Sostuve el teléfono mientras escuchaba la respiración furiosa de mi madre.
—Clara, ¿me estás escuchando? ¡Sebastian está con Valeria!
Miré las puertas cerradas del ascensor.
—Lo sé.
Mi madre quedó en silencio.
—¿Lo sabes?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estás ahí abajo? ¡Sube inmediatamente!
En mi vida anterior, habría corrido.
Habría golpeado aquella puerta hasta romperme las manos.
Habría suplicado.
Habría intentado salvar mi compromiso, salvar a Sebastian, salvar a Valeria y salvar una familia que siempre esperaba que yo fuera quien cediera.
Esta vez permanecí sentada.
—No voy a subir.
—¡Es tu prometido!
—Era.
Mi madre tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Qué significa eso?
—Significa que esta vez no voy a luchar por un hombre que necesita elegir entre nosotras.
Colgué.
A las doce y diez, las puertas del ascensor se abrieron.
Sebastian salió.
Llevaba la camisa desabrochada en el cuello.
Su rostro estaba pálido.
Detrás de él apareció Valeria.
Su cabello estaba desordenado y llevaba una chaqueta masculina sobre los hombros.
La chaqueta de Sebastian.
No necesitaba preguntar nada.
Valeria me vio y se detuvo.
Después sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Clara…
Me puse de pie.
Sebastian dio un paso hacia mí.
—Déjame explicarte.
—Solo quiero saber una cosa.
Lo miré directamente.
La misma pregunta que haría después, cuando nuestros padres intentaran convertir aquello en un simple “error”.
—¿Estabas consciente cuando pasó?
Sebastian cerró los ojos.
Valeria comenzó a llorar.
—Hermana, fue culpa mía. Yo estaba desesperada y…
—No te pregunté a ti.
Sebastian abrió los ojos.
Durante veinte años de nuestra vida anterior había conocido cada una de sus expresiones.
Sabía cuándo mentía.
Cuándo estaba asustado.
Cuándo sentía culpa.
Esta vez no mintió.
—Sí.
Una sola palabra.
Veinte años desaparecieron dentro de ella.
—No la culpes —añadió.
Sonreí.
Exactamente.
Ahí estaba la respuesta que había esperado durante toda una vida.
No había sido solamente culpa.
No había sido únicamente el peso de una muerte que él nunca pudo superar.
En algún rincón de su corazón, Sebastian había querido saber qué habría ocurrido si aquella noche hubiese ido con Valeria.
Ahora lo sabía.
—Gracias.
Frunció el ceño.
—¿Gracias?
Me quité el anillo.
Lo dejé en su mano.
—Por responder con sinceridad.
Sebastian cerró los dedos alrededor del anillo.
—Clara, haber venido aquí no significa que quiera perderte.
—Pero elegiste venir.
—Porque sabía lo que ocurrió la otra vez.
—Yo también.
Lo miré fijamente.
—Y precisamente por eso te dejé elegir.
Valeria se acercó.
—Clara, podemos fingir que esto nunca ocurrió.
La miré sorprendida.
Después me reí.
—¿De verdad?
Su rostro se endureció.
—Sebastian te ama.
—Entonces quédate tranquila.
Tomé mi bolso.
—Si me ama tanto como dices, tú no tienes nada que celebrar.

Pasé junto a ellos.
Esta vez Sebastian no me siguió.
Y aquello fue la última respuesta que necesitaba.
A la mañana siguiente, nuestros padres convocaron una reunión.
Valeria estaba sentada junto a mi madre, llorando.
Sebastian permanecía frente a la ventana.
Mi padre habló primero.
—Lo ocurrido es vergonzoso, pero las familias Wolfe y Navarro ya anunciaron un matrimonio.
—Entonces celébralo.
Todos me miraron.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Señalé a Valeria.
—Ella quiere a Sebastian.
Después lo señalé a él.
—Y él tomó su decisión anoche.
Sebastian se giró.
—Clara, no.
—¿No?
—No voy a casarme con Valeria.
Entonces Valeria dejó de llorar.
—¿Qué?
Sebastian apretó los puños.
—Lo de anoche fue un error.
Aquellas palabras hicieron que mi hermana palideciera.
—¿Un error?
Se levantó.
—¡Tú dijiste que en la otra vida cargaste con mi muerte durante veinte años!
El salón quedó completamente en silencio.
Mi madre dejó caer la taza.
Yo observé a Sebastian.
Así que habían hablado.
Valeria también sabía la verdad.
—¿Otra vida? —preguntó mi padre.
Nadie respondió.
Valeria comenzó a reír mientras lloraba.
—Qué gracioso.
Me señaló.
—Incluso después de renacer, tú sigues ganando.
Negué lentamente.
—No estoy compitiendo contigo.
—¡Siempre has competido conmigo!
—No, Valeria.
Me acerqué.
—Tú convertiste toda nuestra vida en una competencia.
Miré a mis padres.
—Y ustedes la dejaron hacerlo.
Mi madre abrió la boca.
—Ella siempre fue más frágil.
—Y por eso yo siempre tenía que ceder.
Silencio.
—Mis juguetes. Mis cumpleaños. Mis oportunidades. Incluso mi prometido.
Tomé mi abrigo.
—Pues esta vez les concedo el deseo.
Valeria miró inmediatamente a Sebastian.
Nuestros padres también.
Las dos familias necesitaban salvar el escándalo.
Y tres meses después, Sebastian Wolfe se casó con Valeria Navarro.
Yo no asistí.
Compré un boleto y me fui del país.
Durante tres años vi desde lejos la vida que Valeria tanto había deseado.
Las fotografías.
Los desayunos.
Los regalos.
Las manos entrelazadas.
Luego apareció el ácido fólico.
“Preparándonos para un bebé.”
Le di “me gusta”.
Y cerré la aplicación.
Pensé que aquello era el final.
Hasta que una tarde recibí una llamada de mi madre.
—Clara…
Su voz sonaba extraña.
—Sebastian y Valeria se están divorciando.
No sentí alegría.
Solo pregunté:
—¿Por qué?
Mi madre tardó demasiado en responder.
—Porque Sebastian descubrió algo sobre tu vida anterior.
Mis dedos se quedaron inmóviles sobre la taza.
—¿Qué cosa?
—Tu hijo.
El corazón me dio un golpe.
Mi madre comenzó a llorar.
—Clara, el niño que tuviste con Sebastian… no te odiaba porque tú hubieras hecho infeliz a su padre.
Me puse de pie.
—¿Entonces por qué?
—Porque Valeria dejó una carta antes de morir.
Sentí frío.
—¿Qué decía?
La respuesta llegó desde otra voz.
Una voz masculina detrás de mi madre.
—Decía que tú viste su mensaje y decidiste borrarlo para impedir que yo pudiera salvarla.
Sebastian.
Había tomado el teléfono.
—Nuestro hijo encontró esa carta años después —continuó—. Por eso te culpaba. Y yo nunca supe que existía.
Cerré los ojos.
De pronto entendí aquella mirada llena de desprecio de mi hijo.
Valeria había conseguido perseguirme incluso después de muerta.
Pero Sebastian todavía no había terminado.
—Clara, encontré la carta original.
Abrí los ojos.
—¿Qué?
Su respiración tembló.
—Y no coincide con la que nuestro hijo encontró.
Mi mano comenzó a temblar.
—Sebastian…
—Alguien falsificó aquella carta años después de la muerte de Valeria.
El mundo quedó completamente en silencio.
Entonces escuché su última frase.
—Y Clara…
Hizo una pausa.
—La letra de la persona que la falsificó es exactamente igual a la de nuestra madre.