Me quedé mirando los tres mensajes hasta que la pantalla se apagó.
No debía ir.
Lucas era mi pasado.
Noah era mi presente.
Y cualquier cosa que Lucas quisiera contarme podía decirla por teléfono.
Pero había una frase que no conseguía sacar de mi cabeza.
“Él no sabe quién eres. Y tú no sabes por qué empezó a salir contigo.”
A las siete, Noah llegó a buscarme.
Cuando subí al auto, sonrió y me besó en la mejilla.
—Estás preciosa.
—Gracias.
—Los chicos ya están preguntando cuándo llegamos.
Intenté sonreír.
—¿Lucas también?
Las manos de Noah se quedaron quietas sobre el volante.
Solo durante un segundo.
Pero lo vi.
—¿Por qué preguntas por él?
—Parecía conocerme.
Noah soltó una pequeña risa.
—Lucas parece odiar a todo el mundo.
—No respondió mi pregunta.
Esta vez me miró.
—Emma, ¿lo conocías?
Mi corazón golpeó con fuerza.
—Fuimos juntos a la escuela.
No mentí.
Simplemente no dije todo.
Noah asintió lentamente.
—Eso explica su reacción.
Pero algo en su expresión me inquietó.
No parecía sorprendido.
Llegamos al restaurante veinte minutos después.
Los compañeros de Noah ya ocupaban una mesa grande.
Todos me recibieron entre bromas.
Todos excepto Lucas.
Estaba sentado al fondo, con una camiseta negra y los brazos cruzados.
Y aquel collar seguía allí.
La estrella plateada descansando sobre su pecho.
Cuando nuestras miradas se encontraron, Lucas no sonrió.
Yo tampoco.
Durante la cena intenté concentrarme en Noah.
Hasta que él se levantó para responder una llamada.
Lucas hizo lo mismo.
—Necesito aire.
Salió por la puerta trasera.
Mi teléfono vibró inmediatamente.
“Dos minutos. Después puedes volver a fingir que todo está bien.”
Apreté los dientes.
Y fui detrás de él.
Lucas estaba apoyado contra la pared.
—Habla.
Sus ojos bajaron hacia mi cuello.
—Ya no llevas el collar.
—Lo perdí.
Su mandíbula se tensó.
—Yo no.
—Ya lo veo.
—Emma…
—No me llamaste aquí para hablar de nuestro collar.
Lucas metió una mano en el bolsillo.
—Noah sabía que existías antes de conocerte.
Sentí un frío repentino.
—Explícate.
—Hace ocho meses encontró una foto tuya.
—¿Dónde?
Lucas soltó una risa sin humor.
—En mi habitación.
Me quedé inmóvil.
—¿Tenías una foto mía?
—Sí.
—Después de tres años.
—Sí.
No intentó justificarse.
Eso me enfureció todavía más.
—¿Y qué hizo Noah?
—Preguntó quién eras.
Lucas me sostuvo la mirada.
—Le dije que eras la única chica de la que me había enamorado.
El corazón me dio un vuelco.
—Después empezó a hacer preguntas.
—¿Qué preguntas?
—Dónde vivías. Qué estudiabas. Si seguíamos hablando.
Tragué saliva.
—¿Y tú se lo dijiste?
—Le dije que no sabía nada de ti.
Lucas se acercó un paso.
—Dos meses después apareció diciendo que estaba saliendo con alguien.
Su expresión se volvió amarga.
—Contigo.
Negué.
—Eso no demuestra nada.
—No.
Sacó su teléfono.
—Pero esto sí.
Me mostró una conversación antigua entre él y Noah.
Noah había enviado una fotografía mía tomada de mis redes sociales.

Debajo había escrito:
“¿Esta es ella?”
Lucas respondió:
“Sí. No te metas.”
Y Noah había contestado:
“Tranquilo. Solo tenía curiosidad.”
La fecha era de cinco meses antes de que Noah y yo supuestamente nos conociéramos por casualidad.
Sentí náuseas.
—¿Por qué no me dijiste antes?
Lucas guardó el teléfono.
—Porque pensé que él te contaría la verdad.
—¿Y cuando no lo hizo?
—Porque soy un cobarde.
Aquella respuesta me sorprendió.
Lucas apartó la mirada.
—Cuando te vi hoy entendí que seguía haciendo lo mismo que hice hace tres años.
—¿Qué cosa?
—Decidir por ti qué verdad podías soportar.
El recuerdo de Olivia cayó entre nosotros.
—No menciones aquello.
—Tengo que hacerlo.
—No.
—Emma, Olivia nunca fue mi novia.
Me reí con incredulidad.
—No necesitaba serlo.
Lucas guardó silencio.
Eso era precisamente lo que había destruido nuestra relación.
Olivia llamaba y él corría.
Olivia lloraba y nuestros planes desaparecían.
Olivia necesitaba algo y yo dejaba de existir.
—Elegiste sentirte responsable de ella —dije—. Yo no iba a competir con una deuda familiar durante toda mi vida.
Lucas cerró los ojos.
—Lo sé.
En ese momento se abrió la puerta.
Noah estaba allí.
Mirándonos.
—Así que viniste a contarle.
Lucas se enderezó.
—Debiste hacerlo tú.
Miré a Noah.
—¿Es verdad?
No respondió inmediatamente.
Eso bastó.
—¿Sabías quién era yo antes de acercarte a mí?
—Sí.
Sentí que algo se quebraba.
—¿Por qué?
Noah respiró hondo.
—Al principio fue curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Lucas jamás hablaba de mujeres. Pero guardaba tu foto, tu collar…
Miré instintivamente la estrella sobre el pecho de Lucas.
Noah continuó.
—Quería conocer a la persona que había conseguido dejarlo así.
—¿Y luego?
—Luego te conocí de verdad.
—Eso no responde por qué empezaste a salir conmigo.
Noah bajó la mirada.
Finalmente confesó:
—Al principio quería demostrarle que podía olvidarte.
Lucas dio un paso hacia él.
—Eres un imbécil.
Levanté una mano.
—No.
Ambos se callaron.
Los miré.
Uno había pasado años poniéndome detrás de otra mujer.
El otro había entrado en mi vida ocultando que sabía exactamente quién era.
Y allí estaban los dos, esperando que yo decidiera cuál de sus errores era más perdonable.
Solté una pequeña risa.
—Esto es increíble.
Noah se acercó.
—Emma, mis sentimientos ahora son reales.
—Tal vez.
Miré a Lucas.
—Y quizá tú todavía me quieras.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Nunca dejé de hacerlo.
Dolió escuchar aquello.
Pero no cambió nada.
Me acerqué y tomé entre mis dedos el pequeño dije que colgaba de su cuello.
Durante un instante recordé los jacarandás.
Las estrellas de papel.
Las tardes estudiando juntos.
El chico que había amado a los diecisiete años.
Después solté el collar.
—Llevarlo durante tres años no significa que todavía tengamos una historia. Solo significa que no supiste despedirte.
Lucas palideció.
Me volví hacia Noah.
—Y quererme ahora no borra la mentira con la que empezaste.
—Dame una oportunidad para explicarlo.
—Ya lo hiciste.
Tomé mi bolso.
Noah intentó seguirme.
Lucas lo detuvo.
—Déjala.
Salí del restaurante sola.
Durante las semanas siguientes, Noah llamó muchas veces.
Lucas no llamó ninguna.
Terminé con Noah.
No porque nunca me hubiera querido.
Sino porque yo necesitaba una relación cuya primera página no hubiera sido escrita como una competencia entre dos hombres.
Pasaron varios meses.
Una tarde regresé a mi antigua escuela para asistir al aniversario de graduación.
Los jacarandás seguían allí.
Y debajo de uno estaba Lucas.
Cuando me vio, sonrió.
No llevaba el collar.
Sorprendentemente, aquello me hizo sentir alivio.
—Finalmente te lo quitaste.
Lucas tocó su cuello vacío.
—Entendí lo que dijiste.
—¿Lo tiraste?
Negó.
—Lo guardé.
—Eso sigue siendo un poco dramático.
—Siempre fui dramático.
Me reí.
Por primera vez, recordar nuestra historia no dolió.
Lucas no me pidió regresar.
Yo tampoco se lo ofrecí.
Caminamos juntos hasta la salida hablando de nuestras vidas actuales.
Antes de despedirnos, se detuvo.
—Emma.
—¿Sí?
—Aquella noche bajo tu ventana te prometí que podía cambiar cualquier cosa para que no te fueras.
Asentí.
—Lo recuerdo.
Sonrió con tristeza.
—Tardé tres años en entender que debía cambiar aunque nunca volvieras.
Nos despedimos.
Seguí caminando sin mirar atrás.
A los diecisiete años creía que el amor verdadero debía dejar marcas eternas.
Collares.
Promesas.
Recuerdos imposibles de abandonar.
Ahora sabía algo diferente.
Hay personas que pueden amarte y aun así no saber cuidarte.
Hay personas que pueden quererte y comenzar contigo de la manera equivocada.
Y ninguna de esas cosas te obliga a elegirlas.
Lucas conservó mi estrella durante tres años.
Noah me encontró gracias a ella.
Pero al final comprendí que mi corazón no era un premio que uno de los dos tuviera que ganar.
Esta vez, la persona que elegí fui yo.