PARTE 2: LA ÚLTIMA PÁGINA

La jueza volvió a mirar el nombre.

—Margaret Zhou.

Victor cerró los ojos.

Sophia lo miró como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Tu madre?

Mi suegra dejó de llorar.

Durante toda la audiencia había interpretado a la madre destrozada por una nuera infiel.

Ahora estaba completamente pálida.

La jueza continuó:

—Según estos documentos, la empresa que recibió parte de los fondos hipotecarios pertenece indirectamente a la señora Margaret Zhou.

Sophia retrocedió.

—Victor me dijo que el dinero era para nosotros.

Victor seguía de rodillas.

—Sophia, cállate.

—¡Me prometiste que después del divorcio te casarías conmigo!

—¡He dicho que te calles!

La jueza ordenó silencio.

Yo permanecí sentada.

Aquello ya no era una discusión matrimonial.

Los documentos indicaban algo mucho más serio.

Durante meses habían intentado construir una versión de mí que pudiera ser presentada como culpable mientras movían activos a mis espaldas.

Pero Sophia tampoco conocía el plan completo.

Ella había sido cómplice.

Y también había sido utilizada.

Mi abogado colocó tres documentos más sobre la mesa.

—La propiedad de Sinan Road era solo una parte. Detectamos otras solicitudes preparadas para ejecutarse después del divorcio.

Victor levantó la cabeza.

—Elena…

No lo miré.

Mi abogado continuó:

—Participaciones empresariales, una cuenta de inversión y derechos sobre dos propiedades heredadas.

Sophia miró a Victor.

—¿Cuánto pensabas quedarte?

Él guardó silencio.

—¡Respóndeme!

Margaret finalmente intervino.

—Todo esto es culpa tuya.

Sophia se quedó inmóvil.

Mi suegra señaló hacia ella.

—Desde que apareciste, mi hijo perdió la cabeza.

Sophia soltó una carcajada incrédula.

—¿Mía?

Sacó el teléfono.

—Señora Zhou, usted me enseñó a imitar la firma de Elena.

El tribunal volvió a quedarse en silencio.

Margaret palideció.

—Estás mintiendo.

—Tengo los mensajes.

Victor se puso de pie de golpe.

—¡Sophia!

Los agentes volvieron a sujetarlo.

Pero ya era imposible detenerla.

Sophia había comprendido que la familia Zhou estaba preparándose para dejarla sola con toda la responsabilidad.

Y decidió arrastrarlos consigo.


La audiencia terminó de una manera que Victor jamás había imaginado.

No consiguió el divorcio favorable que esperaba.

Las pruebas sobre la supuesta infidelidad quedaron seriamente cuestionadas.

Y los documentos relacionados con la falsificación y los movimientos patrimoniales fueron remitidos para investigación.

Cuando salimos, Victor corrió detrás de mí.

—Elena.

Seguí caminando.

—¡Espera!

Me alcanzó frente a las escaleras.

—Puedo arreglarlo.

Me giré.

—¿Qué exactamente?

—Todo.

—¿También puedes devolverme ocho años?

Se quedó callado.

—Yo no quería llegar tan lejos.

—Hipotecaste la casa de mis padres.

—Mi madre me presionó.

Sonreí.

—Qué curioso.

—Cuando creías que ibas a ganar, eras el cerebro.

—Ahora que perdiste, eres la víctima.

Su rostro se quebró.

—Sophia no significa nada para mí.

—Eso deberías explicárselo a ella.

—Te amo a ti.

Aquella frase ya no me produjo nada.

—No, Victor.

Lo miré directamente.

—Amabas que yo trabajara contigo, confiara en ti y nunca revisara lo que firmabas.

Intentó tomar mi mano.

Me aparté.

—Elena, dame una oportunidad.

—Ya te di ocho años.

Y me marché.


Dos semanas después, Sophia pidió hablar conmigo.

Mi abogada estuvo presente.

Llegó sin maquillaje y con una carpeta enorme.

—Quiero colaborar.

—¿Por qué?

—Porque Victor piensa culparme de todo.

No sentí lástima.

—Participaste voluntariamente.

—Lo sé.

Aquella respuesta me sorprendió.

Sophia bajó la mirada.

—Al principio pensé que solo queríamos demostrar que estabas engañándolo.

—¿“Queríamos”?

—Victor decía que tú escondías dinero.

—Después apareció la casa.

Guardó silencio.

—Ahí supe que esto era otra cosa.

—Y continuaste.

—Sí.

No intentó justificarse.

Abrió la carpeta.

Dentro había conversaciones.

Instrucciones.

Comprobantes.

Y una grabación que yo nunca había escuchado.

En ella, Margaret hablaba con Victor.

“Cuando Elena pierda el divorcio, tendrá que negociar. Entonces hacemos que entregue las acciones.”

Victor preguntaba:

“¿Y Sophia?”

Margaret respondía:

“Dale dinero. Esa clase de mujer desaparece cuando le pagas.”

Sophia cerró los ojos.

—Yo creía que él iba a casarse conmigo.

—Yo también creí muchas cosas sobre Victor.

Me levanté.

—Entrega todo a mi abogada.

—¿Eso significa que me perdonas?

—No.

La miré.

—Significa que quiero la verdad.


Tres meses después, Victor volvió a verme.

Esta vez no llevaba un traje caro.

Esperaba fuera del despacho de mi abogada con una caja entre las manos.

—Encontré esto.

Dentro estaban nuestras fotografías de boda.

No las toqué.

—Mi madre quería destruirlas.

—Puedes quedártelas.

—Elena…

Respiró profundamente.

—Sophia declaró.

—Lo sé.

—Mi madre también está siendo investigada.

—Lo sé.

—La empresa está perdiendo clientes.

No respondí.

Entonces comprendió finalmente que ya no podía utilizar sus desgracias para obligarme a sentir algo.

—Firmaré el divorcio en tus condiciones.

Asentí.

—Bien.

Sus ojos se humedecieron.

—¿Eso es todo?

—Sí.

Pareció más destruido por aquella palabra que por cualquier prueba del tribunal.

—¿Nunca me quisiste?

Lo miré sorprendida.

—Te quise tanto que durante años puse nuestra empresa, nuestro matrimonio y nuestro futuro por encima de mí.

Hice una pausa.

—Precisamente por eso no pienso desperdiciar otro año.

Firmó.


Casi un año después recuperé el control de la casa de Sinan Road.

La primera noche que regresé, caminé sola por las habitaciones.

Todo seguía prácticamente igual.

El viejo piano de mi madre.

Los libros de mi padre.

La marca en la pared donde medían mi altura cuando era niña.

Victor había visto aquella casa como treinta millones.

Yo la veía como el lugar donde todavía existían partes de mi vida que él nunca había podido comprar.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de mi abogada.

El proceso patrimonial finalmente había terminado.

Respondí con dos palabras:

“Gracias. Cerrado.”

Después apagué el teléfono.

Durante ocho años pensé que perder mi matrimonio significaría perder la vida que había construido.

Victor también lo creyó.

Por eso fabricó fotografías.

Mensajes.

Recibos.

Una amante falsa para mí y una verdadera para él.

Necesitaba convertir mi nombre en algo sucio para justificar quedarse con aquello que no le pertenecía.

Pero cometió un error.

Fabricó tantas pruebas contra mí que me obligó a investigar.

Y cuando finalmente abrí la última página, descubrimos que aquella página nunca había tratado sobre mi infidelidad.

Trataba sobre la suya, sus mentiras y el dinero que su familia había intentado esconder detrás de mi nombre.

Victor quería que el tribunal me quitara todo.

Al final, lo único que consiguió fue darme las pruebas necesarias para quitármelo a él de mi vida.

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