fue lo que finalmente me hizo comprender cuánto lo había maleducado mi perdón.

—¿Quieres saber por qué regresé ocho veces?

Adrian no respondió.

—La primera porque te amaba.

Di un paso hacia él.

—La segunda porque pensé que habías cambiado.

Otro.

—La tercera porque tenía miedo de haber desperdiciado años contigo.

Su rostro comenzó a endurecerse.

—Después dejé de volver por amor.

—¿Entonces por qué?

—Porque cada divorcio me daba algo que necesitaba.

Señalé el estudio.

—Capital.

Adrian quedó inmóvil.

—Las propiedades.

—Sí.

Las había vendido o alquilado.

Había invertido parte del dinero.

Había reconstruido mi red profesional.

Había preparado mi independencia sin tocar un centavo que no fuera legalmente mío.

Él pensaba que estaba pagando por conservarme.

En realidad, estaba financiando mi salida.

Ivy empezó a reír.

Adrian la miró.

—¿Qué te hace gracia?

—Tú.

Tomó su bolso.

—Me dijiste que Claire era una mujer dependiente que aceptaba cualquier cosa porque no sabía vivir sin ti.

Me miró.

—Claramente hablaste de la mujer equivocada.

Ivy se marchó.

Adrian no la siguió.

—Claire.

—No.

—Podemos arreglarlo.

—No hay nada que arreglar.

—Doce años…

—Cinco años.

—Nueve matrimonios.

—Exactamente.

Me acerqué a la puerta.

—Nueve oportunidades fueron ocho más de las que merecías.

Adrian no volvió durante varias semanas.

Después empezaron las flores.

Las devolví.

Llegaron joyas.

También.

Finalmente apareció con un anillo.

El décimo.

Lo dejó sobre mi mesa.

—Sé que cometí errores.

—Sí.

—Pero nadie te conoce como yo.

Miré el anillo.

Luego a él.

—Adrian, hasta hace tres meses no sabías a qué me dedicaba.

No tuvo respuesta.

—No me conocías. Solo conocías la versión de mí que hacía tu vida cómoda.

Empujé la caja hacia él.

—Y esa mujer ya no existe.

Dos meses después, recibí una invitación para dirigir la restauración de una colección privada en Europa.

Acepté.

La noche anterior al viaje, Serena me llamó.

—Mi hermano está destrozado.

—Lo siento.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿Nunca lo amaste?

Miré las maletas.

—Lo amé tanto que me casé con él nueve veces.

Hice una pausa.

—La pregunta correcta es por qué necesitó perderme nueve veces para empezar a valorarme.

Al día siguiente, en el aeropuerto, recibí un último mensaje de Adrian.

“Hoy se cumplen tres meses. Estoy en el registro civil.”

Debajo había una fotografía.

Él estaba esperando con flores.

Con el décimo anillo.

Miré la pantalla durante unos segundos.

Después escribí:

“Te equivocaste de cita. Nuestro divorcio no tenía fecha de regreso.”

Bloqueé el número.

Guardé el teléfono.

Y subí al avión.

Durante años Adrian había estado convencido de que nuestra historia siempre terminaría igual:

él se marchaba,

yo esperaba,

y finalmente regresábamos a casarnos.

Pero aquella novena vez olvidó algo.

Para que exista una décima boda hacen falta dos personas.

Y yo, por fin, había dejado de esperarlo.

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