PARTE 2: LA MUJER QUE EXPULSARON ERA QUIEN SOSTENÍA SU IMPERIO.

Daniel tomó los documentos con manos temblorosas.

—¿Qué significa que las garantías eran de ella?

Su padre, Roberto Chen, golpeó el escritorio.

—¡Significa exactamente eso! Durante cinco años disfrutaste de todo lo que aportaba tu esposa sin molestarte en averiguar de dónde venía.

—Pero Elena es maestra.

—Elena eligió ser maestra. Eso nunca significó que fuera una mujer sin recursos.

Daniel palideció.

Roberto abrió otra carpeta.

—¿Recuerdas la tecnología de aislamiento térmico que nos permitió ganar el proyecto Riverside?

—Claro.

—La patente pertenecía al padre de Elena. Nos concedió una licencia porque eras su marido.

Daniel dejó de respirar por un instante.

—¿Y ahora?

—Ahora estamos divorciados de su hija.

Roberto señaló el teléfono, que no dejaba de sonar.

—Y tenemos setenta y dos horas para demostrar que podemos continuar el proyecto legalmente.

La puerta se abrió de golpe.

Mi exsuegra entró acompañada de Vanessa.

—¿Por qué todos están haciendo un drama? —preguntó—. Podemos comprar otra licencia.

Roberto la miró como si acabara de escuchar la cosa más absurda del mundo.

—¿Sabes cuánto cuesta desarrollar una tecnología equivalente?

Ella guardó silencio.

—Más de mil millones.

Su rostro perdió el color.

Daniel se giró hacia su madre.

—¿Sabías que Elena tenía esas patentes?

—¡Por supuesto que no!

—¿Y las acciones?

Mi suegra dudó.

Ese pequeño silencio respondió por ella.

—Mamá.

—Yo sabía que tenía algunas participaciones.

—¿Algunas?

Roberto soltó una risa amarga.

Tu exesposa acaba de recuperar el cuarenta por ciento del grupo.

Vanessa dejó escapar un jadeo.

Mi suegra se agarró al respaldo de una silla.

—Eso es imposible.

—Está escrito en el acuerdo matrimonial que tú misma insististe en firmar hace cinco años.

Roberto lanzó una copia sobre la mesa.

La cláusula era sencilla.

Si el matrimonio terminaba debido a una infidelidad demostrable de Daniel, las acciones que yo había cedido temporalmente para fortalecer la estructura financiera del grupo regresarían automáticamente a mi nombre.

Mi suegra abrió mucho los ojos.

—Pero ella aceptó treinta millones.

—Los treinta millones eran compensación por el divorcio —respondió Roberto—. No compraban sus acciones, sus garantías ni las patentes de su familia.

Daniel cerró los ojos.

Por primera vez comprendía el precio real de la firma que había estampado con tanta facilidad.

—Voy a hablar con ella.


Cuando Daniel llegó a mi apartamento, yo estaba guardando sus últimas pertenencias en cajas.

Golpeó la puerta durante varios minutos.

Finalmente abrí.

Parecía no haber dormido.

—Tenemos que hablar.

—Nuestro abogado puede encargarse.

—Elena, por favor.

Aquella palabra me resultó extraña en su boca.

Durante meses había encontrado excusas para no regresar a casa.

Ahora parecía desesperado por entrar.

—Cinco minutos.

Daniel miró las cajas.

Sobre una estaba su vieja guitarra de la universidad.

Se quedó observándola.

—¿Recuerdas cuando tocaba para ti?

—Sí.

—Éramos felices.

—También recuerdo que ayer firmaste para reemplazarme por una mujer embarazada.

Bajó la mirada.

—Cometí un error.

—No.

Negué lentamente.

—Un error es olvidar un aniversario. Lo tuyo fueron meses de mentiras y una amante embarazada.

—Podemos cancelar el divorcio.

No pude evitar sonreír.

—¿Por qué?

Daniel no respondió.

—¿Porque me amas?

Silencio.

—¿O porque esta mañana los bancos llamaron diecinueve veces?

Su rostro se endureció.

Había acertado.

—Elena, cientos de empleados dependen del grupo.

—Precisamente por ellos no pienso destruirlo.

Levantó rápidamente la mirada.

—Entonces devolverás las garantías.

—No.

Su esperanza desapareció.

—Voy a proteger a los trabajadores. No a tu familia.

—¿Qué significa eso?

—Lo descubrirás en la reunión de accionistas.

Cerré la puerta.


A las tres de la tarde entré en la sede del Grupo Chen.

La sala estaba llena.

Daniel.

Sus padres.

Los abogados.

Los principales accionistas.

Y Vanessa.

Cuando aparecí, mi exsuegra se levantó.

—¿Qué hace ella aquí?

El abogado principal respondió antes que yo.

—La señora Elena Zhao posee actualmente el cuarenta por ciento de las acciones con derecho a voto. Tiene más derecho que casi cualquiera de nosotros a estar aquí.

El silencio fue inmediato.

Tomé asiento.

—Tengo una propuesta.

Roberto inclinó la cabeza.

—La escuchamos.

—Restauraré temporalmente la licencia tecnológica y renegociaré las garantías bancarias.

Daniel respiró aliviado.

Mi exsuegra sonrió.

—Sabía que terminarías entrando en razón.

La miré.

—No he terminado.

Deslicé una carpeta sobre la mesa.

—A cambio, Daniel abandonará su cargo ejecutivo.

Su sonrisa desapareció.

—¿Qué?

—Y todas las operaciones superiores a diez millones necesitarán aprobación conjunta durante la reestructuración.

Daniel se levantó.

—¡Quieres quitarme mi empresa!

—No.

Lo miré directamente.

—Quiero impedir que tus decisiones personales destruyan una compañía de la que dependen miles de familias.

Roberto tomó los documentos.

Los revisó durante varios minutos.

Finalmente habló.

—Acepto.

—¡Papá!

—Si no aceptamos, podríamos perder Riverside.

Daniel apretó los puños.

Entonces Vanessa se levantó.

—No pueden hacerle esto.

Todos la miraron.

—Daniel será padre dentro de unos meses. Necesita estabilidad.

Mi exsuegra reaccionó inmediatamente.

—Exactamente. Los gemelos son ahora nuestra prioridad.

La observé.

Recordé mi última frase antes de abandonar aquella villa.

“Espero que los gemelos sean realmente de la familia Chen.”

No había sido una provocación.

Dos semanas antes del divorcio había recibido un mensaje anónimo.

Una fotografía mostraba a Vanessa entrando en un hotel con otro hombre.

No se distinguía su rostro.

Pero el reloj que llevaba era inconfundible.

Una edición limitada de la que solo se habían vendido cien unidades.

Yo había visto ese mismo reloj muchas veces.

En la muñeca de Kevin Chen.

El primo de Daniel.

No había dicho nada porque una fotografía no demostraba quién era el padre de los bebés.

Pero sí demostraba que Vanessa ocultaba algo.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Las puertas de la sala se abrieron.

Kevin entró.

Vanessa palideció.

—¿Qué haces aquí?

Mi exsuegra frunció el ceño.

—Kevin, estamos en una reunión privada.

Él no respondió.

Caminó directamente hacia Daniel.

—Necesito decirte algo.

Vanessa se levantó de golpe.

—¡No!

Demasiado tarde.

Todos la miraron.

Daniel observó primero a Vanessa y después a su primo.

—¿Qué está pasando?

Kevin sacó un sobre del bolsillo.

—Hace tres semanas Vanessa me pidió dinero para desaparecer de la ciudad.

Daniel se quedó inmóvil.

—¿Por qué te pediría dinero a ti?

Kevin cerró los ojos un instante.

—Porque estuvimos juntos.

Mi exsuegra dejó caer su taza.

Vanessa comenzó a llorar.

—¡Está mintiendo!

Daniel caminó hacia ella.

—Dime que mis hijos son míos.

—Claro que lo son.

—Entonces hagamos una prueba cuando sea médicamente apropiado.

Vanessa retrocedió.

Su reacción fue suficiente para llenar la sala de dudas.

Pero todavía faltaba algo.

El abogado de la empresa recibió un mensaje.

Lo leyó.

Su expresión cambió.

—Señor Chen…

Roberto levantó la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—El banco acaba de encontrar una irregularidad durante la revisión de las garantías.

Colocó su teléfono sobre la mesa.

—Alguien utilizó documentación del Grupo Chen para transferir cuarenta y ocho millones de yuanes a una sociedad externa.

Daniel frunció el ceño.

—¿Quién autorizó eso?

El abogado tragó saliva.

—La autorización digital salió de su cuenta.

—¡Yo jamás hice esa transferencia!

—Entonces alguien utilizó sus credenciales.

Vanessa comenzó a caminar lentamente hacia la puerta.

La vi.

Daniel también.

—Vanessa.

Ella se detuvo.

—¿Adónde vas?

—No me siento bien.

Kevin soltó una risa amarga.

—Pregúntale por la empresa Golden Future Holdings.

Vanessa se quedó completamente rígida.

Roberto escribió el nombre en su computadora.

Unos segundos después apareció el registro mercantil.

El beneficiario principal figuraba en la pantalla.

Nadie dijo una palabra.

Daniel leyó el nombre una vez.

Luego otra.

Golden Future Holdings pertenecía a Vanessa Lin.

Mi exsuegra se puso blanca.

—¿Robaste dinero de nuestra familia?

Vanessa negó desesperadamente.

—¡Puedo explicarlo!

Daniel dio un paso hacia ella.

—Primero dime de quién son los gemelos.

Vanessa abrió la boca.

Pero antes de responder, Kevin dejó un segundo documento sobre la mesa.

—Eso no es lo único que deberían preguntarle.

Miré el documento.

Era una copia de una reserva hospitalaria realizada meses atrás.

Daniel también la vio.

Su rostro se transformó.

—¿Qué significa esto?

Kevin levantó la mirada.

—Significa que Vanessa sabía que estaba embarazada antes de la noche en que te dijo que los gemelos habían sido concebidos contigo.

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