PARTE 2: AHORA TÚ APRENDERÁS A PERDER.

Sebastian tardó varios segundos en reaccionar.

Sus ojos permanecieron clavados en la mano de Theodore alrededor de mi cintura.

—Quítale la mano.

Theodore sonrió.

—¿Eso es una petición o una orden?

—Una advertencia.

El ambiente del salón cambió de inmediato.

Nadie se atrevía a hablar.

Cinco años atrás, una sola mirada de Sebastian Qin bastaba para que yo bajara la cabeza.

Ahora lo observé como se observa una tormenta desde detrás de una ventana.

Ruidosa.

Impresionante.

Pero incapaz de tocarme.

Chloe fue la primera en romper el silencio.

—Helena, deja de hacer este espectáculo solo para darle celos.

Me reí.

—¿Celos?

—Todos sabemos que sigues obsesionada con Sebastian.

Se aferró todavía más a su brazo.

—Si realmente hubieras dejado de amarlo, no habrías regresado.

Aquello era casi divertido.

—Chloe, regresé a mi país.

La miré de arriba abajo.

—No a buscar las sobras de tu relación.

Varias personas ocultaron una sonrisa.

El rostro de Chloe se tensó.

Sebastian dio otro paso hacia mí.

—Basta.

Extendió la mano.

—Ven conmigo.

Miré sus dedos.

—¿Adónde?

—A casa.

—Ya estoy en casa.

Sebastian frunció el ceño.

En ese instante, Theodore levantó una copa.

—Creo que ha llegado el momento.

El salón quedó en silencio.

Las luces disminuyeron.

Las enormes puertas de Eastlake volvieron a abrirse.

Entró un hombre de cabello gris acompañado por varios miembros de seguridad.

Reconocí inmediatamente aquel rostro.

Arthur Hale.

Mi abuelo.

El hombre que había pasado más de una década buscándome.

Sebastian también lo reconoció.

Toda Puerto Aurelia conocía al presidente de Hale International.

La expresión de Chloe cambió.

—Señor Hale…

Mi abuelo pasó junto a ella sin responder.

También ignoró a Sebastian.

Caminó directamente hacia mí.

Cuando estuvo frente a mí, sus ojos se humedecieron.

Entonces hizo algo que dejó al salón completamente mudo.

Me abrazó.

—Cinco años —susurró—. Cinco años sabiendo dónde estabas y esperando que estuvieras preparada para volver.

Le devolví el abrazo.

—Abuelo.

Escuché un jadeo detrás de mí.

Chloe dejó caer su copa.

El cristal se hizo añicos.

Sebastian parecía haber olvidado cómo respirar.

—¿Abuelo?

Mi abuelo se volvió hacia él.

Su expresión se endureció.

—Presidente Qin.

Sebastian me miró.

Después a Arthur.

Después nuevamente a mí.

—Helena… ¿qué significa esto?

Sonreí.

—Significa que deberías haber investigado mejor a la “huérfana” que acogió tu familia.

Mi madre había sido la única hija de Arthur Hale.

Había abandonado a su familia por amor.

Después murió cuando yo era pequeña.

Una serie de errores, documentos perdidos y personas interesadas en mantenerme lejos hicieron que terminara bajo la protección de Eleanor Qin.

Antes de morir, ella había descubierto parte de la verdad.

Pero nunca tuvo tiempo de reunirnos.

Yo tampoco la conocí hasta años después.

En Belvaria.

Cuando Sebastian retiró mi dinero y me abandonó creyendo que regresaría arrastrándome.

Fue precisamente entonces cuando recuperé mi verdadero apellido.

Mi abuelo habló con frialdad.

—La señorita Helena Hale es mi única nieta y heredera principal de la familia Hale.

El murmullo explotó por todo el salón.

Chloe negó repetidamente.

—Eso es imposible.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque tú no tenías nada.

—Tenía algo.

Sonreí.

—Solo que ustedes nunca se molestaron en descubrirlo.

Sebastian parecía devastado.

Pero no por mi apellido.

Lo comprendí cuando volvió a mirar a Theodore.

—¿Y él?

Theodore soltó una carcajada.

—Todavía preocupado por mí.

—Pregunté qué relación tienes con Helena.

—Una excelente.

Los nudillos de Sebastian se pusieron blancos.

Suspiré.

—Theodore es uno de mis socios.

—¿Socios?

Mi abuelo sonrió.

—Helena pasó los últimos años desarrollando una red logística en Belvaria.

Sebastian me miró como si acabara de descubrir a una desconocida.

Y quizá eso era exactamente lo que había ocurrido.

Durante cinco años había imaginado que yo estaba sobreviviendo miserablemente.

La realidad era diferente.

Los “ocho hombres” que mencioné eran mis socios principales.

Ingenieros.

Inversionistas.

Especialistas en transporte y seguridad.

Theodore era uno de ellos.

Nada más.

Pero no tenía ninguna intención de tranquilizar a Sebastian.

Él me había dicho que debía aprender a tolerar una segunda y una tercera mujer.

Podía soportar unos minutos de incertidumbre.

Chloe recuperó la voz.

—Sebastian, vámonos.

Él retiró el brazo de sus manos.

Chloe se congeló.

—¿Sebastian?

Él ni siquiera la miró.

—Helena, necesito hablar contigo a solas.

—No tenemos nada que hablar.

—Sí tenemos.

Sacó algo del bolsillo interior de su chaqueta.

Un pequeño estuche.

Mi respiración se detuvo.

Dentro estaba el anillo de nuestra boda suspendida.

—Lo conservé cinco años.

Me reí con incredulidad.

—¿Esperas que eso me conmueva?

—Nunca cancelé nuestro compromiso oficialmente.

Aquello sí consiguió sorprenderme.

Sebastian se acercó.

—Legalmente, las familias Qin y Bennett…

Mi abuelo lo interrumpió.

—Hale.

Sebastian apretó los dientes.

—Sea cual sea su apellido, el compromiso sigue vigente.

Mi sonrisa desapareció.

—¿Después de expulsarme del país?

—Estabas siendo castigada.

El salón entero quedó en silencio.

No pude evitar reír.

—¿Castigada?

—Cometiste un error.

—Golpeé a la mujer con la que me engañabas.

—Chloe y yo nunca estuvimos comprometidos.

—Qué alivio.

Lo miré fijamente.

—Entonces supongo que debía sentirme agradecida.

Sebastian finalmente pareció darse cuenta de lo absurdo de sus palabras.

Su voz bajó.

—Helena…

—Cinco años atrás me dijiste que una segunda y una tercera mujer aparecerían después de nuestra boda.

Di un paso hacia él.

—Me dijiste que debía acostumbrarme.

Otro paso.

—Me llamaste huérfana.

Sus ojos se enrojecieron.

—Estaba enfadado.

—Y yo estaba enamorada.

Mi voz permaneció tranquila.

—Ambos dejamos de estarlo.

Eso sí lo hirió.

Lo vi claramente.

—No —murmuró.

—Sí.

—No puedes dejar de amar a alguien así.

—Tienes razón.

Incliné ligeramente la cabeza.

Me tomó años.

Chloe comenzó a llorar.

—Sebastian, vámonos.

Esta vez él se giró hacia ella.

—¿Por qué le mostraste aquel video?

Chloe palideció.

—¿Qué?

—En la boda.

Su voz se volvió helada.

—¿Por qué se lo enseñaste?

Ella retrocedió.

—Yo…

—Responde.

Por primera vez, Chloe parecía tener miedo de él.

Pero yo ya no quería escuchar la respuesta.

Tomé el brazo de mi abuelo.

—Vamos.

Sebastian intentó seguirnos.

Theodore se interpuso.

—La señorita dijo que terminó.

—Apártate.

—No.

Los guardias de Eastlake comenzaron a acercarse.

Sebastian comprendió que aquella vez el poder no estaba de su lado.

Me llamó cuando llegué a las escaleras.

—¡Helena!

Me detuve.

—Si realmente no regresaste por mí…

Su voz se quebró apenas.

—¿Por qué volviste?

Giré la cabeza.

Y sonreí.

—Porque mañana Hale International anunciará su regreso oficial a Puerto Aurelia.

El rostro de Sebastian cambió.

La familia Qin llevaba años intentando conseguir una alianza con Hale International.

Una alianza necesaria para sostener su proyecto más ambicioso.

Y entonces mi abuelo añadió con absoluta tranquilidad:

—Por cierto, presidente Qin.

Sebastian lo miró.

—La reunión para discutir esa alianza sigue programada para mañana.

Una chispa de esperanza apareció en sus ojos.

Pero mi abuelo terminó la frase.

—Solo que ahora la persona que decidirá si la familia Qin recibe el contrato será Helena.

Sebastian se quedó inmóvil.

Yo continué caminando sin mirar atrás.

Cinco años atrás, él me había enviado lejos para enseñarme cuál era mi lugar.

Mañana entraría en su empresa para mostrarle algo mucho más sencillo.

Mi lugar nunca había estado detrás de Sebastian Qin.

Y esta vez sería él quien tendría que esperar mi decisión.

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