PARTE 2: EL MENSAJE DE LAS 00:47

—¿Un lugar seguro?

Chu Nham no respondió.

Durante las siguientes tres horas condujo sin detenerse.

No puso música.

No encendió la radio.

Cada vez que aparecía otro automóvil detrás de nosotros, miraba el retrovisor hasta que desaparecía.

A las cinco de la mañana entramos en la ciudad vecina.

Pensé que buscaríamos un hotel.

Me equivoqué.

Chu Nham condujo hasta un pequeño apartamento situado encima de una farmacia cerrada.

Sacó una llave de su bolsillo.

Me quedé mirándolo.

—¿Desde cuándo tienes esto?

—Entra primero.

—Chu Nham.

—Por favor.

Aquella palabra me hizo callar.

No era una orden.

Era miedo.

Subimos.

El apartamento estaba prácticamente vacío: una mesa, dos sillas, un colchón y varias botellas de agua.

Pero había algo más.

Comida enlatada. Medicamentos. Dos baterías externas. Dinero en efectivo.

Todo preparado.

Me volví lentamente.

—Tú sabías que íbamos a huir.

Chu Nham cerró la puerta.

—Sabía que podía ocurrir.

—¿Qué cosa?

No respondió.

—¿Desde cuándo preparaste este lugar?

—Hace seis meses.

Sentí frío.

—¿Seis meses?

Chu Nham se sentó y se cubrió el rostro con ambas manos.

Nunca lo había visto así.

—Déjame dormir una hora.

—No.

Le quité las manos de la cara.

—Me sacaste de nuestra casa en mitad de la noche. Me dijiste que no mirara atrás. Tienes un escondite preparado desde hace seis meses. Vas a explicármelo ahora.

Me miró.

—Si te lo cuento, quizá desees no haberlo sabido.

—Ya no estoy segura de conocer al hombre con quien llevo cinco años casada.

Eso le dolió.

Lo vi.

Pero antes de que pudiera responder, recordé mi teléfono.

Lo había guardado en el bolso antes de dormir.

Lo encendí.

Las notificaciones aparecieron una detrás de otra.

Y entonces vi la noticia.

“INCIDENTE EN COMPLEJO RESIDENCIAL: DOS FAMILIAS DESAPARECIDAS.”

Abrí el artículo.

La policía había acordonado nuestro edificio.

Varios residentes habían sido encontrados sin vida.

Dos apartamentos estaban vacíos.

Sus ocupantes habían desaparecido.

Uno era el nuestro.

Sentí que dejaba de respirar.

—Chu Nham…

Él vio la pantalla.

Su rostro quedó completamente vacío.

—¿Sabías que esto iba a pasar?

No contestó.

¿Lo sabías?

—Sabía que vendrían.

Retrocedí.

—¿Quiénes?

Chu Nham se levantó y cerró las cortinas.

—No sé sus nombres.

—Entonces ¿cómo sabías que vendrían?

Se quedó de espaldas a mí.

—Porque ya ocurrió una vez.

—¿Cuándo?

—Hace nueve años.

Lo miré confundida.

—Antes de conocerte.

Se sentó frente a mí.

—Yo no siempre fui programador.

—¿Qué eras?

—Trabajaba para una empresa de seguridad informática.

Aquello no tenía sentido.

—Nunca me contaste eso.

—Porque oficialmente nunca trabajé allí.

Sacó un pequeño dispositivo de su chaqueta.

Parecía una memoria USB.

—Desarrollábamos sistemas de identificación. Cámaras, patrones de movimiento, reconocimiento de personas…

—¿Para quién?

—Eso tampoco lo sabíamos al principio.

Apretó el dispositivo.

—Hasta que descubrí que nuestro software no se utilizaba para encontrar personas.

—¿Entonces?

Me miró.

Para decidir cuáles debían desaparecer.

Sentí un escalofrío.

—Eso es una locura.

—Ojalá.

Se levantó y abrió un compartimento debajo de la mesa.

Sacó un portátil viejo.

—Nueve años atrás, cuatro compañeros descubrieron lo mismo. Copiamos archivos. Planeábamos entregarlos.

—¿Qué pasó?

—Dos murieron.

—¿Y los otros?

—Uno desapareció.

—¿Y tú?

Su expresión respondió antes que su voz.

—Huí.

Mi corazón empezó a latir con violencia.

—¿Por eso te encontraron ahora?

—No lo sé.

—¿Entonces por qué anoche?

Chu Nham abrió el ordenador.

—Porque recibí esto.

En la pantalla apareció un correo sin remitente.

Hora:

00:47.

Solo contenía una frase.

“ESTÁN EN TU EDIFICIO. TIENES TRECE MINUTOS.”

Debajo había una fotografía.

Nuestro portal.

Tomada aquella misma noche.

—¿Quién te lo envió?

—La única persona que podría reconocer el protocolo.

—¿El compañero desaparecido?

Chu Nham asintió.

—Pensaba que llevaba nueve años muerto.

Me levanté.

—Tenemos que ir a la policía.

Me agarró de la muñeca.

—No.

—¡Hay personas muertas!

—Precisamente.

—¡Chu Nham!

—Escúchame. Hace nueve años intentamos acudir a las autoridades.

Su voz bajó.

—A la mañana siguiente, uno de nosotros apareció muerto.

Me quedé inmóvil.

Entonces mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Un mensaje.

Abrí.

Era una fotografía.

Yo.

Durmiendo.

En nuestra cama.

La fotografía había sido tomada desde la puerta del dormitorio.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—Chu Nham…

Él tomó el teléfono.

Debajo de la imagen había un texto.

“SALISTE A TIEMPO.”

Llegó otro mensaje.

“ÉL NO TE HA CONTADO TODO.”

Chu Nham palideció.

—Apaga el teléfono.

—¿Quién es?

—¡Apágalo!

Pero llegó una tercera fotografía.

Esta vez era antigua.

Chu Nham aparecía junto a cuatro personas frente a un edificio.

Reconocí inmediatamente a uno de los hombres.

Se me cayó el teléfono.

—No puede ser.

Chu Nham cerró los ojos.

—Hua Tinh…

—No.

Recogí el móvil.

Amplié la fotografía.

Aquel hombre era más joven.

Pero no había ninguna duda.

Lo conocía.

Había visto su rostro durante toda mi infancia.

—¿Por qué mi padre está en esta foto?

Chu Nham no respondió.

Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

Las manos de mi marido empezaron a temblar.

—Porque tu padre era el quinto miembro del equipo.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Me dijiste que erais cinco.

—Éramos seis.

—¿Por qué mentiste?

Chu Nham me miró.

Y entonces comprendí que su miedo no había comenzado cuando recibió aquel mensaje a las 00:47.

Llevaba años viviendo con él.

—Porque no te conocí por casualidad, Hua Tinh.

Dejé de respirar.

—¿Qué significa eso?

Antes de que pudiera responder, alguien golpeó la puerta del apartamento.

Tres veces.

Lentamente.

Chu Nham se quedó petrificado.

Otro golpe.

Después escuchamos una voz masculina desde el pasillo.

—Hua Tinh, abre. Tu padre me pidió que te encontrara si Chu Nham volvía a mentirte.

Miré a mi esposo.

Y por primera vez desde que habíamos escapado, el miedo de sus ojos no estaba dirigido hacia quien esperaba detrás de la puerta.

Estaba dirigido hacia mí.

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