Tres días después, la mañana en que debía celebrarse nuestra boda, apagué el despertador a las seis.
Durante meses había imaginado aquel día de otra manera.
Pensaba que despertaría nerviosa, que mi madre entraría a mi habitación para ayudarme con el vestido y que Lu Ye me enviaría algún mensaje diciendo que no podía esperar para verme caminar hacia él.
Pero aquella mañana no había vestido.
No había flores.
No había boda.
Solo una maleta abierta sobre la cama y un billete de avión sobre la mesa.
Había aceptado un traslado laboral a otra ciudad.
Mi empresa llevaba meses ofreciéndomelo, pero siempre lo rechazaba porque Lu Ye decía que después de casarnos quería quedarse cerca de nuestras familias.
Esta vez respondí que sí sin preguntarle a nadie.
A las ocho y media comenzó a sonar mi teléfono.
Primero llamó mi madre.
Luego mi tía.
Después Lu Ye.
No contesté.
A las nueve y diez recibí un mensaje suyo.
—Wu Wei, ¿dónde estás? La empresa de bodas dice que hoy no hay ninguna ceremonia reservada a nuestro nombre.
Lo leí mientras cerraba mi maleta.
Un minuto después volvió a llamar.
Esta vez contesté.
—¿Qué hiciste? —preguntó inmediatamente.
—Cancelé la boda.
Hubo un silencio largo.
—¿Qué clase de broma es esta?
Aquella frase me hizo sonreír.
Era exactamente lo que esperaba de él.
—No es una broma.
—¡Wu Wei, hoy era nuestra boda!
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué la cancelaste sin hablar conmigo?
Miré por la ventana.
—Porque cuando decidiste viajar al extranjero con Xu Wan y dejarme tres horas esperando en un aeropuerto, tampoco hablaste conmigo.
Su respiración se detuvo.
—¿Todo esto es por el Mundial?
—No.
—Entonces ¿por qué?
—Porque finalmente entendí que el Mundial no fue el problema.
Mi voz salió sorprendentemente tranquila.
—Fue solo la última vez que acepté ser tu segunda opción.
Lu Ye guardó silencio.
Después empezó a justificarse.
—Wan Wan nunca había visto un Mundial. Estaba emocionada. Tú eres diferente, eres más madura.
Cerré los ojos.
Otra vez.
Comprensiva.
Madura.
Sensata.
Todas esas palabras que durante años habían significado lo mismo.
“Tú puedes soportarlo, así que deja que ella tenga lo que quiere.”
—Lu Ye —lo interrumpí—, ¿recuerdas algo que me dijiste cuando éramos pequeños?
—¿Qué?
—Que todos merecen ser valorados.
No respondió.
—Durante mucho tiempo pensé que tú eras la única persona que realmente lo entendía.
Apreté el asa de mi maleta.
—Pero terminaste convirtiéndote exactamente en alguien como ellos.
Colgué.
Diez minutos después escuché golpes en la puerta.
Lu Ye.
Había conducido directamente hasta mi apartamento.
Cuando abrí, estaba todavía vestido con la camisa blanca que había preparado para la boda.
—Explícame esto cara a cara.
—Ya te lo expliqué.
Entró sin esperar permiso.
Vio la maleta.
Su expresión cambió.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿A dónde?
—A trabajar.
—¿Cuándo vuelves?
—No voy a volver.
Por primera vez, el pánico apareció en sus ojos.
—Wu Wei, estás tomando una decisión impulsiva.
Solté una pequeña risa.
—Cancelé la boda hace casi dos semanas.
Se quedó completamente quieto.
—¿Dos semanas?
—El día que me dejaste en el aeropuerto.
Ahora sí entendió.
Todo el tiempo que estuvo viajando con Xu Wan, comprándole pendientes, eligiéndole collares y buscando una fotografía con Messi, su prometida ya había renunciado a casarse con él.
—Entonces… cuando regresé…
—Ya no éramos una pareja comprometida. Solo que todavía no lo sabías.
Lu Ye pasó una mano por su cabello.
—Podemos arreglarlo.
—No quiero arreglarlo.
—Fue un error.
—No fue un error.
Lo miré directamente.
—Un error ocurre una vez.
Empecé a enumerar.
—La exposición que nunca quisiste ayudarme a visitar.
—La cena de mi ascenso que abandonaste porque Xu Wan tenía fiebre.
—Mi cumpleaños, cuando llegaste cuatro horas tarde porque ella quería comprar un vestido.
Su rostro empezó a perder color.
—La entrada del Mundial.
Hice una pausa.
—Las fotos de boda que íbamos a tomar juntos.
—Wu Wei…
—Y ayer, cuando intenté decirte que nuestra boda estaba cancelada, Xu Wan se hizo una pequeña herida en un dedo.
Lo miré fijamente.
—Volviste a olvidarte de mí.
No pudo responder.
En ese momento escuchamos otra voz desde el pasillo.
—¡Hermano Lu Ye!
Xu Wan apareció frente a la puerta.
Mi madre venía detrás de ella.
—Wu Wei, ¿qué estás haciendo? —preguntó mi madre—. ¿Cómo puedes cancelar una boda por una discusión pequeña?
Me reí suavemente.
Ni siquiera me sorprendía.
—Mamá, ¿recuerdas mi vestido azul de los dieciséis años?
Frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver eso ahora?
—Me obligaste a dárselo a Wan Wan.
Xu Wan bajó la mirada.
—¿Y el pasador que papá me regaló antes de morir?
Mi madre dejó de hablar.
—También se lo diste.
—Erais niñas…
—¿Y mi gato?
El rostro de mi madre cambió.
—Wan Wan estaba pasando por una época difícil.

Asentí lentamente.
—Exacto.
Siempre existía una razón.
Siempre una explicación.
Siempre debía comprender.
—Durante veinte años me enseñaste que querer algo para mí misma era egoísta.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos.
—Wu Wei…
—Pero ya aprendí.
—Ser buena no significa permitir que todos me coloquen en último lugar.
Xu Wan se mordió el labio.
—Prima, yo nunca quise quitarte nada.
La miré.
—Entonces te será fácil dejar de aceptar lo que pertenece a otros.
Su rostro se puso rojo.
Lu Ye inmediatamente intervino.
—No culpes a Wan Wan. Yo tomé esas decisiones.
Lo miré.
Y de repente sentí algo parecido a alivio.
Incluso ahora.
Incluso cuando estaba intentando recuperarme.
Su primer instinto seguía siendo protegerla.
Sonreí.
—Gracias.
Él pareció confundido.
—¿Por qué?
—Porque acabas de demostrarme que tomé la decisión correcta.
Su rostro se congeló.
Tomé mi maleta.
Mi madre intentó detenerme.
—¿De verdad vas a tirar tantos años por la borda?
Negué.
—No estoy tirando nada.
Abrí la puerta.
—Estoy dejando de desperdiciar los años que todavía me quedan.
Lu Ye me sujetó la muñeca.
—No puedes irte así.
Bajé los ojos hacia su mano.
La soltó lentamente.
—Te amo —dijo.
Por primera vez aquellas palabras no hicieron latir más rápido mi corazón.
—Quizá.
Lo miré con calma.
—Pero nunca me amaste lo suficiente para elegirme cuando importaba.
Salí.
Seis meses después, mi nueva vida era irreconocible.
El traslado se convirtió en un ascenso.
Dirigía mi propio equipo.
Había alquilado un apartamento pequeño con enormes ventanas y adopté un gato naranja que dormía cada noche sobre mi sofá.
Mi madre comenzó a llamarme con más frecuencia.
Al principio para convencerme de volver.
Después para disculparse.
No la perdoné de inmediato.
Pero por primera vez en nuestra relación estaba aprendiendo que mi cariño no era algo que pudiera exigirme.
Xu Wan dejó de publicar fotografías con Lu Ye.
Supe por familiares que discutían constantemente.
Sin mí en medio, él comenzó a descubrir algo que nunca había querido ver.
Xu Wan estaba acostumbrada a recibir.
Y Lu Ye estaba acostumbrado a que yo compensara todo aquello que ella exigía.
Cuando dejé de hacerlo, su relación dejó de parecer perfecta.
Una tarde recibí un paquete.
Dentro estaba la fotografía firmada de Messi.
La misma que Lu Ye había conseguido para Xu Wan.
Detrás había escrito una frase.
“Debí conseguirla para ti.”
La observé durante unos segundos.
Después cerré la caja.
No sentí rabia.
Tampoco nostalgia.
Solo indiferencia.
Esa noche salí con mis compañeros después del trabajo.
Mientras caminábamos por una avenida iluminada, mi teléfono vibró.
Lu Ye.
Habían pasado casi dos meses desde su última llamada.
No contesté.
Llegó un mensaje.
—Wu Wei, ahora entiendo todo lo que hice mal. Si pudiera volver al aeropuerto aquel día, elegiría quedarme contigo.
Me detuve un instante.
Después escribí una sola respuesta.
—Pero yo ya no elegiría esperarte.
Bloqueé el número.
Guardé el teléfono.
Y seguí caminando.
Durante años había creído que perder a Lu Ye significaría perder a la única persona que alguna vez me había elegido.
Solo después de marcharme comprendí la verdad.
La persona que llevaba toda la vida esperando que alguien la eligiera era yo.
Y esta vez, finalmente, me había elegido a mí misma.