PARTE 2: CUANDO QUISIERON DETENERME, YA ME HABÍA IDO.

Durante varios segundos nadie habló.

Mi padre fue el primero en reaccionar.

—¿Qué significa que Harvard ya no será tuya?

—Exactamente eso.

Mi madre se levantó tan rápido que la silla raspó el suelo.

—Lena, deja de hacer tonterías. Mañana mismo vas a la escuela y arreglas esto.

Ava seguía sentada.

Pero la dulzura había desaparecido de su rostro.

—¿Entonces qué pasará con mi plaza?

La miré.

Ni siquiera había preguntado qué pasaría conmigo.

Solo con ella.

—No existe “tu plaza”, Ava.

Su rostro palideció.

Ethan golpeó el formulario contra la mesa.

—¿Hiciste esto para vengarte de ella?

Casi me reí.

—No todo lo que hago gira alrededor de Ava.

—¡Sabías cuánto necesitaba Harvard!

—Entonces debió conseguir una admisión propia.

Mi padre levantó la mano.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Recordé aquella bofetada de mi vida anterior.

La columna.

La sangre.

Mi mano extendida mientras todos consolaban a Ava.

Di un paso atrás.

Mi padre se quedó inmóvil.

—¿Vas a pegarme porque no entregué mi futuro?

Bajó lentamente la mano.

—No seas dramática.

En mi vida anterior, esas mismas palabras habían sido casi las últimas que escuché.

Esta vez no iba a quedarme para escuchar más.

Subí a mi habitación.

Mi maleta ya estaba preparada.

Mi madre entró detrás de mí.

—¿Adónde crees que vas?

—A estudiar.

—¿Dónde?

Cerré la cremallera.

—Lo sabrán cuando sea necesario.

—¡Somos tus padres!

Me giré.

—Entonces deberían preguntarse por qué su hija prefiere marcharse sin decirles dónde estará.

Por primera vez, mi madre no tuvo respuesta.

A la mañana siguiente salí antes del amanecer.

Mi padre no se despidió.

Mi madre tampoco.

Ava permaneció arriba.

Ethan había enviado nueve mensajes.

No abrí ninguno.

En la estación me esperaba el profesor Miller.

Cuando vio mi maleta, sonrió.

—¿Preparada?

Miré por última vez la ciudad donde había perdido mi primera vida.

—Más que nunca.

El autobús hacia Westbridge salió a las seis.

Cuando atravesamos los límites de la ciudad, apagué el teléfono.

Por primera vez, nadie sabía dónde encontrarme.

Y sentí paz.

La Academia Militar Westbridge no se parecía a nada que hubiera conocido.

No había tiempo para pensar en Ethan.

Ni en Ava.

Ni en Harvard.

Los días comenzaban antes de que saliera el sol.

Había clases, disciplina, entrenamiento y responsabilidades que no permitían vivir mirando hacia atrás.

Fue difícil.

Muchas noches terminé agotada.

Pero aquel cansancio era diferente.

Esta vez estaba sufriendo por construir mi futuro, no por financiar el de otra persona.

Mientras tanto, en casa, todo empezó a derrumbarse.

Lo supe meses después por Sophie, una antigua compañera.

Ava había descubierto que mi renuncia no significaba que Harvard transferiría automáticamente mi admisión.

No funcionaba así.

Su solicitud debía sostenerse por sus propios méritos.

Y no fue aceptada.

Mi padre fue a la escuela.

Mi madre discutió con el profesor Miller.

Ethan incluso intentó localizarme.

Pero ya era demasiado tarde.

Yo estaba matriculada oficialmente en Westbridge.

Cuando Ava recibió la respuesta definitiva, dejó de fingir.

—¡Lena lo hizo a propósito! —había gritado—. ¡Sabía que perdería Harvard!

Mi padre intentó convencer a la universidad.

No consiguió nada.

Entonces ocurrió algo que me pareció casi irónico.

Ava comenzó a culpar a Ethan.

—Me prometiste que estudiaría allí.

Y Ethan, acostumbrado a que yo solucionara todo, descubrió que no podía fabricar una plaza universitaria con palabras bonitas.

Su relación empezó a deteriorarse.

Pero yo apenas pensaba en ellos.

Dos años después fui seleccionada para un programa avanzado de investigación y liderazgo.

Mi nombre apareció en una publicación nacional.

Fue entonces cuando mi familia descubrió dónde estaba.

Mi madre llamó treinta y cuatro veces.

Mi padre, diecisiete.

Ethan dejó un mensaje.

“Lena, necesitamos hablar.”

Lo borré.

Una semana después apareció en Westbridge.

Lo encontré esperando junto a la entrada de visitantes.

Había cambiado.

Parecía más cansado.

—Lena.

Seguí caminando.

Él se interpuso.

—Por favor.

Me detuve.

—Tienes cinco minutos.

Ethan tragó saliva.

—¿Por qué nunca me dijiste que venías aquí?

—Porque no era asunto tuyo.

—Éramos prometidos.

Me quité lentamente del cuello la pequeña cadena donde alguna vez había llevado el símbolo de nuestro compromiso.

Ya no estaba.

—Éramos una promesa que otros hicieron por nosotros.

Su expresión se quebró.

—Terminé con Ava.

—Bien por ti.

—Descubrí muchas cosas.

—Yo también.

Ethan bajó la voz.

—Ella nunca me quiso.

Aquello sí me hizo sonreír.

—¿Y crees que eso significa que yo todavía debo quererte?

Se quedó callado.

Finalmente sacó algo del bolsillo.

Era aquel amuleto.

El mismo que yo había conseguido bajo la lluvia años atrás.

—Ava me lo devolvió.

No extendí la mano.

—Tíralo.

—Lena…

—Tú dijiste que no valía nada.

Sus dedos se cerraron alrededor del amuleto.

—Fui un idiota.

—Sí.

—¿No puedes darme otra oportunidad?

Pensé en la Lena de mi primera vida.

La muchacha que habría dado cualquier cosa por escuchar aquello.

La Lena que murió pidiendo ayuda mientras Ethan protegía a otra mujer.

Sentí tristeza por ella.

Pero no amor por él.

—No.

Ethan cerró los ojos.

—¿Hay alguien más?

Negué.

—¿Entonces por qué?

Lo miré directamente.

—Porque no necesito reemplazarte para dejar de elegirte.

Me marché.

Tres años después me gradué entre los mejores de mi promoción.

Mis padres asistieron sin invitación.

Ava no vino.

Ethan tampoco.

Cuando terminé la ceremonia, mi madre intentó abrazarme.

No la rechacé.

Pero tampoco fingí que cinco años podían borrarse con lágrimas.

Mi padre bajó la cabeza.

—Nos equivocamos contigo.

—Sí.

—Pensamos que debíamos pagar la deuda con el padre de Ava.

Lo miré con calma.

—Era tu deuda, papá.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Nunca debiste pagarla con mi vida.

No hubo nada más que decir.

Meses después recibí mi primera asignación profesional.

Una mañana, mientras organizaba mi nuevo escritorio, encontré una fotografía de mi graduación.

La observé durante unos segundos.

En mi primera vida había muerto creyendo que no tenía nada.

Ni estudios.

Ni dinero.

Ni familia.

Ni futuro.

Ahora entendía la verdad.

Nunca había nacido para ser la moneda con la que otros pagaran sus deudas.

Ava no consiguió mi plaza.

Ethan no consiguió mi perdón.

Mis padres no recuperaron automáticamente a la hija que habían dejado en último lugar.

Y yo no regresé a Harvard.

No lo necesitaba.

Porque aquella decisión que todos consideraron una locura terminó salvándome.

Cerré el cajón y miré por la ventana.

Había pasado años creyendo que mi mayor sueño era entrar en Harvard.

Pero después de vivir dos veces comprendí algo mucho más importante.

Mi verdadero sueño nunca fue una universidad.

Era tener una vida que finalmente me perteneciera.

Y esta vez, nadie volvió a arrebatármela.

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