PARTE 2: EL PRECIO DE MI LIBERTAD

El periodista tardó varios segundos en reaccionar.

—Señora Fu… ¿está diciendo que quiere hacerlo público todo?

Miré por la ventana.

Hong Kong seguía brillando como siempre.

La ciudad no sabía que aquella mañana una jaula acababa de quedarse sin prisionera.

—No todo —respondí—. Solo lo suficiente para que Julian entienda que ya no puede comprarme.

—¿Cuándo podemos reunirnos?

—En una hora.

Colgué.

Sobre mi escritorio había tres sobres.

Uno para mi abogado.

Uno para la prensa.

Y uno para Julian.

El último contenía los documentos de divorcio.

Ya estaban firmados.

Mi teléfono vibró.

Julian.

No contesté.

Volvió a llamar.

Después llegó un mensaje.

“Amelia, deja de jugar. Compra las fotos.”

Sonreí.

Diez minutos después:

“Lily está llorando. Los periodistas la están acosando. Resuelve esto.”

Ni una palabra sobre mí.

Ni una disculpa.

Nada.

Contesté únicamente:

“Esta vez resuélvelo tú.”

La respuesta llegó inmediatamente.

“¿Qué significa eso?”

Apagué el teléfono.


Me reuní con el periodista en una cafetería discreta cerca del puerto.

Se llamaba Ethan Lau.

Cuando vio el boleto amarillento sobre la mesa, dejó de sonreír.

—¿Es auténtico?

—Compruébelo.

A su lado coloqué el comprobante de empeño de la pulsera de jade.

—Mi madre murió cuando yo era joven. Era lo último que conservaba de ella.

Ethan examinó ambos documentos.

—¿Vendió la pulsera para salvar a Julian Fu?

—Sí.

—¿Por qué nunca contó esto?

—Porque durante mucho tiempo pensé que amar a alguien significaba proteger incluso las partes de su historia que podían destruirlo.

—¿Y ahora?

Lo miré.

—Ahora sé que algunas personas interpretan el silencio como permiso.

Le entregué otro sobre.

Dentro había fotografías, registros de pagos y acuerdos de confidencialidad.

Años enteros de escándalos que yo había comprado.

Ethan palideció mientras pasaba las páginas.

—Esto podría destruir su reputación.

—No quiero destruir su reputación.

—Entonces ¿qué quiere?

—Que deje de utilizar mi vida para sostenerla.

Mi teléfono se encendió.

Veintitrés llamadas perdidas.

Entonces apareció otro nombre.

Lily Chan.

Contesté.

—Señora Fu…

Estaba llorando.

—Julian dijo que usted solucionaría esto.

—Julian se equivocó.

—Yo no quería que nos fotografiaran.

—Pero sí querías besar a mi esposo.

Silencio.

—Él me dijo que ustedes ya no eran realmente marido y mujer.

Cerré los ojos.

La frase más antigua del mundo.

—Entonces no tienes nada que temer. Cuando me divorcie, podrás ocupar oficialmente mi lugar.

Lily dejó de llorar.

—¿Divorciarse?

La sorpresa en su voz era auténtica.

Aquello me llamó la atención.

—¿Julian no te lo dijo?

—Él dijo que usted jamás lo abandonaría.

Sentí una risa amarga subir por mi garganta.

Claro.

Incluso a su amante le había explicado cuál era mi lugar.

—Pues hoy aprenderá algo nuevo.

Colgué.


Cuando regresé al apartamento que había alquilado bajo otro nombre, mi abogado me esperaba.

—Tenemos un problema —dijo.

—¿Julian?

—Peor. Los Fu detectaron movimientos en tus cuentas.

Me quité el abrigo.

—Era inevitable.

—Han bloqueado dos transferencias.

Me detuve.

—¿Cómo?

—Alguien presentó una solicitud urgente alegando riesgo de apropiación indebida de bienes matrimoniales.

Solté una carcajada.

—Después de diez años gastando nuestro dinero en amantes, ahora le preocupa el patrimonio matrimonial.

Mi abogado no sonrió.

—Amelia, esto significa que ya sabe que estás preparando algo.

Entonces llamaron a la puerta.

Tres golpes.

Pausa.

Otros dos.

Mi abogado y yo nos miramos.

Nadie conocía aquella dirección.

Se acercó y miró por la cámara.

Su expresión cambió.

—Es Julian.

Mi corazón no se aceleró.

Eso fue lo que más me sorprendió.

Abrí.

Julian estaba solo.

Sin guardaespaldas.

Sin chaqueta.

Con el rostro desencajado.

Entró sin pedir permiso.

—¿Dónde están los documentos?

—Hola a ti también.

—No estoy jugando.

—Yo tampoco.

Me agarró de la muñeca.

Mi abogado avanzó.

—Suéltela.

Julian me soltó lentamente.

—¿Vas a divorciarte de mí?

—Sí.

Se rio.

Pero sus ojos no.

—No puedes.

—Ya lo hice.

Le entregué el sobre.

Julian abrió los documentos.

Por primera vez en diez años vi verdadero miedo en su rostro.

—Retíralos.

—No.

—Amelia.

—No.

Apretó los papeles.

—¿Por las fotos?

—No.

—¿Por Lily?

—Tampoco.

Me acerqué.

—Me voy porque finalmente no queda nadie a quien puedas utilizar para obligarme a volver.

Julian entendió.

Su expresión se congeló.

—Tu abuela.

No respondí.

—¿Dónde está?

—Murió hace tres semanas.

Julian retrocedió.

—¿Qué?

—La enterré en secreto.

El color desapareció de su rostro.

—Me mentiste.

—Aprendí del mejor.

Por primera vez no tuvo respuesta.

Entonces vio la vieja caja de madera.

El boleto sobresalía ligeramente.

—¿Qué hiciste?

—Conté una historia.

Julian abrió la caja.

Cuando vio el comprobante de empeño, levantó lentamente la cabeza.

—Amelia…

—Durante años compré el silencio de otros para protegerte.

Guardé el boleto en mi bolso.

—Hoy compré mi libertad por trescientos dólares.

Su teléfono comenzó a sonar.

Luego el mío.

Después el de mi abogado.

Ethan había publicado la primera parte.

El titular apareció en mi pantalla.

“ANTES DEL IMPERIO FU: LA MUJER QUE VENDIÓ EL ÚLTIMO RECUERDO DE SU MADRE PARA SALVAR AL HOMBRE QUE AHORA LA HUMILLA.”

Julian leyó.

Su mandíbula se tensó.

—Haz que lo retire.

—No.

—¡Amelia!

—Esta vez paga tú.

Me dirigí hacia la puerta.

Pero Julian no intentó detenerme.

Eso me inquietó.

En cambio, comenzó a reír.

Muy despacio.

—¿De verdad crees que esto termina porque tu abuela murió?

Me volví.

—¿Qué significa eso?

Julian dejó los documentos sobre la mesa.

—Siempre pensaste que ella era la razón por la que no podías escapar.

Se acercó.

—Pero nunca entendiste por qué tu padre estaba tan desesperado por impedir nuestro divorcio.

Sentí un escalofrío.

—Mi padre murió hace seis años.

—Precisamente.

Sacó el teléfono.

Abrió un archivo.

Y me mostró una fotografía.

Mi padre.

Marlene Fu, la madre de Julian.

Y un documento que reconocí inmediatamente porque llevaba mi firma.

Solo había un problema.

La fecha era posterior a la muerte de mi padre.

—¿Qué es esto?

Julian guardó el teléfono.

—La verdadera razón por la que los Morgan te entregaron a los Fu.

Me quedé inmóvil.

—Estás mintiendo.

—Pregúntale a tu abogado quién figura actualmente como propietario de las acciones que creías haber vendido esta mañana.

Miré a mi abogado.

Él palideció.

Y su silencio fue suficiente.

Julian sonrió por última vez.

—Puedes salir de Hong Kong, Amelia. Pero primero tendrás que descubrir si alguna vez fuiste realmente libre.

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