PARTE 2: EL PRECIO DE TRAICIONAR A MADISON REED.

Ethan me sostuvo la mirada.

Por un instante, nadie se movió.

Decenas de invitados esperaban su respuesta, mientras Chloe permanecía junto a él con aquel vestido rojo que parecía elegido específicamente para llamar la atención.

—Maddie —dijo finalmente—, estás exagerando.

Sonreí.

Esa fue la respuesta que necesitaba.

—Entiendo.

Tomé mi copa y bebí un pequeño sorbo.

—Entonces no necesitas explicar nada.

Chloe pareció recuperar el valor.

—Señora Cole, realmente vine solo para felicitar al abuelo. Si mi presencia la incomoda tanto, puedo marcharme.

Parecía humilde.

Pero no hizo ningún movimiento hacia la salida.

—Entonces márchate —respondí.

Su sonrisa desapareció.

Ethan frunció el ceño.

—Madison.

—¿Sí?

—Hoy es el cumpleaños de mi abuelo. No conviertas esto en un espectáculo.

Lo observé durante unos segundos.

El hombre frente a mí ya no era aquel joven cuidadoso que había entrado en la empresa desde el puesto más bajo.

Había empezado a confundir mi tolerancia con debilidad.

—Tienes razón —dije—. No debemos arruinar la celebración.

Me giré hacia el anciano.

—Abuelo, feliz cumpleaños. Espero que disfrute muchos años más rodeado de su familia.

El señor Cole asintió lentamente.

Era un hombre inteligente.

Había comprendido que algo acababa de romperse.

—Gracias, Maddie.

Entregué mi regalo al mayordomo.

Después miré a Ethan.

—Diviértete.

Y caminé hacia la salida.

—¡Maddie!

Ethan me siguió.

No me detuve hasta llegar frente al automóvil.

Entonces me tomó suavemente del brazo.

Me liberé inmediatamente.

—No vuelvas a tocarme cuando estoy enfadada.

Retiró la mano.

—¿De verdad vas a irte por esto?

—No.

Lo miré directamente.

—Me voy porque mi esposo acaba de traer a una mujer que sabe perfectamente que me desagrada a una reunión privada de su familia y después decidió defenderla delante de todos.

—Es una empleada.

—Entonces deberías haberla tratado como una empleada.

Ethan respiró hondo.

—No pasa nada entre Chloe y yo.

—Eso ya no importa.

Por primera vez pareció inquieto.

—¿Qué significa eso?

Abrí la puerta del automóvil.

—Significa que te advertí una vez.

Subí.

—Yo nunca advierto dos.

El coche arrancó.

Ethan permaneció frente a la residencia observándome marchar.

Aquella noche no volvió a casa.

Tampoco lo llamé.

A las nueve de la mañana siguiente, Daniel entró en mi oficina con una carpeta.

—Presidenta Reed, encontré algo extraño.

Levanté la vista.

—Habla.

—La señorita Martin no fue trasladada a ventas por Recursos Humanos.

Dejé el bolígrafo.

—Continúa.

—El señor Cole solicitó personalmente el traslado.

Daniel colocó varios documentos frente a mí.

—También aumentó su salario un cuarenta por ciento y autorizó bonos extraordinarios.

Pasé las páginas lentamente.

Había más.

Viajes de negocios.

Cenas cargadas como gastos corporativos.

Habitaciones reservadas en hoteles durante conferencias.

En algunas ocasiones, Ethan y Chloe habían viajado solos.

—¿Cuánto dinero?

—En cuatro meses, aproximadamente ciento ochenta mil.

No era una cantidad importante para el grupo.

Pero el dinero nunca había sido el problema.

El problema era que Ethan había comenzado a utilizar mi empresa como si fuera suya.

—Audita todos los gastos aprobados por Ethan durante los últimos dos años.

Daniel asintió.

—¿Discretamente?

—No.

Levanté la mirada.

—Quiero que sepa que lo estoy investigando.

Daniel sonrió apenas.

—Entendido.

Dos horas después, Ethan apareció en mi oficina.

Entró sin anunciarse.

—¿Estás auditando mis cuentas?

—Las cuentas de la empresa.

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

—Entonces deberías expresarte mejor.

Cerró la puerta.

—Esto es por Chloe.

—No.

—Maddie, no me trates como un idiota.

—Jamás lo hice.

Me levanté lentamente.

—Quizá ese fue mi error.

Su rostro se endureció.

—¿Qué quieres decir?

—Que durante años permití que crecieras dentro del grupo porque confiaba en ti. Te entregué responsabilidades, contactos y autoridad.

Caminé alrededor del escritorio.

—Pero parece que empezaste a pensar que todo eso te pertenecía.

—Me gané mi puesto.

—Parte de él.

Aquellas palabras lo golpearon.

—¿Crees que sigo siendo el hijo del chofer?

Lo miré fijamente.

Finalmente entendí.

Aquello nunca había sido únicamente sobre Chloe.

Ethan llevaba años acumulando resentimiento.

—Yo jamás me avergoncé de tu origen.

—Pero siempre necesitabas recordarme quién tenía el poder.

—Porque el poder era mío.

El silencio cayó entre nosotros.

Ethan soltó una risa amarga.

—Ahí está la verdadera Madison Reed.

—Siempre estuvo aquí.

—Quizá estoy cansado de vivir bajo tu apellido.

—Entonces puedes dejarlo.

Su expresión cambió.

—¿Me estás amenazando con divorciarte?

—No amenazo a nadie.

Regresé a mi escritorio.

—Las puertas siempre están abiertas para quien quiera marcharse.

Ethan permaneció inmóvil.

Finalmente salió sin despedirse.

Esa tarde recibí los primeros resultados de la auditoría.

Daniel regresó con el rostro mucho más serio.

—Tenemos un problema.

Me entregó una memoria cifrada.

—Encontramos empresas proveedoras creadas recientemente. Han recibido contratos aprobados directamente por el señor Cole.

—¿Propietarios?

—Estamos investigando.

—¿Cantidad?

Daniel respiró hondo.

—Más de treinta millones.

Mi expresión no cambió.

—¿Y Chloe?

—Su hermano aparece relacionado con una de las empresas.

Ahora todo empezaba a tener sentido.

El ramen.

Las noches trabajando juntos.

El traslado.

Los viajes.

La fiesta.

Quizá Chloe no estaba intentando simplemente robarme al marido.

Quizá ambos estaban intentando robar algo mucho más grande.

—Congela cualquier pago pendiente relacionado con esas compañías.

—Ya lo hice.

—Convoca al comité ejecutivo mañana.

Daniel asintió.

Antes de salir se detuvo.

—Hay algo más.

—Dime.

—El señor Cole solicitó acceso esta mañana a los archivos de accionistas.

Entrecerré los ojos.

—¿Para qué?

—No lo sabemos.

Mi teléfono vibró.

Era Ethan.

Un mensaje.

“Tenemos que hablar esta noche. Sin abogados. Sin empleados. Solo tú y yo.”

No respondí.

Cinco minutos después llegó otro mensaje.

Esta vez de Chloe.

“Presidenta Reed, creo que debería saber que su esposo no está planeando dejarme a mí.”

Fruncí el ceño.

Llegó una fotografía.

Ethan aparecía sentado en un restaurante privado junto a tres hombres.

Los reconocí inmediatamente.

Representaban a tres de los mayores accionistas minoritarios del grupo.

Debajo de la imagen, Chloe había escrito:

“Está planeando quitarle la presidencia.”

Me quedé observando la fotografía.

Daniel todavía estaba junto a la puerta.

—¿Presidenta?

Apagué la pantalla.

Sonreí.

—Cancela la reunión de mañana.

—¿Por qué?

Me levanté y tomé mi chaqueta.

—Porque parece que mi esposo quiere una guerra.

Caminé hacia la puerta.

—Y sería descortés hacerlo esperar.

Cuando estaba a punto de salir, mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez no era un mensaje.

Era una alerta automática del sistema corporativo.

Alguien acababa de intentar transferir un paquete de acciones perteneciente al fideicomiso de mi padre.

La solicitud llevaba una firma electrónica autorizada.

La de Ethan Cole.

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