Parte 2: LA DEUDA DE LOS COLE

David Cole abrió los ojos lentamente.

Durante unos segundos nadie habló.

La oficina inmobiliaria, que apenas una hora antes parecía el escenario perfecto para celebrar nuestro futuro, se había convertido en una sala de interrogatorios.

Nathan fue el primero en romper el silencio.

—Papá, ¿qué refinanciación?

David se pasó una mano por la frente.

—No es asunto tuyo.

Martin soltó una risa seca.

Curiosa respuesta para alguien que está a punto de utilizar a su hijo como comprador de una propiedad de cuatro millones.

Diane se levantó.

—¿Utilizarlo? Mida sus palabras.

Martin ni siquiera la miró.

Sacó un documento de la carpeta y lo deslizó sobre la mesa.

David reaccionó inmediatamente.

—Eso es confidencial.

—Lo era mientras Clara no estuviera a punto de comprometer sus ahorros en una operación relacionada con usted.

Nathan tomó el papel.

Vi cómo sus ojos avanzaban por las líneas.

Después se detuvieron.

—¿Dos millones ochocientos mil?

David permaneció callado.

—¿La empresa debe dos millones ochocientos mil yuanes?

—Nathan…

—¡Respóndeme!

La agente inmobiliaria retrocedió discretamente hacia la puerta.

Martin apoyó ambas manos sobre el bastón que había traído.

—Cole Manufacturing lleva once meses acumulando deudas. Tres bancos rechazaron ampliarles el crédito.

Sentí que el estómago se me endurecía.

—Entonces ¿de dónde iban a salir los tres millones que Diane acaba de decir que aportarían?

Martin me miró.

De ningún sitio.

Diane palideció.

—Eso es mentira.

—Perfecto. Enséñeme la prueba de fondos.

Silencio.

Nathan dejó caer el documento.

—Mamá.

Ella no respondió.

—¿Cuánto dinero iban a poner realmente?

Diane apretó los labios.

David finalmente habló.

—Quinientos mil.

Exactamente lo que Nathan me había dicho originalmente.

Pero Martin negó despacio.

—No.

David lo fulminó con la mirada.

—Martin.

—Ya hemos mentido suficiente por hoy.

Sacó otra hoja.

—Los quinientos mil tampoco existen.

Nathan se quedó inmóvil.

Yo sentí un escalofrío.

—Entonces…

Martin señaló el contrato.

Los seiscientos mil de Clara eran prácticamente toda la entrada disponible.

Miré a Nathan.

Él parecía tan sorprendido como yo.

Eso era casi peor.

Porque significaba que quizá no conocía toda la mentira.

Pero sí conocía una parte.

Sabía que mi nombre había sido eliminado.

Y había aceptado.

—¿Qué pretendían hacer? —pregunté.

David se dejó caer en la silla.

De repente parecía diez años mayor.

—La situación es temporal.

Martin respondió:

—Las deudas no son temporales cuando llevas cinco meses sin pagar a proveedores.

Diane golpeó la mesa.

—¡Basta!

Entonces me señaló.

—Todo esto es culpa tuya. Si hubieras firmado como cualquier futura esposa normal, no estaríamos humillándonos delante de desconocidos.

La miré sin creer lo que escuchaba.

—¿Mi culpa?

—¡Ibas a casarte con Nathan! ¿Qué diferencia hace quién figure en un papel?

Saqué el contrato del bolso y lo dejé delante de ella.

—Toda la diferencia del mundo.

Nathan se acercó.

—Clara, espera.

—No.

—Yo no sabía lo de la empresa.

—Pero sabías lo del contrato.

Se quedó callado.

—Sabías que mis ahorros quedarían registrados como una aportación sin derechos sobre la propiedad.

—Mi madre dijo que era lo más sencillo para la hipoteca.

Me reí.

—Tienes treinta y dos años, Nathan. ¿Cuándo vas a dejar de esconder tus decisiones detrás de tu madre?

Su rostro se endureció.

—No hagas esto personal.

—Estamos hablando de nuestra boda y de todos mis ahorros. No existe nada más personal.

Martin cerró su carpeta.

—Clara, no firmes nada hoy.

—No pensaba hacerlo.

Diane resopló.

—Entonces perderemos la reserva.

La agente habló desde la puerta.

—En realidad, todavía no.

Todos la miramos.

—El depósito de reserva no se ha procesado. Faltaba la firma de la señorita.

Diane cerró los ojos.

Yo recogí mi comprobante de transferencia.

—Entonces cancelen la operación.

Nathan me agarró suavemente del brazo.

—Clara.

Me aparté.

—No me toques.

Algo cambió en su expresión.

Ya no parecía avergonzado.

Parecía asustado.

—Podemos hablar en casa.

—¿Qué casa?

La pregunta lo dejó sin respuesta.

Me quité lentamente el anillo de compromiso.

Diane aspiró con fuerza.

Nathan miró el diamante sobre mi palma.

—No hagas una estupidez por una discusión.

—Esto no es por una discusión.

Dejé el anillo junto al contrato.

—Es por descubrir que la familia con la que iba a casarme estaba construyendo nuestro futuro sobre mi dinero y sus mentiras.

Me giré hacia Martin.

—Vámonos.

Pero antes de alcanzar la puerta, David habló.

—Clara, espera.

Había algo diferente en su voz.

Miedo verdadero.

Me volví.

David miró a Martin.

—Ella todavía no sabe lo demás, ¿verdad?

Martin se quedó inmóvil.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Lo demás?

Martin no respondió.

David soltó una amarga carcajada.

—Claro. Vienes aquí como su salvador, pero tampoco le has contado todo.

—David —advirtió Martin.

—¿Contarme qué?

Nathan miró de uno a otro.

—¿De qué están hablando?

David abrió su maletín y sacó una carpeta azul.

Martin dio un paso hacia él.

—No lo hagas.

Aquellas cuatro palabras consiguieron asustarme más que cualquier otra cosa escuchada esa tarde.

Porque Martin Bell nunca parecía perder el control.

Y ahora lo estaba perdiendo.

David abrió la carpeta.

—Hace tres semanas fui a pedir financiación. El banco se negó. Entonces Martin me ofreció otra posibilidad.

—Cállate.

—¿Por qué?

David me miró directamente.

—Clara merece saber quién iba a terminar siendo realmente dueño de este apartamento.

Mi respiración se detuvo.

Nathan frunció el ceño.

—Yo iba a ser el dueño.

David sonrió sin alegría.

—Eso creías.

Sacó una hoja y la puso sobre la mesa.

Vi mi nombre impreso en la primera página.

CLARA BENNETT.

Debajo aparecía una cifra.

12.400.000 yuanes.

Me acerqué sin entender.

—¿Qué es esto?

Martin cerró los ojos.

David respondió:

—Una cuenta fiduciaria.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—No tengo ninguna cuenta fiduciaria.

—Sí la tienes.

Miré a Martin.

El hombre que había sido amigo de mi padre durante décadas permanecía completamente inmóvil.

—Tío Martin…

Finalmente abrió los ojos.

—Tu padre me hizo prometer que no te lo diría hasta que cumplieras treinta años.

—Los cumplí hace seis meses.

—Lo sé.

Nathan tomó el documento antes de que pudiera impedirlo.

Leyó.

Su expresión cambió.

Primero confusión.

Después incredulidad.

Y finalmente algo mucho peor.

Reconocimiento.

Levanté lentamente la mirada.

—Nathan…

Retrocedió.

Demasiado tarde.

Yo había visto su cara.

—Tú ya sabías de esto.

—Clara, puedo explicarlo.

Martin se levantó de golpe.

—¿Desde cuándo?

Nathan no respondió.

Diane también evitó mi mirada.

Entonces comprendí.

No estaban intentando quedarse solamente con mis 600.000 yuanes.

Sabían que había mucho más.

Me acerqué a Nathan.

—¿Desde cuándo sabes que mi padre me dejó doce millones?

Sus labios se separaron.

Pero quien respondió fue David.

—Nathan no descubrió esa cuenta hoy.

Hizo una pausa.

La descubrió dos meses antes de pedirte matrimonio.

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