La tarta llegó acompañada de otras cuatro cosas que yo había señalado casi por accidente.
Miré la mesa.
Luego a Mateo.
—Cuando dijiste “pídelo todo”, ¿hablabas literalmente?
—Sí.
—¿Y si hubiera pedido media cafetería?
Mateo respondió con absoluta tranquilidad:
—Habría preguntado cuánto cuesta la otra mitad.
Casi me atraganté.
Los comentarios flotantes estallaron.
【¡No, no, no! ¡Ese trato era para la protagonista!】
【¿Por qué está consintiendo a la carne de cañón?】
【Tranquilos. En cuanto descubra que Lucía no era quien hablaba con él, se acabó.】
Ah.
Cierto.
Mi condena seguía pendiente.
Sonreí con rigidez y me metí un pedazo enorme de tarta en la boca.
Mateo me observó.
—¿Está buena?
Asentí.
—Muchísimo.
Algo cálido apareció en su mirada.
—Entonces pide otra.
Maldita sea.
Así era imposible mantener una distancia emocional prudente.
Al regresar al piso, agarré a Blanca antes de que pudiera encerrarse en su habitación.
—Dame tu teléfono.
—¿Para qué?
—Necesito leer todas tus conversaciones con Mateo.
Sus ojos se abrieron.
—¿No rompiste con él?
—No.
—¡Lucía!
—Baja la voz.
—¿Te has vuelto loca? ¡Ese hombre…!
—Ese hombre tiene nombre.
Blanca se quedó callada.
Extendí la mano.
—Teléfono.
—No.
Saqué el mío.
—Entonces lo llamo ahora mismo y le cuento que utilizaste mis fotos durante meses.
Me lo entregó inmediatamente.
Pasé las siguientes tres horas leyendo.
Y descubrí algo inesperado.
Blanca había utilizado mi rostro.
Pero también mi vida.
Mi película favorita.
Mis gustos musicales.
La historia de cómo había perdido a mis padres.
Mi obsesión con la tarta Selva Negra.
Incluso aquella vez que encontré un cachorro bajo la lluvia y gasté mis últimos ahorros en llevarlo al veterinario.
Todo se lo había contado a Mateo como si le hubiera ocurrido a ella.
Me quedé helada.
—Blanca.
—¿Qué?
—¿Por qué le contaste mi vida?
Se encogió de hombros.
—Porque yo no sabía qué decirle.
Los comentarios aparecieron.
【Espera…】
【Entonces el protagonista se enamoró de la cara de Lucía y de las historias de Lucía…】
【¿Qué parte era realmente de Blanca?】
Exactamente.
Miré la cuenta.
Había una cosa que sí pertenecía a Blanca.
Su manera distante de responder.
Mateo escribía párrafos.
Ella contestaba:
“Ok.”
“Bien.”
“Estoy ocupada.”
Y aun así él siempre regresaba.
Mi culpa aumentó.
Mateo merecía conocer la verdad.
Al día siguiente quedé con él en un parque.
Llegó acompañado por un hombre alto vestido de negro.
Los comentarios aparecieron inmediatamente.
【¡EL HERMANO!】
Se me congeló la sonrisa.
Así que aquel era el hombre que supuestamente iba a arrojarme al mar.
El desconocido me examinó de arriba abajo.
—¿Lucía?
—Depende.
Frunció el ceño.
—¿De qué?
—De si tienes algún barco.
Mateo soltó una carcajada.
Su hermano me miró como si acabara de confirmar que yo estaba completamente loca.
—Daniel —dijo Mateo—. Déjanos solos.
—No.
—Daniel.
—Cinco minutos.
Después se alejó.
Respiré.
Mateo me miró.
—¿Qué querías decirme?
Ahí estaba.
Mi oportunidad.
—Mateo, yo…
Mi teléfono sonó.
Blanca.
Rechacé la llamada.
Volvió a llamar.
Mateo alcanzó a ver el nombre.
—¿Blanca?
—Mi compañera de piso.
Su expresión cambió.
—Qué curioso.
—¿Por qué?
—Porque ese nombre aparece como titular de la cuenta desde la que hablamos.
Se me paró el corazón.
Los comentarios explotaron.
【¡DESCUBIERTA!】
Mateo me miró fijamente.
—Lo supe anoche.
No pude mentir.
—Lo siento.
—¿Quién eres?
Aquello dolió más de lo esperado.
—Lucía.
—Eso ya lo sé.
Su voz era fría.
—Quiero saber quién era la persona detrás de la pantalla.
Tragué saliva.
—Blanca.
La decepción apareció en sus ojos.
—Entiendo.
—Pero utilizó mis fotos y muchas cosas de mi vida.
—Eso no cambia que tú supieras la verdad cuando llegaste a la cafetería.
Bajé la cabeza.
—No.
—Y seguiste fingiendo.
—Sí.
Mateo giró la silla.
Sentí pánico.
No por Daniel.
No por el mar.
Por él.
—¡Espera!
Mateo se detuvo.
—Al principio mentí porque tuve miedo.
No podía explicarle los comentarios.
Así que dije lo único que podía.
—Después continué porque soy una cobarde.
Él no respondió.
—Pero ayer leí las conversaciones.
Respiré profundamente.
—La Selva Negra era mía. El cachorro era mío. Las películas eran mías. Las fotografías eran mías.
Mateo me miró.
—¿Y qué parte de ayer era tuya?
Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Toda.
Silencio.
—Cuando te tomé de la mano era yo.
Di un paso hacia él.
—Cuando dije que tu silla no me importaba, era yo.
Otro.
—Y cuando pensé que tu sonrisa era preciosa…
Me detuve.
—También era yo.
Mateo se quedó completamente inmóvil.
Los comentarios desaparecieron.
Durante varios segundos no apareció ninguno.
Entonces Daniel regresó.
—¿Qué ha ocurrido?
Mateo habló sin mirarme.
—Vámonos.
Daniel me lanzó una mirada glacial.
Mi estómago cayó hasta los pies.
Pero no hizo nada.
Simplemente empujó la silla de su hermano.
Antes de desaparecer, Mateo dijo:
—Necesito pensar.
Asentí.
—Lo entiendo.
Blanca estaba furiosa cuando regresé.
—¿Se lo contaste?
—Sí.
—¡Idiota! ¿Sabes quién es su familia?
—No.
Ella soltó una risa.
—Los Montenegro.
Me quedé congelada.
Hasta yo conocía aquel apellido.
Empresas tecnológicas.
Hoteles.
Inversiones.

Una de las mayores fortunas del país.
De repente entendí lo de “pez gordo de la capital”.
Blanca empezó a caminar de un lado a otro.
—Si hubiera sabido quién era antes…
La miré.
—¿Qué?
Se detuvo.
—Nada.
Entonces apareció un comentario.
【¡Aquí empieza la trama original! Blanca descubre la identidad de Mateo y decide recuperarlo.】
Ah.
Así que aquello era.
Blanca sonrió.
—En realidad, la cuenta es mía. Mateo se enamoró de mí primero.
—Usando mi cara.
—Pero hablaba conmigo.
—Usando mi vida.
Su sonrisa desapareció.
—Ya veremos a quién elige.
Y por primera vez, no sentí miedo.
—Perfecto.
Durante una semana Mateo no me escribió.
Blanca, en cambio, comenzó su ofensiva.
Flores.
Mensajes.
Disculpas.
Incluso apareció en la mansión de los Montenegro.
La echaron.
Daniel vino a verme esa misma tarde.
Cuando abrió la puerta de su automóvil, pensé:
Ya está.
Llegó mi momento.
—¿Vamos al mar? —pregunté.
Daniel se quedó mirándome.
—¿Qué obsesión tienes con el mar?
—Ninguna.
—Sube.
—¿Prometes que regreso?
—Estoy empezando a entender por qué mi hermano te encuentra divertida.
Me llevó a un centro de rehabilitación.
Mateo estaba dentro.
—¿Qué hacemos aquí?
Daniel cruzó los brazos.
—Mi hermano sufrió un accidente hace tres años.
Asentí.
—Lo sé.
—Lo que no sabes es que los médicos creen que existe posibilidad de recuperar parcialmente la movilidad.
Lo miré sorprendida.
—¿Entonces por qué…?
—Dejó la rehabilitación.
Daniel observó a través del cristal.
—Decía que no tenía sentido.
Mateo estaba haciendo ejercicios con un fisioterapeuta.
—Volvió hace cinco días.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué me cuentas esto?
Daniel sonrió apenas.
—Porque ayer me preguntó si creía que tú aceptarías salir con un hombre que quizá nunca vuelva a caminar.
Sentí un nudo en la garganta.
—Le dije que estaba haciendo una pregunta estúpida.
—¿Por qué?
—Porque ya habías respondido.
Daniel abrió la puerta.
—Entra.
Mateo me vio y se quedó inmóvil.
—Daniel.
—De nada.
Su hermano desapareció.
Me acerqué.
—Hola.
—Hola.
Silencio incómodo.
Finalmente Mateo habló.
—Blanca vino a verme.
—Lo sé.
—Me dijo que está enamorada de mí.
Los comentarios aparecieron.
【¡POR FIN! ¡LA PROTAGONISTA RECUPERA SU SITIO!】
Mateo continuó:
—La rechacé.
Las líneas se congelaron.
【¿QUÉ?】
Tuve que contener una sonrisa.
—¿Por qué?
—Porque comprendí algo.
Extendió la mano.
—Durante meses pensé que estaba enamorado de una persona.
La tomé.
—Pero esa persona nunca existió.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
—Tenía tu cara, tus historias, tus gustos… y la voz escrita de Blanca.
Me miró.
—Y cuando finalmente te conocí a ti, por primera vez todo encajó.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Eso significa que me perdonas?
—Significa que podemos empezar desde cero.
Sonreí.
—Hola. Soy Lucía.
Mateo soltó una risa.
—Mateo.
—¿Tienes novia?
—No.
—Perfecto. ¿Quieres una?
Se quedó boquiabierto.
Los comentarios enloquecieron.
【¡¡¡ESTO NO ESTABA EN EL GUIÓN!!!】
Mateo sonrió.
—Sí.
Seis meses después, Blanca se mudó.
No consiguió recuperar a Mateo.
Tampoco logró convencer a nadie de que yo se lo había “robado”.
Daniel nunca me lanzó al mar.
De hecho, terminó convirtiéndose en mi aliado favorito.
—No se lo digas a Mateo —me advirtió una vez.
—¿Qué?
—Que me caes bien.
—Demasiado tarde.
Mateo apareció detrás.
—Lo escuché.
Daniel se marchó maldiciendo.
Y Mateo siguió con su rehabilitación.
No por mí.
Eso fue lo primero que le exigí.
—Si quieres intentarlo, hazlo porque tú quieres.
Lo hizo.
Meses después consiguió mantenerse en pie con apoyo durante algunos ejercicios.
Pero nunca convertimos aquello en una condición para ser felices.
Si algún día caminaba, celebraría con él.
Si no, seguiría siendo Mateo.
Y eso bastaba.
Un año después regresamos a aquella cafetería.
Mateo pidió Selva Negra.
Dos porciones.
—Has aprendido.
—Estoy saliendo contigo. Aprender a compartir postre era cuestión de supervivencia.
Me reí.
Entonces sacó una pequeña caja.
Me quedé muda.
Los comentarios aparecieron inmediatamente.
【No puede ser.】
【¿Va a pedirle matrimonio a la carne de cañón?】
【¿Dónde demonios quedó la historia original?】
Mateo abrió la caja.
—Lucía.
—¿Sí?
—La primera vez que te vi pensé que venías a rechazarme.
Sonrió.
—Resultó que eras la única persona capaz de cambiarme la vida entrando en ella por accidente.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Eso suena poco romántico.
—Todavía no he terminado.
Tomó mi mano.
—No me importa quién debía ser la protagonista de mi historia.
Sentí que el mundo se detenía.
—Yo te elijo a ti.
Los comentarios comenzaron a parpadear.
Uno tras otro desaparecieron.
El último permaneció unos segundos.
【Error irreversible de la trama: protagonista femenina sustituida.】
Me eché a reír.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Negué con la cabeza.
—Nada.
Miré el anillo.
Después al hombre que sostenía mi mano.
—Sí.
Mateo cerró los ojos, sonriendo.
Y mientras los últimos comentarios desaparecían comprendí por fin algo.
Durante todo aquel tiempo había vivido aterrorizada porque creía que era una simple carne de cañón destinada a desaparecer para que otros pudieran tener su final feliz.
Pero el destino había cometido un pequeño error.
Me había dejado conocer el guion.
Y una vez que supe cómo terminaba…
decidí escribir otro.
Uno donde Blanca afrontaba las consecuencias de sus mentiras.
Donde Daniel no necesitaba vengar a su hermano.
Donde Mateo podía amar sin avergonzarse de sí mismo.
Y donde yo no terminaba en el fondo del mar.
Mateo entrelazó nuestros dedos.
Diez dedos unidos.
Igual que el primer día.
Solo que esta vez no lo hice para sobrevivir.
Lo hice porque quería quedarme.
Quizá yo nunca fui la protagonista de aquella historia.
Pero terminé convirtiéndome en la protagonista de la mía.