PARTE 2: LA VERDAD QUE NIKO NO ESPERABA

—Primera regla —dijo Niko—: no me importa con quién hayas estado antes de hoy. Pero desde este momento, ningún escándalo puede llevar el apellido Santoro.

Lo miré fijamente.

Ahí estaba.

La sentencia que había esperado desde que vi su expresión en la catedral.

—¿Terminaste?

Niko se volvió.

—Todavía no.

—Pues yo sí.

Tomé una almohada de la cama y caminé hacia el sofá.

Él frunció el ceño.

—¿Qué haces?

—Dormir.

—¿Ahí?

—No pienso compartir una cama con un hombre que lleva seis horas casado conmigo y ya decidió quién soy basándose en fotografías de periódicos.

Su expresión cambió apenas.

—No he dicho eso.

—No hacía falta.

Me quité los pendientes y los dejé sobre una mesa.

—Fiestas. Universitarios ricos. Vestidos caros. Fotografías entrando y saliendo de clubes. Supongo que construiste el resto de la historia tú solo.

Niko guardó silencio.

—¿Me equivoco?

—He investigado a tu familia.

—No pregunté por mi familia.

Lo miré directamente.

—Pregunté qué investigaste sobre mí.

Por primera vez pareció incómodo.

Eso respondió suficiente.

Tomé una manta.

—Buenas noches, señor Santoro.

—Emma.

Me detuve.

—¿Qué?

—La cama es tuya. Yo dormiré fuera.

Aquello no encajaba con el monstruo que había imaginado.

Niko recogió su chaqueta.

Antes de marcharse dijo:

—No voy a tocarte sin tu consentimiento.

La puerta se cerró.

Y durante varios minutos permanecí inmóvil.


A la mañana siguiente encontré un sobre debajo de mi puerta.

Dentro había una tarjeta universitaria nueva, las llaves de un automóvil y mi horario de clases.

También una nota.

“Tu examen de derecho constitucional fue aplazado hasta el lunes. Tu matrimonio no termina con tus estudios.”

Bajé al comedor furiosa.

—¿Llamaste a mi universidad?

Niko bebía café.

—Mi abogado explicó que tuviste una emergencia familiar.

—No necesitaba que arreglaras mi vida.

—No la arreglé. Evité que tu padre la destruyera por completo.

Me quedé quieta.

—¿Qué significa eso?

Niko dejó la taza.

—Pregúntale a Arthur por qué realmente aceptó este matrimonio.

—Dímelo tú.

—Quiero que él tenga la oportunidad.

—Mi padre me vendió.

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces explícate.

Niko me observó durante varios segundos.

—Tu padre lleva meses colaborando con una investigación federal sobre personas vinculadas a contratos públicos fraudulentos.

Sentí que algo se hundía dentro de mí.

—¿Qué?

—Alguien descubrió que estaba entregando información.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Hace seis días recibieron fotografías tuyas.

Niko deslizó una carpeta sobre la mesa.

No quería abrirla.

Lo hice.

Fotografías saliendo de la universidad.

Entrando en mi apartamento.

Comprando café con Stella.

Una tomada desde el otro lado de la calle mientras dormía junto a una ventana.

Se me helaron las manos.

—¿Quién hizo esto?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y casarme contigo supuestamente me protege?

—Mi apellido hace que determinadas personas piensen dos veces antes de acercarse.

Me levanté.

—Así que mi padre decidió entregarme a otra familia peligrosa.

Niko no reaccionó al insulto.

—Tu padre vino a mí porque estaba desesperado.

—¿Y tú aceptaste por bondad?

Entonces apareció algo diferente en sus ojos.

—No.

—¿Por qué?

—Porque el nombre que apareció dentro de la investigación de Arthur también apareció en una investigación mía.

Ahora entendía.

No era una boda.

Era una alianza.

Y yo era el vínculo.

—Me utilizaron.

—Sí.

La sinceridad me golpeó más que cualquier excusa.

Niko se levantó.

—Y tienes derecho a odiarnos por ello.

—¿Puedo irme?

—Sí.

Parpadeé.

—¿Así de fácil?

—Habrá seguridad siguiéndote hasta que sepamos quién te vigilaba.

—Eso no es libertad.

—No.

Su mandíbula se tensó.

—Pero tampoco voy a encerrarte aquí.


Aquella tarde regresé a mi apartamento acompañada por seguridad.

Stella estaba esperándome.

Cuando le conté la verdad, palideció.

—Emma… alguien llamó ayer preguntando por ti.

—¿Quién?

—Dijo que era de la universidad.

—¿Qué preguntó?

—Cuándo volverías.

Sentí frío.

Entonces mi teléfono vibró.

Papá.

No respondí.

Llegó un mensaje.

“Necesito verte. Solo nosotros dos.”

Se lo enseñé al jefe de seguridad.

Diez minutos después Niko llamó.

—No vayas.

—Es mi padre.

—Precisamente.

—¿Crees que él está involucrado?

Silencio.

—Creo que alguien está utilizando su teléfono.

Miré nuevamente el mensaje.

Había algo extraño.

Mi padre jamás escribía “solo nosotros dos”.

Siempre decía “a solas”.

Una diferencia mínima.

Pero suficiente.

—¿Dónde está mi padre?

Niko respondió:

—Eso estamos intentando descubrir.


Lo encontraron tres horas después.

Estaba vivo.

Lo habían retenido para obligarlo a entregar documentos relacionados con la investigación.

La policía intervino antes de que pudieran trasladarlo.

Y aquella misma noche comenzaron varias detenciones.

Cuando llegué al hospital, papá tenía el rostro golpeado y una venda alrededor de la frente.

Me vio entrar.

Lloró.

—Lo siento.

Yo permanecí junto a la puerta.

—¿Por venderme o por mentirme?

—Por ambas cosas.

—Podrías haberme contado la verdad.

—Tenía miedo de que intentaras protegerme.

Solté una risa amarga.

—Soy tu hija. Claro que habría intentado protegerte.

—Precisamente.

Miró hacia Niko, que permanecía fuera de la habitación.

—Santoro era la única persona suficientemente poderosa para mantenerte fuera de su alcance.

—Y tú decidiste por mí.

Mi padre cerró los ojos.

—Sí.

—Eso no estuvo bien.

—No.

Aquella noche no lo perdoné.

Pero tampoco me marché odiándolo como antes.

A veces comprender una decisión no significa justificarla.


Dos semanas después, Niko puso documentos de anulación matrimonial delante de mí.

—¿Qué es esto?

—Una salida.

Lo miré sorprendida.

—La amenaza principal ha terminado. Tu padre está protegido y varias personas implicadas están detenidas.

Empujó una pluma hacia mí.

—Puedes recuperar tu vida.

—¿Y tú?

—Volveré a la mía.

Esperé arrogancia.

No apareció.

Entonces comprendí algo.

Niko había llegado al matrimonio creyendo rumores sobre mí.

Yo había llegado creyendo rumores sobre él.

Los dos habíamos juzgado demasiado rápido.

Tomé la pluma.

Pero no firmé.

—Tengo condiciones.

Niko levantó una ceja.

—Escucho.

—Termino Derecho.

—Por supuesto.

—Mi padre jamás volverá a negociar algo relacionado conmigo sin preguntarme.

—De acuerdo.

—Y tú dejarás de investigar mi vida como si fuera un expediente.

Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.

—Eso será difícil.

Lo fulminé con la mirada.

—Era broma.

—No eres gracioso.

—Eso me dicen.

Miré los documentos.

—Y quiero tiempo.

—¿Para decidir si firmas?

Asentí.

Niko retiró la pluma.

—Todo el que necesites.

Aquella fue la primera decisión relacionada con nuestro matrimonio que realmente me perteneció.

Y resultó ser la única que importaba.

Porque aquella boda había comenzado como un acuerdo entre hombres poderosos.

Pero si algún día Niko Santoro y yo decidíamos continuar juntos, ya no sería por miedo, amenazas ni apellidos.

Sería porque ambos habíamos elegido quedarnos.

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