PARTE 2: ESTA VEZ NO TE ELEGÍ

Esa noche casi no dormí.

No porque intentara recordar.

Los médicos habían sido claros: forzar la memoria podía empeorar mis dolores de cabeza.

El problema era otro.

Todos a mi alrededor parecían esconderme algo.

A la mañana siguiente llamaron a mi puerta.

Era Evan.

Traía desayuno y esa expresión confiada que empezaba a irritarme.

—Compré tus panqueques favoritos.

Miré la bolsa.

—No me gustan los panqueques.

Su sonrisa desapareció.

—Antes sí.

—Quizá durante esos tres años.

Lo dejé entrar porque necesitaba respuestas.

Evan miró alrededor del apartamento y pareció incómodo al descubrir que yo había sacado los dos cepillos de dientes del baño.

—Evan, ¿quién vivía conmigo?

—Nadie.

—Había dos almohadas usadas.

—La gente recibe visitas.

—Había medio armario vacío.

—Nora…

—Y tenías una llave.

Él dejó el café sobre la mesa.

—Éramos amigos cercanos. A veces me quedaba aquí.

—¿Dormías conmigo?

Evan casi se atragantó.

—¿Qué?

—Es una pregunta sencilla.

—No.

Lo dijo demasiado rápido.

Lo observé durante unos segundos.

—Entonces perfecto.

—¿Perfecto?

—Sí. Porque Theo me invitó a cenar esta noche.

Mentí.

Pero funcionó.

La expresión de Evan cambió instantáneamente.

—¿Theo Vale?

—¿Lo conoces?

—Mantente lejos de él.

—¿Por qué?

—Porque no es tu tipo.

Parpadeé.

—Cabello blanco, alto, reservado y bastante atractivo.

Me encogí de hombros.

—Parece exactamente mi tipo.

La mandíbula de Evan se tensó.

—No sabes nada de él.

—Tampoco recuerdo nada de ti.

Se levantó.

—Nora, confía en mí.

—Dame una razón.

No la tuvo.

Se marchó enfadado.

Diez minutos después recibí un mensaje de Theo.

“Tu teléfono está listo.”

Sonreí antes de poder evitarlo.

Subí al piso dieciséis.

Theo abrió la puerta con una camiseta gris y el cabello todavía húmedo.

Mi cerebro traidor volvió a celebrar.

Él notó que lo miraba.

—¿Terminaste?

—Todavía estoy evaluando.

Por primera vez soltó una risa.

Me entregó el teléfono.

—Mi amigo pudo recuperar casi todo.

—¿Casi?

—Algunas conversaciones recientes estaban dañadas.

Encendí el aparato.

Fotos.

Correos.

Aplicaciones.

Entonces aparecieron mis álbumes.

Había cientos de fotografías de los últimos tres años.

Y en muchas estaba Evan.

Evan abrazándome.

Evan besándome en la frente.

Evan dormido en mi sofá.

Evan sosteniendo un pastel donde podía leerse:

“Feliz segundo aniversario.”

Sentí que el suelo desaparecía.

—Theo.

Él se quedó inmóvil.

—Evan era mi novio.

No fue una pregunta.

Theo bajó la mirada.

—Sí.

Me faltó el aire.

—Tres años.

—Sí.

—Y me mintió.

Theo apretó la mandíbula.

—Sí.

Me senté.

—¿Tú lo sabías?

—Todos lo sabíamos.

—¿Entonces por qué nadie me dijo nada?

—Tus médicos recomendaron no bombardearte con información emocional hasta que estuvieras estable. Pero eso no significaba que Evan pudiera inventarte una vida diferente.

Lo miré.

—¿Por qué tú tampoco me lo dijiste?

Theo tardó unos segundos.

—Porque la última conversación que tuvimos antes de tu accidente terminó contigo pidiéndome que desapareciera de tu vida.

Eso me dejó helada.

—¿Qué pasó entre nosotros?

Theo miró hacia la ventana.

—Te hice una promesa. No te obligaría a recordar algo para lo que todavía no estuvieras preparada.

—Yo quiero saberlo.

—Nora…

—Por favor.

Finalmente habló.

—Hace ocho meses descubriste que Evan te engañaba.

Mi corazón golpeó una vez, con fuerza.

—¿Con quién?

—No llegó a acostarse con ella, según él. Pero llevaba meses escribiéndose con una compañera. Mensajes, cenas escondidas, cosas que no quería que vieras.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Theo me sostuvo la mirada.

—Porque fuiste tú quien vino aquí llorando aquella noche.

El silencio se hizo enorme.

—¿Yo?

—Sí.

Theo señaló su sofá.

—Te sentaste exactamente ahí y dijiste que eras una idiota porque habías perdonado demasiadas cosas.

Una presión extraña apareció detrás de mis ojos.

No era un recuerdo completo.

Solo una sensación.

Lluvia.

Una taza caliente entre mis manos.

Una voz masculina diciendo:

“No tienes que decidir nada esta noche.”

Me llevé los dedos a la sien.

Theo se acercó.

—No fuerces nada.

—Continúa.

—Querías dejar a Evan. Pero unos días después él te pidió otra oportunidad.

—¿Se la di?

Theo asintió.

Sentí decepción hacia una versión de mí misma que ni siquiera podía recordar.

—¿Y tú?

—Te dije que si decidías quedarte con él, yo me apartaría.

—¿Por qué?

Theo sonrió sin humor.

—Porque ya estaba enamorado de ti.

Me quedé completamente quieta.

Ese fue el primer golpe que mi memoria perdida no pudo protegerme de: antes del accidente, yo ya sabía que Evan podía romperme el corazón… y Theo había sido quien recogió los pedazos.

—¿Pasó algo entre nosotros?

—No.

Theo respondió inmediatamente.

—Nunca te habría puesto en esa situación mientras estabas con él.

Eso importó más de lo que debería.

Mi teléfono vibró.

Un grupo antiguo de amigos acababa de sincronizarse.

Había decenas de mensajes.

Abrí los más recientes.

Y encontré una conversación de tres días después de mi accidente.

Evan había escrito:

“Ni se les ocurra contarle que salimos.”

Después:

“Quiero hacerlo desde cero.”

Uno de sus amigos respondió:

“Esto es enfermizo.”

Evan:

“Relájate. Va a volver conmigo.”

Otro mensaje.

“Apuesto cinco mil.”

Sentí náuseas.

Theo leyó mi expresión.

—¿Qué encontraste?

Le mostré la pantalla.

Su rostro se endureció.

—Voy a matarlo.

—No.

Me puse de pie.

—Tengo una idea mejor.

Aquella noche escribí a Evan.

“Necesito verte mañana. Creo que estoy empezando a sentir algo por ti.”

Respondió en menos de diez segundos.

“Sabía que pasaría.”

No mencioné el mensaje a Theo.

Al día siguiente Evan llegó impecablemente vestido.

Incluso había vuelto a teñirse parcialmente el cabello.

Más claro.

Casi plateado.

Tuve que contener una carcajada.

—¿Qué hiciste?

Se tocó el cabello.

—Pensé que quizá te gustaría.

—Qué curioso.

Lo invité a sentarse.

—He estado pensando en nosotros.

Sus ojos brillaron.

—Sabía que necesitabas tiempo.

—¿Alguna vez estuviste enamorado de mí?

—Claro que no.

Mintió sin pestañear.

—Todavía no.

Se inclinó hacia mí.

—Pero podría pasar.

—¿Como antes?

Su cuerpo se congeló.

Puse el teléfono sobre la mesa.

En la pantalla aparecía nuestra fotografía del segundo aniversario.

Evan palideció.

—Nora…

—Tres años.

No pudo responder.

—Vivías aquí.

Silencio.

—Dormías en mi cama.

—Puedo explicarlo.

—Me llamabas tu novia.

—Lo hice por nosotros.

Me reí.

—¿Mentirme?

—Querías dejarme antes del accidente.

Eso me sorprendió.

Evan se dio cuenta y continuó rápidamente.

—Estábamos pasando por una mala etapa. Cuando despertaste sin recordarme, pensé que era una oportunidad.

—¿Una oportunidad para qué?

—Para hacerlo bien.

—¿Por eso apostaste dinero?

Se quedó blanco.

—¿Quién te contó eso?

—Tú.

Le mostré los mensajes.

Evan se levantó.

—Fue una broma entre amigos.

—Cinco mil dólares.

—No importaba el dinero.

—Entonces paga.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

—Perdiste.

En ese momento llamaron a la puerta.

Uno por uno entraron cuatro amigos de Evan.

Los mismos del grupo.

Y detrás de ellos, Theo.

Evan me miró horrorizado.

—¿Qué significa esto?

Su amigo Marcus levantó las manos.

—Ella nos mostró los mensajes.

Otro añadió:

—Y técnicamente dijiste que apostabas a que volvería a enamorarse de ti.

Me puse junto a Theo.

—No ocurrió.

Marcus sonrió.

—Así que perdiste.

Evan miró a Theo y lo entendió.

—¿Tú?

Después me miró.

—¿Te gusta él?

—Sí.

La respuesta salió con una facilidad sorprendente.

Theo giró la cabeza hacia mí.

Yo también me sorprendí un poco.

Evan soltó una risa amarga.

—No sabes ni quién es.

—Sé que me dijo la verdad cuando tú decidiste convertirme en un experimento.

—¡Yo fui tu novio durante tres años!

—Entonces debiste comportarte como uno.

Evan perdió finalmente el control.

—¡Hice todo por ti! Cambié mi ropa, mi cabello, mis hábitos. ¡Me convertí en el hombre que querías!

Theo habló por primera vez.

—Ese fue siempre tu problema.

Evan lo miró.

—Cállate.

—Creíste que conseguirla significaba interpretar un personaje hasta que ya no pudiera marcharse.

Evan avanzó hacia él, pero Marcus se interpuso.

Yo levanté la voz.

—Se acabó.

Todos callaron.

Miré a Evan.

—Quizá aquella Nora te perdonó cosas que yo no recuerdo. Quizá te amó muchísimo.

Respiré.

—Pero tú apostaste que podías manipular a una mujer que acababa de perder tres años de su vida.

Evan bajó la voz.

—Nora, todavía puedes recuperar tus recuerdos.

—Sí.

—Y cuando lo hagas, recordarás que me amas.

Aquello me dolió.

Porque podía ser verdad.

Entonces Theo habló suavemente.

—Aunque los recuerde, seguirá teniendo derecho a elegir qué hacer con ellos.

Lo miré.

Y entendí por qué había confiado en él antes.

Evan se marchó sin despedirse.

Pagó la apuesta.

Sus amigos me enviaron el dinero.

Yo lo doné al centro de rehabilitación neurológica del hospital.

Dos meses después comenzaron a regresar fragmentos.

Evan persiguiéndome bajo la lluvia.

Nuestro primer beso.

Viajes.

Risas.

También discusiones.

Mentiras.

La noche en que descubrí aquellos mensajes.

Y finalmente recordé a Theo.

Recordé subir llorando al piso dieciséis.

Recordé quedarme dormida en su sofá.

Recordé despertar cubierta con una manta mientras él dormía sentado en el suelo para no incomodarme.

Y recordé nuestra última conversación.

—Si alguna vez estuvieras libre de verdad —me había dicho—, quizá te pediría una oportunidad.

Yo había respondido:

—Entonces tendrás que esperar.

Tres meses después del accidente, estaba con Theo en el ascensor.

Exactamente donde habíamos vuelto a encontrarnos.

Lo miré.

—Ya recuerdo el favor enorme que te hice.

Él arqueó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Cuidé a tu perro durante dos semanas.

—Pensé que sería algo más romántico.

—Tu perro era insoportable.

—Eso es mentira.

Sonreí.

Después respiré profundamente.

—También recuerdo nuestra última conversación.

Theo dejó de sonreír.

—Nora, no tienes que…

—Dijiste que esperarías.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Ninguno salió.

—Esperé —respondió.

Me acerqué un poco.

—Entonces tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Todavía puedo pedirte tu número?

Theo soltó una carcajada.

—Ya lo tienes.

—Quería hacerlo bien esta vez.

Me sostuvo la mirada.

—Entonces sí.

Salimos del ascensor juntos.

No recuperé todos mis recuerdos.

Los médicos dijeron que quizá algunos nunca regresarían.

Durante un tiempo eso me aterrorizó.

Después dejó de hacerlo.

Porque comprendí que perder mi memoria no había borrado quién era.

Olvidé a quién había amado.

Pero no olvidé qué me atraía.

Olvidé las promesas que había hecho.

Pero no olvidé qué clase de persona me hacía sentir segura.

Y, sobre todo, olvidé tres años con Evan.

Eso le hizo creer que podía escribir nuestra historia desde cero.

Se equivocó.

Porque incluso sin recordar todo el pasado, pude volver a elegir.

Y esta vez…

no lo elegí a él.

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