PARTE 2: LA VERDAD QUE ALEXANDER OCULTÓ DURANTE DIEZ AÑOS.

El segundo disparo destrozó otra ventana.

Alexander me empujó al suelo y volcó la mesa de mármol frente a nosotros.

—¡No te levantes!

—¿Quiénes son?

—Después.

—¡Me están buscando a mí!

Alexander sacó su teléfono.

La pantalla estaba muerta.

Sin señal.

Sin internet.

—Han bloqueado las comunicaciones.

Su tono cambió por completo.

Ya no era el hombre arrogante de las portadas.

Era alguien que llevaba años esperando aquella noche.

Desde el corredor llegaron pasos apresurados.

Alexander apuntó hacia la puerta.

Yo contuve la respiración.

Entonces apareció Marcus, jefe de seguridad de la familia Vaughn.

—Señor, han entrado por el ala oeste. Al menos seis hombres.

—¿El garaje?

—Comprometido.

—¿La salida subterránea?

—Todavía segura.

Alexander me levantó.

—Nos vamos.

—No pienso moverme hasta que me digas qué está pasando.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Claire, dentro de esta casa hay hombres dispuestos a matarte. Puedes odiarme mañana.

Su voz se quebró apenas.

—Pero tienes que sobrevivir esta noche.

Aquellas palabras me hicieron obedecer.

Atravesamos la biblioteca.

Alexander retiró un cuadro y colocó la mano sobre un lector oculto.

Una sección de la pared se abrió.

Detrás había una escalera.

Lo miré incrédula.

—¿Desde cuándo existe esto?

—Desde antes de nuestra boda.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

—Porque cuanto menos supieras, más segura estabas.

Bajamos.

Mi respiración comenzó a fallar.

El dolor volvió a atravesarme el costado.

Me detuve.

Alexander se giró inmediatamente.

—Claire.

—Puedo caminar.

Intenté continuar.

Mis piernas cedieron.

Me sostuvo antes de que tocara el suelo.

Sin pedirme permiso, me tomó en brazos.

—Bájame.

—Puedes discutir conmigo cuando estemos fuera.

—Te odio.

—Perfecto.

Siguió descendiendo.

—Sigue odiándome.

Apoyé involuntariamente la cabeza contra su pecho.

Su corazón golpeaba con violencia.

Alexander tenía miedo.

No por su compañía.

No por su fortuna.

Por mí.

Llegamos a una habitación subterránea protegida por una puerta de acero.

Marcus permaneció afuera.

—Quince minutos —dijo—. Después los trasladamos.

Alexander cerró la puerta.

Entonces me dejó cuidadosamente sobre un sofá.

—Ahora habla.

—Primero necesito saber si estás bien.

—Me quedan tres meses. Define “bien”.

Cerró los ojos un instante.

La frase le dolió.

No me arrepentí.

—¿Quién quiere matarme?

Alexander caminó hasta una caja fuerte.

Sacó una carpeta negra.

La arrojó sobre la mesa.

—¿Recuerdas la noche en que murió Daniel?

Mi hermano.

El nombre todavía tenía poder para abrir heridas.

—Claro que la recuerdo.

Daniel había muerto diez años atrás.

La policía concluyó que conducía borracho y perdió el control.

Pero Alexander estaba allí.

Y yo había encontrado pruebas de que había ordenado borrar grabaciones de seguridad.

Desde entonces creí que él había encubierto la muerte de mi hermano.

Aquello se convirtió en mi seguro.

Mi cadena.

Mi razón para conservar suficiente control sobre Vaughn Holdings como para destruirlo si alguna vez intentaba abandonarme.

—Tú eliminaste las grabaciones —dije.

—Sí.

—Entonces ¿qué quieres explicarme?

Alexander abrió la carpeta.

Había fotografías.

Estados bancarios.

Nombres.

Fechas.

Y una imagen de Daniel hablando con tres hombres que reconocí inmediatamente.

Mi sangre se heló.

Eran ejecutivos de Vaughn Holdings.

—Daniel descubrió que estaban desviando dinero mediante empresas fantasma —explicó Alexander—. Cientos de millones.

Pasé las páginas.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

—Porque también descubrió quién dirigía la operación.

Llegué a la última fotografía.

Me quedé paralizada.

Conocía aquel rostro.

—No.

—Claire.

—No.

Era mi padre.

Richard Beaumont.

El hombre que había llorado frente al ataúd de Daniel.

El hombre que durante años me había repetido que Alexander era responsable.

—Mi padre jamás…

—Tu padre utilizaba mi compañía para lavar dinero. Daniel quiso denunciarlo.

Sentí náuseas.

—Estás mintiendo.

—Ojalá.

Alexander colocó frente a mí una memoria USB.

—Daniel me llamó aquella noche. Cuando llegué, el accidente ya había ocurrido. Tu padre tenía gente dentro de la policía. Si entregaba las grabaciones, desaparecerían y tú serías la siguiente.

—¿Por qué yo?

—Porque Daniel te había enviado una copia de los archivos.

Lo miré.

—Nunca recibí nada.

—Eso creíamos.

Alexander señaló mi pecho.

—Hasta hace seis meses.

El frío recorrió mi espalda.

—¿Qué ocurrió hace seis meses?

—Tu padre descubrió que Daniel había escondido una segunda copia.

—¿Dónde?

Alexander no respondió.

Entonces lo comprendí.

—Creen que la tengo yo.

—Sí.

Me puse de pie demasiado rápido.

El mareo regresó.

—¿Y las mujeres?

Su expresión se endureció.

—Cuando tu padre comenzó a sospechar que yo te protegía, necesitaba convencerlo de que nuestro matrimonio era una guerra. Cada escándalo, cada fotografía, cada mujer…

—Era una actuación.

—Sí.

Sentí diez años derrumbándose dentro de mí.

Diez años de celos.

De odio.

De noches llorando sola.

—Podrías habérmelo dicho.

—Y convertirte en cómplice.

—¡Ya era tu esposa!

—Precisamente.

Me acerqué y lo golpeé en el pecho.

—¡Me hiciste creer que me despreciabas!

No se defendió.

Volví a golpearlo.

—¡Desperdiciamos diez años!

Esta vez atrapó mis muñecas.

—Porque prefería que me odiaras viva antes que enterrarte junto a Daniel.

El silencio cayó entre nosotros.

Mis ojos ardieron.

—¿Alguna vez me amaste?

Alexander dejó de respirar.

Su respuesta llegó casi inaudible.

—Nunca dejé de hacerlo.

Las lágrimas finalmente cayeron.

Entonces un estruendo sacudió el techo.

Marcus golpeó la puerta.

—¡Tenemos que salir ahora!

Alexander abrió.

—¿Qué pasó?

—Encontraron el túnel.

Nos movimos hacia la salida secundaria.

Pero apenas avancé unos metros, una punzada brutal me obligó a detenerme.

Caí de rodillas.

—Claire.

Alexander corrió hacia mí.

Mi nariz volvió a sangrar.

Esta vez mucho más.

—Necesita un hospital —dijo Marcus.

—No —respondí—. Ellos estarán esperando.

Alexander me levantó.

—Conozco un lugar.

—¿Dónde?

—Una clínica privada.

Marcus palideció.

—Señor Vaughn, eso queda fuera del perímetro seguro.

—No tenemos alternativa.

Horas después llegamos a un pequeño centro médico protegido bajo otro nombre.

Un especialista me examinó mientras Alexander esperaba detrás del cristal.

Después de revisar mis estudios, el médico pidió nuevos análisis.

Una hora más tarde entró en la habitación.

Su expresión era extraña.

—Señora Vaughn, necesito hacerle una pregunta.

—Adelante.

—¿Quién diagnosticó su enfermedad?

—El doctor Halpern. Mi oncólogo.

El médico miró a Alexander.

Después volvió hacia mí.

—Hay algo que no coincide.

Sentí que mi corazón se detenía.

—¿Qué cosa?

Colocó dos informes sobre la mesa.

—Sus análisis actuales no corresponden con los informes que usted recibió.

Alexander se acercó.

—Explíquese.

El médico respiró profundamente.

—Necesito repetir varias pruebas antes de afirmarlo con certeza, pero…

Señaló los resultados.

—No encuentro evidencia de que la señora Vaughn tenga el tumor que aparece en estos documentos.

No pude hablar.

Alexander tomó el informe.

—¿Está diciendo que Claire no se está muriendo?

—Estoy diciendo que alguien necesita explicarnos por qué sus antiguos análisis muestran una enfermedad que ahora no podemos encontrar.

Entonces la puerta se abrió.

Marcus entró con el rostro pálido.

Llevaba una bolsa transparente.

Dentro había uno de mis frascos de medicamentos.

—Encontramos al doctor Halpern —dijo.

Alexander se volvió.

—¿Dónde?

Marcus tragó saliva.

—Intentaba abandonar el país.

Después dejó la bolsa sobre la mesa.

—Y estas pastillas no son para tratar cáncer.

Miré el frasco que había tomado cada mañana durante meses.

—Entonces… ¿qué he estado tomando?

Marcus no respondió.

Alexander sí comprendió.

Su rostro se transformó.

—Claire.

Lo miré.

—Alguien no estaba esperando que murieras por una enfermedad.

Apretó el frasco entre los dedos.

—Alguien llevaba meses intentando que pareciera que estabas muriendo de una.

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