PARTE 2: EL PASAJERO QUE NO DEBÍA ESTAR ALLÍ.

Me quedé completamente inmóvil.

La respiración volvió a sonar detrás de mí.

Lenta.

Profunda.

Humana.

Apreté la barra metálica entre las manos y giré de golpe.

Un hombre estaba sentado en el rincón oscuro entre la cama y la pared.

Tenía unos treinta años, una chaqueta negra manchada de sangre y una venda improvisada alrededor del antebrazo.

Levantó inmediatamente las manos.

—No estoy infectado.

—¿Cómo entraste?

—La puerta del baño conecta con la cabina de servicio.

Recordé demasiado tarde aquella entrada.

En mi vida anterior nunca había llegado hasta esa cabina.

—Enséñame el brazo.

El desconocido dudó.

Levanté la barra.

—Ahora.

Desató lentamente la venda.

Había un corte largo, pero ninguna mordida.

—Me lo hice con un cristal.

Afuera, Adrian volvió a golpear la puerta.

—¡ELENA, ABRE!

El desconocido miró hacia ella.

—¿Tu esposo?

—Por desgracia.

Entonces escuchamos un chillido de Vanessa.

Los infectados estaban cada vez más cerca.

—¡Adrian!

Se escucharon golpes, pasos desesperados y algo pesado chocando contra la puerta de la cabina.

—¡Elena, por favor! —gritó Adrian—. ¡Abre y te prometo que te explicaré todo!

Cerré los ojos un instante.

La primera vez también había prometido explicármelo todo.

Después me había usado como escudo.

No iba a cometer dos veces el mismo error.

El hombre desconocido se acercó a la puerta.

—Si siguen gritando, atraerán a todos los infectados del vagón.

—Lo sé.

—Entonces pronto también tendremos un problema.

Señaló la conexión del baño.

—Esa puerta no resistirá si llegan desde el otro lado.

Mi seguridad perfecta acababa de dejar de ser perfecta.

—¿Quién eres?

—Gabriel Torres.

—¿Trabajas en el tren?

Negó.

—Soy médico de urgencias.

Eso hizo que lo observara con más atención.

En mi vida anterior había sobrevivido apenas cuarenta minutos después del primer ataque.

Nunca había oído su nombre.

—¿Cómo sabes lo que está pasando?

Gabriel respondió con una frase que me heló la sangre.

—Porque esto no empezó en el tren.

Antes de que pudiera preguntarle más, un golpe brutal sacudió la puerta.

Vanessa gritó.

Después escuché a Adrian:

—¡CORRE!

Los pasos se alejaron.

Miré por una pequeña abertura de la cortina interior.

Adrian y Vanessa corrían hacia el vagón delantero mientras tres infectados los perseguían.

Una parte de mí esperaba sentir satisfacción.

No sentí nada.

Solo recordé mi muerte.

La mano de Adrian.

El vidrio cerrándose.

Su elección.

Aparté la mirada.

—¿Qué quisiste decir con que no empezó aquí?

Gabriel sacó un teléfono del bolsillo.

No tenía señal, pero había guardado varios videos.

Me mostró uno.

Una estación ferroviaria.

Personas corriendo.

Personal médico con trajes de protección.

La grabación marcaba las 9:31 de aquella mañana.

—Hubo incidentes antes de que saliéramos —explicó—. Las autoridades intentaron contenerlos.

—Entonces sabían algo.

—Alguien sabía.

Sentí un escalofrío.

En mi vida anterior siempre había creído que el pasajero del vagón seis era el origen.

Estaba equivocada.

Gabriel guardó el teléfono.

—¿Cómo sabías exactamente cuándo empezaría?

Lo miré.

Había cometido un error.

—Tu reacción no fue normal —continuó—. Tenías agua, comida, vendas y herramientas antes del primer ataque. Además reforzaste la puerta.

No respondí.

—No voy a obligarte a explicarlo —dijo—. Pero si sabes qué ocurrirá después, necesito saberlo.

Miré el reloj.

11:19.

Mi memoria regresó de golpe.

—A las 11:26 el conductor intentará detener el tren.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Cómo puedes saber eso?

—Y no funcionará.

Me levanté.

—El sistema de frenado fallará. Entraremos en la estación Westbridge aproximadamente a las 11:41.

—Eso nos daría una oportunidad.

—No.

Lo miré directamente.

—Westbridge estará infestada.

Gabriel guardó silencio.

Entonces comprendió que yo no estaba haciendo suposiciones.

Sabía demasiado.

A las 11:25, los altavoces se encendieron.

—Pasajeros, permanezcan donde están. Intentaremos realizar una parada de emergencia.

Gabriel me miró.

Un segundo después, los frenos chirriaron.

El tren vibró violentamente.

Pero no se detuvo.

Su expresión cambió.

—¿Quién eres?

—Alguien que ya murió una vez en este tren.

No tuve tiempo de explicar más.

Una alarma comenzó a sonar.

Después escuchamos golpes procedentes del baño.

Gabriel corrió hacia la puerta interior.

—¡Ayúdame!

Empujamos el pequeño mueble contra ella.

Algo golpeó desde el otro lado.

Una vez.

Dos.

Tres.

La madera comenzó a crujir.

—Tenemos que salir —dijo Gabriel.

—El pasillo está lleno.

—Hay otra opción.

Señaló una compuerta de mantenimiento situada cerca del techo.

—Podemos llegar al compartimento técnico.

Miré el reloj.

11:31.

Nos quedaban diez minutos antes de Westbridge.

Comenzamos a mover la mesa.

Entonces mi teléfono vibró.

Sorprendentemente había recuperado señal durante unos segundos.

Era un mensaje de Adrian.

“ESTAMOS ENCERRADOS EN EL VAGÓN DOS. VANESSA ESTÁ HERIDA. NECESITO QUE VENGAS.”

No contesté.

Llegó otro.

“SÉ QUE TIENES SUMINISTROS.”

Me quedé helada.

¿Cómo sabía eso?

Gabriel leyó mi expresión.

—¿Qué ocurre?

Antes de responder llegó una fotografía.

Era mi bolso abierto.

Las barras energéticas.

Las vendas.

Las botellas de agua.

Todo fotografiado antes del brote.

Debajo había un mensaje.

“NO ERES LA ÚNICA QUE SABÍA LO QUE IBA A PASAR.”

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Marqué inmediatamente el número.

Adrian contestó.

—Finalmente.

—¿Qué significa ese mensaje?

Se rio suavemente.

—Creí que nunca lo recordarías.

Mi sangre se congeló.

—¿Recordar qué?

Hubo silencio.

Después Adrian pronunció unas palabras que destruyeron todo lo que creía saber sobre mi segunda oportunidad.

—ELENA, TÚ NO FUISTE LA ÚNICA QUE DESPERTÓ UNA HORA ANTES DEL BROTE.

Y antes de que pudiera responder, Gabriel miró por la pequeña ventana de emergencia.

Su rostro palideció.

—Elena…

Me acerqué.

La estación Westbridge aparecía delante de nosotros.

Pero no estaba llena de infectados como recordaba.

Había soldados.

Barricadas.

Vehículos militares.

Y hombres armados esperando exactamente junto a nuestra vía.

Entonces los altavoces del tren emitieron una voz desconocida.

—PASAJERA ELENA BENNETT, CUANDO EL TREN SE DETENGA, SALGA CON LAS MANOS VISIBLES. SABEMOS LO QUE USTED RECUERDA.

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