PARTE 2: CUANDO DESCUBRIÓ POR QUÉ ME MARCHABA.

Ethan se quedó mirándome como si acabara de escuchar una frase en otro idioma.

Vanessa también perdió la sonrisa.

—¿Qué acabas de decir? —preguntó él.

Recogí mi bolso.

—Has oído perfectamente.

Ethan se interpuso entre la puerta y yo.

—Has dicho “cuando muera”.

—Era una forma de hablar.

—No.

Su voz cambió.

Ya no sonaba arrogante.

Sonaba asustado.

—Tú nunca hablas así.

Vanessa se levantó del sofá y se ajustó mi bata alrededor del cuerpo.

—Ethan, está intentando manipularte. ¿No lo ves?

La miré.

—Quítate mi bata.

Parpadeó.

—¿Perdón?

—Puedes quedarte con mi marido. Pero mi ropa todavía no está incluida en el divorcio.

Vanessa enrojeció.

Ethan ni siquiera la miró.

Sus ojos seguían clavados en mí.

—¿Dónde estabas esta mañana?

—No es asunto tuyo.

—Te llamé diecisiete veces.

—Y entendí las diecisiete.

Intenté rodearlo.

Me sujetó de la muñeca.

—Claire.

—Suéltame.

—Primero dime qué está pasando.

Cinco años atrás habría interpretado aquella preocupación como amor.

Ahora solo estaba cansada.

—Lo que está pasando es que quiero divorciarme.

—¡Eso ya lo sé!

Su grito hizo que Vanessa retrocediera.

Ethan respiró profundamente.

—Quiero saber por qué.

Miré hacia el sofá.

—¿De verdad necesitas que te lo explique mientras tu amante lleva puesta mi ropa?

Por fin miró a Vanessa.

—Vete.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué?

—He dicho que te vayas.

—Ethan…

—Ahora.

Vanessa me lanzó una mirada llena de odio.

Entró al dormitorio, regresó vestida unos minutos después y salió dando un portazo.

Cuando nos quedamos solos, Ethan señaló los documentos.

—Ahora habla.

—Firma.

—No voy a firmar nada hasta saber qué ocultas.

Solté una pequeña risa.

—Qué curioso. Tú puedes acostarte con otras mujeres, desaparecer noches enteras y mentirme durante años. Pero soy yo quien debe darte explicaciones.

—No cambies de tema.

—Precisamente estoy terminando el tema.

Me dirigí hacia el dormitorio.

Ethan me siguió.

Mi maleta seguía junto a la cama.

Cuando la vio, su expresión cambió.

—¿Ya habías preparado esto?

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

Abrió el armario.

La mitad de mis cosas había desaparecido.

Entonces comprendió que aquello no era otra de nuestras amenazas vacías.

Esta vez realmente pensaba marcharme.

—¿Hay otro hombre?

Casi sonreí.

—Por supuesto.

—Contéstame.

—No, Ethan. No hay nadie.

—Entonces ¿qué demonios ocurrió de repente?

Quise responder.

Pero un dolor profundo atravesó mi abdomen.

Me apoyé en el borde de la cómoda.

Ethan se acercó inmediatamente.

—¿Claire?

—Estoy bien.

—Estás pálida.

—Estoy cansada.

—Siéntate.

Aparté su mano.

—No necesito que me cuides.

—Deja de ser obstinada por cinco minutos.

Aquello casi me hizo reír.

La obstinación había sido precisamente lo que me mantuvo a su lado durante años.

Y ahora sería lo que me permitiría abandonarlo.

Tomé la maleta.

—Mañana recogeré lo que falta.

Ethan volvió a bloquear la puerta.

—No vas a ninguna parte.

Levanté la mirada.

—Apártate.

—No.

—No tienes derecho a retenerme.

—Entonces llama a la policía.

Lo dijo con aquella vieja expresión desafiante que tantas discusiones había provocado entre nosotros.

Pero esta vez no tenía fuerzas para luchar.

—Está bien.

Dejé la maleta.

—Me quedaré esta noche. Tú te vas.

—Esta es también mi casa.

—Entonces duerme con Vanessa.

Eso lo silenció.

Finalmente salió del dormitorio.

Minutos después escuché cerrarse la puerta principal.

Esperé.

Después me desplomé sobre la cama.

Y por primera vez desde que recibí el diagnóstico, lloré.

No porque Ethan me hubiera engañado.

Eso ya no podía sorprenderme.

Lloré porque una parte absurda de mí todavía deseaba correr detrás de él.

Todavía recordaba al muchacho que me había esperado bajo la lluvia durante cuatro horas en nuestra primera cita.

Recordaba nuestras noches comiendo comida barata sobre cajas de mudanza.

Recordaba cuando perdió a su padre y durmió abrazado a mí durante semanas.

No todo había sido malo.

Ese era precisamente el problema.

Los amores que destruyen no siempre son horribles.

A veces tienen momentos tan hermosos que uno pasa años utilizándolos para justificar todo lo demás.

Me limpié las lágrimas.

Entonces sentí algo húmedo bajo la nariz.

Sangre.

Fui rápidamente al baño.

Cuando conseguí detenerla, miré mi reflejo.

Estaba más delgada.

Más pálida.

Y tremendamente cansada.

Ya no podía desperdiciar el tiempo que me quedaba intentando salvar un matrimonio que nunca había sabido salvarme a mí.

A la mañana siguiente fui directamente al despacho de mi abogado.

Firmé todo.

Renuncié a discutir por la casa.

Por los coches.

Por las inversiones.

Solo pedí lo que legalmente me correspondía y que Ethan no pudiera tomar decisiones médicas por mí una vez terminado el divorcio.

Mi abogado levantó la vista.

—Claire, esta última cláusula es bastante específica.

—La necesito.

—¿Existe alguna razón médica que deba conocer?

Guardé silencio.

Él entendió que no quería responder.

—Haré que la incluyan.

Cuando salí del edificio, mi teléfono vibró.

Ethan.

Lo ignoré.

Volvió a llamar.

Después otra vez.

Finalmente llegó un mensaje.

«Estoy en el hospital.»

Me detuve.

Un segundo mensaje apareció.

«Sé que estuviste aquí ayer.»

Sentí un escalofrío.

Luego llegó el tercero.

«Claire, dime qué médico te atendió.»

Apagué el teléfono.

Aquella tarde me instalé temporalmente en casa de mi hermana.

Durante dos días Ethan llamó sin descanso.

No contesté.

Al tercero dejó de hacerlo.

Pensé que finalmente había aceptado mi decisión.

Me equivocaba.

A las siete de la tarde alguien llamó a la puerta.

Mi hermana fue a abrir.

Escuché una discusión en el pasillo.

Después apareció Ethan.

Tenía el cabello desordenado y llevaba la misma camisa del día anterior.

En una mano sostenía un sobre.

Mi sobre.

El informe que creía haber guardado dentro del bolso.

Sentí que las piernas dejaban de responderme.

—¿De dónde sacaste eso?

Ethan no contestó.

Sus ojos estaban rojos.

Levantó lentamente las hojas.

—Cáncer.

La palabra salió de su boca convertida en un susurro.

—Ethan…

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Devuélvemelo.

—¿DESDE CUÁNDO?

Mi hermana apareció detrás de él.

—No le grites.

—Por favor —dije—. Déjanos solos.

Cuando se marchó, Ethan cerró la puerta.

Durante varios segundos ninguno habló.

Después él dejó caer los documentos sobre la mesa.

—Por eso quieres divorciarte.

—Quiero divorciarme porque nuestro matrimonio está roto.

—Mentira.

—Me engañaste.

—Y tú siempre luchabas.

Aquellas palabras me atravesaron.

Ethan se acercó.

—Siempre gritabas. Siempre amenazabas con marcharte. Siempre hacías alguna locura para obligarme a volver.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—¿Por qué ahora simplemente te rindes?

Lo miré durante mucho tiempo.

—Porque antes creía que teníamos toda la vida para arreglarnos.

El rostro de Ethan se quebró.

—¿Y ahora?

Respiré lentamente.

—Ahora sé que quizá yo no la tenga.

Se cubrió la boca con una mano.

Nunca lo había visto llorar así.

Pero ya era demasiado tarde.

—Firma el divorcio, Ethan.

Negó inmediatamente.

—No.

—Firma.

—No voy a hacerlo.

—No puedes obligarme a seguir siendo tu esposa.

—Entonces demándame.

—Lo haré.

—Hazlo.

Lo miré incrédula.

Él se acercó hasta quedar frente a mí.

—Puedes odiarme. Puedes quitarme todo. Puedes impedir que vuelva a verte cuando esto termine.

Su voz tembló.

—Pero mientras exista una posibilidad de que sobrevivas, no voy a dejarte enfrentarte a esto sola.

—Vanessa…

—Se acabó.

Cerré los ojos.

—No la abandones por lástima hacia mí.

—No es lástima.

—Entonces es culpa. Y tampoco la quiero.

Ethan estaba a punto de responder cuando mi teléfono sonó.

Era el hospital.

Contesté.

—¿Sí?

La voz de mi oncólogo llegó desde el otro extremo.

Escuché en silencio.

Mi corazón empezó a golpear con fuerza.

—¿Está seguro?

Ethan me observaba.

—Entiendo.

Colgué.

—¿Qué pasa? —preguntó.

No respondí.

—Claire.

Miré el informe sobre la mesa.

Las probabilidades que me habían explicado días atrás acababan de cambiar.

Habían encontrado algo en los estudios complementarios.

Algo que necesitaban confirmar inmediatamente.

Tomé mi abrigo.

—Tengo que volver al hospital.

—Voy contigo.

—No.

—Claire…

Abrí la puerta.

Entonces repetí exactamente las palabras que acababa de escuchar por teléfono.

—Han encontrado otra masa, Ethan. Y creen que el cáncer podría haberse extendido.

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