Durante los siguientes tres días interpreté el papel de esposa perfecta.
Kevin estaba encantado.
Aquella misma noche comenzó a hacer planes con dinero que todavía no existía.
—Lily necesitará un apartamento cerca de la universidad.
Su madre asintió.
—Y un coche. No puede ir en transporte público como cualquiera.
Lily levantó la vista del teléfono.
—He visto uno por seiscientos mil.
Kevin me miró.
—Podríamos pedir otro préstamo.
Sonreí.
—Claro.
Su expresión se iluminó.
—Sabía que casarnos te haría madurar.
Casi me reí.
Mientras ellos gastaban mentalmente mi sueldo durante los próximos veinte años, yo envié un mensaje a mi abogada.
“Confirma oficialmente si el matrimonio quedó registrado.”
La respuesta llegó cuarenta minutos después.
“No. La solicitud quedó incompleta por la caída del sistema. No existe certificado matrimonial emitido ni inscripción finalizada.”
Guardé el teléfono.
Perfecto.
A la mañana siguiente llamé al banco.
No pregunté por el préstamo de Kevin.
Solo dejé algo muy claro:
—No autorizo el uso de mis ingresos, propiedades, cuentas ni activos como garantía de ninguna obligación del señor Kevin Zhao.
La empleada revisó mis datos.
—Señorita Sofía, usted no figura como prestataria ni avalista.
—¿Mi supuesto matrimonio aparece en alguna documentación?
Hubo una pausa.
—No puedo revelar información de terceros. Pero si teme que hayan utilizado sus datos sin autorización, podemos iniciar una alerta preventiva.
—Hágalo.
Después llamé a mis padres.
Mi madre se quedó muda cuando terminé de explicarle.
Mi padre solo preguntó:
—¿Quieres que vaya por ti?
—No.
Miré las cajas que Kevin había empezado a llevar a mi apartamento.
—Quiero que venga por sus cosas.
Ese mismo día cambié las claves de acceso de mis cuentas.
Revoqué las tarjetas adicionales.
Guardé facturas, transferencias y conversaciones.
También instalé una cámara en la entrada.
No tuve que esperar mucho.
Dos días después, Kevin llegó radiante.
—Buenas noticias.
Dejó unos documentos frente a mí.
—El banco puede ampliar el crédito.
—¿Cuánto?
—Otros tres millones.
Once millones en total.
Abrí mucho los ojos.
—¿Y cómo vas a pagarlos?
Se rio.
—¿Otra vez con eso?
Se sentó a mi lado.
—Sofía, cuando una pareja se casa, las deudas son de ambos.
Ahí estaba.
La frase que necesitaba escuchar.
—Entonces ¿pediste el préstamo pensando que yo tendría que ayudarte?
Su sonrisa disminuyó.
—No lo digas así.
—¿Cómo debería decirlo?
Kevin se impacientó.
—Yo solo gano ocho mil. Es evidente que sin tu salario sería imposible.
—Entiendo.
—Además, tu apartamento vale varios millones.
Lo miré.
—Mi apartamento.
—Nuestra casa —corrigió.
—La compraron mis padres antes de conocerte.
—Pero ahora eres mi esposa.
Me incliné hacia atrás.
—¿Estás seguro?
Kevin frunció el ceño.
—¿Qué pregunta absurda es esa?
Sonó el timbre.
Me levanté.
—Entonces quizá deberías preguntárselo a ella.
Abrí la puerta.
Mi abogada entró con una carpeta.
Detrás venían mis padres.
La sonrisa de Kevin desapareció.
Su madre salió inmediatamente del dormitorio.
Sí.
También había empezado a instalarse en mi casa.
—¿Qué significa esto? —preguntó.
Mi abogada dejó la carpeta sobre la mesa.
—Significa que el señor Zhao debe retirar sus pertenencias de una propiedad que no le pertenece.
Kevin se levantó.
—Soy su marido.
—No —respondió ella.
Silencio.
Lily salió del dormitorio.
—¿Qué?
Mi abogada abrió el documento.
—La solicitud matrimonial de ambos no llegó a completarse. El sistema falló antes de finalizar la inscripción. No existe matrimonio legal registrado entre ustedes.
Kevin me miró.
Después miró los papeles.
—Eso es imposible.
—Puedes comprobarlo tú mismo —dije.
Su rostro comenzó a perder color.
—Pero estuvimos en el Registro Civil.
—Estuvimos.
—Firmamos.
—Iniciamos el trámite.
—¡Es lo mismo!
—Legalmente, no.
Su madre golpeó la mesa.
—¡Entonces vayan mañana y terminen el registro!
La miré.
—¿Por qué haría eso?
La habitación quedó completamente quieta.
—Porque… porque ya hicieron una boda —balbuceó.
—No hubo boda. Fuimos al Registro y después ustedes celebraron cómo iban a gastar mi dinero.
Kevin dio un paso hacia mí.
—Sofía, estás enfadada por el préstamo.
—No.
Negué.
—Estoy agradecida por él.
Pareció confundido.
—Me enseñó en dos horas lo que no conseguí ver en tres años.
Entonces ocurrió algo todavía mejor.
El teléfono de Kevin sonó.
Era el banco.
Contestó delante de todos.
—Sí, soy yo.
Escuchó.
Su expresión cambió.
—¿Cómo que documentación inconsistente?
Silencio.

—Pero estoy casado.
Otra pausa.
—¿Qué tiene que ver mi estado civil?
Empezó a caminar de un lado a otro.
—¡El dinero ya fue desembolsado!
Lily palideció.
—Hermano…
Kevin levantó una mano para callarla.
—¿Qué garantía adicional?
Escuchó varios segundos.
Después miró directamente hacia mí.
—No.
Su voz perdió fuerza.
—Mi… mi esposa no firmará.
Colgó.
Lily corrió hacia él.
—¿Qué pasa?
Kevin parecía incapaz de responder.
Finalmente murmuró:
—Van a revisar el préstamo.
La sonrisa de Lily desapareció.
—¿Y qué?
—Que necesito demostrar los ingresos y garantías declarados.
—Pues demuestra los de Sofía.
Kevin cerró los ojos.
—No puedo.
Por fin lo había comprendido.
Mi salario no era suyo.
Mi apartamento no era suyo.
Las propiedades de mis padres no eran suyas.
Y, sobre todo, yo tampoco era su esposa.
Lily empezó a ponerse nerviosa.
—Pero los ocho millones ya están en mi cuenta.
Mi abogada la miró.
—Entonces le recomiendo que no los mueva hasta aclarar el origen y las condiciones del crédito.
—¡Son míos!
—No. Son dinero prestado.
Por primera vez alguien se lo explicó de una manera que pareció entender.
Su rostro quedó blanco.
Kevin intentó cambiar de estrategia inmediatamente.
—Sofía, cometí un error.
Se acercó.
—Devolveremos parte del dinero.
—Devuélvelo todo.
—Lily ya pagó matrículas y depósitos.
—Problema de Lily.
Su madre comenzó a llorar.
—¿Vas a destruir el futuro de una muchacha por una discusión matrimonial?
—No existe discusión matrimonial.
La miré.
—Porque no existe matrimonio.
Mi padre tuvo que girar la cabeza para esconder una sonrisa.
Kevin bajó la voz.
—Tres años, Sofía.
—Exactamente.
—¿Vas a tirar tres años por dinero?
Aquello sí consiguió hacerme reír.
—Tú pediste ocho millones dos horas después de creer que habías conseguido legalmente acceso a mi sueldo.
Me acerqué.
—No estoy terminando contigo por dinero.
—Estoy terminando contigo porque descubrí que para tu familia yo era el plan de pago.
No tuvo respuesta.
Señalé las cajas.
—Tienen una hora.
Durante las semanas siguientes, Kevin me llamó desde todos los números imaginables.
Primero exigía.
Después negociaba.
Finalmente suplicaba.
Lily tuvo que devolver el dinero que todavía conservaba y su maravilloso plan de estudiar en el extranjero se redujo drásticamente.
Kevin siguió siendo responsable de las obligaciones que había firmado.
Yo no pagué un yuan.
Meses después me encontré con él casualmente frente al mismo Registro Civil.
Estaba más delgado.
Al verme, se acercó.
—Sofía.
—Hola.
—He pensado mucho.
No respondí.
—Si aquel día el sistema hubiera funcionado…
Lo interrumpí.
—No.
—¿No qué?
—No fue el sistema el que me salvó.
Kevin guardó silencio.
—El fallo informático solo me dio tiempo para descubrir quién eras antes de que fuera demasiado tarde.
Seguí caminando.
Detrás de mí preguntó:
—¿Nunca me quisiste?
Me detuve.
—Sí.
Giré apenas la cabeza.
—Por eso estuve a punto de cometer el error.
Y continué caminando.
Durante mucho tiempo pensé que aquel fallo del Registro Civil había sido mala suerte.
Después comprendí que había sido el regalo más caro que jamás recibí.
Porque Kevin Zhao creyó que aquella mañana había conseguido una esposa.
Una casa.
Un salario.
Y una familia entera para pagar sus deudas.
Pero antes de firmar mi futuro durante veinte años, olvidó comprobar el detalle más importante.
Yo nunca había llegado a ser su esposa.