PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA DEBIÓ EXISTIR.

Daniel permaneció al otro lado de la puerta del baño.

—¿Qué quieres decir con que llevaba mucho tiempo escondido?

Cerré los ojos.

Rachel seguía en la línea.

—Emma —susurró—, no le digas nada todavía.

Respiré hondo y abrí la puerta.

Daniel estaba allí, observándome con una atención que ya no parecía preocupación.

Parecía vigilancia.

—El taller encontró una falla eléctrica —respondí—. Nada grave.

Sus hombros se relajaron.

—Me asustaste.

Sonrió y me besó la frente.

Por primera vez, aquel gesto me produjo escalofríos.

El hombre que tenía delante quizá nunca había sido legalmente mi esposo.

Y aun así conocía mis cuentas, mis propiedades, mis contraseñas y cada detalle de la herencia de mi madre.

Esperé hasta que salió para trabajar.

Después llamé a Rachel.

—Quiero saberlo todo.

Dos horas más tarde estaba sentada frente a ella.

Sobre su escritorio había una carpeta mucho más gruesa que la del día anterior.

—Empecemos por Olivia —dijo.

Deslizó una fotografía hacia mí.

La mujer tendría unos treinta y cinco años. Cabello oscuro. Elegante. Hermosa.

Pero lo que me dejó sin respiración no fue su rostro.

Fue el hombre que aparecía abrazándola en una fotografía tomada ocho años atrás.

Daniel.

Más joven.

Pero indudablemente Daniel.

—Se casaron hace siete años —explicó Rachel—. No encontré divorcio ni anulación.

—Entonces ¿cómo pudo casarse conmigo?

—Presentó documentos indicando que era soltero.

Sentí una mezcla de rabia y vergüenza.

—¿Olivia sabe de mí?

Rachel guardó silencio.

—Eso todavía no lo sé.

Luego sacó otro documento.

—Pero encontré algo peor.

Era información financiera de Lane Holdings.

Rachel señaló varias transferencias.

—Esta empresa recibió dinero de tres sociedades vinculadas indirectamente a Daniel.

—¿Cuánto?

—Casi cuatro millones en seis meses.

La miré incrédula.

—Daniel no tiene cuatro millones.

—Exactamente.

Rachel abrió otra carpeta.

En la primera página reconocí el nombre de mi galería.

Galería Beaumont.

El negocio que mi madre había construido durante treinta años.

—¿Qué tiene que ver mi galería con esto?

—Necesito preguntarte algo. ¿Firmaste documentos hace unos ocho meses para que Daniel pudiera ayudarte con impuestos?

Recordé inmediatamente.

Daniel había llegado una noche con una carpeta.

Me dijo que su asesor financiero había descubierto una forma de reducir impuestos relacionados con unas obras heredadas.

Firmé varios documentos.

Confiaba en él.

La expresión de Rachel me hizo sentir náuseas.

—Emma, uno de esos documentos parece otorgarle facultades para gestionar determinados activos vinculados a tu patrimonio.

—¿Gestionarlos?

—Sí.

—¿Venderlos?

Rachel respiró profundamente.

—En ciertas circunstancias, sí.

Me levanté de golpe.

—Los certificados de acciones que faltan de la caja fuerte.

—Podrían estar relacionados.

Entonces comprendí.

El apartamento.

Los millones.

La empresa.

Los documentos desaparecidos.

Daniel quizá no solo me había engañado sentimentalmente. Podía llevar meses vaciando mi patrimonio.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

Rachel miró el calendario.

—Daniel vuela a Maldivas el miércoles.

Faltaban cuatro días.

—Entonces tenemos cuatro días.

—No.

Rachel negó.

—Tenemos menos.

Giró su computadora hacia mí.

—Lane Holdings solicitó ayer una transferencia internacional.

Sentí que el corazón golpeaba contra mis costillas.

—¿Cuánto?

—Dos millones setecientos mil dólares.

—¿Cuándo se ejecuta?

—El martes.

Me quedé inmóvil.

—Detenla.

—Estoy trabajando en ello, pero necesito demostrar que los activos provienen de tu patrimonio.

Miré nuevamente la fotografía de Olivia.

—Quiero hablar con ella.

—Puede ser peligroso.

—Necesito saber si es su cómplice o su víctima.

Rachel finalmente asintió.

Encontramos una dirección vinculada a Olivia.

Aquella tarde fui hasta allí.

Era una casa pequeña en un barrio tranquilo, completamente distinta al apartamento frente al mar comprado por Lane Holdings.

Toqué el timbre.

Una mujer abrió.

La reconocí inmediatamente.

Olivia.

Nos miramos durante varios segundos.

—¿Sí?

—Soy Emma Beaumont.

Su rostro perdió el color.

No preguntó quién era.

Ya lo sabía.

Intentó cerrar la puerta.

Puse la mano contra ella.

—Daniel viaja contigo a Maldivas el miércoles.

Olivia dejó de respirar.

—Vete.

—Encontré los boletos.

—No entiendes nada.

—Entonces explícamelo.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No puedo.

—¿Sigues casada con él?

Olivia miró hacia la calle antes de responder.

—Legalmente, sí.

—¿Daniel sabe que estoy aquí?

—Espero que no.

Su miedo era real.

Entonces escuché una voz infantil desde dentro.

—¿Mamá?

Me quedé paralizada.

Un niño de unos seis años apareció detrás de Olivia.

Tenía el cabello oscuro.

Y los mismos ojos grises de Daniel.

Olivia lo empujó suavemente hacia dentro.

—Ve a tu habitación, cariño.

El niño obedeció.

La miré.

—¿Es hijo de Daniel?

Olivia cerró los ojos.

—Sí.

El mundo pareció inclinarse.

Daniel tenía un hijo.

Durante cuatro años me había dicho que todavía no estaba preparado para ser padre.

—¿Por qué vive contigo si supuestamente está construyendo una vida conmigo?

Olivia soltó una risa amarga.

—¿Una vida?

Después me miró directamente.

—Emma, Daniel no construye vidas.

Construye salidas.

Sentí frío.

—¿Qué significa eso?

Olivia abrió finalmente la puerta.

—Entra.

Sobre la mesa del comedor había documentos, extractos bancarios y fotografías.

Y en medio de todos ellos estaba una fotografía mía.

Tomada desde lejos.

Saliendo de la galería.

—¿Por qué tienes esto?

—Porque llevo meses investigándolo.

—¿Investigando a tu propio esposo?

—Daniel desapareció de mi vida durante casi dos años. Después regresó diciendo que había conseguido dinero suficiente para empezar de nuevo conmigo y con nuestro hijo.

Señaló los boletos.

—Maldivas no son unas vacaciones.

—Entonces ¿qué son?

—Una escala.

Mi garganta se cerró.

—¿Hacia dónde?

Olivia negó lentamente.

—No lo sé. Daniel controla los documentos.

Entonces sacó una carpeta azul.

En la portada aparecía mi nombre completo.

Dentro había copias de mis propiedades, mis cuentas y documentos relacionados con la galería.

—Encontré esto en su oficina hace tres semanas.

Pasé las páginas rápidamente.

Hasta que vi algo que hizo que mis manos comenzaran a temblar.

Era un contrato de venta.

La Galería Beaumont aparecía como activo transferido a Lane Holdings.

Y debajo figuraba una firma.

La mía.

—Yo nunca firmé esto.

Olivia me miró con horror.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque Daniel hizo lo mismo conmigo.

Antes de que pudiera responder, un automóvil se detuvo frente a la casa.

Olivia miró por la ventana.

Su rostro se volvió completamente blanco.

—Dios mío.

—¿Qué ocurre?

Me agarró del brazo.

—Tienes que esconderte.

—¿Quién es?

No necesitó responder.

Escuché una puerta de automóvil cerrarse.

Después unos pasos acercándose.

Y finalmente la voz de Daniel desde el exterior.

—Olivia, abre.

Mi corazón se detuvo.

Pero entonces dijo algo todavía peor.

—Tenemos un problema. Emma encontró los boletos. Tenemos que adelantar el plan para esta noche.

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