PARTE 2: ESTE HOMBRE SIRVE.

Miré aquella frase durante varios segundos.

“Este hombre sirve.”

La sorpresa se convirtió rápidamente en rabia.

—¿Qué significa esto?

Emily no apartó la mirada.

—Exactamente lo que parece.

Dejé los documentos sobre la mesa.

—¿Me investigaste?

—Mi padre lo hizo.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Desde antes de que te mudaras.

Sentí que el estómago se me cerraba.

De pronto, cada detalle de aquellos dos años parecía diferente. El alquiler absurdo. La agente inmobiliaria. La visita de su padre. Incluso aquellos malditos platos.

—Entonces esto fue una prueba.

Emily guardó silencio.

—¡Respóndeme!

—Sí.

Aquella palabra dolió más de lo esperado.

—¿Los platos también?

Emily bajó la mirada.

—Especialmente los platos.

Solté una carcajada amarga.

—Increíble.

Caminé hacia mi habitación.

—Lucas, espera.

—¿Para qué? ¿Para que me expliques qué puntuación obtuve por limpiar el baño?

—Nunca evaluamos eso.

Me giré.

—Eso no mejora las cosas.

Emily respiró profundamente.

—Mi padre dirige Carter Urban Group. Tiene edificios en nueve ciudades. Hace tres años sufrió una hemorragia cerebral. Sobrevivió, pero decidió preparar su sucesión.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

—Mucho.

Señaló el informe.

—Mi padre no confía en las personas que se acercan a nuestra familia por dinero. Yo tampoco.

—Entonces contrataron un compañero de piso para experimentar con él.

—No.

Su voz tembló por primera vez.

—Buscábamos a alguien.

—¿Para qué?

Emily tardó demasiado en responder.

—Para confiarle algo importante.

La miré incrédulo.

—¿Y lavar platos demuestra que soy digno de confianza?

—No eran los platos.

Fruncí el ceño.

—Entonces explícame qué demonios fueron estos dos años.

Emily se sentó.

—El alquiler real de este apartamento es de tres mil doscientos dólares. Tú pagabas ochocientos cincuenta. Cada mes ahorrabas más de dos mil comparado con el mercado.

—Lo sé.

—Y nunca intentaste aprovecharte de mí. Nunca entraste en mi habitación. Nunca tomaste mi dinero. Nunca invitaste personas sin avisar. Cuando encontrabas comida, siempre dejabas una nota agradeciéndola.

Me quedé callado.

—Cuando mi padre vino —continuó—, dejó deliberadamente su reloj en el baño.

Recordé aquel reloj carísimo.

—Lo encontraste y corriste detrás de él hasta el ascensor.

—Porque era suyo.

—Valía ciento ochenta mil dólares.

Parpadeé.

—¿Qué?

Emily sonrió débilmente.

—Ni siquiera preguntaste cuánto valía.

Entonces comprendí aquella mirada de su padre antes de marcharse.

No estaba observándome.

Me estaba calificando.

—Eso sigue sin explicar los platos.

Emily miró hacia la cocina.

—Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete años. Durante sus últimos meses estuvo enferma. Yo cocinaba para ella y mi padre lavaba los platos.

Su voz perdió firmeza.

—La última noche que estuvo en casa cociné su sopa favorita. Después de llevarla al hospital, regresamos y encontramos los platos todavía en el fregadero.

Hizo una pausa.

—Desde entonces no puedo lavarlos.

Mi enojo disminuyó, aunque no desapareció.

—Podrías habérmelo contado.

—Sí.

—Podrías haber contratado a alguien.

—También.

—En lugar de eso me observaste durante setecientos treinta y dos días.

Emily asintió.

—Y estuvo mal.

Aquella respuesta me desarmó más que cualquier excusa.

Tomé nuevamente el título de propiedad.

—No puedo aceptar esto.

—Ya es tuyo.

—Entonces lo devolveré.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque la transferencia se registró esta mañana.

La miré fijamente.

—¿Por qué hoy?

Emily tardó unos segundos.

—Porque ayer recibiste una oferta de trabajo.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes eso?

—Mi padre conoce al presidente de tu empresa.

Mi paciencia terminó.

—¡Basta!

Emily se levantó.

—Lucas…

—¿También sabían que mi proyecto sería rechazado?

Silencio.

Aquello fue suficiente.

Me acerqué.

—¿Lo sabían?

—Sí.

Sentí una presión brutal en el pecho.

—¿Mi jefe me humilló porque ustedes se lo pidieron?

—No.

—¿Entonces qué ocurrió?

Emily abrió la tablet y me mostró un correo.

El cliente no había rechazado mi proyecto.

Lo había aprobado.

Por completo.

Había incluso una felicitación dirigida específicamente a mí.

—¿Qué significa esto?

—Tu jefe mintió.

Seguí leyendo.

El presupuesto aprobado superaba los cuatro millones de dólares.

—¿Por qué?

—Porque presentó tu proyecto ante la dirección como si fuera suyo.

Mi rabia cambió de dirección.

Emily abrió otro documento.

—Y lleva haciendo lo mismo con tu trabajo durante dieciocho meses.

Había fechas.

Archivos.

Versiones originales creadas desde mi ordenador.

Presentaciones modificadas después por mi jefe.

Todo estaba allí.

—¿Cómo conseguiste esto?

—Mi padre estaba considerando comprar la empresa.

La miré.

—¿Estaba?

—Hasta esta mañana.

—¿Qué cambió?

Emily me entregó otra carpeta.

En la portada aparecía el nombre de mi empresa.

Debajo:

“ADQUISICIÓN COMPLETADA.”

Sentí que el mundo volvía a inclinarse.

—No.

—Sí.

—¿Tu padre compró mi empresa?

—No exactamente.

Emily respiró hondo.

—Tú la compraste.

Solté una carcajada.

—Ya no tiene gracia.

—No estoy bromeando.

Abrió los documentos.

El apartamento no era el único activo transferido a mi nombre.

Había una sociedad.

Una cuenta de inversión.

Participaciones.

Y un fondo cuyo saldo hizo que tuviera que contar los ceros dos veces.

—¿Qué es esto?

—Tu compensación.

—¿Por lavar platos?

—No.

Emily negó con la cabeza.

—Por aceptar el trabajo que mi padre quiere ofrecerte.

Entonces sonó el timbre.

Emily abrió.

Su padre estaba allí.

Pero esta vez no llevaba aquella expresión de hombre elegante que visitaba a su hija.

Traía dos abogados.

—Buenas noches, Lucas.

Entró y observó el fregadero.

Después me miró.

—Veo que finalmente hizo la pregunta.

—Y yo veo que usted convirtió mi vida en una entrevista laboral de dos años.

El señor Carter sonrió ligeramente.

—Por eso obtuvo una A y no una A+.

Emily se llevó una mano a la frente.

—Papá.

Él dejó un maletín sobre la mesa.

—Tiene razón en estar enfadado.

Lo abrió.

—Pero necesito a alguien que pueda dirigir Carter Urban Group cuando yo ya no pueda hacerlo.

Me quedé paralizado.

—Tiene ejecutivos con décadas de experiencia.

—Tengo ejecutivos capaces de dirigir empresas.

Empujó un documento hacia mí.

—Necesito a alguien en quien pueda confiar cuando haya miles de millones sobre la mesa.

No toqué el contrato.

—No me conoce.

—Sé cómo se comporta cuando cree que nadie importante está mirando.

Aquella frase me golpeó.

Entonces su teléfono sonó.

Respondió.

Su expresión cambió.

—Entiendo.

Colgó y me miró.

—Parece que tenemos un problema.

—¿Qué problema?

—Su antiguo jefe acaba de descubrir quién adquirió la compañía.

Emily frunció el ceño.

—¿Y?

El señor Carter volvió a mirar el teléfono.

—Ha enviado documentos a varios periodistas afirmando que Lucas robó información confidencial para organizar la adquisición.

Me quedé helado.

—Eso es mentira.

—Lo sé.

—Entonces demuéstrelo.

El señor Carter no respondió.

En cambio, abrió lentamente el último compartimento del maletín y sacó un sobre negro.

Mi nombre estaba escrito en él.

—Precisamente por eso vine personalmente.

Lo colocó frente a mí.

—Porque su jefe cometió un error.

Abrí el sobre.

Dentro había fotografías, transferencias bancarias y correos impresos.

Y en una de las fotografías aparecía mi jefe sentado en un restaurante.

Frente a él estaba Megan.

Mi exnovia.

A su lado, Ryan.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Qué hacen juntos?

El señor Carter me sostuvo la mirada.

—Lucas, su proyecto no fue lo primero que le robaron.

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