Parte 2: LA AURORA QUE LLEGÓ A TIEMPO

Cuando volví a abrir los ojos, ya no estaba sobre la nieve.

Había un techo blanco encima de mí.

Una lámpara.

El sonido suave de un monitor.

Y una mano sujetando la mía.

Durante un instante pensé que era un recuerdo.

Luego giré lentamente la cabeza.

Alexander estaba sentado junto a la cama.

Tenía el cabello húmedo por la nieve y el abrigo todavía puesto. Parecía llevar horas sin moverse.

Cuando notó que estaba despierta, soltó mi mano de inmediato.

Como si hubiera cometido un error.

—¿Dónde estoy?

—En una clínica de emergencia cerca de Vík.

Su voz estaba rota.

—El médico dice que perdiste mucha fuerza. La tormenta impide trasladarte a Reikiavik por ahora.

Cerré los ojos.

—Entiendo.

—No.

Abrí los ojos otra vez.

Alexander me estaba mirando.

—No entiendes.

Su mandíbula temblaba.

—¿Qué significa “despedirme”? ¿Qué te pasa?

No respondí.

Él se levantó.

—Elena.

—Cáncer.

Una sola palabra.

Fue suficiente.

Alexander se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Gástrico.

Su rostro perdió el color.

—¿Desde cuándo?

—Hace cinco meses.

—¿Cinco meses?

Asentí.

—Los médicos dijeron seis.

Alexander retrocedió hasta chocar con la silla.

—¿Y no me dijiste?

Casi sonreí.

—Llevábamos tres años separados.

—¡Eso no responde!

—Sí responde.

Su voz subió.

—¡Podrías haber llamado!

—¿Para qué?

Aquello lo silenció.

—¿Para decirte que estaba muriendo mientras preparabas tu boda?

—Yo habría…

Se detuvo.

Porque ni siquiera él sabía qué habría hecho.

Entonces la puerta se abrió.

Clara entró.

Su rostro estaba pálido.

—Elena…

Detrás de ella venía el médico.

Nos explicó que mi condición se había estabilizado temporalmente, pero necesitaba vigilancia.

Alexander hizo preguntas.

Demasiadas.

Sobre tratamientos.

Sobre especialistas.

Sobre traslado aéreo.

Sobre hospitales privados.

El médico respondió con paciencia.

Yo observé a Alexander.

Tres años atrás habría hecho exactamente aquello.

Resolver.

Organizar.

Controlar.

Como si suficientes llamadas telefónicas pudieran obligar al mundo a obedecer.

Finalmente dije:

—Alexander, basta.

Me miró.

—No.

—No puedes arreglar esto.

—No lo sabes.

—Sí lo sé.

La habitación quedó en silencio.

Clara fue quien habló.

—Alexander, salgamos un momento.

—No.

—Por favor.

Él la miró.

Algo pasó entre ellos.

Algo que yo no entendí.

Finalmente salió.

Clara permaneció.

Se acercó a mi cama y se sentó.

—Hay algo que debo decirte.

La miré.

—No tienes que explicarme nada.

—Sí tengo.

Se quitó el anillo.

Lo dejó sobre la mesa.

—Alexander y yo no somos esposos.

Fruncí el ceño.

—Dijiste…

—Lo sé.

Respiró profundamente.

—Estamos comprometidos. Las fotografías iban a ser nuestras fotos de compromiso. Yo dije “esposo” porque llevamos meses presentándonos así por costumbre.

No entendía por qué aquello importaba.

Entonces Clara continuó:

—Y la boda ya estaba mal antes de conocerte.

Sentí un nudo en el pecho.

—Clara…

—No estoy diciéndolo por ti.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Alexander nunca me engañó. Nunca fue cruel. Nunca me comparó contigo.

Hizo una pausa.

—Pero nunca estuvo completamente conmigo.

Mi respiración se detuvo.

—No.

—Sí.

—Han pasado tres años.

—Precisamente.

Clara sonrió con tristeza.

—Hay personas que superan un amor. Alexander aprendió a vivir alrededor del suyo.

No quise escuchar más.

—No sabes lo que pasó entre nosotros.

—Entonces cuéntamelo.

Miré hacia la ventana.

La tormenta golpeaba el vidrio.

—Su padre murió.

Clara guardó silencio.

—Tres años atrás, Alexander tenía que decidir si regresar a Londres para hacerse cargo de la empresa familiar o quedarse conmigo en Shanghái.

Tragué saliva.

—Yo sabía que si se quedaba perdería todo por lo que su padre había trabajado.

—¿Y?

—Así que hice que me odiara.

Clara dejó de respirar.

—¿Qué hiciste?

—Le dije que estaba cansada de él. Que había conocido a alguien más. Que nunca había pensado seguirlo a Inglaterra.

Recordé su rostro aquella noche.

La forma en que se quedó completamente quieto.

—No era verdad.

—¿Por qué no se lo dijiste?

—Porque si sabía la verdad, habría elegido quedarse.

Clara cerró los ojos.

El primer secreto finalmente había salido.

Yo no había sido abandonada.

Había empujado a Alexander fuera de mi vida.

Y después había pasado tres años fingiendo que aquello era más fácil que admitir que todavía lo amaba.


La puerta se abrió violentamente.

Alexander estaba allí.

No sé cuánto había escuchado.

Por su expresión, suficiente.

—¿No había otro hombre?

Sentí frío.

—Alexander…

—Respóndeme.

Clara se levantó.

—Los dejaré solos.

Cuando salió, Alexander cerró la puerta.

—Tres años.

Su voz era apenas un susurro.

—Durante tres años pensé que me habías reemplazado.

No pude mirarlo.

—Era lo mejor.

—¿Para quién?

—Para ti.

Golpeó la pared con la palma.

—¡No tenías derecho!

—Tu padre acababa de morir.

—¡No tenías derecho a decidir mi vida!

Las lágrimas me ardieron.

—Tenías veintisiete años. Tu familia dependía de ti.

—Y yo te amaba.

—Precisamente.

Eso lo detuvo.

—Sabía que elegirías quedarte conmigo.

Alexander se quedó mirando el suelo.

—Fumé el primer cigarrillo la noche que me dijiste que había otro hombre.

Cerré los ojos.

—Lo siento.

—No quiero que lo sientas.

Levantó la vista.

—Quiero recuperar tres años.

—No puedes.

—Entonces dame lo que queda.

Mi corazón se rompió.

—Alexander…

Se arrodilló junto a la cama.

—No me importa si son meses, semanas o días.

—Tienes a Clara.

—No.

La voz de Clara llegó desde la puerta.

Los dos giramos.

Ella estaba allí.

—No me tienes a mí —dijo con calma.

Alexander se levantó.

—Clara…

Ella sonrió tristemente.

—Siempre supe que había una puerta dentro de ti que nunca conseguí abrir.

Sus ojos se dirigieron hacia mí.

—Ahora sé quién estaba detrás.

—No quiero destruir tu boda —dije.

—Entonces no lo hagas.

Clara tomó su anillo de la mesa.

—La boda ya estaba destruida por algo mucho más simple.

Miró a Alexander.

—Me querías. Pero no me amabas.

Él no intentó negarlo.

Y esa fue la respuesta.

Clara lloró.

Alexander también.

No hubo villanos en aquella habitación.

Solo tres personas que habían llegado demasiado tarde a verdades distintas.


A la mañana siguiente, la tormenta disminuyó.

El médico consiguió organizar mi traslado.

Yo me negué.

—Quiero ver la aurora.

Alexander me miró como si estuviera loca.

—Elena.

—Vine por eso.

—Tu cuerpo no puede…

—Tal vez mañana ya no pueda levantarme.

Aquello lo silenció.

El guía del tour informó que el cielo estaría despejado esa noche.

Alexander habló con el médico.

Prepararon mantas térmicas, medicamentos y un vehículo que pudiera regresar rápidamente.

Clara decidió continuar sola hacia Reikiavik.

Antes de irse, entró en mi habitación.

Me abrazó.

—Espero que la veas.

—Clara…

—No me pidas perdón.

Se apartó.

—Solo prométeme algo.

—¿Qué?

—No vuelvas a decidir por Alexander lo que él puede soportar.

Miré hacia la puerta.

—Lo prometo.

Clara sonrió.

—Entonces quizá todo esto sirvió para algo.

Se marchó.


Esa noche Alexander y yo llegamos a una planicie cubierta de nieve.

El cielo estaba negro.

Inmenso.

Él me envolvió con tres mantas y se sentó a mi lado.

—Te prometí que te cargaría hasta el fin del mundo.

Sonreí débilmente.

—Técnicamente vinimos en automóvil.

—No arruines el momento.

Reí.

Fue una risa pequeña.

Pero real.

Pasaron veinte minutos.

Nada.

Luego treinta.

—Tal vez no aparezca —dije.

Alexander tomó mi mano.

—Esperaremos.

—Siempre fuiste malo esperando.

—He practicado tres años.

Apoyé la cabeza contra su hombro.

—¿Me odias?

—Sí.

Lo miré.

—Un poco.

Después besó suavemente mi cabello.

—Pero te amo mucho más.

Entonces el cielo cambió.

Primero apareció una línea verde.

Débil.

Después creció.

Se abrió sobre nosotros como una cinta de luz atravesando la oscuridad.

Verde.

Azul.

Un toque violeta.

La aurora se movió lentamente sobre las montañas.

Me quedé sin palabras.

Alexander tampoco habló.

Lloré.

No por miedo.

No por enfermedad.

Por belleza.

—Llegamos —susurré.

Alexander apretó mi mano.

—Llegamos.

Y comprendí algo.

Yo había venido a Islandia pensando que estaba cerrando una historia.

Pero por primera vez en meses, no pensé en morir.

Pensé en mañana.


A la mañana siguiente ocurrió el giro que ninguno esperaba.

Un especialista de Reikiavik revisó mis estudios después de que Alexander insistiera en enviarlos.

Entró en mi habitación acompañado por otro médico.

—Señorita Chen, necesitamos hablar de su diagnóstico.

Mi estómago se cerró.

—¿Qué ocurre?

El médico colocó varias imágenes frente a nosotros.

—Su enfermedad es grave.

Alexander tomó mi mano.

—Pero el pronóstico inicial de seis meses se basó en estudios realizados antes de una nueva evaluación molecular.

Lo miré sin comprender.

—¿Eso significa?

—Que existe una opción de tratamiento que no estaba disponible en el esquema que recibió originalmente.

Alexander se levantó.

—¿Puede curarse?

El médico fue cuidadoso.

—No puedo prometer una cura.

Mi esperanza se detuvo.

—Pero tampoco creemos correcto decir que le quedan días.

Sentí que el mundo se inclinaba.

—¿Cuánto?

—No lo sabemos. Con tratamiento, podríamos hablar de mucho más tiempo del que le dijeron inicialmente.

Las lágrimas comenzaron a caer.

Alexander preguntó:

—¿Dónde?

—Hay centros especializados en Londres, Alemania y Estados Unidos.

Londres.

Lo miré.

Alexander ya estaba llorando.

—Ven conmigo.

No respondió como un hombre haciendo una promesa romántica.

Respondió como alguien que había aprendido la lección.

—Solo si tú eliges hacerlo.

Apreté su mano.

—Elijo intentarlo.


El tratamiento no fue fácil.

No hubo milagro instantáneo.

Hubo hospitales.

Días buenos.

Días malos.

Miedo.

Esperas.

Alexander no intentó arreglarlo todo.

Aprendió algo más difícil.

A quedarse.

Cuando yo estaba demasiado cansada para hablar, se sentaba conmigo.

Cuando tenía miedo, no decía “todo saldrá bien”.

Decía:

—Yo también tengo miedo. Pero estoy aquí.

Clara nos escribió meses después.

Había regresado a Nueva York y empezado otra vida.

Nunca fuimos amigas íntimas.

Pero cada Navidad recibía una fotografía suya.

A veces sola.

Después con un hombre llamado Daniel.

Años más tarde, con una niña sonriente en brazos.


Tres años después de aquella noche en Islandia, volví.

Alexander estaba conmigo.

Esta vez ninguno llevaba anillo de compromiso.

Llevábamos alianzas.

Nos habíamos casado en una ceremonia pequeña un año antes.

No porque temiéramos quedarnos sin tiempo.

Precisamente lo contrario.

Porque finalmente habíamos aprendido a dejar de vivir como si el tiempo pudiera garantizarse.

Los médicos nunca utilizaron la palabra “curada”.

Pero mi enfermedad seguía controlada.

Yo seguía aquí.

Volvimos al mismo lugar donde habíamos visto la aurora.

Alexander sacó una fotografía vieja.

Nosotros dos, a los veintisiete.

Antes de Londres.

Antes de las mentiras.

Antes de perder tres años intentando protegernos el uno del otro.

—Éramos idiotas —dije.

—Tú más.

—Qué romántico.

Sonrió.

Después miramos el cielo.

La aurora apareció lentamente.

Esta vez no lloré.

Solo tomé su mano.

Tres años atrás había llegado a Islandia creyendo que era mi despedida.

Creía que Alexander había venido a empezar su futuro con otra mujer mientras yo venía a terminar el mío.

Me equivocaba.

Aquella noche bajo la aurora no fue el final de mi vida.

Fue el final de las mentiras que habían separado la nuestra.

No recuperamos los tres años perdidos.

Nunca podríamos.

Pero dejamos de desperdiciar los siguientes.

Y cuando Alexander volvió a preguntarme:

—Elena, si algún día no estoy, ¿quién va a cuidarte?

Sonreí.

—Yo.

Él también sonrió.

Porque esa era la respuesta que ambos necesitábamos aprender.

Después apoyé la cabeza en su hombro y miré la luz bailar sobre el hielo.

Había viajado hasta el fin del mundo para despedirme.

Y terminé descubriendo algo mucho más hermoso:

todavía tenía una vida a la que regresar.

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