PARTE 2: CUANDO DEJÉ DE SER GRATIS

Mi abuela no preguntó qué había ocurrido en Madrid.

Eso fue lo que terminó de romperme.

Preparó una tortilla, calentó un poco de sopa y puso delante de mí un plato lleno, como hacía cuando era niña.

—Come primero.

Bajé la cabeza.

—Abuela…

—Después hablamos.

La primera cucharada apenas me pasó por la garganta.

A la tercera empecé a llorar.

No lloré por los trescientos euros.

Lloré por Carla.

Por aquella habitación diminuta.

Por los cincuenta euros que había puesto de mis ahorros.

Por cada mañana a las seis.

Por cada vez que mi hermana había salido tranquila porque sabía que yo me quedaría cuidando de su hija.

Y, sobre todo, lloré porque Sofía había visto todo aquello y aun así había decidido que yo era quien debía aportar más.

Mi abuela permaneció sentada enfrente.

Cuando terminé de contárselo, golpeó suavemente la mesa con la palma.

—Entonces hiciste bien en volver.

—Pero Carla…

—Carla tiene padres.

Aquellas cuatro palabras me hicieron guardar silencio.

—Tú eres su tía —continuó—. Puedes quererla con toda tu alma. Pero no tienes que convertirte en su madre para que sus padres puedan vivir cómodamente.

Esa noche dormí casi doce horas.

A la mañana siguiente, mi teléfono tenía diecisiete mensajes.

La mayoría eran de Sofía.

“Ainhoa, ¿dónde dejaste el uniforme de danza?”

“Carla no quiere desayunar.”

“¿Sabes dónde está su cuaderno de lectura?”

Después:

“Carlos llegó tarde al trabajo porque tuvo que llevarla al colegio.”

Y finalmente:

“Llámame cuando despiertes.”

No contesté.

Por primera vez en semanas preparé únicamente mi desayuno.


Los primeros días fueron extraños.

A las seis de la mañana mi cuerpo seguía despertándose automáticamente.

Me incorporaba pensando que debía preparar la leche de Carla.

Después recordaba dónde estaba.

Y volvía a acostarme.

Al cuarto día recibí una llamada de mi cuñado.

—Ainhoa.

—Carlos.

Su tono sonaba molesto.

—Tu hermana está pasándolo fatal.

—Lo siento.

—Esto se ha salido de proporción.

Casi sonreí.

—¿Qué parte?

—Lo de los trescientos euros.

—No pasa nada. Ya no consumo vuestra comida.

Silencio.

—No hacía falta que te fueras.

—Entonces ¿para qué me pediste dinero?

—Era una cuestión de responsabilidad.

Miré por la ventana.

Mi abuela estaba tendiendo sábanas en el patio.

—Perfecto. Ahora vosotros podéis responsabilizaros de vuestra casa y yo de mi vida.

—No seas infantil.

Aquello me hizo reír.

—Adiós, Carlos.

Colgué.

Dos minutos después llamó Sofía.

No contesté.


Una semana más tarde, mi antigua profesora de la universidad me escribió.

Había sabido que la academia donde trabajaba había cerrado.

Una plataforma educativa buscaba profesores para impartir clases en línea y desarrollar materiales.

Mandé el currículum.

Tres días después hice una entrevista.

Una semana más tarde estaba contratada.

El sueldo no era espectacular.

Pero era mío.

Trabajaba desde la habitación donde había estudiado de adolescente, con un escritorio antiguo junto a la ventana.

La primera vez que recibí mi salario, llevé a mi abuela a comer fuera.

Cuando llegó la cuenta, intentó sacar su monedero.

—Guárdalo.

—Pero…

—Invito yo.

Sonrió.

Y por primera vez desde que regresé, sentí que volvía a reconocerme.

Entonces Sofía apareció en la puerta del restaurante.

Con Carla.

Mi sobrina me vio primero.

—¡Tía!

Corrió hacia mí.

La abracé.

La había echado muchísimo de menos.

—¿Por qué te fuiste? —preguntó.

Miré a Sofía.

Ella apartó los ojos.

—Porque tenía que volver a casa.

—¿Vas a regresar?

No supe qué responder.

Sofía intervino.

—Carla, ve con la bisabuela un momento.

Cuando estuvimos solas, mi hermana respiró profundamente.

—Necesito hablar contigo.

—Habla.

—Carlos y yo estamos teniendo problemas.

—Lo siento.

—No encontramos a nadie para recoger a Carla.

Ahí estaba.

No “te extraño”.

No “perdóname”.

No “te tratamos mal”.

No encontramos a nadie para recoger a Carla.

—Hay cuidadoras.

—Cobran muchísimo.

—¿Cuánto?

Sofía apretó los labios.

—La que encontramos pide ochocientos cincuenta euros al mes.

Me quedé mirándola.

Entonces comprendí.

Yo cocinaba.

Limpiaba.

Compraba.

Llevaba y recogía a Carla.

La ayudaba con sus tareas.

Y además debía pagar trescientos euros.

—Qué caro —dije.

Sofía entendió inmediatamente.

—Ainhoa, no vine para discutir.

—Yo tampoco.

—Solo necesito que regreses unas semanas.

—No.

—Te pagaremos.

Aquello sí me sorprendió.

—¿Cuánto?

—Trescientos euros.

No pude evitarlo.

Me reí.

Sofía se puso roja.

—¿Qué tiene de gracioso?

—Nada.

Me levanté.

—Es solo que hace dos semanas queríais que yo os pagara trescientos por trabajar para vosotros. Ahora queréis pagarme exactamente lo mismo para que vuelva.

—Eres mi hermana.

—Precisamente.

Mi voz salió más triste que enfadada.

—Por eso esperaba que me trataras mejor que a una desconocida.

Sofía bajó la mirada.

—Carlos fue quien insistió.

—Y tú estuviste de acuerdo.

No pudo negarlo.

Antes de marcharse, Carla volvió a abrazarme.

—Tía, mamá llora mucho.

Miré a Sofía.

Su rostro cambió.

—Carla, vámonos.

La niña sacó algo de su mochila.

Era el avión de papel.

“La tía es la mejor.”

—Te lo traje.

Lo tomé intentando contener las lágrimas.

Sofía salió del restaurante sin despedirse.

Pensé que aquello había terminado.

Me equivocaba.


Dos noches después, alguien llamó a nuestra puerta.

Eran casi las once.

Mi abuela ya dormía.

Abrí.

Sofía estaba allí.

Sola.

Sin maquillaje.

Con los ojos hinchados.

Y una maleta detrás.

—¿Qué pasó?

Entró sin responder.

Cuando cerré la puerta, empezó a llorar.

—Carlos me echó.

Me quedé helada.

—¿Qué?

—Discutimos por Carla. Por ti. Por el dinero.

Se cubrió el rostro.

—Dijo que desde que te fuiste la casa es un desastre y que yo no sirvo para nada.

Sentí rabia.

Pero no satisfacción.

Era mi hermana.

—Puedes quedarte aquí esta noche.

Sofía me agarró la mano.

—No vine solamente por eso.

Sacó una carpeta del bolso.

—Encontré esto mientras hacía las maletas.

La dejó sobre la mesa.

Dentro había extractos bancarios.

Facturas.

Transferencias.

Y una hoja con una lista de cantidades.

Mi nombre aparecía varias veces.

—¿Qué es esto?

—Carlos llevaba meses haciendo cuentas sobre ti.

Sentí un escalofrío.

—¿Sobre mí?

Sofía asintió.

—Encontré mensajes entre él y su madre.

Tomé su teléfono.

El primer mensaje era de tres meses antes de que Sofía me llamara.

“Cuando venga Ainhoa, dejáis de pagar cuidadora. Entre colegio, limpieza y comida os ahorraréis mínimo 1.200 al mes.”

El siguiente era de Carlos.

“Y como está en paro, no tendrá muchas opciones.”

Seguí leyendo.

Hasta encontrar otro mensaje.

Enviado dos días antes de que me pidieran los trescientos euros.

“Empieza cobrándole comida. Si acepta, después hablamos de alquiler. Mientras no tenga trabajo, aguantará.”

Levanté la mirada.

—¿Tú sabías esto?

Sofía comenzó a llorar con más fuerza.

—No todo.

—¿Qué significa “no todo”?

No respondió.

—Sofía.

Finalmente abrió la carpeta por la última página.

Había una transferencia bancaria realizada el mismo día que yo había llegado a Madrid.

Mil quinientos euros.

De una cuenta a nombre de nuestra abuela.

A una cuenta de Carlos.

Concepto:

“Gastos de Ainhoa durante su estancia.”

Sentí que el suelo desaparecía.

—¿Por qué la abuela le dio dinero?

Sofía cerró los ojos.

—Porque antes de que fueras a Madrid, Carlos la llamó.

—¿Para qué?

Mi hermana empezó a temblar.

Le dijo que tú no tenías dinero y que, si quería que te dejáramos vivir con nosotros, debía pagar por adelantado.

Miré hacia el pasillo.

Mi abuela dormía al otro lado de aquella pared.

La misma mujer que jamás me había dicho una palabra.

La misma que me había recibido en la estación sin hacer preguntas.

Y entonces comprendí que los trescientos euros de aquella cena no habían sido el primer dinero que Carlos había intentado cobrar por tenerme en su casa.

Ya había cobrado por mí antes de que mi tren llegara a Madrid.

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