PARTE 2: LA MUJER QUE ETHAN NUNCA CONOCIÓ.

A la mañana siguiente desperté en el apartamento de mi mejor amiga, Valeria, después de haber dormido apenas tres horas.

Mi teléfono tenía diecisiete llamadas perdidas.

Catorce eran de Ethan.

Dos de su madre.

La última pertenecía a un número desconocido.

No devolví ninguna.

A las ocho y cuarto llegó un mensaje de Ethan.

—Mi madre viene a las diez. Tenemos que hablar antes. No hagas una escena.

Casi sonreí.

Después de tres años de matrimonio, todavía pensaba que podía darme órdenes.

Valeria apareció en la cocina con dos cafés.

—¿Estás segura de que quieres volver allí?

—Completamente.

—Sofía, puedes mandar un abogado.

—Podría.

Tomé el café.

—Pero quiero ver su cara cuando entienda lo que perdió.

A las nueve y cincuenta, un automóvil negro se detuvo frente al edificio.

No era un taxi.

Adrian Cole bajó del asiento trasero.

Lo había visto en fotografías suficientes veces para reconocerlo: presidente del Grupo Cole, uno de los conglomerados editoriales y audiovisuales más poderosos del país.

Y ahora estaba esperando por mí.

—Señora Miller.

—Sofía está bien.

Me tendió la mano.

—Gracias por aceptar verme.

—Todavía no he aceptado nada.

Adrian sonrió.

—Por eso estoy aquí.

Durante el trayecto me explicó su propuesta.

El Grupo Cole quería adquirir los derechos audiovisuales de mis novelas y convertir mi serie sobre matrimonios rotos en una producción internacional.

La cifra inicial me hizo guardar silencio.

Veinticinco millones de dólares, además de regalías y control creativo.

—Hay una condición —dije.

—Dígame.

—Mi identidad continúa siendo privada hasta que yo decida lo contrario.

Adrian me observó unos segundos.

—Hecho.

Cuando llegamos al edificio de Ethan, encontré otro automóvil estacionado frente a la entrada.

Reconocí inmediatamente a la mujer que bajaba de él.

Margaret Ward.

Mi suegra.

Una mujer capaz de detectar una mentira antes de que terminaras de pronunciarla.

—Sofía.

Me abrazó.

Después miró a Adrian.

—¿Y este caballero?

—Mi representante para un asunto profesional.

Adrian no corrigió la descripción.

Subimos juntos.

Ethan abrió la puerta.

Al verme acompañada, su expresión cambió.

—¿Qué significa esto?

—Buenos días para ti también.

Margaret entró primero.

No necesitó treinta segundos.

Sobre una silla estaba el bolso de Clara.

En la cocina había dos tazas.

Y desde el dormitorio llegó una voz femenina.

—Ethan, ¿dónde pusiste mi…?

Clara apareció.

Se quedó paralizada.

Margaret la miró de arriba abajo.

—¿Clara?

—Señora Ward…

—¿Qué haces aquí a esta hora?

Ethan intervino rápidamente.

—Mamá, puedo explicarlo.

—Perfecto.

Margaret dejó su bolso sobre la mesa.

—Explícalo.

Nadie habló.

Entonces sus ojos se detuvieron en el collar de Clara.

Su rostro cambió.

—Ese collar…

Clara se llevó una mano al cuello.

Margaret miró a su hijo.

—Me dijiste que era un regalo para Sofía.

Ethan palideció.

Yo permanecí junto a la puerta.

No necesitaba defenderme.

Las mentiras estaban haciendo el trabajo por mí.

—Mamá, las cosas entre Sofía y yo llevan meses mal.

Margaret giró hacia mí.

—¿Es cierto?

—No lo sabía hasta que descubrí que su hijo pagaba hoteles, joyas y citas médicas para Clara con nuestra cuenta conjunta.

—¡Sofía! —gritó Ethan.

Margaret levantó una mano.

—Déjala terminar.

Clara comenzó a llorar.

—Nos enamoramos. No queríamos hacer daño a nadie.

La miré.

—Entonces quizá debieron esperar al divorcio antes de utilizar mi dormitorio.

El rostro de Margaret se endureció.

Ethan caminó hacia mí.

—¿Viniste para humillarme?

—Vine porque tienes que firmar.

Saqué otra copia de los documentos.

Él ni siquiera los miró.

—No pienso firmar.

—Anoche sí querías hablar.

—Porque anoche creía que estabas actuando por despecho.

Sus ojos se dirigieron hacia Adrian.

—Ahora veo que probablemente ya tenías a otro.

Adrian dio un paso adelante, pero levanté una mano para detenerlo.

—No necesito que me defiendas.

Miré a Ethan.

—Adrian está aquí por negocios.

Ethan soltó una carcajada.

—¿Negocios contigo?

Aquella risa me recordó por qué había ocultado mi carrera.

Durante años Ethan había tratado mi trabajo editorial como un pasatiempo.

Cuando yo escribía de madrugada, decía que perdía el tiempo.

Cuando viajaba para reunirme secretamente con mi agente, se burlaba de mi “pequeño trabajo”.

Nunca sintió curiosidad suficiente para descubrir la verdad.

Adrian sacó una carpeta.

—Señor Ward, estoy aquí representando al Grupo Cole en una negociación con la señora Miller.

Ethan miró la carpeta.

—¿Qué negociación?

—Eso no te concierne —respondí.

Pero Clara ya había visto el logotipo.

—Espera.

Sus ojos se abrieron.

—¿Grupo Cole? ¿El estudio que compró los derechos de Después del último adiós?

Adrian la miró.

—Entre otros.

Clara volvió lentamente los ojos hacia mí.

—¿Qué tienes que ver tú con esos libros?

Silencio.

Entonces mi teléfono vibró.

Mi agente había enviadoado una captura de pantalla.

Las regalías acumuladas acababan de superar los diez millones de dólares.

Ethan alcanzó a ver la cifra.

—¿Diez millones?

Intentó tomar el teléfono.

Lo aparté.

—¿De dónde salió ese dinero?

No respondí.

Adrian sí.

—De sus libros.

El silencio fue absoluto.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué libros?

Adrian pareció comprender de repente que mi esposo realmente no sabía nada.

—Sofía es la autora que publica bajo el seudónimo de La Voz de las Esposas.

Margaret se sentó lentamente.

Clara dejó caer su taza.

Ethan simplemente me miró.

—No.

—Sí.

—Eso es imposible.

—Has vivido conmigo tres años, Ethan.

Lo miré fijamente.

—Y nunca te molestaste en conocerme.

Su expresión cambió cuando empezó a comprender las cifras.

Millones de ejemplares.

Regalías.

Contratos.

Y ahora una posible adaptación internacional.

Entonces miró los documentos del divorcio.

Algo diferente apareció en sus ojos.

No arrepentimiento.

Codicia.

—Ese dinero lo ganaste mientras estábamos casados.

Ahí estaba.

Ni una disculpa.

Ni una explicación.

Dinero.

Sonreí por primera vez.

—Estaba esperando que dijeras eso.

Saqué un segundo sobre.

Ethan dejó de respirar.

—¿Qué es?

—El acuerdo prenupcial que insististe en que firmáramos porque estabas convencido de que algún día yo intentaría quedarme con tu empresa.

Margaret cerró los ojos.

Recordaba perfectamente aquella discusión.

Ethan tomó el documento.

Buscó la cláusula.

Y la encontró.

Toda propiedad intelectual creada individualmente, así como sus regalías futuras, permanecería como patrimonio exclusivo de su autor.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esto…

—Lo redactó tu abogado.

Clara retrocedió un paso.

Por primera vez comprendió que el hombre por quien había apostado todo quizá no era el hombre rico que imaginaba.

Entonces Adrian recibió una llamada.

Escuchó unos segundos.

Su expresión se volvió seria.

—Sofía, tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

Me mostró su teléfono.

Una página de noticias acababa de publicar un artículo.

Había una fotografía mía saliendo del edificio aquella mañana.

El titular decía:

“REVELADA LA IDENTIDAD DE LA VOZ DE LAS ESPOSAS: SU PROPIO MATRIMONIO TERMINA EN ESCÁNDALO.”

Sentí un escalofrío.

Mi identidad había permanecido protegida durante siete años.

Solo cinco personas conocían la verdad.

Miré a Ethan.

Él parecía tan sorprendido como yo.

Entonces escuchamos un sonido detrás.

Clara estaba guardando rápidamente su teléfono.

—Clara.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Dame tu teléfono.

—No tienes derecho.

Margaret se puso de pie.

—Clara, ¿qué hiciste?

La joven retrocedió.

En ese instante, el teléfono de Adrian vibró otra vez.

Leyó el nuevo mensaje y su rostro perdió toda expresión.

—Sofía…

—¿Qué ocurre?

Levantó la pantalla hacia mí.

Alguien no solo había revelado mi identidad.

También había enviado a la prensa fotografías privadas, documentos financieros y una copia completa de mi manuscrito todavía inédito.

Y debajo del correo filtrado aparecía el nombre de la persona que había enviado los archivos.

ETHAN WARD.

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