PARTE 2: CUANDO ÉL LLEGÓ A LONDRES, YA ERA DEMASIADO TARDE.

La sala de juntas quedó en silencio.

Frente a mí había tres carpetas.

Una pertenecía a NordTech.

Otra al Grupo Shengheng.

La tercera llevaba el nombre del bufete de Nathan.

Abrí esta última.

—Quiero saber exactamente qué información recibió Shengheng durante los últimos tres años.

El director Hayes intercambió una mirada con Claire.

—Victoria, si encontramos pruebas de que Nathan utilizó información obtenida durante su matrimonio…

—No quiero suposiciones.

Lo miré fijamente.

—Quiero pruebas.

Claire asintió.

—Las tendrá.

Mi teléfono nuevo vibró.

Margaret Wells.

Contesté.

—Nathan solicitó una audiencia urgente por la custodia de Mia.

Sentí que mis dedos se endurecían alrededor del teléfono.

—¿Cuándo?

—Pasado mañana.

—¿Puede obligarme a regresar?

—No de inmediato. Pero está intentando construir la imagen de una madre que huyó impulsivamente después de una discusión matrimonial.

Solté una risa seca.

—¿Una discusión?

Todavía conservaba fotografías de mi mejilla.

También estaba el informe médico realizado pocas horas después de aterrizar.

Y, sobre todo, estaban las cámaras del restaurante.

—Margaret.

—¿Sí?

—Consiga la grabación de aquella noche.

Hubo una pausa.

—Ya la pedí.

—¿Y?

—Desapareció.

Me quedé inmóvil.

—¿Desapareció?

—El restaurante afirma que hubo un fallo técnico.

Cerré los ojos.

Nathan era abogado.

Sabía exactamente qué pruebas podían destruirlo.

—Entonces encuentre a los testigos.

Colgué.

Hayes dejó otra carpeta frente a mí.

—Hay algo más.

Dentro aparecía una lista de operaciones comerciales realizadas por Shengheng durante los últimos años.

Las fechas me resultaron familiares.

Demasiado familiares.

Una adquisición en Singapur.

Una negociación en Berlín.

Un proyecto energético en Rotterdam.

Todos eran negocios sobre los que yo había trabajado antes de abandonar el Grupo Qin.

—No puede ser.

Hayes señaló las fechas.

—Shengheng comenzó a anticiparse a nuestras decisiones poco después de su matrimonio.

Sentí frío.

Recordé noches en las que trabajaba desde casa.

Nathan aparecía detrás de mí con una taza de té.

Preguntaba casualmente qué estaba leyendo.

Yo confiaba en él.

Mientras yo creía estar compartiendo mi vida con mi esposo, quizá estaba entregándole información a mi competidora.

—Revísenlo todo.

—Nos llevará semanas.

—Entonces no duerman.

Aquel mismo día presentamos nuestra oferta definitiva por NordTech.

Shengheng necesitaba desesperadamente aquella adquisición.

Habían pedido préstamos enormes y comprometido activos importantes para financiarla.

Si perdían NordTech, su situación financiera quedaría expuesta.

Y Serena lo sabía.

Dos horas después recibí un correo inesperado.

Remitente: Serena Lin.

Solo decía:

“Tenemos que hablar antes de que destruyas algo que también te pertenece.”

No respondí.

A las siete regresé a Kensington.

Mia corrió hacia mí apenas crucé la puerta.

—¡Mamá!

La levanté.

—¿Qué hizo hoy mi princesa?

—Pinté un elefante.

—¿Un elefante?

—Morado.

Sonreí por primera vez en todo el día.

Entonces Mia tocó suavemente mi mejilla.

La marca casi había desaparecido.

—¿Todavía duele?

La pregunta me atravesó.

—Ya no.

Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.

—No quiero volver con papá.

Me quedé completamente quieta.

—¿Por qué dices eso?

Mia bajó la mirada.

—Porque papá gritaba.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Cuándo?

No respondió.

—Mia, puedes contarme cualquier cosa.

Mi hija comenzó a jugar nerviosamente con un botón de mi camisa.

—Cuando tú no estabas.

Aquello cambió todo.

Me arrodillé frente a ella.

—¿Papá te hizo algo?

—No.

Respiré.

—¿Entonces qué pasó?

—Hablaba con la tía Serena.

El mundo pareció detenerse.

—¿Serena estuvo en nuestra casa?

Mia asintió.

—Muchas veces.

Yo nunca lo había sabido.

—¿Qué hacían?

—Papá le daba papeles.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué papeles?

Mia se encogió de hombros.

—Los que estaban en tu habitación.

No pregunté más.

La abracé.

Nathan no solo había utilizado nuestras conversaciones. Había permitido que Serena entrara en nuestra casa y revisara mis documentos.

A la mañana siguiente, Claire entró en mi oficina sin llamar.

—Nathan está en Londres.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Aterrizó hace dos horas.

—¿Solo?

Claire dudó.

—No.

Colocó una fotografía sobre mi escritorio.

Nathan saliendo de Heathrow.

A su lado estaba Serena.

Sonreí lentamente.

Habían venido juntos.

Eso significaba que tenían miedo.

—¿Dónde están?

—En el Hotel Claridge.

—Perfecto.

—¿Quiere que reforcemos la seguridad?

—Sí. Especialmente alrededor de Mia.

Mi sonrisa desapareció.

—Nathan puede buscarme. No puede acercarse a ella.

Aquella tarde llegó la confirmación que estábamos esperando.

NordTech había rechazado la última oferta de Shengheng.

Nuestra propuesta había pasado a la ronda final.

La familia Lin tenía cuarenta y ocho horas para conseguir financiación adicional o abandonar la adquisición.

A las cinco, Serena llamó directamente a mi oficina.

No sé cómo consiguió el número.

Contesté.

—Victoria.

Su voz seguía siendo tan tranquila como la recordaba.

—Serena.

—Necesitamos vernos.

—Nos veremos cuando NordTech anuncie al ganador.

—Esto no tiene que ver con NordTech.

—Entonces no tenemos nada que hablar.

—Tiene que ver con Nathan.

Casi me reí.

—Puedes quedártelo.

Hubo silencio.

Después dijo:

—¿De verdad crees que Nathan te pidió el divorcio porque estaba enamorado de mí?

Mi expresión cambió.

—No me interesa por qué lo hizo.

—Debería interesarte.

—¿Por qué?

Serena bajó la voz.

—Porque Nathan descubrió quién eras mucho antes de aquella noche.

Mis dedos dejaron de moverse.

—¿Qué dijiste?

—Sabía que eras heredera del Grupo Qin.

Me levanté lentamente.

Eso era imposible.

Nathan nunca había dado ninguna señal.

—Estás mintiendo.

—Pregúntale qué recibió a cambio de divorciarse de ti.

La llamada terminó.

Me quedé mirando la pantalla.

Una hora después, seguridad me informó que Nathan estaba abajo.

No quise recibirlo.

Entonces dijeron algo que me hizo cambiar de opinión.

Había venido solo.

Lo hice subir.

Cuando entró en mi oficina, observó las paredes de cristal, el horizonte de Londres y el logotipo del Grupo Qin detrás de mi escritorio.

Parecía incapaz de reconciliar aquella mujer con la esposa que había dejado esperando en casa.

—Así que era verdad —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Todo esto.

Me levanté.

—Tienes dos minutos.

—Quiero ver a Mia.

—No.

—Es mi hija.

—Eso lo decidirán los tribunales.

Nathan apretó los puños.

—Victoria, cometí un error.

—Me golpeaste.

—Lo sé.

—Me traicionaste.

Bajó la mirada.

—Lo sé.

—Y utilizaste información mía para ayudar a Shengheng.

Entonces levantó la cabeza bruscamente.

Su reacción confirmó más de lo que cualquier confesión habría hecho.

—¿Quién te dijo eso?

—Mia recuerda a Serena entrando en nuestra casa.

Nathan palideció.

—Victoria…

—Se acabaron tus dos minutos.

Caminé hacia la puerta.

Entonces dijo algo que me detuvo.

—Serena nunca fue mi amante.

Me giré.

—No me importa cómo quieras llamarla.

—Escúchame.

Su voz tembló.

—Me obligaron a acercarme a ella.

—¿Quién?

Nathan miró hacia las cámaras de seguridad de mi oficina.

Después hacia la puerta.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente aterrorizado.

Se acercó y bajó la voz.

—Tu padre.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Mi padre está muerto.

Nathan negó lentamente.

—Eso es exactamente lo que tu madre necesitaba que creyeras.

Antes de que pudiera responder, las luces de mi oficina se apagaron.

Un segundo después sonó la alarma de seguridad.

Claire irrumpió por la puerta, pálida.

—¡Victoria!

—¿Qué ocurre?

Me mostró su teléfono.

La cámara de la habitación de Mia aparecía en pantalla.

La cama estaba vacía.

Y la ventana estaba abierta.

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