Parte 2: EL DINERO QUE FALTABA

El teléfono de Chu Ngoc Phan vibró sobre la mesa.

Ella lo agarró de inmediato.

Su sonrisa duró exactamente tres segundos.

Después frunció el ceño.

Volvió a mirar la pantalla.

Luego abrió la aplicación bancaria y comprobó el saldo personalmente.

—¿Tres mil doscientos?

Su voz sonó extrañamente baja.

Trieu Ly levantó la cabeza.

—¿Qué pasa, mamá?

Mi suegra no respondió.

Sus dedos se movieron rápidamente sobre el teléfono. Revisó movimientos anteriores, actualizó la aplicación y finalmente levantó los ojos hacia mí.

—Tu Tinh, ¿por qué solo te depositaron 3.200 yuanes?

Yo estaba preparando la mochila de Dao Dao para llevarla al jardín infantil.

Ni siquiera me apresuré.

—Porque ese es mi salario básico.

—¡Mentira!

La palabra explotó en la sala.

Trieu Kiet salió del dormitorio ajustándose la corbata.

—¿Qué sucede ahora?

Chu Ngoc Phan levantó el teléfono como si hubiera descubierto un crimen.

—¡Tu esposa dice que solo gana 3.200 yuanes!

Mi marido me miró.

Conocía perfectamente mi trabajo.

Sabía que llevaba años en la empresa, que dirigía proyectos importantes y que algunos meses llegaba a casa pasada la medianoche.

Pero había algo que nunca había preguntado directamente:

cuánto ganaba realmente.

Me encogí de hombros.

—Mi salario contractual básico es 3.200.

No estaba mintiendo.

Solo estaba dejando fuera la parte que nadie se había molestado en conocer.

Chu Ngoc Phan golpeó la mesa.

—Entonces ¿de dónde sacabas tanto dinero antes?

La miré con expresión sorprendida.

—¿Qué dinero?

Se quedó callada.

Y fue precisamente ese silencio el que hizo que Trieu Kiet comenzara a entender.

Durante tres años, yo había pagado silenciosamente demasiadas cosas.

La guardería de Dao Dao.

Parte de la hipoteca.

Los seguros.

Los regalos de Año Nuevo.

Los electrodomésticos.

Incluso varias de las supuestas “aportaciones de Trieu Kiet” habían salido, en realidad, de transferencias que yo hacía a nuestra cuenta conjunta.

Nunca había llevado un registro delante de ellos.

Nunca había pedido reconocimiento.

Y por eso terminaron creyendo que mi dinero simplemente aparecía de la nada.

—Mamá —dije tranquilamente—, tú querías administrar nuestros salarios. Ahí tienes mi salario.

Chu Ngoc Phan abrió la boca.

No pudo responder.

Trieu Ly intervino enseguida.

—Seguro escondiste dinero.

La miré.

—¿Tienes pruebas?

—Tú…

—Si tienes pruebas, muéstralas.

El rostro de Trieu Ly se puso rojo.

Tomé la mano de Dao Dao.

—Llegaremos tarde.

Y salí.

Por primera vez desde que mi suegra había tomado nuestras tarjetas, la puerta se cerró detrás de mí mientras nadie se atrevía a detenerme.

Pero aquello apenas comenzaba.

El salario de Trieu Kiet llegó esa misma tarde.

12.600 yuanes.

Chu Ngoc Phan recuperó inmediatamente su entusiasmo.

En menos de diez días, compró un abrigo para Trieu Ly, pagó una cena familiar y prestó 5.000 yuanes a una prima.

Después llegaron las facturas.

Electricidad.

Agua.

Administración del edificio.

Guardería.

Hipoteca.

Seguro del automóvil.

Chu Ngoc Phan extendió todos los recibos sobre la mesa.

Su rostro empezó a cambiar.

—¿La hipoteca cuesta tanto?

Respondí mientras alimentaba a Dao Dao.

—Sí.

—¿Y la guardería?

—También.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Levanté la mirada.

—Nunca preguntaste.

Trieu Kiet permaneció inmóvil.

Entonces tomó los recibos.

Sumó las cantidades.

Una vez.

Dos veces.

Su expresión se volvió cada vez más oscura.

—¿Cómo pagábamos todo esto antes?

Sonreí ligeramente.

—Pagábamos.

—Pregunté cómo.

Lo miré directamente.

—¿De verdad quieres saberlo?

El comedor quedó en silencio.

Pero antes de que pudiera responder, Chu Ngoc Phan golpeó los papeles.

—¡No importa! A partir de ahora reduciremos gastos.

Y los redujo.

Canceló las frutas importadas.

Cambió la leche de Dao Dao por una marca más barata.

Quiso suspender sus clases infantiles.

Aquella fue la primera vez que mi sonrisa desapareció.

—Puedes ahorrar en mí. En mi hija, no.

Mi voz hizo que todos se quedaran quietos.

Chu Ngoc Phan me miró desafiante.

—El dinero lo administro yo.

—Entonces págalo tú.

—¡Eso estoy haciendo!

Saqué la factura de la guardería y la puse delante de ella.

—Vence mañana.

Su rostro se endureció.

Quedaban 1.870 yuanes en la cuenta.

La factura era de 4.600.

Trieu Kiet la miró.

—Mamá…

—¡El próximo mes lo compensamos!

—Dao Dao no puede esperar al próximo mes.

Mi suegra giró hacia mí.

—Entonces adelanta dinero.

Sonreí.

—No tengo. Tú tienes mi tarjeta.

Esa frase cayó como una bofetada.

Durante los siguientes dos meses, la casa empezó a desmoronarse económicamente.

Trieu Kiet pidió adelantos.

Chu Ngoc Phan pidió dinero prestado a familiares.

Trieu Ly dejó de aparecer tan frecuentemente cuando comprendió que ya no había regalos.

Y yo seguí viviendo exactamente igual.

Trabajaba.

Cuidaba a mi hija.

Tomaba el autobús cuando era necesario.

Nunca discutía.

Nunca pedía recuperar mi tarjeta.

Eso fue lo que empezó a asustarlos.

Una noche, Trieu Kiet cerró la puerta del dormitorio.

—Tinh Tinh.

—¿Sí?

—Dime la verdad.

Dejé el libro que estaba leyendo.

—¿Qué verdad?

Se sentó frente a mí.

—¿Cuánto ganas?

Lo observé durante unos segundos.

—¿Por qué quieres saberlo ahora?

Su mandíbula se tensó.

—Porque esto no tiene sentido. Antes vivíamos bien. Ahora mi salario apenas alcanza para mantener la casa.

—Quizás antes alguien cubría la diferencia.

Sus ojos cambiaron.

Por fin había llegado a la puerta de la respuesta.

Pero todavía no estaba preparado para abrirla.

—¿Tú?

No contesté.

Simplemente apagué la lámpara.

—Buenas noches.

Pasaron tres meses desde aquella cena de Año Nuevo.

Ese viernes regresé temprano.

El presidente Wang me había llamado personalmente a su oficina.

Sobre la mesa había dejado un sobre y un documento.

—Tu Tinh, el proyecto internacional fue aprobado.

Sonrió.

—Tu bonificación extraordinaria es de 100.000 yuanes. Además, Recursos Humanos ya separó todos tus incentivos como pediste.

Acepté el sobre.

Cuando llegué a casa, Dao Dao dormía.

Me senté sobre la alfombra del dormitorio y abrí los documentos.

Entonces escuché pasos apresurados.

La puerta se abrió de golpe.

Chu Ngoc Phan entró.

Llevaba su libro de cuentas entre las manos.

Estaba pálida.

Temblaba.

—Tu… Tu Tinh…

Levanté lentamente la cabeza.

Sus ojos descendieron hasta el comprobante que sostenía.

100.000 yuanes.

El color desapareció completamente de su rostro.

—¿De dónde… de dónde salió ese dinero?

Antes de que pudiera responder, Trieu Kiet apareció detrás de ella.

Miró el documento.

Luego me miró a mí.

Y después vio algo más.

Sobre la alfombra, junto a mi pierna, había una segunda hoja.

Un resumen emitido por mi empresa.

Su mirada quedó clavada en una cifra.

Ingresos acumulados retenidos: 286.400 yuanes.

El silencio se volvió insoportable.

Chu Ngoc Phan dio un paso hacia atrás.

—Tú… nos engañaste.

Doblé cuidadosamente el comprobante.

—No.

Me puse de pie.

—Ustedes pidieron mi salario. Yo les entregué exactamente mi salario.

—¡Pero escondiste casi trescientos mil yuanes!

La miré fijamente.

—Ese dinero todavía no ha sido pagado.

Trieu Kiet tomó la hoja con manos temblorosas.

—¿Desde cuándo ganas tanto?

No respondí inmediatamente.

Porque en ese momento mi teléfono vibró.

Un mensaje del presidente Wang.

Lo abrí.

Y mi expresión cambió.

Trieu Kiet lo notó.

—¿Qué pasa?

Bloqueé la pantalla.

Pero ya era demasiado tarde.

Chu Ngoc Phan había alcanzado a leer las primeras palabras.

“La transferencia de tus fondos está preparada. Pero antes de autorizarla, necesito hablar contigo sobre la investigación financiera de tu esposo…”

Mi suegra dejó caer el libro de cuentas.

Trieu Kiet palideció.

Y por primera vez en tres meses, fue él quien retrocedió como si acabara de descubrir que la verdadera bomba nunca había sido mi dinero.

—Tinh Tinh… —susurró—. Déjame explicarte.

Lo miré.

—¿Explicarme qué?

Entonces alguien llamó a la puerta principal.

Tres golpes secos.

Y desde el pasillo llegó una voz desconocida:

—Señor Trieu Kiet, venimos por las irregularidades detectadas en sus cuentas. Necesitamos hablar con usted inmediatamente.
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