Parte 2: LA ÚNICA MUJER QUE PODÍA CREER

Me quedé mirándolo.

—¿Qué acabas de decir?

Marco sostuvo mi mirada.

—Mi familia te conoce. Mi madre te adora. Mis hermanas hablan contigo más que conmigo. Saben que confío en ti.

—Eso no es lo mismo que estar enamorado.

Algo cambió en sus ojos.

—No dije que lo fuera.

Claro.

Sentí vergüenza por haber permitido que mi corazón completara una frase que él nunca había pronunciado.

—¿Y qué obtengo yo?

—Una semana libre después. Un bono.

—No quiero dinero.

Marco arqueó una ceja.

—Eso probablemente sea lo más ofensivo que alguien me ha dicho este mes.

Sonreí a pesar de mí misma.

—Tengo condiciones.

—Dime.

—Habitaciones separadas.

—Hecho.

—Nada de besarme.

Esta vez tardó demasiado en responder.

—Si es necesario para convencerlos…

—Marco.

—Está bien. Nada de besos.

—Y cuando termine la semana, volvemos a ser jefe y asistente.

Su expresión se volvió extrañamente fría.

—Por supuesto.

Debí haber sabido entonces que ninguno de los dos estaba diciendo la verdad.

Llegamos a los Hamptons el sábado.

Su madre, Sofia Ricci, tardó aproximadamente nueve segundos en arruinar nuestro plan.

Me abrazó.

Luego golpeó a Marco en el brazo.

—¡Dos años!

—Mamá…

—¡Dos años mirando a esta muchacha como un idiota y necesitabas que yo cumpliera setenta para hacer algo!

Me quedé paralizada.

Marco también.

—¿Dos años? —pregunté.

Sofia sonrió.

—Emilia, cariño, los hombres Ricci son lentos. Mi esposo tardó seis meses en darse cuenta de que estábamos comprometidos.

Marco me tomó de la mano.

—Mamá, deja respirar a Emilia.

Mi corazón comenzó a correr.

Recordé que era actuación.

Durante los primeros días fue sorprendentemente fácil.

Demasiado fácil.

Marco conocía mi café.

Yo sabía cuándo necesitaba escapar de una conversación familiar.

Su mano encontraba naturalmente mi espalda cuando caminábamos entre invitados.

Por las noches hablábamos en el balcón mucho después de que todos se hubieran ido a dormir.

El martes le pregunté:

—¿Por qué nunca tienes relaciones serias?

—¿Quién dice que no?

—Trabajo contigo doce horas al día.

—Precisamente por eso debería despedirte.

Me reí.

Después se puso serio.

—Las personas que se acercan a mí terminan pagando por mis enemigos.

—¿Eso significa que todos los rumores son ciertos?

Marco miró hacia el océano.

—Significa que mi familia construyó negocios en una época en la que ciertas alianzas eran necesarias. Yo llevo años intentando separar lo legítimo de lo que heredé.

—¿Y lo conseguiste?

—Casi.

Aquella palabra me inquietó.

—¿Qué falta?

—Una persona.

Antes de que pudiera preguntar, apareció su primo Luca.

—Marco. Tenemos un problema.

Marco se levantó inmediatamente.

—Quédate aquí.

—¿Qué pasa?

—Emilia.

Ese tono significaba que no debía discutir.

Se marchó.

A la mañana siguiente encontré un sobre debajo de mi puerta.

Dentro había fotografías.

Marco entrando en hoteles con diferentes mujeres.

Marco abrazando a una pelirroja.

Marco besando a alguien en una terraza.

Y una nota:

“Él miente mejor de lo que tú crees.”

Mi estómago se hundió.

Reconocí algunas fotografías de revistas.

Pero otras nunca las había visto.

Guardé el sobre.

Durante el desayuno fingí normalidad.

Hasta que Marco recibió una llamada y salió.

Entonces un hombre se sentó frente a mí.

Vittorio Ricci.

Tío de Marco.

—¿Estás disfrutando tus vacaciones?

—Mucho.

—Marco siempre tuvo debilidad por rescatar cosas.

Lo miré.

—¿Cosas?

—Empleados. Negocios. Mujeres.

Sonrió.

—No confundas protección con amor.

Comprendí inmediatamente quién había dejado el sobre.

—¿Qué quiere?

Su sonrisa desapareció.

—Que recuerdes cuál es tu lugar.

Me levanté.

—Mi lugar está donde yo decida.

Vittorio soltó una carcajada.

—Ahora entiendo por qué Marco te eligió.

Aquella tarde encontré a Marco en su despacho.

Arrojé las fotografías sobre la mesa.

Su rostro se endureció.

—¿Quién te dio esto?

—¿Importa?

—Mucho.

—Quiero saber si son reales.

—Sí.

Me dolió más de lo esperado.

—Perfecto.

Me giré.

Marco cerró la puerta.

—También quiero que preguntes cuándo fueron tomadas.

Me detuve.

—¿Qué?

—La más reciente tiene cuatro años.

Miré nuevamente las fechas.

Tenía razón.

—Entonces ¿por qué alguien me las enviaría?

—Porque Vittorio piensa que eres importante para mí.

Sentí un escalofrío.

—¿Tu tío?

—Está intentando obligarme a abandonar una auditoría interna.

—¿De qué?

Marco respiró profundamente.

—Ha estado robando dinero de varias empresas familiares.

—¿Cuánto?

—Casi doce millones.

—¿Y qué tiene eso que ver conmigo?

Sus ojos verdes se clavaron en los míos.

—Nada.

Comprendí la mentira.

—Marco.

—Emilia…

—¿Me elegiste como novia falsa porque sabías que alguien intentaría acercarse a mí?

—No.

—Entonces dime la verdad.

Silencio.

Finalmente habló.

—Hace tres semanas recibí una amenaza.

Mi sangre se enfrió.

—¿Contra quién?

Marco no respondió.

No necesitaba hacerlo.

—Contra mí.

—Vittorio cree que eres mi punto débil.

Retrocedí.

—¿Y aun así me trajiste aquí?

—Porque aquí podía protegerte.

—¡Podrías haberme dicho la verdad!

—Y habrías renunciado.

—¡Era mi decisión!

—Lo sé.

Aquellas dos palabras estaban llenas de arrepentimiento.

Tomé mi bolso.

—Se acabó.

—Emilia.

—La mentira de la novia falsa podía soportarla. Que decidieras por mí qué peligro podía aceptar, no.

Salí.

No llegué al automóvil.

Luca apareció corriendo.

—Marco.

Algo en su expresión hizo que todos nos detuviéramos.

—Vittorio desapareció.

Marco sacó inmediatamente su teléfono.

Entonces el mío vibró.

Un mensaje.

Una fotografía de mi apartamento de Manhattan.

Tomada desde dentro.

Debajo había una frase:

“Dile a Marco que destruya la auditoría.”

Marco leyó el mensaje.

Su rostro se volvió de piedra.

—Vas a quedarte aquí.

—No.

—Emilia…

—Llama a la policía.

Él me miró.

—Ya lo hice.

Eso me sorprendió.

—¿Qué?

—Llevo seis meses colaborando con investigadores federales.

Ahí estaba el verdadero secreto.

Marco no estaba intentando proteger el imperio criminal de los Ricci.

Estaba ayudando a desmantelar la parte ilegal desde dentro.

Vittorio lo había descubierto.

La finca se llenó de agentes esa misma tarde.

La auditoría de Marco, junto con registros financieros y conversaciones grabadas, permitió localizar varias cuentas.

Vittorio fue detenido dos días después intentando salir del país.

Nadie desapareció.

Nadie fue ejecutado.

Marco había elegido algo mucho más devastador para hombres como su tío:

pruebas, tribunales y cuentas congeladas.

Cuando todo terminó, regresé a Manhattan.

Y renuncié.

Marco leyó mi carta frente a mí.

—No.

—Eso no es cómo funcionan las renuncias.

—Te aumento el sueldo.

—No.

—Te doy vacaciones.

—Marco.

Finalmente dejó el papel.

—¿Por qué?

Porque lo amaba.

Porque trabajar a dos metros del hombre que amaba después de pasar una semana fingiendo que él también me quería era una forma particularmente cruel de tortura.

—Necesito una vida que no gire alrededor de ti.

Su expresión cambió.

—¿Eso es lo que crees que has sido para mí?

—Soy tu asistente.

—Eras mi asistente.

—¿Eras?

Marco caminó hacia mí.

Se detuvo a una distancia prudente.

—¿Recuerdas cuando preguntaste por qué te elegí?

—Dijiste que eras la única mujer que tu familia creería que amabas.

—Sí.

—Fue una buena mentira.

—Ese es el problema.

Me quedé inmóvil.

Marco respiró.

—No era mentira.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

—No hagas esto.

—Llevo casi dos años intentando no hacerlo.

—¿Dos años?

—Desde la noche en que te quedaste hasta las tres de la mañana ayudándome con el cierre de Bellini y después obligaste al conductor a llevar comida a los empleados antes que a mí.

Se me escapó una risa nerviosa.

—Eso es ridículo.

—Estoy enamorado de una mujer que organiza mis reuniones por colores. Nunca afirmé tener dignidad.

—¿Las modelos? ¿Las herederas?

—Eventos. Apariencias. Nada serio desde antes de conocerte.

Sentí lágrimas en los ojos.

—¿Entonces por qué nunca dijiste nada?

—Porque eras mi empleada.

Eso me hizo callar.

—Tenía poder sobre tu salario, tus horarios y tu carrera —continuó—. Decirte que estaba enamorado de ti mientras dependías profesionalmente de mí habría sido injusto.

Miró mi carta de renuncia.

—Ahora acabas de solucionar ese problema.

Me reí entre lágrimas.

—Eres insoportable.

—Me lo dicen frecuentemente.

—Todavía estoy enfadada porque me ocultaste la amenaza.

—Deberías estarlo.

—Y no voy a perdonarte inmediatamente.

—Bien.

—¿Bien?

—Prefiero que me perdones cuando lo merezca.

Por primera vez, Marco Ricci parecía nervioso.

—Entonces… ¿puedo invitarte a cenar?

—¿Como jefe?

—Ya no soy tu jefe.

—¿Como novia falsa?

Negó.

—Nunca más quiero fingir contigo.

Acepté.

No nos casamos tres semanas después.

No me mudé inmediatamente a su apartamento.

No convertimos dos años de sentimientos reprimidos en un cuento perfecto.

Fuimos a cenar.

Después a otra.

Marco aprendió a contarme las cosas que creía que debía ocultarme para protegerme.

Yo aprendí que amar a alguien poderoso no significaba entregarle el derecho de decidir por mí.

Un año después regresamos a la finca para el cumpleaños setenta y uno de Sofia.

Cuando entramos, ella miró nuestras manos entrelazadas.

—Finalmente.

Marco frunció el ceño.

—¿Finalmente qué?

—Dejaron de actuar.

Lo miré.

—¿Lo sabía?

Sofia puso los ojos en blanco.

—Cariño, tengo setenta y un años, no siete.

Después señaló a su hijo.

—Ese hombre lleva enamorado de ti desde antes de tener el valor de admitirlo.

Marco protestó.

—Mamá.

—Cállate y sírvele vino a tu novia.

Me reí.

Marco me besó suavemente en la frente.

Y pensé en aquella llamada de las 11:45.

Había entrado en su oficina convencida de que lo más peligroso sería pasar una semana fingiendo estar enamorada del hombre que amaba en secreto.

Me equivocaba.

Lo más peligroso había sido descubrir que él también me amaba y que ninguno de los dos había tenido el valor de decirlo.

La mentira duró una semana.

Lo nuestro no.

Y años después, cuando Sofia finalmente consiguió esos nietos sobre los que llevaba tanto tiempo interrogándolo, Marco todavía insistía en que todo había comenzado con una emergencia familiar.

Yo siempre lo corregía.

Había comenzado cuando dos personas enamoradas aceptaron fingir algo que, sin saberlo, ya era verdad.

Related Posts

PARTE 2: LA VERDAD QUE CONVIRTIÓ SU TRAICIÓN EN SU PEOR ERROR

Salí del Chicago Memorial Hospital sin mirar atrás. No lloré. No llamé a Brian. Tampoco entré en la habitación de Vanessa. Caminé hasta el estacionamiento, dejé la…

PARTE 2: EL SECRETO DE LOS CINCUENTA MILLONES

Durante varios segundos nadie se movió. Julian seguía sosteniendo mi mano mientras mi padre permanecía de pie frente a nosotros, incapaz de decidir si debía mirar al…

PARTE 2: LAS DEUDAS QUE ESCONDÍAN DETRÁS DE MI HUMILLACIÓN

Me quedé sentada en el borde de la cama durante varios minutos, mirando los mechones de cabello esparcidos sobre las sábanas. Ryan había vuelto a acostarse. Linda…

PARTE 2: LA HERENCIA QUE CAMBIÓ TODO

El hombre de cabello plateado seguía frente a mí con el sobre de mi abuela entre las manos. Patricia fue la primera en reaccionar. —Esto es absurdo…

PARTE 2: LOS DOS HIJOS QUE CAMBIARON LA VERDAD

Guardé el teléfono después de enviar el mensaje. Durante varios segundos permanecí sentada en aquel consultorio de Rijeka, mirando la pantalla negra mientras mis manos descansaban sobre…

Parte 2: EL SECRETO QUE DANIEL NUNCA IMAGINÓ

—Emma… nuestro bebé todavía podría estar vivo, ¿verdad? Me quedé inmóvil frente a la puerta. Durante tres días había intentado no pensar en aquella pregunta. No porque…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *