PARTE 2: LA BODA QUE YA NO ERA SUYA

Mi padre no hizo más preguntas.

Solo dijo:

—Entendido. Vuelve a casa.

Colgué.

Durante años había pensado que cancelar aquella boda sería lo más doloroso que podría hacer.

En realidad, lo más doloroso ya había ocurrido.

Yo simplemente estaba dejando de participar.

Regresé a la habitación del hospital y fingí dormir.

Una hora después, Lu Jingchen entró.

Se sentó junto a mi cama y me acomodó cuidadosamente la manta.

—Wanyi.

Abrí los ojos lentamente.

—¿Terminaste de hablar con tus amigos?

—Sí.

Me acarició el cabello.

—¿Te duele la cabeza?

—Un poco.

Su expresión se volvió inmediatamente preocupada.

—Entonces no pienses demasiado.

Casi me reí.

Claro.

Eso era exactamente lo que necesitaba de mí.

Que no pensara.

—Jingchen —susurré—, ¿me amas?

Su mano se detuvo.

Solo un instante.

Después sonrió.

—¿Qué clase de pregunta es esa?

—Respóndeme.

Se inclinó y besó mi frente.

—Por supuesto.

Lo miré.

—Entonces nuestra boda será perfecta, ¿verdad?

—Perfecta.

Mentía con tanta naturalidad que por fin comprendí algo.

No había sido yo quien había fallado al distinguir verdad de mentira.

Era él quien llevaba demasiado tiempo practicando cómo mentirme mientras me miraba a los ojos.

Dos días después recibí el alta.

Lu Jingchen insistió en llevarme personalmente a casa.

En el automóvil habló durante todo el trayecto sobre la boda.

Las flores.

Los invitados.

Los anillos.

Yo asentía.

Mientras tanto, mi abogado enviaba los documentos para cancelar los contratos.

Mi padre recuperaba el control del recinto.

Mi madre ordenaba retirar el vestido de novia.

Y mi pasaporte ya estaba dentro de una maleta.

La boda sería el sábado.

Mi vuelo salía el viernes por la noche.

Lu Jingchen no sospechó nada.

Hasta el jueves.

Esa tarde apareció en mi casa con una caja de terciopelo.

—Tengo algo para ti.

La abrió.

Dentro había un collar de diamantes.

Lo reconocí.

No porque él me lo hubiera regalado.

Porque había visto una fotografía de Su Mannin llevándolo tres semanas antes.

Ella había publicado la imagen y después la eliminó.

—¿Te gusta? —preguntó.

Toqué una de las piedras.

—Mucho.

—Lo escogí especialmente para ti.

Lo miré.

—¿Especialmente?

—Sí.

Otra mentira.

—Entonces lo usaré en la boda.

Por primera vez, una sombra de incomodidad pasó por sus ojos.

—Quizá no combine con tu vestido.

—No importa.

Sonreí.

—Si viene de ti, quiero llevarlo.

Lu Jingchen permaneció callado.

Después cerró la caja.

—Buscaré algo mejor.

Ahí confirmé lo que sospechaba.

Ni siquiera quería que yo usara en mi propia boda una joya que primero había pertenecido a Su Mannin.

Él no estaba compartiendo recuerdos conmigo.

Me estaba entregando sobras.

Aquella noche hice algo que jamás había hecho.

Entré en su estudio mientras se duchaba.

No buscaba pruebas de una infidelidad.

Ya tenía suficientes.

Buscaba documentos relacionados con mi tratamiento.

Y los encontré.

Facturas.

Autorizaciones.

Informes del médico.

Sesiones privadas de hipnosis pagadas por una empresa perteneciente a Lu Jingchen.

Pero había algo peor.

Un correo.

“Paciente muestra resistencia creciente. Recomiendo aumentar la dosis antes de las sesiones.”

Debajo estaba la respuesta de Jingchen.

“Hazlo. Necesito que llegue estable a la boda.”

Sentí que se me helaban las manos.

No se trataba solo de engañarme.

Habían estado administrándome medicamentos para volverme más vulnerable a las sesiones.

Tomé fotografías de todo.

Cuando Lu Jingchen salió del baño, yo estaba sentada en el sofá.

—¿Qué haces despierta?

—Esperándote.

Se acercó.

—¿Me extrañabas?

Lo miré.

Durante un segundo pensé en enseñarle las fotografías.

En preguntarle cómo había podido hacerme aquello.

Pero ya no necesitaba respuestas.

—Sí —mentí.

Él sonrió.

Y por primera vez, mentirle no me produjo culpa.

Al día siguiente, Su Mannin apareció.

No en mi casa.

En el lugar de la boda.

Mi padre me llamó desde Francia.

—Wanyi, alguien intentó entrar al recinto con el equipo de Lu Jingchen.

—¿Quién?

—Una mujer llamada Su Mannin.

Cerré los ojos.

Así que era cierto.

Jingchen realmente pretendía darle mi ceremonia.

—Déjala entrar —dije.

Mi padre guardó silencio.

—¿Estás segura?

—Sí.

—¿Por qué?

Miré la carpeta con las pruebas médicas.

—Porque quiero saber hasta dónde piensan llegar.

Una hora después recibí fotografías.

Su Mannin probándose el velo.

Su Mannin caminando por el jardín.

Su Mannin posando frente al altar que mi padre había construido para mí.

Y finalmente…

Su Mannin usando mi vestido.

Mi madre me llamó furiosa.

—Voy a sacarla personalmente de ahí.

—No.

—¡Wanyi!

—Mamá, por favor. Déjala.

—Ese vestido fue hecho para ti.

—Ya no.

Mi voz no tembló.

—Que se lo quede.

Esa noche Lu Jingchen llegó a verme.

Parecía nervioso.

—Mañana tengo que ocuparme de unas cosas antes de la ceremonia.

—Está bien.

—Quizá llegue un poco tarde.

—No pasa nada.

Me tomó la mano.

—Wanyi, después de mañana todo será diferente.

—Sí.

Sonreí.

—Todo será diferente.

No comprendió lo que quería decir.

A las nueve de la noche subí al avión.

A las nueve y veinte, apagué el teléfono.

A las diez, mi abogado envió oficialmente la cancelación del matrimonio.

A las diez y cinco, mi padre cerró legalmente el recinto.

A las diez y siete, seguridad recibió la orden de sacar a todos los invitados no autorizados.

Incluida Su Mannin.

Y a las diez y treinta, Lu Jingchen descubrió que yo ya no estaba en Haicheng.

Mi teléfono tenía más de cien llamadas cuando aterricé en París.

El primer mensaje decía:

“Wanyi, ¿dónde estás?”

Después:

“Contesta.”

“¿Qué significa cancelar la boda?”

“¿Quién te dijo algo?”

“Voy a explicarlo.”

Y finalmente:

“Regresa. Te lo ordeno.”

Leí aquella última frase.

Después lo bloqueé.

Pensé que aquello sería suficiente.

Me equivocaba.

Tres días después, Lu Jingchen apareció en Francia.

Mi padre no lo dejó entrar en nuestra propiedad.

Jingchen permaneció fuera durante horas.

Finalmente salí.

—Wanyi.

Dio un paso hacia mí.

—Escúchame.

—Habla.

Pareció sorprendido de que accediera tan fácilmente.

—Mannin y yo…

—Ya sé.

Se quedó inmóvil.

—¿Qué sabes?

Saqué mi teléfono.

Reproduje la grabación que había hecho desde el pasillo del hospital.

Su propia voz llenó el aire.

“Ella nunca perdió la memoria.”

El rostro de Jingchen se volvió blanco.

Después escuchamos:

“Con unas cuantas sesiones más de hipnosis, ella misma terminará creyendo que esos recuerdos de haber sido amada le pertenecen.”

Detuve el audio.

—¿Necesitas que siga?

—Wanyi…

—¿También quieres explicarme por qué autorizaste que aumentaran mi medicación?

Su expresión cambió por completo.

—Encontraste esos documentos.

—Sí.

—Yo solo quería evitar que volvieras a descontrolarte.

Aquella frase terminó de destruir cualquier duda que me quedara.

—¿Descontrolarme?

—Después de lo que pasó con el arma…

—Después de encontrarte con otra mujer.

—Fue un error.

—No.

Negué lentamente.

—Un error ocurre una vez. Tú construiste un sistema entero para ocultarlo.

Se acercó.

—Yo iba a casarme contigo.

—Mientras Su Mannin usaba mi vestido.

No respondió.

—Mientras recorría mi altar.

Silencio.

—Mientras tú implantabas en mi cabeza recuerdos que eran de ella.

Lu Jingchen apretó la mandíbula.

—Le debía una boda.

Solté una carcajada incrédula.

—¿Y a mí qué me debías?

Eso lo dejó sin palabras.

—¿Fidelidad?

Di un paso hacia él.

—¿Respeto?

Otro.

—¿El derecho a saber qué medicamentos estaban poniendo en mi cuerpo?

Jingchen palideció.

—No quería hacerte daño.

—Entonces eres todavía peor de lo que pensaba.

—¿Por qué?

—Porque significa que hiciste todo esto convencido de que tenías derecho.

Ese fue el momento en que Lu Jingchen dejó de intentar justificarlo.

Por primera vez pareció comprender que no existía una explicación capaz de salvarlo.

Pero todavía faltaba una verdad.

Saqué otra carpeta.

—El médico que dirigía mis sesiones fue denunciado ayer.

Jingchen levantó la cabeza.

—¿Qué hiciste?

—Lo que tú debiste hacer desde el principio.

Mi familia había contratado especialistas independientes.

Los registros médicos demostraban irregularidades graves.

Las sesiones no cumplían los protocolos adecuados.

Y la medicación había sido administrada sin que yo comprendiera completamente su propósito.

El hospital abrió una investigación.

El médico fue suspendido.

Pero eso no fue lo único.

Mi padre también presentó una demanda contra las compañías utilizadas por Lu Jingchen para pagar aquellos tratamientos.

El escándalo llegó a Haicheng en menos de una semana.

La imagen del heredero enamorado se derrumbó.

Sus amigos intentaron decir que todo había sido una broma.

Entonces aparecieron los audios.

Después los documentos.

Finalmente, algunos de ellos comenzaron a culparse mutuamente.

Su Mannin habló con la prensa para protegerse.

Y ahí llegó el último giro.

Ella afirmó que Lu Jingchen también le había mentido a ella.

Le había prometido que después de casarse conmigo encontraría la forma de divorciarse discretamente.

Le había dicho que nuestra boda solo era necesaria para mantener la alianza entre nuestras familias.

Mientras a mí me juraba amor eterno, a ella le prometía que yo era únicamente una obligación.

Cuando Jingchen leyó sus declaraciones, me llamó desde otro número.

Contesté una última vez.

—Wanyi.

Su voz estaba rota.

—Mannin mintió.

—Quizá.

—Nunca pensé divorciarme de ti.

—Eso no mejora nada.

—Yo quería tenerlas a ambas en mi vida.

Cerré los ojos.

Finalmente.

La verdad.

—Lo sé.

—Pero te elegí a ti para ser mi esposa.

—No era un premio.

Silencio.

—Yo no quería ganar contra ella, Jingchen.

Respiré.

—Quería un hombre que no me obligara a competir.

Colgué.

Nunca volvimos a hablar.

Meses después, la investigación médica terminó.

El hospital reconoció fallos graves en mi tratamiento.

Mi familia obtuvo una compensación y yo comencé terapia con especialistas que no intentaban decirme qué debía recordar.

Algunos recuerdos reales regresaron.

Otros nunca lo hicieron.

Aprendí a vivir con eso.

También aprendí algo mucho más importante:

No necesitaba reconstruir cada segundo de mi pasado para saber quién me había traicionado.

Un año después regresé a Haicheng por negocios.

Pasé frente al lugar donde debía celebrarse mi boda.

Mi padre lo había transformado.

Ya no era un recinto matrimonial.

Ahora era una fundación cultural administrada por mi familia.

Caminé por el jardín.

El mismo jardín donde Su Mannin había probado mi velo.

No sentí rabia.

Solo distancia.

Una amiga me preguntó:

—¿Nunca te arrepentiste de cancelar la boda sin enfrentarlo primero?

Negué.

—Ya lo había enfrentado demasiadas veces sin saberlo.

Ella no entendió.

Yo sí.

Durante meses, Lu Jingchen había tomado los recuerdos de otra mujer y los había colocado en mi cabeza para convencerme de que había sido amada.

Pero cometió un error.

Creyó que si podía controlar mi memoria también podría controlar mi decisión.

No pudo.

Porque incluso cuando dudaba de mis recuerdos, todavía podía confiar en mi dignidad.

Él consiguió que confundiera viajes.

Joyas.

Abrazos.

Promesas.

Pero hubo algo que ninguna hipnosis logró cambiar.

Cuando finalmente conocí la verdad…

ya no quise casarme con él.

Y aquella terminó siendo la única memoria que jamás permitiría que nadie volviera a modificar.

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