Amelia contempló el rostro de Ethan bajo la lluvia.
Cinco años atrás, habría corrido hacia él.
Lo habría ayudado a levantarse, habría secado su cabello y probablemente habría terminado disculpándose por haberlo hecho sufrir.
Pero la mujer que estaba frente a él ya no era aquella Amelia.
—Levántate, Ethan.
Él negó con la cabeza.
—No hasta que me escuches.
—Ya te escuché.
Aquellas palabras lo dejaron inmóvil.
Amelia sostuvo su mirada.
—Te escuché aquella noche en el hotel.
El rostro de Ethan perdió el color.
—¿Qué?
—Escuché todo lo que dijiste sobre Claire.
La lluvia golpeaba los escalones de piedra mientras Ethan intentaba encontrar una explicación.
—Estaba borracho.
—Estabas siendo sincero.
—No sabes el contexto.
—Dijiste que durante cinco años buscaste a Claire en mí.
Ethan abrió la boca, pero Amelia continuó.
—Ahora entiendo el vestido blanco. El perfume. Mi cabello. Incluso aquel restaurante al que insistías en llevarme cada aniversario.
Su voz tembló apenas.
—Era el restaurante favorito de Claire, ¿verdad?
Ethan bajó la mirada.
Ese silencio fue suficiente.
Alexander permaneció junto a Amelia sin interrumpir.
Su mano ya no estaba sobre su cintura.
Había retrocedido medio paso, dejándole espacio para decidir por sí misma.
Y Amelia lo notó.
Ethan siempre había decidido cómo debía vestirse, dónde debía vivir y qué oportunidades debía rechazar. Alexander, en cambio, ni siquiera intentaba decidir cómo debía terminar aquella conversación.
—Amelia, al principio fue así —admitió Ethan—. Pero después cambió.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
—Entonces dime una cosa de mí que ames y que no te recuerde a Claire.
Ethan levantó la cabeza.
—Yo…
Silencio.
Amelia esperó.
Cinco segundos.
Diez.
Ethan no pudo responder.
Ella sonrió con tristeza.
—Eso pensé.
Se volvió hacia la mansión.
—¡Espera!
Ethan se levantó y avanzó.
Los guardias dieron un paso, pero Alexander levantó una mano.
—Déjenlo.
Ethan miró a Alexander con rabia.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Estoy de acuerdo —respondió él con serenidad—. Es una decisión de Amelia.
Aquella respuesta pareció enfurecerlo todavía más.
—¿Crees que ella te ama? Hace unos días estaba conmigo.
Alexander no cambió de expresión.
—Nunca le he pedido que me ame.
Amelia lo miró sorprendida.
—Nuestro compromiso fue un acuerdo entre familias —continuó Alexander—. Le dije desde el principio que puede cancelarlo cuando quiera.
Ethan soltó una risa amarga.
—Entonces esto es ridículo. Amelia, vuelve conmigo.
Extendió la mano.
—Podemos empezar otra vez.
Amelia miró aquella mano.
Durante años había deseado que Ethan luchara por ella.
Ahora que finalmente lo hacía, ya era demasiado tarde.
—No quiero empezar otra vez.
—Puedo cambiar.
—Tal vez.
Amelia respiró profundamente.
—Pero tendrás que cambiar para ti, no para recuperarme.
Ethan dejó caer la mano.
—¿Vas a casarte con un desconocido solo para castigarme?
Antes de que Amelia respondiera, las puertas de la mansión se abrieron.
Richard Hart apareció en los escalones.
El padre de Amelia había envejecido desde la última vez que ella lo vio, pero conservaba aquella presencia imponente que podía silenciar una habitación.
—Mi hija no necesita utilizar a nadie para castigarte.
Ethan lo miró.
—Señor Hart…
—Durante cinco años, Amelia rechazó todo lo que esta familia podía ofrecerle porque creyó que contigo había encontrado algo más importante.
Richard descendió lentamente.
—Te eligió a ti.
Ethan tragó saliva.
—La amaba.
—No.
Richard se detuvo frente a él.
—Amabas lo que ella hacía por ti.
Aquella frase golpeó incluso a Amelia.
Porque era exactamente lo que ella había tardado cinco años en comprender.
Ethan miró nuevamente su anillo.
—Amelia, dime que realmente quieres casarte con él.
Ella bajó los ojos hacia la piedra brillante.
La verdad era más complicada.
No amaba a Alexander.
Todavía no.
Habían pasado apenas dos días desde su regreso.
Pero Alexander tampoco había fingido que aquello era una historia romántica.

La primera noche había colocado el contrato matrimonial frente a ella.
—Puedes cambiar cualquier cláusula —le había dicho—. Incluso puedes cancelar la boda.
—¿Y qué obtienes tú?
—Una alianza empresarial.
—¿Nada más?
Alexander había sonreído.
—Si algún día conseguimos algo más, prefiero que sea verdadero.
Aquella frase había significado más para Amelia que cien declaraciones vacías de Ethan.
—Sí —respondió finalmente—. Quiero seguir adelante con el compromiso.
Ethan retrocedió como si hubiera recibido un golpe.
—Te arrepentirás.
—Quizá.
Amelia sostuvo su mirada.
—Pero será mi error. No uno que tú hayas elegido por mí.
Después entró en la mansión.
Ethan permaneció bajo la lluvia hasta que las puertas se cerraron.
Tres semanas después, Amelia volvió oficialmente a Hart Industries.
Los periódicos que antes la describían simplemente como la prometida de Ethan Cole comenzaron a publicar fotografías de ella entrando a reuniones, negociando adquisiciones y acompañando a su padre en conferencias.
Por primera vez en años, su nombre aparecía sin estar unido al de Ethan.
Y Alexander cumplió su palabra.
Nunca la presionó.
Nunca preguntó por Ethan.
Nunca intentó tocarla sin permiso.
Una noche, mientras revisaban documentos de la futura alianza entre Hart y Sullivan, Amelia encontró una carpeta junto al escritorio.
—¿Qué es esto?
Alexander levantó la vista.
—Tu contrato matrimonial.
—Ya lo firmé.
—Yo todavía no.
Amelia frunció el ceño.
Alexander abrió la carpeta y señaló una cláusula nueva.
Si Amelia decidía terminar el matrimonio en cualquier momento, conservaría todas sus acciones, propiedades y derechos dentro de la alianza.
—¿Por qué añadiste esto?
—Porque no quiero que vuelvas a sentir que debes quedarte con alguien por miedo a perder algo.
Amelia permaneció en silencio.
—Alexander…
—No tienes que decir nada.
Él cerró la carpeta.
—Buenas noches, Amelia.
Pero cuando pasó junto a ella, Amelia tomó suavemente su mano.
Alexander se detuvo.
Ella también.
Fue un gesto pequeño.
Sin promesas.
Sin fantasmas.
Por primera vez, Amelia sintió que alguien estaba mirando a ella.
No a Claire.
No a la heredera Hart.
Simplemente a Amelia.
Dos meses después llegó el día de la boda.
La ceremonia privada se celebraría en la propiedad de los Sullivan frente al lago.
Amelia estaba terminando de vestirse cuando su asistente entró apresuradamente.
—Señorita Hart, tenemos un problema.
Le entregó un teléfono.
En la pantalla había una noticia recién publicada.
CLAIRE BENNETT REGRESA A ESTADOS UNIDOS DESPUÉS DE SEIS AÑOS EN EUROPA.
Amelia sintió una extraña calma.
Ya no le importaba.
—Que sea feliz.
Devolvió el teléfono.
Pero su asistente no se movió.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—La señorita Bennett está abajo.
Amelia se volvió lentamente.
—¿Aquí?
—Dice que necesita hablar con usted antes de la boda.
Minutos después, Claire entró en la habitación.
Amelia la reconoció inmediatamente.
Y aquello fue lo más extraño.
Sí.
Se parecían.
Pero mucho menos de lo que Ethan había querido hacerle creer.
Claire miró el vestido de novia.
Después miró a Amelia.
—Supongo que Ethan nunca te contó por qué desaparecí.
Amelia sintió que algo cambiaba en el ambiente.
—No me interesa Ethan.
—No vine por Ethan.
Claire abrió su bolso y sacó un sobre.
—Vine por Alexander Sullivan.
Amelia se quedó inmóvil.
Claire dejó una fotografía sobre la mesa.
En ella aparecía una mujer mucho más joven abrazando a Alexander.
Era Claire.
La fotografía tenía siete años.
Un año antes de que Claire conociera a Ethan.
Amelia levantó lentamente la mirada.
—¿Qué significa esto?
Claire respiró hondo.
—Significa que Ethan no fue el primer hombre que me amó.
Señaló la fotografía.
—Alexander lo fue.
En ese instante llamaron a la puerta.
—Amelia.
Era la voz de Alexander.
Claire palideció.
Alexander abrió.
Sus ojos encontraron primero a Amelia.
Después a Claire.
Y por primera vez desde que Amelia lo conocía, el hombre siempre sereno perdió completamente el color del rostro.