PARTE 2: SIETE AÑOS TERMINARON EN UNA NOCHE.

Adrián apagó la pantalla demasiado tarde.

El mensaje de Camila seguía grabado en mi cabeza.

“Amor, ¿trajiste mi figura? Ven rápido. Te estoy esperando”.

—Elena, puedo explicarlo.

Me apoyé mejor sobre las muletas.

—No hace falta.

—No es lo que parece.

Solté una pequeña risa.

—Te vi recogiendo cinco cajas para ella.

Su rostro perdió el color.

—¿Estabas allí?

—También escuché que llevas un mes haciéndolo.

Adrián guardó silencio.

—Y escuché lo de la figura de cuatro mil dólares.

Esta vez bajó la mirada.

Ahí estaba mi respuesta.

Ni siquiera necesitaba preguntarle si era cierto.

—Elena…

—Cuarenta dólares.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Mi bicicleta necesitaba una reparación de cuarenta dólares.

Sentí que la voz me temblaba, pero no permití que las lágrimas salieran.

—Sabías que estaba fallando. Sabías que la necesitaba para ir a trabajar. Y cuando te dije que no podía pagar la reparación hasta fin de mes, me respondiste que tenía que aprender a administrar mejor mi dinero.

Adrián abrió la boca.

—Eso no tiene nada que ver con…

Me rompí una pierna por cuarenta dólares mientras tú gastabas cuatro mil para que Camila dejara de llorar.

El silencio fue absoluto.

Por primera vez, pareció avergonzado.

Pero ya no me importaba.

Durante siete años había esperado aquella expresión.

Ahora llegaba demasiado tarde.

Su teléfono volvió a vibrar.

Camila.

Otra vez.

Adrián rechazó la llamada.

—Cometí un error.

—No.

Lo miré directamente.

—Un error ocurre una vez. Tú tomaste decisiones todos los días durante meses.

—Entre Camila y yo las cosas simplemente…

Se detuvo.

—¿Simplemente qué?

No respondió.

Sonreí.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Porque acabas de ahorrarme la última duda que tenía.

Avancé lentamente hacia el dormitorio.

Adrián me siguió.

—¿Qué estás haciendo?

Saqué una maleta pequeña del armario.

—Me voy.

—No seas ridícula. Tienes la pierna rota.

Me detuve.

Aquella frase casi me hizo reír.

Cuando necesitaba que recogiera un paquete, mi pierna rota no importaba.

Ahora que quería marcharme, de repente sí.

—Precisamente por eso no puedo seguir aquí.

Comencé a guardar ropa.

Adrián se cruzó de brazos.

—¿Vas a tirar siete años por una infidelidad?

Me quedé inmóvil.

Después giré lentamente.

—No estoy tirando siete años por Camila.

Señalé mi yeso.

—Me voy por esto.

Luego señalé mi cartera.

—Por las deudas que contraje intentando demostrarte que no quería tu dinero.

Finalmente señalé su teléfono.

—Y porque mientras me enseñabas a sentir vergüenza por necesitar cuarenta dólares, disfrutabas gastando miles en otra mujer.

Su expresión se endureció.

—Siempre supe que terminarías sacando el tema del dinero.

Aquella frase terminó de matar lo poco que quedaba entre nosotros.

—Y yo siempre pensé que algún día entenderías que nunca se trató del dinero.

Cerré la maleta.

—Se trataba de cómo elegías usarlo para medir cuánto valíamos.

Entonces sonó el timbre.

Adrián abrió la puerta.

Era Camila.

Llevaba una de las cajas entre los brazos y una sonrisa que desapareció al verme.

—Elena…

Miró a Adrián.

—Pensé que ya habías hablado con ella.

—Camila, vete.

—Pero dijiste que esta noche…

Se calló.

Demasiado tarde otra vez.

La miré.

Mi mejor amiga desde la universidad.

La mujer que había venido al hospital después de mi accidente.

La misma que sostuvo mi mano y dijo:

“No entiendo cómo Adrián puede dejarte sola en un momento así”.

Ahora entendía por qué lo había dicho.

Ella sabía exactamente dónde estaba él.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Camila apretó la caja.

—Elena, no quería hacerte daño.

—¿Desde cuándo?

Adrián intervino.

—No importa.

—Quiero escucharla.

Camila respiró hondo.

—Cinco meses.

Sentí algo extraño.

No dolor.

Alivio.

Porque cinco meses significaban que no había nada que salvar.

—Perfecto.

Tomé mi bolso.

Adrián bloqueó la puerta.

—¿Adónde vas?

—A casa de mi hermana.

—Este también es tu hogar.

—No.

Miré alrededor.

—Solo era el lugar donde yo pagaba la mitad para sentirme constantemente como una invitada.

Él bajó la voz.

—No puedes marcharte así.

—Mírame.

Apartó finalmente el cuerpo.

Pero antes de salir, Camila habló.

—Elena, espera.

Giré.

Tenía lágrimas en los ojos.

—Sé que me odias, pero Adrián me dijo que ustedes prácticamente habían terminado.

Miré a Adrián.

Él evitó mis ojos.

—También me dijo que tú estabas con él porque necesitabas mantener cierto estilo de vida.

Aquello sí consiguió sorprenderme.

Camila continuó:

—Me dijo que llevaba años pagando casi todo por ti.

Solté las muletas contra la pared por un segundo y saqué el teléfono.

Abrí siete años de transferencias.

Renta.

Servicios.

Vacaciones.

Restaurantes.

Regalos.

Todo dividido.

Todo registrado.

Le mostré la pantalla.

—Nunca pagó mi parte.

Camila dejó de llorar.

Miró lentamente a Adrián.

Y por primera vez apareció una grieta en su expresión enamorada.

—Me dijiste que ella dependía de ti.

Adrián perdió la paciencia.

—¿Ahora van a interrogarme las dos?

Ahí comprendí algo.

Camila había traicionado nuestra amistad.

Pero Adrián también le había construido una versión falsa de mí para convertirse en el héroe de su propia historia.

No pensaba quedarme para ver cómo se destruían entre ellos.

Recogí las muletas.

—Disfruta tu figura de cuatro mil dólares, Camila.

Pasé junto a ella.

—Te salió mucho más cara de lo que imaginas.

Tres semanas después, mi vida era distinta.

Cancelé el contrato del apartamento, que estaba a nombre de ambos.

Separé todas nuestras cuentas compartidas.

Vendí mi parte de los muebles.

Y acepté un puesto que había rechazado dos veces porque estaba en otra ciudad y Adrián decía que una relación “no sobreviviría a la distancia”.

La ironía casi resultaba divertida.

Mi nuevo empleo incluía seguro médico y un salario mucho mejor.

Pagué la deuda del hospital en pocos meses.

Cuando finalmente me quitaron el yeso, compré una bicicleta nueva.

Esta vez no tuve que demostrarle nada a nadie.

De Adrián supe poco.

Camila terminó con él dos meses después.

Al parecer, cuando dejó de ser una aventura secreta, descubrió que el hombre atento que recogía paquetes bajo el sol no existía todos los días.

Una tarde recibí un último mensaje suyo.

“Ahora entiendo lo que perdí. Nadie me conocía como tú”.

Lo observé durante unos segundos.

Después escribí:

“Ese fue exactamente el problema. Yo te conocía demasiado y aun así seguía eligiéndote”.

Lo bloqueé.

Meses después regresé a aquel punto de recogida.

La misma encargada estaba detrás del mostrador.

Me reconoció inmediatamente.

—¡Elena! Ya no vienes con muletas.

Sonreí.

—Por suerte, no.

Me entregó una pequeña caja.

Era algo que había comprado para mí.

Nada costoso.

Nada especial.

Pero al salir, me detuve un instante bajo el mismo sol que aquella vez me había parecido insoportable.

Entonces comprendí que Adrián sí me había dado algo después de siete años.

Una lección.

Quien te ama no necesita verte rota para decidir ayudarte.

Apreté el paquete contra mi pecho y seguí caminando.

Porque aquella tarde no solo había recuperado mi paquete.

Había recuperado la parte de mí que llevaba siete años dejando atrás.

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