PARTE 2: LA MUJER QUE ÉL ELIGIÓ GUARDABA UN SECRETO.

Gabriel se quedó inmóvil en la puerta.

—¿Daniela fue tu paciente?

Sofía miró primero hacia él y después hacia mí.

Yo bajé la vista hacia mi prótesis desmontada sobre la bandeja metálica.

—Sí.

Gabriel entró lentamente.

—Nunca me dijiste eso.

Solté una risa seca.

—Tú tampoco me dijiste muchas cosas.

—Clara, necesito entender.

—Cinco años tarde.

Me puse de pie.

Sofía intentó detenerme.

—Doctora Morales, todavía está sangrando.

—Es superficial.

Tomé una gasa y presioné mi frente.

Gabriel observó el movimiento de mi única mano durante unos segundos. Su expresión cambió.

Quizá estaba imaginando todas las cosas pequeñas que había tenido que aprender nuevamente.

Vestirme.

Cocinar.

Operar.

Escribir.

Atarme los zapatos.

Volver a ser cirujana cuando todos pensaban que una cirujana sin mano derecha estaba acabada.

—Clara…

—No quiero tu lástima.

—No es lástima.

Lo miré.

—Entonces guárdate lo que sea.

Pasé junto a él.

Gabriel me sujetó suavemente del hombro izquierdo.

Me detuve.

—Suéltame.

Lo hizo inmediatamente.

—Solo dime una cosa —pidió—. ¿Qué relación tenías con Daniela?

Respiré profundamente.

Durante cinco años había intentado enterrar aquella historia.

Quizá ya era hora de desenterrarla.

—Daniela llegó a mi consulta siete meses antes del secuestro.

Gabriel frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Crisis de ansiedad. Insomnio. Episodios de pánico después de una operación policial.

—Ella nunca mencionó nada.

—Me pidió confidencialidad.

—¿Y se la diste?

—Era mi paciente.

Gabriel bajó la mirada.

—¿Sabías que trabajaba conmigo?

—No al principio.

Recordé perfectamente el día que lo descubrí.

Daniela había llegado tarde a una consulta.

Llevaba una chaqueta policial.

Cuando se inclinó para recoger su bolso, vi una fotografía asomando de uno de los bolsillos.

Gabriel aparecía en ella.

Sonriendo.

Con un brazo alrededor de sus hombros.

—Cuando comprendí quién era —continué—, pensé en transferirla a otro médico.

—¿Por qué no lo hiciste?

Mi expresión se endureció.

—Porque me contó algo.

Gabriel levantó la vista.

—¿Qué?

—Que estaba enamorada de un hombre casado.

El silencio fue inmediato.

Sofía dejó de ordenar las gasas.

Gabriel parecía incapaz de respirar.

—No…

—Nunca dijo tu nombre.

—Entonces no sabes si hablaba de mí.

—Eso mismo me repetí.

Caminé hacia el lavabo.

—Hasta que empezó a describirlo.

Policía.

Mayor que ella.

Su superior.

Casado con una médica.

Un hombre que, según Daniela, siempre correría a salvarla si algún día tuviera que elegir.

Gabriel palideció.

—Yo nunca le prometí eso.

Giré hacia él.

—Pero el día del secuestro lo hiciste.

—¡No fue así!

Su voz retumbó en la pequeña habitación.

Sofía dio un paso atrás.

Yo no.

—Entonces explícame cómo fue.

Gabriel abrió la boca.

Nada salió.

—Eso pensé.

Me dirigí hacia la puerta.

—Clara, espera.

—Tengo pacientes.

—¡Aquella decisión no fue por amor!

Me detuve.

Durante cinco años había imaginado cientos de explicaciones.

Ninguna podía devolverme lo perdido.

Pero aquellas palabras consiguieron que me girara.

—¿Qué dijiste?

Gabriel respiraba con dificultad.

—No elegí a Daniela porque estuviera enamorado de ella.

—La elegiste.

—Sí.

—Y yo perdí una mano.

Cerró los ojos.

—Lo sé.

—Entonces el motivo importa muy poco.

—Para mí importa cada segundo desde aquel día.

Sus ojos estaban húmedos.

—El secuestrador me dio diez segundos. Daniela estaba más cerca de la salida. Había dos tiradores esperando una ventana. Si conseguíamos sacar a una rehén, pensábamos que podríamos distraerlo y entrar por ti.

Sentí que mi pecho se endurecía.

—Pero no entraron.

—La operación salió mal.

—Qué conveniente.

—¡Me dispararon antes de poder regresar!

Se levantó ligeramente la camiseta.

Una vieja cicatriz atravesaba su costado.

No aparté la mirada.

—Sobreviviste.

Después levanté el brazo derecho.

—Yo también.

Gabriel bajó inmediatamente su ropa.

—Cuando desperté en el hospital pregunté por ti.

—Yo ya me había ido.

—Me dijeron que no querías verme.

—Correcto.

—Intenté encontrarte.

—No lo suficiente.

Su mandíbula tembló.

—Durante años pensé que habías salido del país.

—Eso era exactamente lo que quería que pensaras.

Entonces el teléfono de Gabriel sonó.

Miró la pantalla.

Su rostro cambió.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

Atendió.

—Ríos.

Escuchó durante unos segundos.

—¿Dónde?

Su expresión se volvió completamente rígida.

—No la pierdan de vista. Voy para allá.

Colgó.

—¿Daniela? —pregunté.

Gabriel me miró sorprendido.

Eso bastó.

—¿Qué hizo?

—Ha desaparecido.

—¿Desaparecido de dónde?

—De protección policial.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué estaba bajo protección?

Gabriel tardó demasiado en responder.

—Porque hace tres semanas reabrimos la investigación del secuestro.

Lo miré fijamente.

—¿Después de cinco años?

—Aparecieron nuevas pruebas.

—¿Qué pruebas?

Gabriel miró hacia Sofía.

Ella comprendió.

—Voy a buscar otra prótesis temporal para usted.

Salió y cerró la puerta.

Nos quedamos solos.

—Encontramos registros telefónicos que nunca aparecieron en el expediente original —dijo Gabriel.

—¿Y?

—Daniela había recibido varias llamadas del secuestrador antes de aquel día.

Mi corazón golpeó con fuerza.

—¿La conocía?

—Eso parece.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Me estás diciendo que mi paciente tenía contacto con el hombre que me secuestró?

—Estoy diciendo que alguien ocultó esas llamadas durante cinco años.

—¿Quién?

Gabriel negó con la cabeza.

—Todavía no lo sabemos.

Pensé en las sesiones.

En Daniela llorando frente a mí.

En sus preguntas sobre Gabriel.

Sobre nuestro matrimonio.

Sobre mis horarios.

De pronto recordé algo.

Una conversación que hasta ese instante había considerado insignificante.

Daniela me había preguntado una vez qué días salía tarde del hospital.

Yo se lo había dicho.

El secuestro ocurrió exactamente uno de esos días.

—Dios mío.

Gabriel se acercó.

—¿Qué pasa?

—Ella sabía mi horario.

Su rostro cambió.

—¿Qué?

—Daniela sabía cuándo terminaba mis guardias.

El teléfono de Gabriel volvió a sonar.

Esta vez era un mensaje.

Lo abrió.

Vi cómo sus ojos se congelaban.

—¿Qué ocurre?

No respondió.

Le arrebaté el teléfono con la mano izquierda.

Había una fotografía.

Era reciente.

Daniela aparecía entrando en un edificio.

Reconocí inmediatamente la fachada.

Mi respiración se detuvo.

—No puede ser.

Gabriel me miró.

—¿Conoces ese lugar?

Asentí lentamente.

Era la clínica privada donde había trabajado antes de perder la mano.

Debajo de la fotografía había otro mensaje.

Gabriel lo leyó en voz alta.

—“Encontramos a Vera. Pero no está sola.”

Llegó una segunda imagen.

Esta vez pude distinguir al hombre que caminaba junto a ella.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

Habían pasado cinco años.

Su cabello estaba gris.

Su rostro tenía nuevas cicatrices.

Pero jamás habría olvidado aquellos ojos.

Era el hombre que me había puesto el cuchillo en el cuello aquella noche.

Gabriel sacó su arma.

—Quédate aquí.

Lo agarré del brazo.

—Espera.

—Clara, tengo que irme.

—Hay algo que no entiendes.

—¿Qué?

Miré nuevamente la fotografía.

Entonces amplié la imagen.

El secuestrador llevaba algo colgado alrededor del cuello.

Una cadena.

Y de ella pendía un pequeño anillo de plata.

Sentí náuseas.

Conocía ese anillo.

Había pertenecido a mi padre.

Gabriel me miró.

—Clara… ¿por qué ese hombre lleva algo de tu familia?

Antes de poder responder, mi teléfono vibró.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo había una frase.

“DOCTORA MORALES, YA ES HORA DE QUE DESCUBRA POR QUÉ DANIELA NECESITABA QUE GABRIEL LA ELIGIERA AQUELLA NOCHE.”

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