PARTE 2: LA CAÍDA DE ADRIÁN MONTES.

A las siete y doce de la mañana, el abogado de Elena dejó de hacer preguntas.

—Entendido. Convocaré una reunión extraordinaria del consejo.

—Para hoy.

—Elena, normalmente necesitamos varios días.

—Entonces no será una reunión normal.

Hubo un breve silencio.

—¿Y el divorcio?

—Preséntalo también.

Elena colgó y abrió la vieja caja fuerte.

Durante años había permitido que Adrián creyera que la quiebra de su familia la había dejado sin nada. Era más sencillo soportar su condescendencia que explicar una estructura financiera creada por su padre mucho antes de la crisis.

El fondo no podía vender sus participaciones sin su autorización.

Y su mayor activo era precisamente el cuarenta y ocho por ciento de Montes Global.

Adrián jamás se había preguntado quién estaba detrás de aquellas sociedades.

A las ocho y media, el teléfono de Elena comenzó a llenarse de mensajes.

ADRIÁN: ¿DÓNDE ESTÁS?

ADRIÁN: TENEMOS QUE HABLAR.

ADRIÁN: NO CONVIERTAS UN ERROR EN UN ESCÁNDALO.

Elena leyó el último dos veces.

Un error.

Así llamaba a meses de mentiras.

A hoteles.

A regalos.

A Camila.

Y al anillo de bodas que Elena había extraído aquella noche.

Apagó la pantalla.

A las diez recibió una llamada de su abogado.

—Encontramos algo.

—Habla.

—Los pagos a Camila no procedían únicamente de la cuenta de representación.

Elena se incorporó.

—¿De dónde salían?

—Consultorías externas, campañas que nunca se realizaron y reembolsos de viajes inexistentes.

—¿Cuánto?

El abogado guardó silencio unos segundos.

—Más de ochocientos mil dólares en dieciocho meses.

Elena cerró los ojos.

Aquello ya no era solo una infidelidad.

—Quiero una auditoría completa.

—Ya está en marcha.

—Y no avises a Adrián.

—Creo que ya es demasiado tarde.

Elena abrió los ojos.

—¿Por qué?

—Alguien del consejo le informó de la reunión.

Como si hubiese estado esperando aquellas palabras, su teléfono comenzó a sonar.

ADRIÁN MONTES.

Contestó.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él sin saludar.

—Buenos días.

—¡Convocaste al consejo!

—Sí.

—¡No tienes autoridad para hacerlo!

Elena contempló los documentos extendidos sobre la mesa.

—Eso tendrás que discutirlo con los estatutos.

Silencio.

Después Adrián soltó una risa seca.

—Elena, escúchame. Estás alterada por lo de anoche.

—Estoy bastante tranquila.

—Camila fue un error.

—¿De ochocientos mil dólares?

Esta vez no hubo respuesta.

Elena supo inmediatamente que había acertado.

—¿Quién te habló de eso?

—Nos vemos en la reunión.

Colgó.

A las once y cuarenta, Elena entró en la sede de Montes Global.

Hacía casi un año que no pisaba aquel edificio.

Adrián siempre encontraba una excusa para mantenerla lejos.

“Te aburrirías.”

“Son asuntos empresariales.”

“Dedícate al hospital.”

Ahora entendía por qué.

Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta ejecutiva, encontró a Adrián esperándola.

Camila estaba detrás de él.

Elena se detuvo.

—Qué curioso.

Miró a la joven.

—Anoche necesitaba atención médica. Hoy ya puede asistir a reuniones corporativas.

Camila bajó la mirada.

Adrián avanzó.

—Basta.

—Estoy de acuerdo.

Elena caminó hacia la sala de juntas.

Adrián la siguió.

—Retira la solicitud de auditoría.

Ella continuó andando.

—No.

—Puedes quedarte con la casa.

Elena se detuvo.

Lo miró lentamente.

—¿Perdón?

—La casa, el apartamento de la playa y una compensación. Firmamos un acuerdo privado y evitamos destruirnos públicamente.

Elena casi sintió lástima.

Adrián todavía creía que estaba negociando desde una posición de poder.

—No quiero tu casa.

—Entonces dime cuánto.

—No puedes comprarme.

Su rostro se endureció.

—No olvides quién eras cuando te conocí.

Ahí estaba otra vez.

La deuda.

La mujer arruinada.

La divorciada que debía agradecer haber sido elegida.

Elena se acercó hasta quedar frente a él.

—Eso es precisamente lo que acabo de recordar.

Abrió la puerta de la sala.

Doce personas estaban sentadas alrededor de la mesa.

El presidente del consejo se levantó.

—Doctora Valdés.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué hace ella aquí? Esto es una reunión de accionistas.

El presidente lo miró.

—Precisamente.

Elena ocupó una silla.

Adrián permaneció de pie.

—Explíquense.

El abogado de Elena colocó una carpeta sobre la mesa.

—La doctora Valdés representa al Fondo Valdés Capital.

Adrián soltó una pequeña carcajada.

Después dejó de hacerlo.

Conocía ese nombre.

Todo empresario importante lo conocía.

—No.

Miró a Elena.

—Eso pertenecía a tu padre.

—Me pertenece a mí.

El abogado continuó.

—Y las sociedades controladas por el fondo poseen actualmente el cuarenta y ocho por ciento de Montes Global.

El rostro de Adrián perdió completamente el color.

Camila lo miró confundida.

—Me dijiste que Elena no tenía nada.

Nadie respondió.

El presidente abrió la reunión.

Durante los siguientes cuarenta minutos, la vida empresarial de Adrián comenzó a desmontarse documento por documento.

Facturas falsas.

Viajes personales registrados como reuniones.

Regalos para Camila pagados mediante proveedores.

Transferencias sin justificar.

Elena escuchó en silencio.

Hasta que apareció una cifra que no esperaba.

Tres millones cuatrocientos mil dólares.

—¿Qué es eso? —preguntó.

El auditor respiró profundamente.

—Fondos transferidos durante los últimos dos años a una empresa llamada CR Consulting.

Elena miró a Camila.

—¿CR?

La joven palideció.

—Camila Rivas —respondió el auditor.

Adrián golpeó la mesa.

—¡Esto es absurdo!

—Siéntate —ordenó el presidente.

—¡Yo fundé esta compañía!

—Y quizá utilizaste dinero de sus accionistas para financiar una relación personal.

Adrián miró a Elena.

—¡Tú estás haciendo esto por venganza!

Ella sostuvo su mirada.

—Anoche quería divorciarme de un infiel.

Señaló los documentos.

—Esta mañana descubrí que también debo proteger una empresa.

El consejo votó.

Siete manos se levantaron.

Después una octava.

Adrián Montes quedó suspendido inmediatamente como director ejecutivo mientras continuaba la investigación.

Durante unos segundos nadie habló.

Camila comenzó a retroceder hacia la puerta.

Adrián la vio.

—¿Adónde vas?

Ella no respondió.

—Camila.

La joven apretó su bolso.

—Me dijiste que todo estaba bajo control.

—Lo está.

—Acabas de perder tu puesto.

Aquella frase pareció herirlo más que la votación.

Camila salió.

Adrián quiso seguirla, pero el abogado bloqueó su camino.

—Todavía no hemos terminado.

—¿Qué más quieren?

Elena se puso de pie.

—Yo sí terminé.

Dejó los documentos del divorcio delante de él.

—Firma.

Adrián los miró.

Por primera vez no parecía poderoso.

Parecía un hombre observando cómo todo aquello que consideraba suyo desaparecía al mismo tiempo.

Entonces el auditor recibió un correo.

Lo abrió.

Su expresión cambió.

—Doctora Valdés, hay algo más.

Elena se detuvo.

—¿Qué encontraron?

El auditor giró lentamente la computadora hacia ella.

—Revisamos CR Consulting.

En la pantalla aparecía el registro legal de la empresa.

Camila Rivas figuraba como administradora.

Pero había un segundo nombre asociado a las cuentas.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Conocía aquel nombre.

Lo había llevado años atrás.

Era el nombre de su primer esposo.

Y debajo aparecía una transferencia realizada apenas tres días antes.

DOS MILLONES DE DÓLARES, AUTORIZADOS PERSONALMENTE POR ADRIÁN MONTES.

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