PARTE 2: EL PRECIO DE LA VERDAD

A la mañana siguiente encontré una bandeja frente a mi puerta.

Café.

Pan tostado.

Fruta.

Y una pequeña caja.

La abrí con cautela.

Dentro había seis frascos de esmalte de uñas.

Reconocí cuatro colores que había usado durante años.

El quinto era rojo oscuro.

El sexto, azul medianoche.

Encima había una nota escrita a mano.

“Me dijeron que esto podría hacer que la habitación se sintiera un poco más tuya.”

No había firma.

No hacía falta.

Pasé diez minutos intentando decidir qué clase de jefe criminal se molestaba en averiguar el esmalte favorito de una mujer con la que se había casado por una deuda.

Finalmente elegí el azul.

Tres horas después estaba en una pequeña sala de estar intentando pintarme la mano izquierda cuando Dante apareció en la puerta.

Se detuvo.

—Te estás manchando los dedos.

—Gracias por el informe.

—Soy observador.

—Evidentemente.

Intenté alcanzar el meñique.

Mi pulso todavía estaba demasiado tenso.

Dante se acercó.

—Dámelo.

Lo miré.

—¿Qué?

Señaló el frasco.

—El esmalte.

Solté una risa incrédula.

—¿Vas a pintarme las uñas?

—Estás haciendo un trabajo terrible.

—Qué romántico.

Su expresión no cambió.

—No recuerdo haber prometido romanticismo.

Debería haberme negado.

En cambio, le entregué el frasco.

Dante Salvano se arrodilló frente a mí.

El hombre del que los periódicos escribían sin atreverse a publicar demasiados detalles sostuvo mi mano con una delicadeza casi absurda.

—¿Qué color quieres? —preguntó.

—Ese mismo.

—Azul.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno.

Comenzó con mi pulgar.

Sus manos eran demasiado firmes para un hombre haciendo aquello por primera vez.

—Has hecho esto antes.

—Tengo una hermana menor.

Aquello me sorprendió.

—No sabía que tenías familia.

La sonrisa que apareció en su rostro murió inmediatamente.

—Tenía.

No pregunté.

Él tampoco explicó.

Terminó mi última uña, cerró el frasco y se levantó.

—Desayuna mañana.

—¿Eso es una orden?

—Una recomendación.

—Sonó a orden.

Dante me miró.

—Elena, si alguna vez te doy una orden que no tenga que ver con salvarte la vida, puedes ignorarla.

Entonces salió.

Me quedé mirando mis uñas durante mucho tiempo.

Porque empezaba a descubrir algo peligroso.

El monstruo que había imaginado no coincidía con el hombre que vivía en aquella casa.

Durante las siguientes dos semanas, Dante mantuvo su palabra.

Nunca entró en mi habitación.

Nunca me tocó sin preguntar.

Nunca me obligó a acompañarlo a cenas o reuniones.

Incluso mandó trasladar mis máquinas de coser desde la tienda.

—No pienso cerrar mi negocio —le dije.

—No te pedí que lo hicieras.

—Tus hombres dijeron que ahora viviría aquí.

—Vivir aquí no significa dejar de ser tú.

Era irritante.

Había preparado discursos enteros para defenderme de un tirano.

Dante seguía negándose a comportarse como uno.

Hasta que encontré el libro de cuentas.

Fue por accidente.

Buscaba hilo negro en una caja que habían llevado desde la tienda cuando encontré una carpeta antigua que había pertenecido a mi padre.

Dentro había recibos.

Préstamos.

Firmas.

Y el nombre Salvano.

Me senté en el suelo.

Revisé cada página.

La deuda de cuatrocientos mil dólares existía.

Pero algo estaba mal.

Mi padre había realizado pagos durante años.

Muchos.

Demasiados.

Sumé las cifras dos veces.

Luego una tercera.

Mi padre no debía cuatrocientos mil cuando murió.

Debía menos de cuarenta mil.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Dante me había mentido.

Aquella noche esperé hasta que regresó.

Entró cerca de medianoche.

Arrojé la carpeta sobre su escritorio.

—Explícame esto.

Dante miró los documentos.

Su expresión cambió.

—¿Dónde los encontraste?

—Eso no importa.

—Elena…

—¡Me dijiste que mi padre debía cuatrocientos mil dólares!

—Eso decía mi contabilidad.

—Pues tu contabilidad miente.

Le mostré los pagos.

Dante los revisó rápidamente.

Su rostro se endureció.

No contra mí.

Contra alguien más.

—¿Quién administra tus préstamos privados? —pregunté.

—Marco Bellini.

Conocía el nombre.

Su mano derecha.

El hombre que había firmado como testigo en nuestro matrimonio.

Dante tomó el teléfono.

Lo detuve.

—No.

Me miró.

—¿No?

—Primero quiero saber por qué casarte conmigo era una forma de saldar una deuda.

Silencio.

Dante dejó el teléfono.

—Porque nunca fue mi idea.

Eso me dejó inmóvil.

—¿Qué?

—Tu padre vino a verme once meses antes de morir.

—Mi padre te conocía.

—Sí.

Dante abrió una caja fuerte.

Sacó un sobre amarillento.

Dentro había una carta escrita con la letra de mi padre.

“Si algo me sucede, protege a Elena. No confíes en Bellini.”

Sentí que me faltaba el aire.

—No entiendo.

Dante se apoyó contra el escritorio.

—Tu padre llevaba las cuentas de varias empresas relacionadas con mi organización. Descubrió que alguien estaba desviando dinero.

—Marco.

—Eso sospechaba.

—¿Y por qué no hiciste nada?

—Porque tu padre murió antes de entregarme las pruebas.

Sentí un escalofrío.

—Me dijeron que fue un accidente automovilístico.

Dante no respondió inmediatamente.

No necesitaba hacerlo.

—¿Estás diciendo que asesinaron a mi padre?

—Estoy diciendo que ya no estoy seguro de que fuera un accidente.

Tuve que sentarme.

Todo lo que creía saber acababa de cambiar.

—¿Y el matrimonio?

Dante bajó la mirada.

—Después de la muerte de tu padre, Marco comenzó a insistir en que eras responsable de su deuda. Luego sugirió el matrimonio como garantía.

—¿Y simplemente aceptaste?

—Porque quería mantenerte dentro de esta casa.

Me levanté furiosa.

—¡Podías haberme dicho la verdad!

—No tenía la verdad.

—¡Podías haber dicho que estabas intentando protegerme!

—¿Y habrías venido?

Abrí la boca.

La cerré.

No.

Jamás.

Dante se acercó un paso.

—Pensé que si creías que me odiabas, al menos estarías viva mientras descubría quién había matado a tu padre.

Aquello no justificaba todo.

Pero explicaba demasiado.

Entonces escuchamos un disparo.

Los cristales del despacho explotaron.

Dante me derribó detrás del escritorio.

Otro disparo atravesó la pared.

—Quédate abajo.

Sacó un arma de un cajón.

—Dante…

—Ahora sí es una orden.

Las alarmas comenzaron a sonar.

Sus hombres llenaron el pasillo.

Pero el atacante no estaba afuera.

Estaba dentro de la casa.

Marco Bellini apareció en la puerta.

Sostenía una pistola.

Detrás de él había dos guardias.

—Aléjate de ella, Dante.

Dante se quedó inmóvil.

—Así que eras tú.

Marco sonrió.

—Tu suegro era demasiado curioso.

Sentí que toda la habitación desaparecía.

—Mataste a mi padre.

Marco me miró.

—Tu padre se mató solo cuando decidió guardar copias de mis cuentas.

La rabia me atravesó.

Dante levantó lentamente su arma.

Marco apuntó directamente hacia mí.

—Hazlo y ella cae primero.

Dante bajó su pistola.

Yo lo miré.

El hombre más temido de la ciudad acababa de dejar su única defensa por mí.

Marco soltó una carcajada.

—Nunca pensé que una costurera sería tu debilidad.

—Ella no es mi debilidad.

—Entonces demuéstralo.

Dante no se movió.

Marco me agarró del brazo.

—Nos vamos.

Pero yo había pasado media vida trabajando con agujas, tijeras y manos rápidas.

Y había algo que Marco no sabía.

Todavía llevaba un pequeño descosedor metálico en el bolsillo del vestido.

Lo clavé contra su muñeca.

Marco gritó.

El arma cayó.

Dante se lanzó sobre él.

Todo terminó en segundos.

Los guardias leales redujeron a los dos hombres que acompañaban a Marco.

Dante inmovilizó a Bellini contra el suelo.

Podía haberlo matado.

Lo vi en sus ojos.

Pero no lo hizo.

—Llama a la policía —ordenó.

Marco se rio desde el piso.

—¿Policía? ¿Desde cuándo juegas a ser un ciudadano respetable?

Dante lo miró.

—Desde que me cansé de enterrar personas por culpa de hombres como tú.

Las pruebas que Marco había escondido aparecieron durante los días siguientes.

Mi padre había descubierto una red de desvíos de dinero y extorsiones internas.

Marco había inflado su supuesta deuda para tener una excusa con la que acercarme a Dante.

Esperaba utilizarme como presión.

El matrimonio había arruinado su plan porque me había colocado exactamente donde Dante podía protegerme.

Pero hubo un último giro.

La deuda original de mi padre tampoco era realmente suya.

Había pedido aquel dinero para salvar la sastrería después de que mi madre enfermó.

Y Dante ya la había cancelado meses antes de nuestra boda.

Encontré el documento firmado.

DEUDA PERDONADA.

Fecha: cuatro meses antes de que sus hombres entraran en mi tienda.

Fui directamente hacia él.

—¿Entonces nunca tuve que casarme contigo?

Dante dejó de escribir.

—No.

—¿Desde el principio?

—Sí.

La bofetada sonó en todo el despacho.

Dante no intentó detenerme.

—Te la merecías —dije.

—Sí.

—Me quitaste la elección.

—Sí.

—Aunque pensabas protegerme.

—Sí.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Te odio un poco.

—Lo entiendo.

—Y quiero irme.

Eso sí le dolió.

Lo vi.

Pero Dante simplemente asintió.

—El coche estará listo cuando quieras.

No intentó detenerme.

No utilizó el matrimonio.

No utilizó su poder.

Aquella misma tarde regresé a mi tienda.

Durante tres semanas no lo vi.

Hasta que llegó una carta de un abogado.

Dante había solicitado la anulación del matrimonio.

No exigía nada.

En la última página había una nota.

“Esta vez, la decisión es tuya.”

Me quedé mirando aquellas palabras durante casi una hora.

Luego cerré la tienda.

Conduje hasta su casa.

Dante estaba solo en el jardín de invierno.

Cuando me vio, se levantó.

—Elena.

Puse los documentos sobre la mesa.

—No los firmé.

Su expresión no cambió.

Pero sus ojos sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero preguntarte algo.

—Pregunta.

—Si no hubiera existido la deuda, ni Marco, ni mi padre… ¿te habrías casado conmigo?

Dante tardó demasiado en contestar.

—No.

Mi corazón cayó.

Entonces continuó:

—No habría pensado que una mujer como tú pudiera querer casarse con un hombre como yo.

Respiré.

—Eres un idiota.

—Me lo han dicho.

Me acerqué.

—Quiero empezar de nuevo.

Dante se quedó inmóvil.

—Sin deudas.

—Sí.

—Sin contratos.

—Sí.

—Sin que seas dueño de mí.

Su mirada se endureció.

—Nunca lo fui.

—Bien.

Extendí la mano.

—Entonces pregúntame correctamente.

Dante entendió.

Y por primera vez desde que lo conocía, pareció nervioso.

Tomó mi mano.

—Elena Marsh, ¿quieres quedarte conmigo porque tú lo eliges?

Lo hice esperar tres segundos.

Solo porque podía.

—Sí.

Seis meses después repetimos la boda.

Esta vez el vestido era mío.

Lo había cosido yo misma.

Las flores las elegí yo.

Los invitados también.

Y cuando el sacerdote dijo:

—Puede besar a la novia…

Dante me miró.

No se acercó.

Esperó.

Sonreí.

—Sí, Dante. Puedes.

Entonces me besó.

Y comprendí que aquel era el verdadero final de nuestra primera boda.

La primera vez me habían llevado hasta él como pago de una deuda.

La segunda caminé hacia él por voluntad propia.

Marco terminó condenado gracias a las pruebas que mi padre había dejado.

La sastrería siguió abierta.

Dante invirtió dinero en convertir varios de sus negocios en empresas completamente legales, aunque le tomó años limpiar todo lo que su apellido arrastraba.

Y nunca volvió a tomar una decisión sobre mi vida sin preguntarme primero.

A veces todavía me pintaba las uñas.

Siempre azul.

Siempre arrodillado frente a mí con aquella concentración absurda.

Y cada vez que lo hacía recordaba la noche en que comprendí que el hombre al que me habían obligado a llamar esposo podía haber usado el miedo para mantenerme a su lado.

Pero cuando llegó el momento decisivo, hizo exactamente lo contrario.

Abrió la puerta.

Me devolvió mi libertad.

Y esperó para descubrir si alguna vez elegiría regresar.

Lo hice.

No porque tuviera una deuda con Dante Salvano.

Sino porque, finalmente, ya no le debía absolutamente nada.

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