PARTE 2: LA TRAICIÓN TENÍA UN PRECIO

Lucas seguía mirando el informe.

Toda la arrogancia había desaparecido de su rostro.

—¿Estás completamente segura?

Guardé los documentos.

—Soy médica, Lucas. No voy a discutir información clínica contigo. Lo único que necesitas saber es que debes consultar a un profesional y seguir sus indicaciones.

—Pero yo…

—Eso ya no me corresponde.

Abrí la puerta.

Lucas me agarró del brazo.

—Espera.

Me solté inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme.

—¿Vas a dejarme aquí después de decirme algo así?

Lo miré.

—Hace cinco minutos estabas disfrutando mientras intentabas destruirme contándome que me habías engañado con la misma mujer que arruinó mi primer matrimonio.

Su rostro se tensó.

—Estaba enfadado.

—No.

Negué lentamente.

—Estabas siendo cruel.

Bajé del automóvil.

Lucas también salió.

—¡Elena!

Me detuve.

—¿Qué?

—Lo hice una vez.

Casi me hizo gracia.

Ryan había utilizado exactamente la misma frase años atrás.

—Qué curioso.

—¿Qué?

—Los hombres que me engañan siempre creen que el número de veces cambia la traición.

Lucas palideció.

—Podemos arreglarlo.

—No quiero arreglarlo.

—¡Soy tu esposo!

—Esta noche te esforzaste mucho en demostrarme lo contrario.

Tomé un taxi.

Y me fui.


A la mañana siguiente Lucas había llamado cuarenta y dos veces.

No contesté.

A las ocho apareció en el hospital.

—Necesito hablar contigo.

—Yo estoy trabajando.

—Ya fui a hacerme las pruebas.

Lo miré.

Estaba asustado.

Pero seguía sin entender nada.

—Bien. Sigue las instrucciones de tus médicos.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—¡Soy tu marido!

Dejé el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Quieres saber qué es lo que más me duele?

Lucas guardó silencio.

—No que hayas estado con Chloe.

—Entonces…

—Que conocías mi historia.

Mi voz se quebró apenas.

—Me viste reconstruirme después de Ryan. Sabías lo que aquellas imágenes me hicieron. Sabías cuánto tardé en volver a confiar.

Lo miré directamente.

—Y aun así elegiste exactamente a la misma persona para hacerme daño.

Lucas bajó los ojos.

—Quería provocarte.

—Lo conseguiste.

Saqué un sobre del cajón.

—Estos son los datos de mi abogado.

Su cabeza se levantó.

—No.

—Sí.

—Elena, espera.

—Ya esperé demasiado en mi primer matrimonio. No repetiré el error.


Chloe apareció esa misma tarde.

No venía sonriendo.

Parecía agotada.

—Supongo que Lucas te lo contó.

—No tenemos nada que hablar sobre tu información médica.

—No vine por eso.

Dejó su teléfono sobre mi escritorio.

—Vine porque Lucas te mintió.

Sentí cansancio.

—¿Ahora qué?

—No ocurrió el mes pasado.

La miré.

—¿Qué?

—Empezó hace casi un año.

Mi estómago se cerró.

Chloe abrió una conversación.

Mensajes.

Fotografías de restaurantes.

Reservas.

Transferencias.

Meses enteros.

—¿Por qué me enseñas esto?

—Porque pensé que él te dejaría.

Solté una risa amarga.

—Otra vez.

Chloe frunció el ceño.

—¿Qué?

—Ya hiciste esto con Ryan.

—Elena…

—Dos matrimonios.

Me levanté.

—Y en ambos decidiste que mi esposo era una opción disponible.

Ella bajó la mirada.

—Lo siento.

—No necesito que lo sientas.

—Entonces ¿qué quieres?

—Que salgas de mi vida.

Por primera vez Chloe no discutió.

Recogió el teléfono.

Antes de marcharse se volvió.

—Hay algo más.

Cerré los ojos.

—Dilo.

—Lucas no empezó a acercarse a mí porque estuviera enamorado.

—Ya no me interesa por qué.

—Debería.

Sacó una captura.

Era una conversación entre Lucas y Ryan.

Mi primer esposo.

Fecha: once meses atrás.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Ellos se conocen?

—Mucho más de lo que te dijeron.

Leí el primer mensaje.

Ryan:

“¿Todavía sigue fingiendo que no le importa nada?”

Lucas:

“Sí.”

Ryan:

“Entonces utiliza a Chloe. Funcionó conmigo.”

Se me helaron las manos.

Seguí leyendo.

Habían hablado de mí.

De mi divorcio.

De mis inseguridades.

De cosas que yo solo le había contado a Lucas durante los primeros años de nuestro matrimonio.

Mi intimidad convertida en conversación entre dos hombres que habían prometido quererme.

El último mensaje de Lucas decía:

“Quiero comprobar cuánto tarda en romperse.”

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Ya no sentía tristeza.

Solo claridad.

—Envíamelo todo.

Chloe obedeció.


El divorcio comenzó esa misma semana.

Lucas intentó disculparse.

Después intentó culpar a Ryan.

Después a Chloe.

Finalmente intentó culparme a mí.

Dijo que trabajaba demasiado.

Que era distante.

Que él se sentía ignorado.

Mi abogado me preguntó si quería responder.

—No.

Porque había entendido algo.

No necesitaba convencer a Lucas de que me había hecho daño para tener derecho a marcharme.

Meses después, el divorcio quedó resuelto.

Bloqueé a Ryan.

Bloqueé a Chloe.

Y cuando Lucas me escribió por última vez:

“Perdí todo por una estupidez.”

Respondí una sola vez.

“No. Me perdiste cuando decidiste que hacerme sufrir era una forma de entretenimiento.”

Después bloqueé también su número.

Aquella noche regresé sola del hospital.

Hacía frío.

Compré mi propio café.

Puse Chopin en el automóvil.

Y mientras conducía comprendí algo que habría querido saber durante mi primer divorcio:

Que alguien te traicione dos veces no significa que estés condenada a vivir la misma historia.

A veces la segunda vez solo sirve para enseñarte a reconocer el final mucho antes.

Y esta vez, cuando llegó el momento de elegir entre salvar otro matrimonio o salvar mi tranquilidad, no dudé.

Me elegí a mí.

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