PARTE 2: EL NOMBRE QUE NADIE DEBÍA RECORDAR

Damon fue el primero en moverse.

—¿Cómo lo llamaste?

La niña seguía abrazada al enorme cuello del Guardián.

—Bruno.

Nadie respiró.

Damon sintió que el nombre le atravesaba el pecho.

Bruno.

Hacía tres años que nadie pronunciaba aquel nombre dentro de la propiedad.

Para todos era el Guardián.

Pero antes de convertirse en el animal más temido de la casa Castellano, había sido Bruno.

Y solo una persona lo llamaba así.

Elena Moretti.

La mujer que lo había encontrado siendo cachorro.

La mujer que lo había criado.

La mujer que desapareció tres años atrás.

Damon avanzó.

El perro levantó inmediatamente la cabeza.

Un gruñido profundo salió de su garganta.

Los guardias llevaron las manos a sus armas.

—¡Quietos! —ordenó Damon.

Se quedaron inmóviles.

Aquello era todavía peor.

El Guardián acababa de advertirle a él.

—Pequeña —dijo Damon—. ¿Cómo te llamas?

—Sofía.

—¿Quién te enseñó ese nombre?

Ella acarició una de las orejas del perro.

—Mi mamá.

Damon sintió que el mundo se detenía.

—¿Cómo se llama tu madre?

Sofía lo miró con unos enormes ojos oscuros.

—Elena.

Uno de los hombres murmuró una maldición.

Damon no reaccionó.

No podía.

Durante tres años había gastado cantidades absurdas buscando a Elena.

Investigadores.

Contactos.

Policías comprados.

Hombres enviados a otras ciudades.

Nada.

Parecía haberse evaporado.

Y ahora una niña había entrado caminando en su propiedad pronunciando su nombre.

—¿Dónde está tu madre?

La sonrisa de Sofía desapareció.

—No lo sé.

—¿Viniste sola?

Asintió.

—¿Cómo llegaste?

La niña metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un papel doblado.

—Mamá me dijo que, si algún día ella no regresaba, buscara esta casa.

Damon extendió la mano.

Bruno volvió a gruñir.

Sofía le acarició la cabeza.

—Está bien.

El perro se calmó.

Damon tomó el papel.

Había una dirección.

La suya.

Debajo, una frase escrita a mano.

“Busca al hombre del anillo negro. No confíes en nadie más.”

Damon bajó lentamente la mirada hacia su mano derecha.

Llevaba el anillo de ónix que había pertenecido a su padre.

—¿Cuándo desapareció tu madre?

—Ayer.

Aquella palabra cambió todo.

Elena estaba viva.

Al menos hasta hacía veinticuatro horas.

—¿Qué ocurrió?

—Llegaron dos hombres.

Sofía abrazó más fuerte al perro.

—Mamá me escondió. Me dijo que no saliera aunque escuchara ruido.

Damon mantuvo la voz tranquila.

—¿Y después?

—Cuando salí, ella ya no estaba.

Damon levantó la mirada hacia sus hombres.

—Encuentren esa dirección.

Sofía tiró de su manga.

—No.

Damon se volvió.

—¿Qué?

—Bruno quiere enseñarnos algo.

El perro ya estaba frente a la vieja puerta lateral.

Rascó la madera.

Una vez.

Dos.

Después miró hacia atrás.

Damon conocía aquella puerta.

Daba acceso a un corredor de servicio abandonado desde la remodelación de la propiedad.

—Ábranla.

Uno de los guardias probó.

—Está cerrada, jefe.

—Rómpela.

La cerradura cedió.

Un olor a humedad salió del pasillo.

Bruno entró inmediatamente.

Sofía lo siguió.

—Tú te quedas aquí —ordenó Damon.

La niña negó.

—Él quiere que vaya.

—No.

Entonces Bruno regresó, agarró suavemente la manga de Sofía y tiró.

Damon frunció el ceño.

Aquello no era comportamiento aleatorio.

El animal recordaba algo.

Avanzaron por el corredor hasta una habitación pequeña.

Vacía.

Bruno comenzó a rascar el suelo.

—Levanten eso.

Los hombres retiraron una vieja alfombra.

Debajo había una tabla diferente a las demás.

Uno de ellos la levantó.

Encontraron una caja metálica.

Damon sintió un escalofrío.

Reconocía la caja.

Había pertenecido a Elena.

La abrió.

Dentro había fotografías.

Documentos.

Una memoria USB.

Y un collar infantil.

Sofía lo tomó.

—Es mío.

Damon la miró.

—¿Estás segura?

—Mamá me lo enseñó muchas veces. Dijo que alguien importante se lo regaló cuando yo nací.

Damon sintió una presión extraña en el pecho.

—¿Cuántos años tienes?

—Siete.

No tenía sentido.

Elena había trabajado para él apenas cinco años.

Nunca había mencionado una hija.

Entonces encontró una fotografía debajo de los documentos.

Elena aparecía sosteniendo a una bebé.

Detrás de ella estaba Bruno, todavía cachorro.

En el reverso había una fecha.

Siete años atrás.

Y una frase:

“Para que algún día sepas quién te protegió antes incluso de conocerte.”

—Jefe —dijo uno de sus hombres.

Había conectado la memoria USB a una computadora.

—Hay un video.

Damon lo abrió.

Elena apareció en pantalla.

Parecía nerviosa.

—Damon, si estás viendo esto, significa que Bruno hizo exactamente lo que le enseñé.

Damon dejó de respirar.

—Hace años descubrí algo dentro de tu organización. Algo que no podía contarte porque no sabía hasta dónde llegaba.

La imagen tembló.

—Alguien de tu círculo estaba vendiendo información sobre tus movimientos. Pero eso no era lo peor.

Damon miró automáticamente a los hombres que lo rodeaban.

—Cuando intenté averiguar quién era, descubrí por qué habían contratado realmente a mi familia años atrás.

Sofía permanecía junto a Bruno.

—Yo no desaparecí porque quisiera traicionarte —continuó Elena—. Desaparecí porque descubrí que alguien planeaba utilizar a mi hija para obligarme a entregarte.

Damon apretó los puños.

Entonces Elena dijo algo inesperado.

—Hay una razón por la que Bruno reconoce a Sofía.

La grabación se interrumpió.

Pantalla negra.

—¿Eso es todo?

—Hay otro archivo —respondió el guardia.

Antes de abrirlo, sonó una alarma.

Uno de los hombres recibió una llamada.

Su rostro cambió.

—Jefe, encontramos el apartamento de Elena.

—¿Está allí?

—No.

—¿Qué encontraron?

El hombre tragó saliva.

—Una fotografía suya, señor.

Damon frunció el ceño.

—¿Mía?

—Sí. Tomada esta mañana.

Silencio.

—Eso significa que quien se llevó a Elena sabía que Sofía vendría aquí.

Damon miró a la niña.

Entonces Bruno se puso de pie.

El pelo de su lomo se erizó.

Un gruñido estremeció la habitación.

Pero no miraba hacia la puerta.

Miraba a uno de los guardias de Damon.

Sofía retrocedió.

—Ese hombre…

Damon giró.

El guardia palideció.

—¿Qué pasa con él?

La niña señaló su muñeca.

Debajo de la manga asomaba un pequeño tatuaje.

Sofía empezó a temblar.

—Él estaba en mi casa ayer.

Nadie se movió.

El guardia llevó lentamente la mano hacia su cintura.

Y Bruno saltó delante de la niña.

Damon comprendió entonces la verdadera razón por la que Elena había enviado a Sofía hasta aquella casa.

No buscaba solamente protección.

Había enviado a la niña para mostrarle quién llevaba tres años traicionándolo desde dentro.

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