PARTE 2: LOS 1.800 MILLONES NUNCA FUERON SUYOS.

Miré a mi madre.

—¿Qué quieres decir?

Ella siguió observando la lluvia detrás de la ventanilla.

—Tu padre podía decidir quién heredaría sus bienes.

Hizo una pausa.

El problema es que primero tendrán que demostrar cuáles eran realmente sus bienes.

No entendí.

Pero mi madre no explicó nada más.

Llegamos al viejo apartamento poco después.

Era pequeño, estaba cubierto de polvo y llevaba años desocupado.

Yo pensaba que aquella noche mi madre lloraría.

Después de veintitrés años de matrimonio, había visto a su esposo reconocer públicamente a otra mujer y entregar a esa mujer una fortuna gigantesca.

Pero mamá hizo algo completamente diferente.

Preparó té.

Encendió su vieja computadora.

Y abrió una carpeta.

Dentro había cientos de documentos.

Contratos.

Transferencias.

Registros de accionistas.

Préstamos.

Escrituras.

Me acerqué lentamente.

—¿Qué es todo esto?

—Quince años de contabilidad.

Entonces recordé algo.

Durante quince años, las finanzas del Grupo Lu habían pasado por las manos de mi madre.

Ella conocía cada yuan que había entrado.

Y cada yuan que había salido.

—Tu padre cometió un error —dijo.

—¿Cuál?

Mi madre tomó un sorbo de té.

—Pensó que administrar el dinero era lo mismo que ser dueño del dinero.

Dos días después, Qian Fanghua llegó al banco vestida como si ya fuera la reina de un imperio.

Lu Jinghang iba con ella.

También estaba el abogado Zhou.

Según su propia versión, solo faltaban algunas firmas para que los principales depósitos e inversiones de mi padre fueran transferidos.

Qian Fanghua entregó los documentos.

—Vengo a realizar la transferencia correspondiente a la herencia de Lu Chengyuan.

El empleado revisó el certificado de defunción.

Después el testamento.

Luego escribió algo en su computadora.

Pasaron cinco minutos.

Diez.

La sonrisa de Qian Fanghua comenzó a desaparecer.

—¿Existe algún problema?

El empleado llamó al supervisor.

Él revisó nuevamente los documentos.

Finalmente levantó la cabeza.

—Señora Qian, el testamento es válido.

Ella sonrió otra vez.

—Entonces proceda.

El supervisor negó.

No podemos transferirle estos activos.

—¿Qué?

—Las cuentas están sujetas a una disputa sobre titularidad y existen restricciones registradas previamente.

Qian Fanghua se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

El abogado Zhou intervino.

—¿Qué clase de restricciones?

El supervisor giró la pantalla.

—Una parte importante de los fondos está vinculada a obligaciones contractuales y participaciones cuya titularidad no corresponde exclusivamente al señor Lu.

Qian Fanghua palideció.

—Pero el testamento dice 1.800 millones.

—Un testamento puede transferir los bienes que pertenecían legalmente al fallecido.

El supervisor cerró la carpeta.

No puede convertir en propiedad del fallecido aquello que nunca fue exclusivamente suyo.

Según me contó después el abogado de mi madre, Qian Fanghua tuvo que sentarse.

Pero aquello apenas era el comienzo.

Esa misma mañana, Lu Jinghang llegó al Grupo de Construcción Lu para ocupar el cargo que mi padre le había prometido.

Encontró una reunión extraordinaria del consejo.

—Soy el nuevo vicegerente general —anunció.

Nadie se levantó.

El presidente temporal deslizó un documento hacia él.

—No.

Jinghang frunció el ceño.

—Está en el testamento.

—Su padre podía expresar ese deseo.

El hombre entrelazó las manos.

—Pero los cargos ejecutivos requieren aprobación del consejo.

—Mi padre controlaba la compañía.

El presidente negó lentamente.

Su padre dirigía la compañía. No la controlaba.

Aquella diferencia terminó de destruir la seguridad de Jinghang.

Porque la estructura accionarial del Grupo Lu era mucho más complicada de lo que él y su madre habían imaginado.

Décadas atrás, cuando la empresa estaba a punto de quebrar, alguien había aportado el capital que permitió mantenerla viva.

No fue mi padre.

Fue mi abuelo materno.

El dinero había sido entregado mediante una sociedad de inversión.

Y años después, cuando mi abuelo murió, aquella participación pasó a su única hija.

Mi madre.

Su Yaqing.

Durante años, ella permitió que mi padre apareciera como el rostro del Grupo Lu.

Nunca necesitó corregir a quienes lo llamaban dueño.

Pero una cosa era la reputación pública y otra muy distinta el registro de accionistas.

Aquella tarde regresé al apartamento y encontré a mi madre cocinando.

—Mamá.

Me faltaba el aire.

—¿Tú eres accionista del Grupo Lu?

—Sí.

—¿Cuánto?

Ella apagó el fuego.

—Lo suficiente.

—¿Cuánto es “lo suficiente”?

Me miró.

—El cuarenta y nueve por ciento directamente.

Casi dejé caer el teléfono.

—¿Y papá?

—Tenía el treinta y uno.

Entonces comprendí.

Los famosos 1.800 millones incluían una valoración inflada basada en propiedades corporativas, inversiones compartidas y activos que mi padre trataba públicamente como si fueran personales.

Pero legalmente no todos lo eran.

—¿Por qué firmaste entonces?

Mi madre sonrió.

—Porque el documento decía que renunciaba a reclamar los bienes personales de Lu Chengyuan.

Se secó las manos.

—Nunca decía que renunciaba a los míos.

El timbre sonó.

Qian Fanghua estaba detrás de la puerta.

Había perdido toda aquella elegancia triunfal del hospital.

—¡Su Yaqing!

Mi madre abrió.

—¿Qué ocurre?

—¡Tú hiciste esto!

—¿Hice qué?

—¡Bloqueaste la herencia!

Mi madre negó.

—Yo no bloqueé nada.

—¡Mentirosa!

Qian Fanghua sacó el testamento.

—¡Chengyuan me dejó todo!

Mi madre lo miró.

—Entonces toma todo lo que era suyo.

La voz de Qian Fanghua tembló.

—¡Son 1.800 millones!

—No.

Mi madre finalmente dejó de sonreír.

—Eso era lo que él quería que tú creyeras que poseía.

Qian Fanghua quedó muda.

Pero entonces mi madre hizo algo que tampoco yo esperaba.

Sacó otro documento.

—Ya que viniste, ahórrame el viaje.

Se lo entregó.

Era una notificación para una auditoría extraordinaria.

—¿Auditoría?

—Durante los últimos nueve años, Chengyuan retiró dinero del grupo mediante varias empresas proveedoras.

El rostro de Qian Fanghua se puso blanco.

—No sé nada de eso.

—Espero que sea cierto.

Mamá señaló una página.

—Porque tres de esas empresas aparecen vinculadas a tu nombre.

Qian Fanghua comenzó a temblar.

—Él las creó.

—Entonces tendrás oportunidad de explicarlo.

—¡Yo no manejaba esas compañías!

—Perfecto.

Mi madre cerró la puerta.

Tres semanas después, la situación era completamente diferente.

Los activos que legalmente pertenecían a mi padre fueron procesados conforme al testamento.

Mi madre no intentó arrebatárselos.

Pero eran muchísimo menos de lo que Qian Fanghua esperaba.

Además, varias operaciones financieras quedaron sometidas a revisión.

Lu Jinghang tampoco consiguió el puesto ejecutivo que creía haber heredado.

Y mi madre regresó al Grupo Lu.

No como la esposa abandonada de Lu Chengyuan.

Sino como una de sus principales accionistas.

El día de la junta extraordinaria, fui con ella.

Qian Fanghua también apareció.

—Su Yaqing.

Mi madre se detuvo.

—Ganaste.

Mamá negó.

—Todavía sigues sin entender.

—¿Entender qué?

—Nunca competí contigo.

Qian Fanghua apretó los dientes.

—Él me eligió a mí.

Mi madre guardó silencio unos segundos.

Después respondió:

—Sí.

Y sonrió.

Por eso pude marcharme tan tranquila.

Tomó mi mano y entramos a la sala.

Antes de cerrar la puerta, mi madre añadió:

—Tú querías al hombre que aparentaba poseer 1.800 millones.

—Ahora tienes exactamente lo que él decidió dejarte.

Qian Fanghua palideció.

Mi madre no volvió a mirarla.

Aquel día comprendí finalmente por qué no había llorado en el hospital.

Mi padre creyó que su última decisión humillaría a la mujer que había estado a su lado durante veintitrés años.

Creyó que podía expulsarla sin nada.

Pero cometió el mismo error que había cometido durante todo su matrimonio.

Confundió el silencio de mi madre con debilidad.

Ella no salió de aquella familia con las manos vacías.

Salió con su dignidad, con aquello que siempre había sido legalmente suyo y, sobre todo, sin un hombre que llevaba años traicionándola.

Qian Fanghua recibió la herencia que correspondía conforme al testamento.

Pero nunca recibió el imperio que imaginaba.

Porque mi padre podía regalar todo lo que realmente poseía.

Lo único que no podía dejarle en herencia era aquello que jamás le había pertenecido.

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