Sí.
Me arrepentía.
Pero no de haber llamado para cancelar la boda.
Me arrepentía de haber esperado diez años para admitir que mi corazón nunca había pertenecido realmente a la mujer que estaba a punto de convertirse en mi esposa.
Recogí el teléfono del suelo.
Tenía tres llamadas perdidas de Giang Dao.
La cuarta llegó mientras miraba la pantalla.
Esta vez contesté.
—¿Dónde estás?
Su voz era tranquila.
Demasiado tranquila.
—Dao…
—Estoy frente a tu casa. Tu madre dice que saliste anoche y no regresaste.
Cerré los ojos.
—Tenemos que hablar.
Hubo unos segundos de silencio.
—Eso imaginé.
No preguntó nada más.
—Te esperaré en el hotel —dijo—. Si vas a destruir esta boda, al menos ten el valor de hacerlo mirándome a los ojos.
La llamada terminó.
Cuarenta minutos después llegué al hotel.
El estacionamiento estaba lleno.
Los enormes carteles con nuestros nombres seguían colocados en la entrada.
CHU THAM & GIANG DAO.
Las flores blancas cubrían el vestíbulo.
Los fotógrafos esperaban.
Los invitados sonreían sin saber que la boda había terminado antes de empezar.
Luc Xuyen me encontró cerca del ascensor.
En cuanto me vio, me agarró del brazo.
—Dime que recuperaste la razón.
—No.
Su expresión se endureció.
—¿Es Lam Vi?
No respondí.
No hacía falta.
—Diez años —murmuró—. Diez malditos años detrás de una mujer que nunca te eligió.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente. Y también sé quién estuvo contigo cuando ella desaparecía cada vez que intentabas acercarte.
Me soltó.
—Giang Dao.
Apreté los dientes.
—Por eso tengo que detener esto.
Luc Xuyen me miró con rabia.
—Entonces debiste detenerlo antes de pedirle matrimonio.
Aquello me golpeó porque era verdad.
Cuando entré al salón, las conversaciones comenzaron a apagarse.
Mi madre fue la primera en acercarse.
—¿Dónde estabas?
Detrás de ella, mi padre tenía el rostro oscuro.
—Tenemos cientos de invitados esperando.
—La boda no va a celebrarse.
Mi madre palideció.
—¿Qué acabas de decir?
Entonces apareció Giang Dao.
Llevaba el vestido de novia.
No lloraba.
No parecía enfadada.
Simplemente caminó hacia mí mientras todos observaban.
—Dilo otra vez —pidió.
Sentí cientos de miradas sobre nosotros.
—Dao, lo siento.
—No quiero una disculpa. Quiero escucharlo.
Respiré profundamente.
—No puedo casarme contigo.
El salón quedó completamente en silencio.
Mi madre me dio una bofetada.
—¡Desgraciado!
Giang Dao ni siquiera parpadeó.
—¿Hay otra persona?
La pregunta cayó como una piedra.
No podía mentirle otra vez.
—Sí.
Escuché exclamaciones alrededor.
Pero ella solo preguntó:
—¿Lam Vi?
Levanté la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
Por primera vez, algo parecido al dolor apareció en sus ojos.
—Porque llevo años sabiendo que existe un lugar dentro de ti al que nunca pude entrar.
Sentí un nudo en la garganta.
—Dao…
Todos esperaban que gritara.
Que me golpeara.
Que arrancara las flores o me maldijera delante de nuestras familias.
Pero Giang Dao hizo algo mucho peor.
Se acercó.
Y me abrazó.
Su voz llegó apenas como un susurro.
—Chu Tham, debes estar feliz.
Me quedé inmóvil.
Ese abrazo duró apenas unos segundos.
Sin embargo, en aquel momento sentí que estaba perdiendo algo que jamás podría recuperar.
Cuando se apartó, todavía sonreía.
—La boda queda cancelada —anunció a los invitados—. Les pido disculpas por haberlos hecho venir.
Después se volvió y caminó hacia la salida.
Corrí tras ella.
—Dao.
Se detuvo.
—¿Qué?
Tenía los ojos húmedos.
—Yo…
Quería decir muchas cosas.
Gracias.
Perdóname.
No era mi intención herirte.
Pero todas sonaban miserables.
—Nada —murmuré.
Giang Dao sonrió.
—Eso pensé.
Y se marchó.
Busqué a Lam Vi durante todo el día.
No contestó ninguna llamada.
Fui a su apartamento.
Nada.
A su estudio.
Nada.
Finalmente encontré a una compañera suya.
—Lam Vi pidió una licencia esta mañana.

—¿Adónde fue?
—No lo sé.
Mi teléfono vibró.
Pensé que sería ella.
Era Luc Xuyen.
“Ven al hotel. Ahora.”
Cuando regresé, ya habían retirado parte de las flores.
Luc Xuyen estaba sentado solo en el bar vacío.
Dejó un sobre frente a mí.
—Giang Dao me pidió que te entregara esto.
Dentro estaba el anillo.
Y una carta de apenas cuatro líneas.
“Chu Tham:
Nunca quise ser la persona que utilizaras para olvidar a otra.
Ahora eres libre.
Yo también.
No me busques.”
Me quedé mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.
Luc Xuyen bebió un sorbo de agua.
—¿Ya estás feliz?
No respondí.
—Cancelaste la boda. Perdiste a Dao. Ahora solo falta que encuentres a Lam Vi y vivas ese gran amor que llevas diez años imaginando.
Su tono era extraño.
—¿Qué quieres decir?
Luc Xuyen dejó el vaso.
—Hay algo que deberías saber.
—Habla.
—Lam Vi vino a verme hace seis meses.
Me quedé helado.
—¿Para qué?
—Para preguntarme por tu boda.
—¿Por qué nunca me dijiste nada?
—Porque me hizo prometerlo.
Sentí que el corazón aceleraba.
—¿Qué quería saber?
Luc Xuyen me sostuvo la mirada.
—Quería confirmar que realmente ibas a casarte con Giang Dao.
—¿Y después?
—Lloró.
Me puse de pie.
—¿Lloró?
—Sí. Y luego me pidió que hiciera todo lo posible para que tú siguieras adelante.
Ya no entendía nada.
—Entonces ¿por qué me llamó anoche?
Luc Xuyen negó lentamente.
—Esa es precisamente la pregunta que deberías hacerte.
Mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Sí?
Una voz femenina habló desde el otro extremo.
—¿Chu Tham?
—Soy yo.
—Encontré este número como contacto de emergencia de Lam Vi.
Todo mi cuerpo se tensó.
—¿Dónde está?
La mujer guardó silencio unos segundos.
—En la estación central. Dejó su bolso aquí y cuando intentamos devolvérselo encontramos su teléfono.
Miré a Luc Xuyen.
—¿Ella sigue allí?
—No.
—Entonces ¿adónde fue?
Escuché papeles moviéndose.
—Había un boleto dentro del bolso.
—¿Para dónde?
La respuesta me dejó inmóvil.
Era un billete de ida para aquella misma tarde.
Pero antes de que pudiera preguntar el destino, la mujer añadió:
—Hay algo más.
—¿Qué?
—Encontramos una carta con su nombre.
—¿Qué dice?
—No debería abrirla.
—Por favor.
Silencio.
Luego escuché el sonido de un sobre.
Y las primeras palabras que leyó hicieron que se me congelara la sangre.
—“Para Chu Tham. Si estás leyendo esto, significa que no tuve el valor de contarte por qué regresé realmente después de diez años…”