Reproduje el audio tres veces.
No porque no lo entendiera.
Porque una parte de mí seguía buscando otra explicación.
“Cuando nazca la niña, todo será más fácil.”
Miré a Olivia dormida sobre mi pecho.
Mi hija tenía poco más de un día de vida y ya aparecía, de alguna manera, dentro de un plan que Gabriel y Marlene habían preparado meses antes.
Llamé a Megan.
—¿Tienes el archivo original?
—Sí.
—No se lo envíes a nadie más.
—Camila… Gabriel vino a mi casa ayer.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Qué quería?
—El video. Dijo que era un asunto privado y que podía causarte problemas si lo malinterpretabas.
Claro.
Siempre era yo quien “malinterpretaba”.
—¿Lo borraste?
—No.
Cerré los ojos.
—Gracias.
Después llamé a Daniel Ortega, un abogado que había trabajado años atrás con mi madre.
Le expliqué lo imprescindible.
No tardó ni veinte minutos en llegar al hospital.
Extendimos la carpeta verde sobre una pequeña mesa mientras Olivia dormía en su cuna.
Daniel revisó el poder notarial.
Su expresión cambió.
—¿Reconoces esta firma?
—Se parece a la mía.
—No te pregunté eso.
Lo miré.
—Yo no firmé este documento.
Pasó a la siguiente página.
—Según esto, otorgaste a Gabriel facultades para actuar en tu nombre respecto a determinadas participaciones y garantías financieras.
—¿Qué participaciones?
Daniel señaló otro documento.
Entonces recordé algo que había olvidado durante años.
Cuando Gabriel y yo nos casamos, mi padre ya había muerto. Me había dejado una participación minoritaria en dos terrenos que, posteriormente, Foster Residential Group incorporó a varios proyectos.
Yo nunca administré esos activos.
Gabriel decía que se encargaba de todo.
—¿Cuánto valen? —pregunté.
Daniel permaneció en silencio.
—Daniel.
—Hoy, probablemente varios millones.
Sentí náuseas.
De repente, alguien llamó a la puerta.
Era una enfermera.
—Señora Reyes, hay un hombre preguntando por usted.
No necesité preguntar quién.
Gabriel apareció detrás de ella con flores.
Flores.
Después de tres días.
Después de perder el nacimiento de su hija.
—Camila.
Daniel cerró inmediatamente la carpeta.
Gabriel lo vio.
—¿Quién es él?
—Mi abogado.
Su rostro perdió el color.
—¿Tu abogado?
—Sí.
Miró hacia la cuna.
Por un instante pareció emocionarse.
—¿Esa es…?
Me puse de pie.
—No te acerques.
Gabriel se quedó inmóvil.
—Es mi hija.
—Y tu madre golpeó su vientre una semana antes de que naciera mientras tú le pedías disculpas a ella.
—Camila, vine a arreglar las cosas.
Daniel intervino.
—Entonces debería empezar consiguiendo representación legal.
Gabriel lo miró.
—Esto no tiene nada que ver con usted.
—Ahora sí.
La mandíbula de Gabriel se tensó.
—Quiero hablar con mi esposa a solas.
—No.
Mi respuesta fue inmediata.
Gabriel respiró profundamente.
—Tu madre te está llenando la cabeza.
Casi me reí.
—¿También obligó a Megan a grabarte?
El silencio fue instantáneo.
Gabriel me miró fijamente.
Ahí supe que el video era importante.
—No sé de qué hablas.
—Cuatro meses atrás. Nuestra antigua casa. Tú, Marlene y un hombre con un maletín.
Gabriel no respondió.
—¿Quién era?
—Un asesor.
—¿Qué asesor?
—Camila, acabas de dar a luz. No deberías estar preocupándote por asuntos empresariales.
Daniel levantó lentamente la mirada.
Yo sentí una calma extraña.
—Eso mismo esperabas, ¿verdad?
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Que estuviera cansada. Embarazada. Ocupada con Olivia. Que no revisara nada.
—Estás sacando conclusiones.
Saqué el teléfono.
Reproduje el audio.
La voz de Gabriel llenó la habitación.
“Cuando nazca la niña, todo será más fácil. Camila nunca revisa estas cosas.”
Gabriel palideció.
Después escuchamos a Marlene:
“Entonces asegúrate de que firme antes de que vuelva a hablar con su madre.”
Cuando terminó, nadie habló.
Gabriel miró la puerta.
Luego la carpeta.
—Dame esos documentos.
Daniel se levantó.
—Le recomiendo que se marche.
—Son documentos de mi empresa.
—Algunos llevan la firma de mi clienta.
—Mi esposa.
—Mi clienta —repitió Daniel.
Gabriel me miró.
La máscara finalmente cayó.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Entonces explícamelo.
—No aquí.
—Aquí.
—Camila…
—¿Falsificaste mi firma?
—No.
—¿Tu madre?
—No.
—¿Quién?
No respondió.
Daniel tomó el poder notarial.
—Podemos averiguarlo.
Gabriel se quedó completamente quieto.
Eso fue suficiente.

Se marchó sin mirar otra vez a Olivia.
Dos horas después, Daniel hizo varias llamadas.
A las cinco de la tarde regresó con una expresión que no me gustó.
—Encontré al notario cuyo sello aparece aquí.
—¿Y?
—Afirma que tú firmaste delante de él.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
—Entonces está mintiendo.
—O alguien se presentó como tú.
Sentí un escalofrío.
Daniel colocó una copia de otro documento sobre la mesa.
—Hay algo peor.
El poder no era el único documento.
Existían garantías sobre préstamos, autorizaciones y una modificación societaria.
Todas con mi nombre.
Todas realizadas durante los últimos meses.
—¿Qué intentaban hacer?
Daniel señaló una cláusula.
—Si interpreto correctamente la estructura, estaban trasladando deuda de Foster Residential Group hacia entidades respaldadas parcialmente por activos vinculados contigo.
Lo miré horrorizada.
—¿Me estaban dejando sus deudas?
—Eso parece.
—¿Y por qué esperar al nacimiento de Olivia?
Daniel negó con la cabeza.
—Eso todavía no lo entiendo.
Mi teléfono vibró.
Megan.
“Gabriel volvió.”
Después llegó otro mensaje.
“Está con Marlene.”
Y otro.
“Están buscando algo.”
La llamé inmediatamente.
—No salgas de tu casa.
—Camila, están dentro de tu antigua propiedad.
—¿Cómo entraron?
—Gabriel todavía tiene llave.
Daniel ya estaba guardando los documentos.
Entonces Megan susurró:
—Espera.
—¿Qué ocurre?
—El hombre del maletín acaba de llegar.
Me incorporé.
—¿Puedes grabar?
—Ya estoy grabando.
Durante varios segundos solo escuchamos ruido.
Después Megan dijo:
—Camila…
Su voz temblaba.
—¿Qué?
—Marlene acaba de sacar una caja de tu casa.
—¿Qué caja?
—No lo sé. Gabriel está discutiendo con ella.
Se escuchó una voz lejana.
Megan acercó el teléfono.
Primero habló Gabriel.
—Debiste destruirlo cuando todavía estaba embarazada.
Después Marlene:
—¡Cállate! Si Camila encuentra el original, estamos acabados.
Miré a Daniel.
Él ya estaba llamando a alguien.
Entonces apareció la tercera voz.
La del hombre desconocido.
—No importa lo que tenga Camila —dijo—. Mientras no descubra qué firmó Teresa, todavía podemos controlar esto.
Mi corazón se detuvo.
Teresa.
Mi madre.
Me levanté tan rápido que la silla cayó detrás de mí.
—Daniel…
Él también había escuchado.
—¿Por qué están hablando de mi madre?
Megan dejó escapar un pequeño jadeo.
—Camila, espera.
—¿Qué pasa?
—La caja se abrió.
Silencio.
—¿Qué hay dentro?
Megan tardó varios segundos en responder.
Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro.
—Hay documentos… y arriba de todos hay uno con el nombre de Olivia.
Miré a mi hija recién nacida.
Y por primera vez comprendí que aquella conspiración no había empezado conmigo.
Ni siquiera había terminado con mi madre.
Habían estado esperando a que Olivia naciera.